MARTÍN ALMAGRO-GORBEA (EDITOR) PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA: DEL NEOLÍTICO A LA ROMANIZACIÓN BURGOS, 2014
MART  N ALMAGRO-GORBEA  EDITOR   PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  DEL NEOL  TICO A LA ROMANIZACI  N  BURGOS, 2014 ...
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. Esta edición ha contado con la colaboración de la Junta de Castilla y León a través de la Fundación Siglo para las Artes y el Turismo de Castilla y León. Imágenes de cubierta: 1, Arquero de Arte Levantino de Val del Charco del Agua Amarga, Alcañiz, Teruel; 2, Vaso neolítico de la Cueva de los Murciélagos, Zuheros, Córdoba; 3, Puerta fortificada de Los Millares, Almería; 4, Enterramiento argárico en pithos de La Bastida, Totana, Murcia; 5, Naveta de Els Tudons, Menorca; 6, Tesoro de Villena, Alicante; 7, Sauna ritual de Briteiros, Portugal; 8, León orientalizante de Pozo Moro, Albacete; 9, Círculo funerario pirenaico de Kausko I, Oyarzum, Gipúzcoa (para más detalles, véase el texto). © De los textos: Los autores de los textos y la Fundación Atapuerca © De las imágenes: Los autores de las imágenes y la Fundación Atapuerca © De la presente edición: La Fundación Atapuerca y la Universidad de Burgos Edita: UNIVERSIDAD DE BURGOS SERVICIO DE PUBLICACIONES E IMAGEN INSTITUCIONAL Edificio de Administración y Servicios C/ Don Juan de Austria, nº 1 09001 BURGOS – ESPAÑA FUNDACIÓN ATAPUERCA Carretera de Logroño, nº 44 09198 Ibeas de Juarros (Burgos). ISBN: 978-84-92681-89-1 (Edición impresa) 978-84-92681-90-7 (e-book) Depósito legal: BU-207. – 2014 Fotocomposición: Rico Adrados, S.L. (Burgos) Imprime: Rico Adrados, S.L. (Burgos)
Cualquier forma de reproducci  n, distribuci  n, comunicaci  n p  blica o transformaci  n de esta obra solo puede ser real...
Índice Introducción, por Martín Almagro-Gorbea ........................................................................................... 7 Neolítico y Calcolítico: avance hacia una sociedad compleja .............................................................. 17 Los primeros agricultores neolíticos mediterráneos (VI-V milenios a.C.), por Bernat Martí Oliver & Joaquim Juan-Cabanilles ...................................................................................................... 19 El Neolítico en las tierras del interior y septentrionales, por Manuel A. Rojo Guerra ................. 43 Hacia las sociedades complejas (IV y III milenio cal B.C.) en la Iberia mediterránea, por Joan Bernabeu Aubán y Teresa Orozco Köhler ............................................................................... 71 Las sociedades complejas (IV y III milenio cal B.C.) en la Iberia meridional, por Francisco Nocete .... 83 El Calcolítico en la Meseta y su orla atlántica: Intensificación económica y avance de la vida sedentaria (3200-2500 cal. a.C.), por Germán Delibes de Castro .......................................... 95 El Campaniforme en la Península Ibérica, por Rafael Garrido Pena ........................................... 113 La Edad del Bronce: las sociedades complejas .................................................................................... 125 La Edad del Bronce en la Iberia Mediterránea, por Vicente Lull, Rafael Micó, Cristina Rihuete y Roberto Risch ........................................................................................................................ 127 Las Islas Baleares: desde la colonización humana estable hasta la conquista romana, por Vicente Lull, Rafael Micó, Cristina Rihuete y Roberto Risch ...................................................................... 147 La Iberia Atlántica: un umbral entre Oriente y Occidente, por Marisa Ruiz-Gálvez... ................ 161 La Edad del Hierro: el proceso final hacia la vida urbana ................................................................... 181 Los Lusitanos, por Martín Almagro-Gorbea ............................................................................... 183 Los Campos de Urnas, por Gonzalo Ruiz Zapatero .................................................................... 195 Los pueblos celtas, por Alberto J. Lorrio ..................................................................................... 217 Taršiš, Tartessos, Turdetania, por Mariano Torres Ortiz ............................................................... 251 Iberia mediterránea: los pueblos ibéricos, por Martín Almagro-Gorbea ...................................... 285 Los Vascones, por Martín Almagro-Gorbea ................................................................................ 319 Bibliografía ......................................................................................................................................... 325
  ndice  Introducci  n, por Mart  n Almagro-Gorbea ..........................................................................
1 introducción
1  introducci  n
Introducción Esta Protohistoria de la Península Ibérica. Del Neolítico a la Romanización es una síntesis actualizada con perspectivas de futuro de la Protohistoria de la Península Ibérica, que constituye el extremo más occidental, el Far West, del Viejo Continente, pues es la última tierra de Eurasia. fenicios, púnicos y romanos y la Iberia de los griegos, puede considerarse, por su complejidad y ubicación, como un pequeño microcontinente, situado entre el Mediterráneo y el Atlántico en el extremo Suroeste de Europa, al final de Eurasia, muy próxima a África, de la que queda aislada por el desierto del Sáhara. La obra se ha concebido en el marco del XVII Congreso de la Unión Internacional de Ciencias Prehistóricas y Protohistóricas (UISPP), celebrado en Burgos en 2014, pero va dirigida a un público general que pretenda conocer los últimos milenios de la Prehistoria de esas tierras desde las primeras poblaciones neolíticas hasta la Romanización. El volumen I, Prehistoria de la Península Ibérica, recoge las culturas cazadoras y recolectoras desde los primeros homínidos hasta el Epipaleolítico o Mesolítico a base de exponer los principales yacimientos y, a través de ellos, las correspondientes características culturales y medioambientales. Es la más occidental de las cuatro penínsulas que articulan las costas septentrionales del Mediterráneo: Anatolia, los Balcanes con Grecia, Italia y la Península Ibérica. Estas tres últimas integran las tierras meridionales de Europa, que, a su vez, constituye una pequeña península en el extremo occidental del Continente Afro-Asiático. La Península Ibérica ocupa 583256 km2 y queda rodeada por el mar Mediterráneo al Este y Sur y por el océano Atlántico al Oeste y Norte, los Pirineos constituyen un istmo de menos de 500 km de longitud que la unen a la masa continental, mientras que el estrecho de Gibraltar, de sólo 14 km de ancho, la separa de África. Por el contrario, este volumen II se ha concebido como una serie de 15 ensayos de síntesis que constituyen un mosaico representativo de las variadas culturas y pueblos que conforman la Protohistoria de la Península Ibérica desde el Neolítico hasta la Romanización. Por ello brindan una visión de los últimos seis milenios de historia antes de nuestra Era, desde la llegada de los primeros agricultores hasta el predominio de la vida urbana al incorporarse nuestras tierras al Imperio Romano. Su territorio ofrece gran personalidad y diversidad (Fig. 1). Su topografía se caracteriza por estar constituida por una gran meseta central, que forma parte del antiguo Macizo Ibérico, de época precámbrica y paleozoica, ligeramente inclinado hacia poniente, lo que determina la estructura hidrográfica. La Meseta queda rodeada de cordilleras y depresiones formadas en el plegamiento alpino. Su carácter montañoso se evidencia en su altura media de 660 m.s.n.m., sólo superada en Europa por Suiza y Austria, con su cumbre más alta en el Mulhacén (Granada), de 3478 m.s.n.m. * Para comprender el interés de la Protohistoria de la Península Ibérica es necesario valorar su marco geográfico, clave de su paisaje humano desde la Protohistoria1. La Península Ibérica, la antigua Hispania de 1 Para la Geografía de la Península Ibérica, véase: Hernández Pacheco, E., 1955 y 1956, Fisiografía del Solar Hispano, I-II, Madrid; Schulten, A., 1959-1963, Geografía y Etnografía antiguas de la Península Ibérica, I-II, Madrid; Lautensch, H., 1967, Geografía de España y Portugal, Barcelona; Asociación de Geógrafos Españoles, 1980, Los paisajes rurales de España. Valladolid; Terán, M. de, et alii, 1986, Geografía general de España. Barcelona; Floristán, A., 1988, España, país de contrastes geográficos naturales, Madrid; Vilá Va- La Meseta Central queda rodeada de cadenas montañosas en su mayoría de orogenia alpina: la Cordillera Vasco-Cantábrica al Norte, el Sistema Ibérico al Este y Sierra Morena al Sur, además del Sistema Central que divide la Meseta en dos de Este a Oeste y separa la cuenca del Duero de la del Tajo y Guadiana. En las tierras periféricas destacan los Pirineos, istmo que la separa de Francia, los Montes de Galicia, en el Noroeste, la Cordillera Costerolentí, J., 1997, La Península Ibérica, Barcelona; Franco, T., 1998, Geografía física de España, Madrid; Instituto Geográfico Nacional, 2000, Atlas Nacional de España. El medio físico, I-II, Madrid.
Introducci  n  Esta Protohistoria de la Pen  nsula Ib  rica. Del Neol  tico a la Romanizaci  n es una s  ntesis actualizad...
