"... Remendón y Retales, erre que erre."

Meskerem, con sus tres años era la quinta de siete hermanos..


El mayor, Regaza estudiaba en  Ambo para ser contable; en él quedaban depositadas muchas esperanzas para que consiguiendo un buen trabajo, ayudase al resto de sus hermanos a seguir estudiando. 


La siguiente, Robite, se había marchado este año a Holeta para estudiar noveno grado, quería llegar a la Universidad y ser doctora pues se había fijado en Tekeste... el enfermero que le había tratado en una ocasión a ella y a sus hermanos de una grave infección. Mekerem echaba de menos especialmente a Robite.. porque durante 3 años la había llevado a su espalda en todo momento, durante todo el día, cuando iba a por agua, cuando limpiaba la casa, cuando ayudaba a Urgecha con las vacas.


Urgecha con 13 años estudiaba en la escuela nocturna de Abay, ya que su padre había decidido con tan sólo 7, que fuese ella quien cuidase de las dos vacas que tenían. Desde que el año pasado había comenzado a ir por primera vez a clase, le encantaba volver a casa con sus compañeros, iluminando el camino con la linterna de dinamo y comentando la lección con su compañero y vecino, Adissu.

Abera, cursaba 3 grado en Bacho, el colegio público de Walmara… había decidido estudiar mucho para ser constructor.. le gustaba ver cómo levantaban las paredes del nuevo aulario que los farengis estaban haciendo.


La llegada a la familia de Hawi y Birtu, sus dos hermanas de tan sólo 3 meses, volvía a ser una bendición, pues además este año la cosecha de tezz había sido bastante buena, y tendrían grano para muchas injeras.


Meskerem quería seguir los pasos de sus hermanos y seguir estudiando e iba muy contenta a la escuela canguro... pero llevaba unos días que volvía muy triste a casa.

 
Su madre, Burtukan le preguntó y ella enseguida le contó, el problema era que hacía unos días habían llegado en clase a la letra “R”.. y no sabía pronunciarla..  su “perro”, “rata” o “burro” sencillamente eran “pelo”, “lata” o ”"bulo".

Burtukan lo comentó por la tarde, en la clase de costura a la que había comenzado a asistir hacía unas semanas, "El taller de remiendos".

El taller hacía honor a aquello de que en Etiopía no se tira nada y el reciclaje se convierte en un arte, el arte de aprovechar lo que parece inservible y de reaprovechar lo que en muchos otros lugares sencillamente iría directamente a la basura.


En el taller los arapos se convertían en nuevas prendas, se tapaban los “boquetes” de las roídas camisetas, se cerraban las “ventanas  abiertas de par en par", en las chaquetas, se cosían los bolsillos rasgados, se pegaban parches sobre otros parches ya rotos.. y con algún que otro bordado toda la ropa que llegaba pasaba rápidamente a ser la “ropa de los domingos” que lucían un día sí y otro también.


Meskerem mientras, en casa, no cesaba en su propósito de completar el abecedario y seguía “erre que erre”, nunca mejor dicho, practicando la lección... “lisa, losa, lojo...”

Y a Mullu, la maestra costurera, se le ocurrió una idea… esa tarde, con los restos de tela que habían utilizado para confeccionar los uniformes de los canguritos por la mañana, harían para Meskerem un muñeco muy especial. 


Con un primer esbozo marcado por la maestra, cada alumna, intentó confeccionar un muñeco “a imagen y semejanza” del que veían a su maestra coser… un único ojo, paticorto y con unos apéndices que no se sabía bien si eran bracitos u orejas… el resultado fueron simpáticos “monstruitos” que sin duda harían las delicias de sus afortunados dueños.

Lo más difícil fue ponerles el nombre… Mullu pidió que cada alumno dijese lo primero que se le ocurriese… pero que empezase por “R”...  y las propuestas fueron “Ratón”, “Rico”, ”Risitas”, “Regalo” “Renegón”,“Redondo”, “Rechoncho”...“Retales” y “Remendón”... y sabiendo que no habría dos iguales... decidieron que cada uno tendría el nombre que le pusiese el niño al que se le regalase.


Pero lo mejor fue cuando Meskerem, que había venido a recoger a su madre para volver a casa y llevaba un rato sentada en la puerta oyendo los nombres que proponían… fue tal la emoción que sintió cuando entró y su madre le regaló el muñeco que había cosido para ella,  que de su boca las primeras palabras que salieron fueron: “rrrrrisa”, “rrrrrrosa”, “rrrrrrojo”!!!!.


Mullu había acertado… sabía que con los juguetes hechos con amor podían cumplirse los sueños que cada niño tenía.

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