Este número de la revista lo dedicamos a un libro poco conocido de un grande de la literatura: "Pasión de la Tierra" de Vicente Aleixandre. Un libro de la época que algunos han denominado superrealista. En él aparecen imágenes oníricas y retazos del subconsciente ligados a la simbología poética aleixandrina. En él hay un aluvión lírico con cierto barroquismo preciosista en el que las imágenes se atropellan sucediéndose con rapidez, inundando la psique del lector que necesariamente queda tensionado por la lírica de un relato onírico en forma de versículos largos que se transforman en prosa.

En general el libro es una inmersión, a través del subconsciente, en las zonas abisales de la especie humana, en lo que del hombre hay de primitivo, uniéndose a la materia animada de la tierra. En ese contexto aparece algo típico de la poesía aleixandrina: la destrucción o el amor. El amor es el sumo contacto pero como todo proceso vital su logro supone ser destruido para volver a nacer. El amor es un grito de elementalidad, una aspiración rebelde, una pasión telúrica.

Hemos seleccionado  dos versículos casi al azar. Recomendamos a los lectores-escuchantes aproximarse a ellos tratando de percibir dos aspectos fundamentales: el símbólico y el estético.

El amor no es relieve

 

Hoy te quiero declarar mi amor.

Un río de sangre, un mar de sangre es este beso estrellado sobre tus labios. Tus dos pechos son muy pequeños para resumir una historia. Encántame. Cuéntame el relato de ese lunar sin paisaje. Talado por el bosque por el que yo me padecería, llanura clara.

Tu compañía es un abecedario. Me acabará sin oírte. Las nubes no salen de tu cabeza, pero hay peces que no respiran. No lloran tus pelos caídos porque yo los recojo sobre tu nuca. Te estremeces de tristeza porque las alegrías van en volandas. Un niño sobre mi brazo cabalga secretamente. En tu cintura no hay nada más que mi tacto quieto. Se te saldrá el corazón por la boca mientras la tormenta se hace morada. Este paisaje está muerto. Una piedra caída indica que la desnudez se va haciendo. 

Reclínate clandestinamente. En tu frente hay dibujos ya muy gastados. Las pulseras de oro ciñen el agua y tus brazos son limpios, limpios de referencia. No me ciñas el cuello, que creeré que se va a hacer de noche. Los truenos están bajo tierra. El plomo no puede verse. Hay una asfixia que me sale a la boca. Tus dientes blancos están en el centro de la tierra. Pájaros amarillos bordean tus pestañas. No llores. Si yo te amo. Tu pecho no es de albahaca; pero esa flor, caliente. Me ahogo. El mundo se está derrumbando cuesta abajo. Cuando yo no muera.

Crecerán los magnolios. Mujer, tus axilas son frías. Las rosas serán tan grandes que ahogarán todos los ruidos. Bajo los brazos se puede escuchar los latidos del corazón de gamuza. ¡Qué beso! Sobre la espalda una catarata de agua helada te recordará tu destino. Hijo mío.-la voz casi muda-Pero tu voz muy suave, pero la tos muy ronca escupirá las flores oscuras. 

Las luces se hincarán en tierra, arraigándose a mediodía. Te amo, te amo, no te amo. Tierra y fuego en tus labios saben a muerte perdida. Una lluvia de pétalos me aplasta la columna vertebral. Me arrastraré como una serpiente. Un pozo de lengua seca cavado en el vacío alza su furia y golpea mi frente. Me descrismo y me derribo, abro los ojos contra el cielo mojado. El mundo llueve sus cañas huecas. Yo te he amado, yo. ¿Dónde estás, que mi soledad no es morada? Seccióname con perfección  y mis mitades vivíparas se arrastrarán por la tierra cárdena.

Ropa y serpiente

 

 

 ... Ni a mí que me llamo Súbito, Repentino o acaso Retrasado, o acaso Inexistente. Que me llamo con el más bello nombre que yo encuentro, para responderme: "¿Qué e e e e e e...? Un qué muy largo, que acaba en una punta tan fina que cuando a todos nos está atravesando estamos todos sonriendo. Preguntando si llueve. Preguntando si el rizo rubio es leve, si un tirabuzón basta para que una cabeza femenina se tuerza dulcemente, emergiendo de nieblas indecisas.

Pero no me preguntes más. Una pompa de jabón, dos, tres, diez, veinte, rompen azules, suben, vuelan, qué lentas, qué crecientes. Estallan las preguntas, y bengalas muy frías resbalan sin respuesta. Un caballo una cebra, una hermosa inutilidad que yo me he sacado de la manga, corre, trota, quiere distraer vuestros ojos, mientras la lágrima más grande, la que no podemos entre todos sostener con nuestros brazos, nos pesa de tal modo que nuestros cuerpos vacilan bajo el mundo tristísimo. ¡Esfera, recientísima esfera que no podemos besar aunque queramos, perla de amor inmensa caída de nosotros, de un astro, del vacío, del diminuto espacio del corazón más niño y escondido; del infinito universal que está en una garganta palpitando!

¡Oh muerte!¡Oh amor del mal, del bien, del lobo y del cordero; de ti, rojo callado que creces monstruoso hasta venir a un primer plano, darme en la frente, destruirme! Soy largo, largo. Yazgo en la tierra y sobro. Podría rodearla, atarla, ceñirla, ocultarla. Podría ser yo su superficie. Cubriéndola, ¡qué infame ropa rueda en el espacio!¡Qué chaqueta callada, qué arrugas, entre risas de vacío, va girando o mintiendo bajo el yeso polar de la Luna, bajo la máscara más pálida de un payaso agorero que no tiene su gorro de franela! 

Que está mintiendo todos sus labios muertos ya de tela. Oh amor, ¿por qué no existes más que en forma de trapecio?¿Por qué toda la vacilación se convierte en dos rodillas columpiadas (de carne, voy a besarlas), mondas, desguarnecidas de calor, calvas para mis dientes, que rechinan?¿Por qué dos huesos largos hacen de cuerdas y sostiene a un ángel niño, redondo, mecido, que espera saltar luego a los brazos o deshacerse en siete mariposas que sean siete miradas en unos grandes ojos femeninos?

Pero no importa, ¡qué importa! Tengo aquí un pájaro en mis manos, Lo aprieto contra mi seno, y sus plumas rebullen, son, están, ¡las tengo! Una a una voy a quitarme todas mis espinas. Una a una todas las fundas de mi vida caerán. ¡Serpiente larga!  Sal. Rodea el mundo. ¡Suerte! Pitón horrible, séme, que yo me sea en ti. Que pueda yo, envolviéndome, crujirme, ahogarme, deshacerme. Surtiré de mi cadáver alzando mis anillos, largo como todos los propósitos articulados, deslizándome sobre la historia mía abandonada, y a todos los pájaros que salieron de mis deseos, todas las azules, rosas, blancas, tiernas palpitaciones que cantaban en los oídos, volverán a mis fauces y destellarán con líquido fulgor a través de mis miradas verdes. ¡Oh noche única! ¡Oh robusto cuerpo que te levantas como un látigo gigante y con tu agudo diente de perfidia hiendes la carne de la luna temprana!      

voz e ilustraciones: JARomán

música de Tom Fahy  del album Courtesan

1.- Legend as a young girl, 2.- Charm, 3.- Where men cant go, 4.- Courtesan

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