10 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Figura 1. Mapa físico de la Península Ibérica. Catalana, en el Noreste, y el Sistema Bético por el Sureste y Sur. Las zonas llanas son escasas, como la depresión del Guadalquivir en el Suroeste y la del Ebro en el Noreste, además del centro-sur de Portugal, de la llanura costera valenciana y de las planicies de La Meseta. A las diferencias orográficas se suman las litológicas (Fig. 2). La parte occidental ofrece suelos silíceos paleozoicos formados por granitos, pizarras y cuarcitas, ricos en metales, como oro, plata, estaño y cobre; son tierras más aptas para la ganadería que para la agricultura, a lo que se añade su asociación al clima atlántico, fresco y húmedo. Por el contrario, en las zonas orientales y en las cadenas montañosas del plegamiento alpino predominan las calizas de la Era Secundaria con formaciones kársticas acentuadas por la erosión fluvial; en estas zonas, muchas cubiertas de bosques de encina o de pino, la vida se desarrolla en sus pequeños valles, basada en el cultivo de huerta de regadío para mitigar la aridez. Finalmente, en las depresiones del Guadalquivir y Ebro, en los valles de los ríos de la Meseta y en las llanuras litorales predominan formaciones arcillosas del Terciario y Cuaternario; sus suelos son aptos para una agricultura cerealista, adaptada al policultivo mediterráneo de cereal, vino y aceite al introducirse éste asociado al desarrollo incipiente de la vida urbana durante la segunda mitad del I milenio a.C., producción que se completa, siempre que es posible, por huertas de regadío. La Península Ibérica posee más de 4000 km de costas, pues está rodeada por el mar en 6/7 partes de su contorno. La banda litoral es estrecha y sólo es más accesible en algunos tramos de la costa este y sur, pues predomina el litoral rocoso y acantilado al norte, nordeste y sureste, con accesos limitados a los estuarios de algunos ríos, que raramente penetran 30 km. La línea de costa tendió a ascender en el Holoceno hasta los -20 m hacia el 9000 BP y se estabilizó a los -10 m hace 7000 años, aunque algunas costas, como la vasca, alcanzaron 1 o 2 m sobre el nivel actual en el máximo de la trasgresión flandriense. Hace 5000 BP descendió de nuevo el nivel del mar para subir posteriormente de forma progresiva
10  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Figura 1. Mapa f  sico de la Pen  nsula Ib  rica.  Catalana, en el Noreste, y...
INTRODUCCIÓN Figura 2. Mapa litológico de la Península Ibérica (Instituto Geológico Minero de España y Portugal). hasta el nivel actual, con una creciente pérdida de las tierras costeras emergidas. Junto a estos cambios del nivel del mar hay que valorar la erosión, acentuada por la actividad humana. La consecuencia ha sido el relleno de albuferas y lagunas litorales y de los estuarios, como el de la desembocadura del Guadalquivir, el antiguo lacus Ligustinus, y la formación de deltas, como el del Ebro, proceso iniciado tras el máximo de la trasgresión flandriense hacia el 6500 BP y que, con oscilaciones, se ha acentuado desde entonces, atribuidas a la creciente deforestación. Desde el punto de vista del clima (Fig. 3), la Península Ibérica está situada entre las zonas tropicales y las templadas del Hemisferio Norte y entre el Mediterráneo y el Atlántico, por lo que en ella se cruzan los frentes y borrascas atlánticos asociados a la corriente en chorro polar y las altas presiones tropicales del anticiclón de las Azores y del Sahara. Esta situación, unida a su articulada orografía, hace que ofrezca numerosos microclimas, con gran variabilidad de temperaturas y de precipitaciones (Fig. 4), que superan los 2000 mm en algunos puntos y no alcanzan los 175 mm en Almería2, con un claro gradiente de Noroeste al Sureste. En general, cabe señalar dos áreas climáticas claramente diferenciadas: una húmeda, atlántica (La Coruña: 10,4°C en enero, 19,2°C en agosto y 1.008 mm) y otra seca, mediterránea (Alicante 336 mm, 11,5°C en enero, 25,5°C en agosto), que llega a ser subtropical y semidesértica en el Sureste (Almería: 196 mm). Además, el relieve que rodea la Meseta Central acentúa su carácter continental, seco y extremado (Soria: 2,9°C en enero; 20,0°C en julio), común a otras zonas interiores (Córdoba: 9,2°C en enero, 2 Para el clima, véase García de Pedraza, L. y Castillo, J.M., 1981. “Influencia de la configuración topográfica de la Península Ibérica en sus carácteres meteorológicos y climáticos”, Paralelo 37, 5, 31-42; Capel, J. J., 2000, El clima de la Península Ibérica, Barcelona; para su evolución histórica, Jordá, J., 2013, “El marco paleoambiental de la Prehistoria Reciente de la Península Ibérica”, M. Menéndez, ed., Prehistoria Reciente de la Península Ibérica, Madrid, pp. 41108. Para la hidrografía, Arenillas, M. y Sáenz Ridruejo, C., 1987, Guía Física de España, 3. Los ríos, Madrid. 11
INTRODUCCI  N  Figura 2. Mapa litol  gico de la Pen  nsula Ib  rica  Instituto Geol  gico Minero de Espa  a y Portugal .  ...
12 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Figura 3. Mapa de las regiones climáticas de la Península Ibérica. 1,a-b: húmeda marítima y pirenaica; 2: atlántica; 3,a-c: continental atenuada, pura y extremada; 4: mediterránea; 5: subdesértica. Fotografías: a, Cordillera Cantábrica; b, Paisaje atlántico de Ferramulín, Lugo; c, Dehesa extremeña; d, Paisaje semidesértico de Fortuna, Murcia; e, Laguna de Salobralejo, Albacete; f, Vides y bosque galería de Briñas, La Rioja. 27,2°C en julio), mientras que las numerosas sierras por encima de los 1200 m.s.n.m. ofrecen un clima característico de montaña. Estas características climáticas se debieron conformar a lo largo del Holoceno, con variaciones que se pueden explicar a nivel general. Desde el inicio del Holoceno el clima de la Península Ibérica fue seco, con tendencia a aumentar la temperatura y la humedad. A partir del Atlántico (9000-5800 BP) ese aumento la temperatura y humedad llevó a superar las actuales, lo que supuso el máximo desarrollo del bosque mediterráneo y la progresión del roble en la zona atlántica. Hacia el 5800 BP se observa un episodio árido y frío con un importante descenso de la población arbórea que da inicio al Subboreal, que representa una fase más seca y cálida (5800-2500 BP), seguida del óptimo climático hasta el 4800 BP, caracterizado por aumento de las temperaturas y precipitaciones, que superaron las actuales. A partir del 4800 BP disminuyó la aridez y el clima del interior ofrece ya el carácter mediterráneo continental seco de la actualidad, a lo que se asocia una creciente acción antrópica. A partir del 3250 cal BP, la llamada Edad Fría del Hierro, ofrece un descenso general
12  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Figura 3. Mapa de las regiones clim  ticas de la Pen  nsula Ib  rica. 1,a-b  ...
INTRODUCCIÓN Figura 4. Mapa de precipitaciones de la Península Ibérica, con un claro gradiente NW-SE. de la temperatura con creciente aridez, que produjo la desertización y el abandono de zonas montañosas, progresivamente reocupadas en el I milenio a.C. La mejora del clima al final de esta oscilación fría, con el inicio del Subatlántico, 2500 BP, facilitó el intenso desarrollo cultural y demográfico de la Edad del Hierro, en el Periodo Húmedo Ibero-Romano, datado entre el 2500 y el 1600 BP, es decir, entre el 500 a.C. y el 400 d.C., en el que se observa un nuevo retroceso de la vegetación arbórea que denota mayor aridez y, probablemente, una mayor acción antrópica. El clima hace que los ríos sean poco caudalosos, salvo en las zonas con precipitaciones atlánticas. Su caudal es muy variable y depende de las precipitaciones, pues en algunos casos ofrecen enormes escorrentías, que superaban el 1 a 1000 en el río Guadiana. Los cauces suelen servir como vía de comunicación en las llanuras, pero en muchos casos la topografía, con fuertes desniveles y abruptas márgenes, asociada a la irregularidad del caudal, dificultan el tránsito. Por ello, las vías de comunicación (Fig. 5), más que por los ríos, están determinadas por la orografía, como la Vía Heraclea que desde el Golfo de Cádiz ascendía el Valle del Guadalquivir y enlazaba con las costas del Levante mediterráneo, la Vía de la Plata, que unía todas las tierras silíceas interiores o la Vía Céltica, que comunicaba el Sistema Ibérico con el Suroeste por el norte del Sistema Central3. La orografía y el clima condicionan igualmente una variada flora y fauna, a lo que se añade el aislamiento geográfico de la Península Ibérica, que ha permitido conservar numerosos endemismos, en especial en sus cadenas montañosas, a pesar de continuas extinciones, la mayoría producidas por el hombre4. En las zonas húmedas atlánticas predomina el bosque caducifolio mixto de robles, hayas y abedules, transformado en numerosas zonas en pra3 4 Sobre las vías de comunicación en la Prehistoria, M. Almagro-Gorbea, “Las vías de comunicación tartésicas”, en M. Criado de Val, ed., Atlas de Caminería Hispánica (X Congreso de Caminería, Madrid-2010), Madrid, 2011, pp. 20-25. Sobre la vegetación puede verse: Alcaraz, F. et alii, 1987, La vegetación de España. Madrid; Allue, 1990, Atlas fitoclimático de España, Madrid; Peinado, M. y Rivas, S., 1987, La vegetación de España, Madrid; Rubio, J.M., 1988, Biogeografía. Paisajes vegetales y vida animal, Madrid. Para los suelos, Gandullo, J.M., 1984, Clasificación básica de los suelos españoles. Madrid. 13
INTRODUCCI  N  Figura 4. Mapa de precipitaciones de la Pen  nsula Ib  rica, con un claro gradiente NW-SE.  de la temperatu...
14 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Figura 5. Principales ejes de comunicación de la Península Ibérica (según Ruiz Zapatero). dos por acción antrópica. Particular interés ofrece el paisaje de dehesa de las áreas silíceas del centro y sur, resultado de la transformación del bosque de encina y alcornoque en pastos para ganadería a partir del IV milenio a.C. En las secas zonas mediterráneas predomina el bosque de encina o carrasca o el pinar, junto a plantas aromáticas como jara, tomillo, espliego y romero, mientras que en las zonas esteparias del Sureste crece el cáñamo y las plantas aromáticas y la vegetación arbórea es muy escasa por efecto antrópico. Además, cada cadena de montaña ofrece su propia cliserie, según su ubicación y altura, y la mayor parte de los ríos mantienen bosques galería y sirven para regar huertas, al concentrarse en sus márgenes los cultivos agrícolas que necesitan riego por canal dada la aridez del clima, sistema documentado desde el III milenio a.C. La orografía y litología tan articuladas y complejas acentúa las diferencias geográficas de unas regiones y otras, con fuertes contrastes en su relieve, suelos, clima, vegetación y fauna y, en consecuencia, en sus culturas. A ello se suman las diversas corrientes culturales y étnicas que interaccionan de forma dinámica con otros territorios. Entre estas corrientes externas destacan tres. Una la representa el Mediterráneo, que constituye la gran vía de influjos culturales y demográficos del Sur de Europa, por la que fluyen los contactos con los focos culturales más avanzados del Oriente Medio. Por esta vía llegó el Neolítico, la metalurgia inicial, los contactos con el mundo micénico y, ya en el I milenio a.C., las colonizaciones históricas de fenicios, griegos, púnicos y, finalmente, de Roma. Otra de las corrientes afecta mayoritariamente a las regiones silíceas atlánticas del Occidente de la Península Ibérica, con contactos desde época megalítica y campaniforme con el occidente de Francia y las Islas Británicas, dentro del llamado Mundo Atlántico, cuyo apogeo se alcanza en la Edad del Bronce, seguramente estimulado por los intercambios metalíferos. La tercera corriente procede de más allá de los Pirineos y relaciona la Península Ibérica con la Europa Central, pero ofrece periodos de mayor actividad, como en el Campaniforme y con los Campos de Urnas del Bronce Final y en la Edad del Hierro, al acentuarse
14  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Figura 5. Principales ejes de comunicaci  n de la Pen  nsula Ib  rica  seg  n...
INTRODUCCIÓN los contactos entre las poblaciones celtas del norte y del sur de los Pirineos, aunque los contactos transpirenaicos han funcionado siempre a escala local por la trashumancia montaña-llano. Por último, todavía cabe señalar el Norte de África, apenas separada de la Península Ibérica por los 14 km del Estrecho de Gibraltar. Sin embargo, salvo algunos contactos locales menores, apenas se manifiesta actividad entre ambos lados del Estrecho, dada la barrera demográfica que representa la creciente desertización del Sáhara a partir del Holoceno Reciente. Las diferencias señaladas en el relieve, suelos, clima, vegetación y fauna y, en consecuencia, en las culturas y pueblos de las distintas regiones determinan que la Península Ibérica, desde un punto de vista étnico, cultural e histórico, pueda ser considerada, como se ha indicado, como un pequeño microcontinente situado entre el Mediterráneo y el Atlántico en el extremo Suroeste de Europa, que representa el final de Eurasia, próxima a África, aunque aislada de ella por el Sáhara. Además de los factores señalados, acentúan su amplia diversidad interna los diversos influjos externos recibidos de modo, en fechas y con intensidad distinta en las diferentes áreas culturales. Sin embargo, todas las regiones ofrecen ciertas características culturales comunes que permiten diferenciarlas de otras culturas extrañas a la Península Ibérica. En este sentido, la amplia Meseta Central, abierta a la periferia por distintas vías de comunicación (Fig. 5), ha actuado desde la Prehistoria como lugar de intercambio cultural y étnico con las regiones periféricas, que han dado lugar a procesos de “sístole/diástole” con fases de mayor o menor influencia etno-cultural según los distintos periodos cronológicos y las diversas áreas culturales afectadas. * Esta Protohistoria de la Península Ibérica pretende ser, como se ha indicado, una síntesis innovadora, con una visión actual de los fenómenos históricos desarrollados desde el Neolítico hasta la Romanización. Se ha pensado con visión de futuro, pues, aunque ofrece una estructura tradicional, se basa en las investigaciones más recientes e innovadoras con una metodología que pretende abordar todo el sistema cultural de forma interrelacionada, desde la cultura material y la tecnología a la economía, la sociedad y la ideología y religión, además de los recientes estudios antropológicos basados en el ADN y los avances logrados en estos últimos años en Lingüística e incluso en la Literatura Protohistórica leída a través de la Iconografía, a fin de lograr una visión lo más holística y dinámica del proceso cultural. Como ejemplo, cabe señalar la nueva valoración del Arte Rupestre Levantino y del Campaniforme, la presentación del yacimiento de Valencina de la Concepción como el principal foco demográfico y cultural calcolítico del III milenio a.C. en la Península Ibérica, frente a la visión anterior basada en yacimientos tipo Los Millares y Zambujal, o la nueva interpretación de los pueblos y culturas prerromanos del I milenio a.C., al ofrecerse una nueva visión con elementos tan innovadores como la revisada valoración de Lusitanos y Vascones. La redacción de los distintos ensayos ha corrido a cargo de especialistas bien reconocidos en sus respectivos campos por sus estudios y publicaciones. Ello ha supuesto una evidente dificultad a la hora de unificar criterios y terminología, a lo que se añade la diversidad de perspectivas e interpretaciones que ofrecen los estudios punteros, aunque se ha valorado que las diferencias que ofrecen los distintos ensayos también tienen interés en sí mismas, pues denotan las distintas interpretaciones existentes que marcan las perspectivas de estudio hacia el futuro. Todos los autores han hecho en ellos un notable esfuerzo para adaptarse a las características de la obra en un tiempo muy breve, por lo que se merecen un sincero reconocimiento. La obra se ha concebido en tres partes: una dedicada al Neolítico y Calcolítico, que finaliza con el Campaniforme; otra es la Edad del Bronce, con su doble vertiente Mediterráneo-Atlántica, y la última aborda la Edad del Hierro, entendida como el avance definitivo hacia la vida urbana que finaliza en el proceso de la Romanización, que supuso el final de la Prehistoria en la Península Ibérica. La primera parte, que comprende el Neolítico y Calcolítico: avance hacia una sociedad compleja, se dedica a los cambios ocurridos desde la llegada de la domesticación, con su repercusión cultural y demográfica que aboca a sociedades cada vez más complejas. Se ha estructurado en seis ensayos: “Los primeros agricultores neolíticos mediterráneos (VI-V milenios A.C.)”, por Bernat Martí Oliver y Joaquim Juan-Cabanilles; “El Neolítico en las tierras del interior y septentrionales”, por Manuel Rojo; “Hacia las sociedades complejas (IV y III milenio cal B.C.) en la Iberia Mediterránea”, por Joan Bernabeu Aubán y Teresa Orozco Köhler; “Las sociedades complejas (IV y III milenio cal B.C.) en la Iberia meridional”, por Francisco Nocete; “El Calcolítico en la Meseta y su orla atlántica: Intensificación económica y avance de la vida sedentaria (3200-2500 cal. A.C.)”, por Germán Delibes de Castro, y, finalmente, “El Campaniforme en la Península Ibérica”, por Rafael Garrido Pena, que constituye la transición y enlace con la parte siguiente. La segunda parte se dedica a La Edad del Bronce, que básicamente corresponde a las culturas de- 15
INTRODUCCI  N  los contactos entre las poblaciones celtas del norte y del sur de los Pirineos, aunque los contactos transp...
16 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA sarrolladlas en el II milenio a.C., que conforman el substrato casi directo de los pueblos prerromanos de la Edad del Hierro. Ha sido organizada con dos ensayos esenciales, “La Edad del Bronce en la Iberia Mediterránea”, de Vicente Lull, Rafael Micó, Cristina Rihuete y Roberto Risch, y “El mundo atlántico de Península Ibérica: un umbral entre oriente y occidente”, de Marisa Ruiz-Gálvez. A ellos se ha añadido un tercer artículo dedicado a “Las Islas Baleares: desde su colonización humana estable hasta la conquista romana”, de Vicente Lull, Rafael Micó, Cristina Rihuete y Roberto Risch, ya que su estructura cultural corresponde básicamente a este periodo. La tercera y última parte trata sobre Los pueblos prerromanos y el proceso final hacia la vida urbana. Los seis ensayos finales de la obra se adaptan a los pueblos y culturas prerromanos conocidos por las fuentes clásicas, cuyas características han confirmado los actuales estudios arqueológicos y lingüísticos. La ordenación ofrecida refleja su mayor o menor vinculación con las culturas de la Edad del Bronce anteriormente descritas y sus propias interrelaciones internas. Estos ensayos son los siguientes: “Lusitanos”, por Martín Almagro-Gorbea; “Los Campos de Urnas”, por Gonzalo Ruiz Zapatero; “Los pueblos celtas”, por Alberto J. Lorrio; “Tarsis, Tartessos, Turdetania”, por Mariano Torres Ortiz; “Iberia mediterránea: los pueblos ibéricos”, por Martín Almagro-Gorbea y, finaliza con “Los Vascones”, por Martín Almagro-Gorbea, que representan uno de los pueblos más interesantes y problemáticos de la Protohistoria de Europa, de los que en parte descienden los vascos actuales. Como conclusión, esta Protohistoria de la Península Ibérica. Del Neolítico a la Romanización pretende ser una visión de síntesis de los últimos seis milenios de la Protohistoria de la Península Ibérica, desde los primeros agricultores hasta el pleno desarrollo de la vida urbana tras la Romanización. Su finalidad es atraer el interés hacia la Protohistora de la Península Ibérica a toda persona interesada, sea o no especialista, dada la complejidad de fenómenos culturales que ofrece, muchos de los cuales permiten, incluso, explicar mitos y procesos históricos actuales, que hunden sus raíces en aquellos lejanos tiempos, por derivar de ellos en procesos de “larga duración”. Pero el interés que ofrece la Protohistoria de ese pequeño microcontinente que conforma la Península Ibérica en el extremo Suroeste de Eurasia es también una llamada a una colaboración científica internacional, cada vez más necesaria en estos atractivos campos de estudios multidisciplinares. MARTÍN ALMAGRO-GORBEA Real Academia de la Historia
16  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  sarrolladlas en el II milenio a.C., que conforman el substrato casi directo d...
2 neolítico y calcolítico: avance hacia una sociedad compleja
2  neol  tico y calcol  tico  avance hacia una sociedad compleja
Bernat Martí Oliver* Joaquim Juan-Cabanilles Los primeros agricultores neolíticos mediterráneos (VI-V milenios a.C.) Introducción Hacia mediados del VI milenio a.C. se documentan los primeros testimonios neolíticos, económicos y tecnológicos, en el ámbito mediterráneo de la península Ibérica. La cronología del suceso la dan las dataciones de C14 calibradas sobre muestras específicamente neolíticas, como son granos de cereales y huesos de animales domésticos. Dichos testimonios corresponden a grupos de agricultores y pastores, instalados en distintos puntos del litoral, cuyo origen, según las visiones más compartidas, debe buscarse en áreas aledañas de la cuenca occidental mediterránea. Efectivamente, los ocupantes de la cueva de Can Sadurní o del lugar de Les Guixeres, en Cataluña, los de la cueva de Les Cendres o del lugar de Mas d’Is, en el País Valenciano, o los de la cueva de Nerja, en Andalucía, por poner unos ejemplos, poseen y crían ovejas y cabras, cultivan trigo y cebada, disponen de recipientes cerámicos, de herramientas de piedra pulida, de hoces de sílex y de un rico ajuar desconocido hasta entonces. Se trata sin duda de grupos plenamente neolíticos, condición adquirida por sus progenitores desde generaciones anteriores en el área mediterránea, que establecen sus lugares de residencia en cuevas y en emplazamientos al aire libre, y utilizan también las cavidades y abrigos rupestres como necrópolis, refugios, corrales o santuarios, con un control evidente del territorio. Desde sus enclaves costeros iniciales, proceden a una rápida expansión interior, en el curso de la cual podrán entrar en contacto con las poblaciones mesolíticas locales, lo que originará plausibles procesos de neolitización. De la personalidad de estas primeras comunidades neolíticas y de su desarrollo en el tiempo, entre mediados del VI milenio y mediados del IV a.C., se tratará en las páginas siguientes, de un modo necesariamente sintético. La bibliografía reseñada será selectiva y lo más actualizada posible, teniendo en cuenta las grandes fuentes de información que constituyen las actas publicadas de los diferentes congresos sobre el Neolítico peninsular y algunas síntesis recientes sobre el mismo periodo.5 Conviene aclarar también que para la cronología neolítica se procurará emplear, como ya es de amplio consenso, dataciones de C14 sobre muestras de vida corta y “directas” (restos de plantas y fauna domésticas, hueso humano), en la búsqueda del grado más alto de fiabilidad.6 Modelos para la neolitización La aparición de la agricultura y la ganadería, es decir, de la “economía” neolítica, en la fachada mediterránea ibérica solo puede entenderse desde la perspectiva de la difusión, al no poderse soslayar el origen próximo-oriental de las primeras especies domésticas. La tecnología neolítica (cerámica y piedra pulida) acompaña siempre a la evidencia económica en los más antiguos hábitats costeros, lo que afirma el carácter completo del llamado “paquete” neolítico. La parcialidad de este “paquete”, observable en algunos yacimientos, tiene diversas explicaciones, que incluyen tanto la “funcionalidad” neolítica como la “neolitización” mesolítica, pero también otras realidades de tipo tafonómico, como los denominados contextos “aparentes”.7 El acuerdo amplio sobre la difusión neolítica no esconde las dos interpretaciones principales originadas en su seno. En la primera de ellas, el Neolítico sería algo aportado por gente, visión que descansa en fenómenos democulturales como el colonialismo o el pionerismo,8 con el referente último del modelo de la “ola de avance” que sitúa el epicentro de la difusión démica en el Próximo Oriente. La segunda interpretación hace hincapié en un Neolítico aportado entre gente, concediendo un papel primordial a las poblaciones indígenas mesolíticas y a sus redes de relaciones, por las que circularía la información necesaria y los propios “ítems” neolíticos.9 Conjugando ambas interpretaciones, el esquema más utilizado para la ver- 6 7 * 5 Museo de Prehistoria de Valencia, bernat.marti@dival.es Para los congresos: VV.AA., 1996; Bernabeu y Orozco, ed., 1999; Arias, Ontañón y García-Moncó, ed., 2005; Hernán- 8 9 dez, Soler y López, ed., 2008. Para las síntesis: Martí, 2007; Rojo, Garrido y García, coord., 2012. Zilhão, 2011. Bernabeu, Pérez y Martínez en Bernabeu y Orozco, ed., 1999. Por ej. Zilhão, 1997; Bernabeu, 1997; Martí, 2008. Por ej. Vicent, 1997.
Bernat Mart   Oliver  Joaquim Juan-Cabanilles  Los primeros agricultores neol  ticos mediterr  neos  VI-V milenios a.C.   ...
20 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA tiente mediterránea peninsular, el llamado “modelo dual”, de vieja formulación y constantemente puesto al día, considera la llegada de “colonos” neolíticos de origen mediterráneo por vía principalmente marítima, su expansión territorial, la toma de contacto con los mesolíticos locales y la progresiva pero rápida neolitización de estos, desde posibles situaciones de frontera.10 Como zonas de origen de los colonos neolíticos se señala normalmente las costas tirrénicas italianas o del arco ligur, atendiendo a la filiación que marcan determinadas cerámicas. La propagación por vía marítima se apoyaría en el carácter aislado, en puntos localizados del litoral, de los primeros núcleos de asentamiento neolítico, y en el escaso desfase cronológico entre ellos. En los últimos años, y para el caso concreto de Andalucía, se ha revalorizado una posible vía norteafricana de neolitización,11 aunque las incógnitas son todavía muchas por la debilidad de la información disponible. Los datos, a menudo, suelen trascender los modelos, señalando su endeblez. Contemplada la primera mitad del VI milenio a.C., justo el tiempo que precede la “arribada” neolítica, el panorama del poblamiento en el ámbito mediterráneo ibérico viene marcado por amplios vacíos, que afectan particularmente a Cataluña, sur del País Valenciano, Murcia y gran parte de Andalucía;12 la zona ocupada, en definitiva, se restringe a una franja entre el río Ebro, al norte, y el río Júcar, al sur, es decir, la parte central mediterránea (tierras del Bajo Aragón y del norte y centro valenciano), y posiblemente a las sierras interiores de la Andalucía nororiental (sierra de Cazorla). Este poblamiento corresponde a los últimos cazadores-recolectores mesolíticos, caracterizados por las armaduras geométricas de sílex del tipo triángulo de Cocina, definidoras a su vez de la fase B del Mesolítico reciente mediterráneo según la clásica sistematización de J. Fortea. La fase precedente, la A, definida por las armaduras trapeciales, tendría su desarrollo en la segunda mitad del VII milenio a.C., y se manifestaría territorialmente, con escasa ampliación hasta el río Vinalopó (centro-sur valenciano), en la misma franja central mediterránea. Recientemente, empero, se han señalado posibles indicios de esta fase en la costa andaluza, en sendos yacimientos de la zona de Málaga (cuevas de Nerja y Bajondillo), que ampliarían hasta esta parte mediterránea los datos ya conocidos de la parte atlántica.13 10 11 12 13 Una breve historia de este modelo de neolitización, con los autores implicados y la bibliografía, en Juan-Cabanilles y García Puchol, 2013. Manen, Marchand y Carvalho, 2007. Juan-Cabanilles y Martí, 2002; Fernández López de Pablo y Gómez, 2009. Aura et al., 2009; Cortés et al., 2012. Los mesolíticos de la fase B, pues, son los que asistirían en teoría a la llegada de los primeros neolíticos, pero el encuentro entre ambos, dados los vacíos de población apuntados (o sea, de datos), solo puede valorarse en el ámbito espacial del País Valenciano y del Bajo Aragón. Así y todo, la realidad es que el núcleo neolítico más antiguo detectado en el País Valenciano (entre los ríos Serpis y Gorgos, centro-sur del país) se sitúa en una zona sin testimonios claros de la fase B mesolítica, lo que supone un lapso temporal de un mínimo de cuatrocientos años calibrados con respecto al último poblamiento mesolítico aquí reconocido, correspondiente a la fase A. Este hecho se repetiría en la costa de Málaga, de confirmarse los indicios arriba mencionados de las cuevas de Nerja y Bajondillo. Observados los núcleos neolíticos iniciales del Mediterráneo peninsular, los primeros agricultores parecen establecerse en zonas prácticamente despobladas o poco concurridas por los cazadores mesolíticos, impresión que es difícil de atribuir en los más de los casos a una falta de prospecciones arqueológicas. Desde estas zonas de primer asentamiento se producirá la expansión neolítica, que esta vez sí que podrá propiciar el encuentro cultural, al interferir en los territorios mesolíticos. El resultado de este encuentro se ha creído ver en la fase C de la evolución del Mesolítico reciente mediterráneo, fase establecida en su día por J. Fortea para dar cuenta de determinados conjuntos arqueológicos caracterizados por la suma de elementos neolíticos (cerámicas) y mesolíticos (armaduras líticas), normalmente en posición terminal dentro de las secuencias estratigráficas mesolíticas.14 Estos conjuntos, leídos tradicionalmente en clave de “neolitización” mesolítica, se encuentran presentes en el centro-interior valenciano, con la cueva de La Cocina como principal referencia, y en el área del Bajo Aragón, con los importantes yacimientos bajo abrigo de Botiqueria dels Moros, Costalena o Pontet. La reciente revisión, sin embargo, de la estratigrafía de la cueva de La Cocina ha concluido el carácter no homogéneo del nivel atribuido a la fase C mesolítica, al comprobarse la intrusión clara de materiales neolíticos,15 lo que abre interrogantes sobre la entidad real de los conjuntos de fase C y, por extensión, de los términos en que debe reconocerse la neolitización mesolítica. Por ahora, los conjuntos de fase B son el mejor testimonio del último poblamiento mesolítico en el área mediterránea ibérica. Sus responsables, por tanto, son los que habrían presenciado la implantación de los primeros neolíticos, aunque las dataciones más fiables actualmente disponibles para unos y otros solo marcan una contemporaneidad de apenas 14 15 Juan-Cabanilles y Martí, 2007-2008. García Puchol, 2005.
20  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  tiente mediterr  nea peninsular, el llamado    modelo dual   , de vieja formu...
LOS PRIMEROS AGRICULTORES NEOLÍTICOS MEDITERRÁNEOS (VI-V MILENIOS A.C.) treinta o cuarenta años, extremando las bandas de indeterminación temporal; una coexistencia, además, que se daría en territorios exclusivos y en un primer momento relativamente alejados.16 Después, las incertidumbres son todas en cuanto a los modos y el resultado del previsible encuentro cultural. Por lo que tiene que ver con la fundamentación de determinados modelos de neolitización, los análisis comparativos de las industrias líticas mesolítica y neolítica −único apartado de la cultura material viable para el contraste− muestran significativas diferencias en los planos tecnológico y tipológico. Quiere esto decir que los ocupantes, por ejemplo, de la cueva de L’Or, en el núcleo neolítico valenciano, y los ocupantes mesolíticos de la cueva de La Cocina, no muy alejada de aquel núcleo, participaban de “tradiciones” o “estilos” diferentes para tallar sus hojas de sílex y para conformar sus armaduras de flecha, “maneras de hacer” que pueden juzgarse coetáneas o con muy poca distancia en el tiempo. Si el estilo es un reflejo de la “identidad”, de la personalidad diferenciada, hay que convenir la realidad de las identidades particulares mesolítica y neolítica, y lo que ello implicaría en términos de ruptura poblacional. A esta ruptura empiezan a sumarse con mayor decisión los datos genéticos, mediante una buena selección de las “muestras” de población y una utilización exclusiva del ADN antiguo a efectos comparativos. En lo que respecta a la fachada mediterránea ibérica, recientes estudios señalan que los tipos mitocondriales encontrados en individuos mesolíticos no coinciden con los de individuos neolíticos, lo que reforzaría la hipótesis de una ruptura genética entre ambas poblaciones.17 Las muestras comparadas provienen básicamente del yacimiento mesolítico de El Collao (6700-6000 cal BC), en el País Valenciano, y de los yacimientos neolíticos de Can Sadurní y Sant Pau del Camp (50004500 cal BC), en Cataluña. Más allá del poco número y la relativa distancia geográfica y temporal de las muestras, el resultado no deja de ser significativo, aunque la perspectiva de futuro debería considerar en la medida de lo posible análisis más restrictivos en el tiempo y en el espacio. Cerámicas y grupos neolíticos Tradicionalmente, los primeros grupos neolíticos del litoral este y sur de la península Ibérica han sido asimilados a la corriente cultural de las cerámicas impresas del Mediterráneo occidental, a la facies representada por la cerámica “cardial” (técnica decorativa 16 17 Juan-Cabanilles y García Puchol, 2013. Fernández et al., 2010. Figura 1. Vaso neolítico con decoración impresa cardial de la Cova de l’Or (Beniarrés, Alicante). Museu de Prehistòria de València. Fotografía: Archivo del Museu de Prehistòria de València. a base principalmente de impresiones del borde de conchas dentadas del antiguo género Cardium), facies no uniforme que se extendería desde las costas tirrénicas italianas hasta las costas atlánticas del sur y el centro de Portugal, así como por las costas del Magreb. “Cardial”, pues, ha sido por lo general sinónimo de horizonte neolítico más antiguo en estos ámbitos costeros. En los últimos tiempos, empero, y al igual que en el mediodía francés, el arco ligur o la fachada tirrénica noritaliana, un horizonte inicial anterior al cardial ha creído reconocerse en algunos puntos del área mediterránea ibérica, en base a ciertos conjuntos cerámicos distanciados estilísticamente del cardial clásico y con dataciones iguales o superiores a 6500 BP.18 En el País Valenciano, el yacimiento al aire libre de El Barranquet (6510±50 BP) presenta una colección cerámica en la que las decoraciones cardiales son muy minoritarias con respecto a otras decoraciones de técnica impresa, resueltas en composiciones simples. Entre estas decoraciones destaca el llamado sillon d’impressions o “punto y raya” (producido por impresión y posterior arrastre de un instrumento apuntado o romo que genera una serie continua de 18 Bernabeu et al., 2009. 21
LOS PRIMEROS AGRICULTORES NEOL  TICOS MEDITERR  NEOS  VI-V MILENIOS A.C.   treinta o cuarenta a  os, extremando las bandas...
22 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Figura 2. Excavación del poblado neolítico de La Draga (Bañolas, Gerona). Fotografía: Equipo de La Draga. Archivo del Museu Arqueològic Comarcal de Bañolas. surcos), técnica que apuntaría al sur de Francia y al arco ligur, y que también aparece en los niveles basales (“cabaña” inferior) de Mas d’Is (6600±50 BP), junto con otros tipos de impresiones, cardiales y no. Con la zona ligur, igualmente, se han relacionado ciertas cerámicas del primer episodio neolítico (nivel VIIIb) de la cueva de En Pardo (6660±40 BP), por la matriz de impresión empleada y el esquema decorativo resultante.19 Las dataciones de El Barranquet, en particular, son indistinguibles estadísticamente de las más antiguas atribuibles al Cardial, por lo que el horizonte “antecardial” que se postula sería de breve duración. Es por tanto posible que los materiales que se le relacionarían hubieran pasado desapercibidos entre las colecciones de los yacimientos cardiales clásicos. Así, por ejemplo, en los niveles neolíticos inferiores de la cueva de Les Cendres (6510±40 BP) existen cerámicas con motivos pintados que remiten al sur de Italia, zona a la que también mirarían las decoraciones rocker o en flamme no cardial (impresiones pivotantes producidas por el borde curvo de conchas no dentadas) de los primeros niveles ocupacionales de la cueva de L’Or (5510±160 BP). El rocker no dentado, por otra parte, se documenta entre las decoraciones cerámicas de los niveles neolíticos iniciales de la cue19 Soler et al., 2013. va de Nerja (6590±40 BP), en la Andalucía oriental mediterránea, dentro de un conjunto dominado por las impresiones de instrumentos, con presencia de incisiones y del baño de almagra, y sin apenas constancia de impresiones cardiales.20 Desconocidos por ahora en Cataluña, los testimonios aducidos, fruto de excavaciones recientes o de revisiones estratigráficas, han propiciado una nueva lectura del proceso de neolitización para la fachada mediterránea ibérica. Según esta, grupos pioneros ligados al círculo cultural de las cerámicas impresas itálicas, pero de diferentes procedencias y siguiendo posiblemente vías distintas (cuenca norte mediterránea, dirección norte-sur; cuenca sur mediterránea o magrebí, dirección este-oeste), habrían conformado un primer horizonte colonizador previo a la constitución del complejo cardial clásico en Cataluña, País Valenciano y parte de Andalucía, o del complejo impreso/incisoalmagra en otra parte de esta última región. El interés de la propuesta, a falta de mayores datos, reside en su capacidad para explicar la diversidad regional observable en momentos no demasiado avanzados del Neolítico (finales del VI milenio a.C.; País Valenciano vs. Andalucía, p. ej.). Si pensamos en la diversidad “cerámica”, un buen indicador de identidad, tanto las decoraciones impresas cardiales como las no cardiales, incisas, almagradas, etc., se encontrarían presentes en los conjuntos remisibles al primer horizonte pionero neolítico: unas, las cardiales, en prácticamente todos los conjuntos; otras, las almagradas, solamente en el de Nerja. A partir de este “stock” cerámico inicial, las preferencias en uno u otro sentido marcarían las identidades regionales. Con independencia de este horizonte pionero, lo cierto es que, desde 5500/5400 a.C., todos los grupos neolíticos que se distribuyen ya por la vertiente mediterránea ibérica poseen cerámicas con decoración cardial. Tales cerámicas y el horizonte cultural que definen aparecen en los niveles basales de las secuencias estratigráficas de cuevas como Can Sadurní, El Toll, El Parco o El Frare, en Cataluña; L’Or o Les Cendres, en el País Valenciano; o La Carigüela, en Andalucía. En esta última región, sin embargo, la secuencia más completa proviene de un yacimiento al aire libre, el poblado de Los Castillejos, que también comporta cerámicas cardiales en sus fases de inicio. Con posterioridad (desde finales del VI milenio a.C.), un segundo horizonte que podemos llamar genéricamente “epicardial”, muestra que la decoración de Cardium es paulatinamente reemplazada por la impresión de instrumentos dentados, como gradinas y peines, y por incisiones, acanalados y cordones con ungulaciones o digitaciones, principalmente. En algunos yacimientos, 20 Aura et al., 2013.
22  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Figura 2. Excavaci  n del poblado neol  tico de La Draga  Ba  olas, Gerona . ...
LOS PRIMEROS AGRICULTORES NEOLÍTICOS MEDITERRÁNEOS (VI-V MILENIOS A.C.) empero, este horizonte epicardial parece desarrollado tempranamente y en ausencia de niveles con cerámicas cardiales, lo que suscita la cuestión de su génesis. Tal sería el caso de aquellos enclaves andaluces (p. ej., la cueva de los Murciélagos de Zuheros o la de Los Mármoles) que hacia 5300 a.C. muestran el predominio de las cerámicas con baño de almagra (engobe rojo formado por fina arcilla mezclada con óxido de hierro) y decoraciones de líneas incisas e impresiones de punzón, características de lo que tradicionalmente se ha llamado Cultura de las Cuevas andaluza. Se plantea, por tanto, si su origen está o no vinculado al cardial. Y esto mismo sucede en algunos yacimientos de Cataluña y en otros del interior peninsular, relacionados con la expansión neolítica. Las respuestas contemplan la posibilidad de que el epicardial –o alguna de sus facies– responda a la neolitización de un substrato mesolítico todavía no identificado, a la evolución de una facies impresa pionera (según lo que sugeriría, para Andalucía, la cueva de Nerja), o bien a la propia evolución del cardial. Después de la etapa epicardial, cuyo alcance cronológico varía según las áreas, la tendencia general apunta a una reducción de las decoraciones de los vasos y a cambios hacia formas más abiertas. En Cataluña, a partir de mediados del V milenio a.C., se individualizan diversas facies cerámicas “postcardiales”, como la representada por el nivel inferior de la cueva de la Font del Molinot. Esta facies o grupo se extiende especialmente por las comarcas centrales catalanas, y sus vasos muestran superficies peinadas (un efecto entre el acabado y la decoración, producido por el arrastre de un objeto dentado sobre la arcilla antes de la cocción) y abundantes decoraciones de crestas o cordones de escaso realce y sección triangular, entre las que destacan los llamados “bigotes”, formados por cordones dispuestos de forma arqueada y arrancando de las asas del vaso. Por el norte de Cataluña se distribuye la facies Montboló, cuyo yacimiento epónimo se encuentra en los Pirineos orientales franceses, de la que son característicos los vasos sin decoración, con superficies bien alisadas y pulidas, provistos de asas tubulares verticales. Desde finales del V milenio a.C. se desarrollan diversas facies de ámbito territorial más reducido, agrupadas bajo la denominación de Neolítico medio catalán, representadas por la cultura de los Sepulcros de Fosa. Es un horizonte de cerámicas lisas, donde las escasas decoraciones vienen singularizadas por líneas esgrafiadas (finas incisiones sobre la superficie cocida de los vasos) formando motivos geométricos, con paralelos en la cultura Chassey del sur de Francia. En el País Valenciano, su “postcardial” particular (desde el segundo cuarto del V milenio a.C.), lo definen también las cerámicas peinadas, con mayor exclusividad que en la facies Molinot. Igualmente, después de 4400 a.C., las cerámicas con de- coración esgrafiada devienen las más representativas, por la precisa tipología de sus formas carenadas y de sus motivos lineares en zigzag corto, que evocan relaciones con las culturas contemporáneas de la península Italiana y con la cultura francesa de Chassey, como sucedía en Cataluña. En Andalucía, el “epicardial” genérico (Neolítico medio en la nomenclatura regional) cubre buena parte del V milenio a.C. A partir de 4300/4200 a.C. se inicia el Neolítico tardío, un horizonte de cerámicas poco o nada decoradas y en el que comienza el predominio de los vasos de formas abiertas, aspectos que caracterizarán las fases terminales neolíticas en prácticamente todos los ámbitos del Mediterráneo ibérico. Agricultores y pastores Los primeros grupos neolíticos establecidos en el litoral mediterráneo peninsular son agricultores y pastores desde bastantes generaciones atrás, de modo que en todos sus asentamientos, trátese de poblados o de cuevas, cuando se posee información suficiente se documenta una economía productora. Las especies cultivadas son las que por entonces ya se conocen en el Mediterráneo occidental: trigos vestidos (Triticum dicoccum y T. monococcum), trigos desnudos (Triticum aestivum, T. compactum, T. durum, T. turgidum) y cebadas vestida y desnuda (Hordeum vulgare). También se cultivan legumbres como la lenteja (Lens culinaris), guisantes (Pisum sativum), habas (Vicia faba), almortas (Lathyrus sp.), vezas (Vicia sativa), o yeros (Vicia ercilia). Y, como hallazgos de excepción, la adormidera (Papaver somniferum) y el lino (Linum cf. usitatissimum).21 La presencia de estas especies varía considerablemente entre los yacimientos. En el poblado catalán de La Draga el Triticum durum es el principal taxón, mientras que el Triticum mococcum y las cebadas vestida y desnuda tienen una presencia menor, junto a algunas leguminosas y la adormidera. En el primer nivel neolítico de la cueva también catalana de Can Sadurní, el cereal más abundante, interpretado como parte de ofrendas funerarias, es el Triticum diccocum. En las cuevas valencianas de L’Or y Les Cendres el predominio corresponde a los trigos desnudos (Triticum aestivum/durum) y la cebada desnuda, si bien la cebada vestida y los trigos vestidos (Triticum monococcum y T. dicoccum) parecen desempeñar un papel significativo. En Andalucía, la cebada desnuda y vestida, junto al trigo vestido (Triticum dicoccum), han sido los cereales identificados en la cueva de los Murciélagos 21 Antolín y Buxó, 2012; Pérez-Jordà y Peña-Chocarro, 2013; Zapata et al., 2004. 23
LOS PRIMEROS AGRICULTORES NEOL  TICOS MEDITERR  NEOS  VI-V MILENIOS A.C.   empero, este horizonte epicardial parece desarr...
24 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA de Zuheros, mientras que en el poblado de Los Castillejos dominan los trigos desnudos, junto a trigos vestidos (T. monococcum) y cebada desnuda. Además de las legumbres, en Los Castillejos se constata la presencia de la adormidera y el lino. El cultivo del lino se propone a partir de la transición del VI al V milenio a.C., mientras que la domesticación y aprovechamiento de la adormidera, como alimento por su contenido en aceite o por sus propiedades psicotrópicas, se plantea ya en el VI milenio a.C., al igual que en el caso de La Draga o de los Murciélagos de Zuheros. Un hallazgo singular, si bien corresponde ya al V milenio, es el de las cápsulas de adormidera depositadas en el interior de cestillos de esparto en la cueva sepulcral andaluza de los Murciélagos de Albuñol. También se ha comprobado su consumo entre los individuos inhumados en una de las minas catalanas de Can Tintorer, en los primeros siglos del IV milenio a.C. El sistema de cultivo neolítico se basaría en la explotación de pequeñas parcelas permanentes en las que distintas especies de trigo y de cebada se plantarían juntas, tal vez para prevenir el riesgo de malas cosechas, si bien en algunos yacimientos parece existir una temprana selección de las especies, como en La Draga y Can Sadurní. En la Font del Ros, en el norte de Cataluña, en un conjunto de 45 fosas, las especies mejor representadas, Hordeum vulgare y Triticum diccocum, presentan una distribución diferenciada, apareciendo juntas sólo en una fosa.22 En Los Castillejos la evolución del tamaño de los granos de trigo y cebada, así como la variación de los isótopos C13 y N15, apuntan a una disminución del tamaño de los granos y de su rendimiento a lo largo de la ocupación neolítica del poblado, bien por causas relacionadas con el medio ambiente o bien por una disminución en la fertilidad del suelo, lo que se traduciría en un aumento de las dificultades para sus habitantes.23 En este poblado andaluz, como también en el catalán de La Draga, se identifican espacios relacionados con la torrefacción de los cereales, y de un modo general, aquí y allá, recipientes y silos destinados al almacenamiento de los granos, expresión de la importancia de la agricultura, como también hoces de sílex, palos excavadores o molinos, lo que se traduce en la progresiva influencia de la acción antrópica sobre el medio natural, un factor morfogenético que intervendrá activamente en las áreas vinculadas a los lugares de habitación. Cuando el Neolítico alcanzó las regiones del litoral mediterráneo peninsular la dinámica forestal del Holoceno había alcanzado su clímax. En las zonas más secas y cálidas el encinar estaba plenamente 22 23 Pallarés, Bordas y Mora, 1997. Rovira, 2007; Aguilera et al., 2008. constituido, en las regiones más húmedas era el robledal y en los sistemas montañosos las coníferas. Si tomamos como ejemplo el territorio valenciano, en el periodo entre mediados del VI y el IV milenio a.C. los análisis polínicos en yacimientos como L’Or y Les Cendres, así como también en espacios naturales como las turberas de Torreblanca y Casablanca-Almenara o el marjal de Navarrés, muestran fluctuaciones climáticas poco marcadas, más acentuadas por lo que se refiere al grado de humedad, con el resultado de un paisaje de bosque mediterráneo mixto con su matorral termófilo y el predominio de los pinos, las carrascas o el quejigo según las condiciones locales y los momentos. Estos análisis apuntan a la existencia de extensiones deforestadas alrededor de los núcleos de habitación, consecuencia del cultivo y el pastoreo. Sin embargo, los análisis antracológicos no detectan estos cambios en la vegetación durante las primeras etapas agrícolas de estos y otros yacimientos, lo que indicaría que los espacios abiertos para los cultivos se mantendrían estables. Será ya avanzado el Neolítico, en relación con una mayor demografía, cuando serán visibles estos procesos de deforestación, a los que seguirán la erosión de las laderas, el transporte de los sedimentos y el aluvionamiento de los valles, hasta concluir con la formación de los deltas y la regularización del perímetro costero, esto último en conjunción con el ascenso del nivel del mar.24 La agricultura cerealista se completa con una ganadería igualmente importante y con la necesidad de disponer de pastos en el entorno de los lugares de habitación. También en los animales domésticos encontramos la misma uniformidad con el conjunto del Mediterráneo occidental, con la oveja (Ovis aries), la cabra (Capra hircus), la vaca (Bos Taurus) y el cerdo (Sus domesticus), además del perro (Canis familiaris).25 Ovejas y cabras son aquí los animales fundamentales y el porcentaje de sus hallazgos óseos se considera representativo de la componente pastoril en la economía neolítica, lo que en muchos casos habla de grupos por mitad pastores y agricultores. A la obtención de carne, se suma la importancia de la leche, como se desprende de los análisis realizados sobre la pasta de algunos vasos cerámicos, en particular de aquellos que poseen asas-pitorro, formadas por un pico vertedor y un puente que lo une a la pared del vaso, presentes desde las fases neolíticas iniciales en el País Valenciano y más aún en Andalucía. Para momentos avanzados del Neolítico, algunas deformaciones óseas y las elevadas edades de los bóvidos, plantean la posibilidad del empleo de su fuerza para las labores agrícolas y trabajos de carga. 24 25 Carrión García, 2012. Saña, 2013.
24  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  de Zuheros, mientras que en el poblado de Los Castillejos dominan los trigos ...
LOS PRIMEROS AGRICULTORES NEOLÍTICOS MEDITERRÁNEOS (VI-V MILENIOS A.C.) Las actividades pastoriles quedan atestiguadas en los niveles neolíticos de un gran número de cavidades por los restos de excrementos de ovicápridos, indicativos del encierro allí de este tipo de ganado. De norte a sur se repiten las evidencias en las cuevas catalanas de La Guineu o Can Sadurní, en las valencianas de Les Bruixes, L’Or, Les Cendres, La Falguera o En Pardo, o en la andaluza de El Toro. En algunas de ellas comprobamos su utilización como hábitat, juntamente con los poblados, durante la segunda mitad del VI milenio a.C., de modo que podemos situar al final del milenio el cambio de su funcionalidad hacia una especialización ganadera, demostrada por los potentes niveles de corral debidos a la combustión de los excrementos. En estos niveles de corral los análisis antracológicos muestran la presencia abundante de plantas que se relacionan con el aporte de alimentos para los animales enfermos y las crías, como sucede con los restos de acebuche en Les Cendres, o de fresno en La Falguera y L’Or.26 La recolección de vegetales, la caza y la pesca también son actividades importantes. Los restos de animales silvestres superan la cuarta parte de los identificados en cuevas como la andaluza de La Carigüela y la valenciana de L’Or. El conejo suele aportar el mayor número de restos, aunque su rendimiento en carne es sensiblemente menor que el de otras especies cazadas. El ciervo ocupa por lo general un lugar destacado, acompañándole el jabalí, el uro, el corzo, la cabra montés o el caballo, según los distintos medioambientes. Por lo que se refiere a la pesca, son muy numerosas las cuevas y los poblados ubicados en las inmediaciones del mar desde los primeros tiempos neolíticos, como Sant Pau del Camp o El Cavet, en Cataluña, El Barranquet o Les Cendres, en el País Valenciano, o Nerja y las cuevas del complejo del Humo, en Andalucía, cuyo territorio alcanzaría el contorno costero actual hacia el 6000 BP, tras el máximo nivel del mar de la transgresión flandriense. Una situación costera que también vemos en poblados que se inician a principios del V milenio a.C., caso de Costamar o Tossal de les Basses, en el País Valenciano. Además de la destacada presencia que las conchas marinas tienen entre los elementos de adorno, o como instrumentos para decorar la cerámica o contener colorante, son también numerosas las evidencias del aprovechamiento de los moluscos y de los peces como alimento. Así, en la cueva de Nerja, junto a la pesca alcanzó gran importancia la caza de aves marinas, y en Les Cendres se han encontrado restos de mero, pagro, pagel, dorada y lubina, entre otros peces. Y en ambos yacimientos y en Sant Pau del Camp es notable la acumulación de lapas y peonzas, que indican la explotación de am26 Badal, 2002; Carrión Marco, 2005. Figura 3. Mangos de hoces y útil acodado para cortar, de madera, procedentes del poblado neolítico de La Draga (Bañolas, Gerona). Museu Arqueològic Comarcal de Bañolas. Fotografía: A. Casanova. Archivo del Museu Arqueològic Comarcal de Bañolas. bientes litorales rocosos. Otros yacimientos costeros, como El Barranquet, Bolumini y Tossal de les Basses, en el País Valenciano, explotan además las lagunas litorales cercanas para la recolección de berberechos. En Tossal de les Basses existen numerosos encanchados circulares que se interpretan para la cocción de moluscos al vapor.27 Alfareros, talladores y artesanos Los recipientes cerámicos constituyen la parte más visible de la cultura material neolítica, una nueva tecnología que también se comparte con el conjunto del Mediterráneo occidental. La multiplicidad de funciones de estos recipientes, desde simples contenedores hasta vasos relacionados con el culto, o primeros utensilios culinarios que pueden ser expuestos directamente a las llamas del hogar, se traduce en una 27 Marlasca, 2013; Rosser y Fuentes, 2007. 25
LOS PRIMEROS AGRICULTORES NEOL  TICOS MEDITERR  NEOS  VI-V MILENIOS A.C.   Las actividades pastoriles quedan atestiguadas ...
26 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA gran variedad de formas, a las que se añade una amplia gama de decoraciones, sobre todo en las primeras etapas neolíticas.28 Como hemos visto, las técnicas decorativas, por su fácil identificación y por su cambio más rápido en el tiempo, han sido tradicionalmente tomadas como el elemento caracterizador de los estadios evolutivos del Neolítico, así como marcador de los diferentes territorios “culturales”. De los estudios sobre la tecnología cerámica, relativos a las composiciones de pastas, las formas de modelado, los hornos y las temperaturas de cocción, etc., destacaremos que los análisis realizados sobre las pastas de los vasos, especialmente de conjuntos cardiales y epicardiales, apuntan a que las tierras empleadas proceden por lo general de depósitos cercanos a los asentamientos. Se trataría, por tanto, de producciones alfareras de ámbito local, pero basadas sobre patrones morfológicos y decorativos, tecnológicos en suma, con un gran trasfondo cultural intra e interregional. Si nos detenemos en la morfología de los vasos, ésta muestra una notable variabilidad en los primeros momentos neolíticos, prueba de que se trata de una artesanía ya consolidada de tiempo. Los conjuntos cardiales del núcleo valenciano ilustran dicha variabilidad. Así, al lado de una numerosa producción de cuencos hemiesféricos y globulares, la muestra cerámica de L’Or y La Sarsa, puesta por caso, comprende cubiletes de base plana, vasos con asa-pitorro, ollas de diversas morfologías –globulares, con borde diferenciado–, cántaros o botellas de diferentes tamaños –recipientes con cuello más o menos marcado–, recipientes de almacén –tronco-cónicos, cilíndricos, ovoides y globulares, también de dimensiones varias–, botellitas, cazos, vasos geminados, toneletes, etc. Los elementos de prensión son igualmente variados, representados por asas de cinta –con o sin apéndice–, anulares, tuneliformes, otras bilobuladas o trilobuladas, etc., además de mamelones y lengüetas, estas a veces perforadas. Buena parte de este repertorio formal comparece en las distintas áreas del Mediterráneo peninsular, si bien siempre existen singularidades, caso, por ejemplo, de los vasos con asa-pitorro, solo presentes en el País Valenciano y en Andalucía. En el transcurso del Neolítico se reduce la variedad cerámica inicial, compensada por la aparición de nuevas formas vasculares. A partir de mediados del V milenio a.C. irrumpen los vasos con inflexiones marcadas del cuerpo o carenas, en un principio de formas más o menos cerradas, para seguidamente dar paso a toda suerte de recipientes abiertos como platos, fuentes y cazuelas, un tipo de vajilla que, adentrado el IV milenio a.C., no falta en ninguna de las áreas mediterráneas y que tendrá una especial relevancia 28 Bernabeu, Rojo y Molina, coord., 2011. en el territorio andaluz. En esta última zona, fuentes y cazuelas carenadas aparecerán al lado de otras vasijas también con carena y de menores dimensiones, soportes cilíndricos y vasos globulares achatados con cuello, como formas más especiales. Por su parte, en Cataluña, las escudillas carenadas compartirán vajilla con ollas bitronco-cónicas de fondo convexo, grandes jarras ovoides y vasos de boca cuadrada, estos últimos señalando relaciones septentrionales. El pulimento de la piedra representa la otra novedad tecnológica neolítica, de la que son expresión desde los primeros momentos las hachas y las azuelas sobre rocas metamórficas o ígneas, y también, aunque más exclusivos de Andalucía y el País Valenciano, los brazaletes o pulseras sobre los mismos tipos de rocas además de las sedimentarias. Las fuentes de aprovisionamiento de materias primas, para el caso concreto de hachas y azuelas, suelen ser regionales en estos inicios, como suponen –por ejemplo– las corneanas pirenaicas o prepirenaicas para el norte de Cataluña, las diabasas locales para la zona central valenciana, o las sillimanitas de las sierras béticas para determinadas zonas andaluzas. Un pequeño “taller” de fabricación de hachas ha sido reconocido en el poblado catalán de Plansallosa, dentro de una estructura de habitación, lo que aboga por una producción “doméstica” basada en el aprovechamiento de la corneana local. Solo los brazaletes de esquisto del Cardial valenciano tendrán un origen extrarregional, indicando tempranas relaciones a media o larga distancia. Considerada globalmente la producción de piedra pulida, en el caso del área valenciana la tendencia a partir de mediados del V milenio a.C. es a ampliar la variedad de materias, viéndose favorecidas las de procedencia lejana (anfibolitas, sillimanitas, eclogitas, etc., de ámbitos béticos del sureste ibérico), a la vez que la variedad de objetos fabricados, sumando cinceles y escoplos a hachas y azuelas en el apartado de las herramientas.29 La industria de piedra tallada de las primeras etapas neolíticas aprovecha también fuentes locales. Al sílex se añade como materia de buena calidad el jaspe, muy explotado en el llano de Barcelona por la proximidad de los afloramientos de la montaña de Montjuïc, y utilizado en menor medida en el territorio valenciano, junto con el cristal de roca. El trabajo de talla va dirigido a la obtención principalmente de soportes laminares, mediante el lascado envolvente o semienvolvente de núcleos poco preparados, aplicando técnicas de percusión directa o indirecta y de presión manual, a menudo con tratamiento térmico previo. Esta última técnica, junto con el lascado envolvente, es 29 Orozco, 2000.
26  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  gran variedad de formas, a las que se a  ade una amplia gama de decoraciones,...
LOS PRIMEROS AGRICULTORES NEOLÍTICOS MEDITERRÁNEOS (VI-V MILENIOS A.C.) desconocida en contextos mesolíticos,30 y se encuentra bien atestiguada en yacimientos andaluces como Los Castillejos y Nerja, o catalanes como la Caserna de Sant Pau del Camp, aquí en relación con la talla de jaspe.31 El stock de hojas y hojitas, como soportes, se destina esencialmente a útiles de corte, sin demasiados acomodos (algún tipo de truncadura, fracturas simples y bordes abatidos), a perforadores o taladros y a armaduras de flecha de formas geométricas.32 Entre los útiles de corte destacan las hojas o “elementos” de hoz, identificadas por el lustre intenso o “pátina de siega” producido por el uso. La disposición del lustre permite inferir la forma de enmangue y el tipo general de hoz, habiéndose observado diferencias regionales.33 En el sur y el este ibéricos, las hoces son de mango curvo con series de hojas insertadas oblicuamente, creando un filo dentado, tipo que ilustraría la hoz encontrada en la cueva andaluza de los Murciélagos de Albuñol. En el noreste, la forma más corriente de inserción de los sílex es paralela al mango, obviamente rectilíneo, en hoces provistas de un apéndice “recolector” acodado en el extremo. Mangos de estas hoces, en madera, se han hallado en La Draga, así como de otros tipos en que la hoz se arma con una sola hoja de sílex en disposición oblicua respecto al vástago de madera; a este último modelo se acerca un mango recuperado en el yacimiento valenciano de Costamar, pero fabricado en asta de ciervo. Esta variedad regional en las hoces suele interpretarse en clave de tradiciones culturales diferentes, a lo que se une algunos aspectos tecnotipológicos de las armaduras de flecha geométricas. En los primeros momentos neolíticos, la armadura común a todos los grupos de la fachada mediterránea ibérica es el trapecio de retoque abrupto, por lo que la diferencia intergrupal o regional la marcan otras armaduras acompañantes, caso de los triángulos isósceles de retoque en doble bisel, presentes en Cataluña, raros en el País Valenciano y ausentes en Andalucía. En estadios más avanzados, fases epicardiales sensu lato, los segmentos devienen las armaduras características, sobre todo en Cataluña, clase de geométricos sí documentada en Andalucía pero solo en la variedad conformada por retoque abrupto (en Cataluña y el País Valenciano, esta variedad de segmentos coexiste con los de doble bisel, técnica de retoque no constatada por ahora en Andalucía). La uniformidad “geométrica” en todo el ámbito mediterráneo ibérico volverá en cierto modo a alcanzarse en el IV milenio a.C., otra vez con los trapecios como tipo de armadura generalizada, que serán poco a poco sustituidos por las puntas foliáceas. 30 31 32 33 García Puchol y Juan-Cabanilles, 2012. Borrell y Molist, 2012; Sánchez, 2000; Martínez Fernández et al., 2010; Aura et al., 2013. Juan-Cabanilles, 2008. Ibáñez et al., 2008. Figura 4. Industria lítica de sílex neolítica. Armaduras de flecha de formas geométricas (trapecios y triángulos), perforadores y hojas de sílex, de la Cova de l’Or (Beniarrés, Alicante). Museu de Prehistòria de València. Fotografía: Archivo del Museu de Prehistòria de València. La industria sobre materias duras animales como el asta y el hueso, sin parangón en el mundo previo mesolítico, se orienta a la fabricación de útiles y ornamentos, como muestran singularmente los yacimientos del núcleo cardial valenciano.34 Dentro de los útiles, los punzones, especialmente los elaborados sobre metapodios de ovicaprinos, son de amplia generalización, y también los alisadores, cinceles y espátulas. A estas últimas se las relaciona con el trabajo alfarero, junto con las gradinas, piezas con el extremo dentado destinadas a la decoración cerámica. Otros objetos a destacar son las cucharas, recortadas sobre huesos de grandes herbívoros, bien representadas en las cuevas valencianas de L’Or y La Sarsa, o los tubos sobre huesos largos de grandes aves, piezas integrantes 34 Pascual-Benito, 1998. 27
LOS PRIMEROS AGRICULTORES NEOL  TICOS MEDITERR  NEOS  VI-V MILENIOS A.C.   desconocida en contextos mesol  ticos,30 y se e...
28 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Figura 5. Industria ósea neolítica. Cucharas y tubos que se interpretan como instrumentos musicales, de la Cova de l’Or (Beniarrés, Alicante). Museu de Prehistòria de València. Fotografía: Archivo del Museu de Prehistòria de València. de instrumentos musicales del tipo flauta de Pan.35 Entre los elementos de adorno, tienen especial relevancia los anillos, de los que se conocen sus matrices de fábrica sobre fémures de cabra u oveja y asta de ciervo, con series de incisiones preparadas para la segmentación. Al lado de los anillos comparecen abundantes cuentas de collar y colgantes sobre vértebras de pescado, dientes atrofiados de ciervo, colmillos de carnívoros y de jabalí, etc. El repertorio de adornos se extiende a otras materias como las conchas, sobre todo marinas (Columbella rustica, Conus mediterraneus, Luria lurida, Dentalium sp., Glycymeris sp., cardíidos diversos, etc.), y algunas de agua dulce (Theodoxus fluviatilis). A veces, el acondicionamiento consiste en una simple perforación de la valva, o en el seccionado de la concha (cf. cuentas cilíndricas sobre Dentalium); en otras, la transformación es más intensa, produciendo cuentas discoidales o colgantes elípticos u ovalados. Talleres locales de cuentas discoidales en 35 Martí et al., 2001. conchas de cardíidos se reparten por toda la vertiente mediterránea ibérica. Por su parte, los colgantes elípticos pueden presentar estrangulamientos o abultamientos que recuerdan a los dientes atrofiados de ciervo. Esta misma “tipología” de adorno, por otro lado, puede conseguirse en piedra pulida, y otras morfologías (colgantes cónicos, p. ej.) incluso en cerámica. En piedra, sin embargo, las piezas ornamentales más distintivas son los brazaletes o pulseras, bien representados en Andalucía y el País Valenciano. El brazalete andaluz por excelencia es el de tipo ancho fabricado en mármol blanco, decorado o no con estrías impregnadas de ocre rojo. De este y de otros tipos de brazaletes en mármol, caliza, esquisto, etc., se conocen talleres relacionados con el consumo local, como los reconocidos en los yacimientos al aire libre de Catorce Fanegas, La Molaina o Cabecicos Negros, o en la cueva de Los Mármoles; un taller “especializado”, en cambio, en función tal vez del intercambio, sería el de las Piedras Viñaeras, cerca de la importante cavidad de los Murciélagos de Zuheros. La escala de consumo a la que se realiza la producción de brazaletes puede ser variada, si bien hay pocas dudas sobre la larga distancia que puede alcanzar dicho consumo. En el caso del País Valenciano, el brazalete representativo es el estrecho de esquisto, materia esta –como ya se ha apuntado– importada de lejos, y posiblemente también las propias piezas, en estado de acabado o semiacabado, dado el desconocimiento de procesos de fábrica in situ. Algunos de estos brazaletes, fragmentados, presentan perforaciones de reparación, realizadas con taladros de sílex que habrían sido accionados con dispositivos de arco. En Andalucía, más en particular, y en las primeras fases neolíticas, los brazaletes de piedra conviven con los de concha de Pectunculus, a los que llegan a sustituir. En fases posteriores reaparecerán los brazaletes de pectúnculo, que se generalizarán a la vez por las restantes áreas mediterráneas. La industria del hueso comparte presencia cierta con la de la madera, tal como revela el yacimiento cardial catalán de La Draga. De aquí, y por conservación en un medio acuático, proviene una gran muestra de objetos y utensilios fabricados en madera de boj, tejo o roble, como arcos y astiles de flechas, palos cavadores, mangos de hoces, de hachas y de azuelas, cucharas, espátulas, agujas, bastidores, etc., e incluso recipientes y restos de cestería.36 Sin duda la pérdida de variedad en la industria ósea que se observa en el transcurso del neolítico, en el apartado sobre todo del utillaje, se explica por sustitución del hueso por materias de origen vegetal. 36 Bosch, Chinchilla y Tarrús, 2006.
28  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Figura 5. Industria   sea neol  tica. Cucharas y tubos que se interpretan com...
LOS PRIMEROS AGRICULTORES NEOLÍTICOS MEDITERRÁNEOS (VI-V MILENIOS A.C.) Figura 6. Vaso neolítico con decoración impresa cardial de la Cova de la Sarsa (Bocairent, Valencia). Museu de Prehistòria de València. Fotografía: Archivo del Museu de Prehistòria de València. Figura 7. Vaso neolítico con decoración inciso-impresa y superficie a la almagra de la Cueva de los Murciélagos (Zuheros, Córdoba). Museo Arqueológico de Córdoba. Fotografía: Archivo del Museo Arqueológico de Córdoba. Poblados y cuevas en unos pocos siglos. Sus habitantes cultivaban sobre todo trigo desnudo, que tostaban y almacenaban en grandes jarras de cerámica, depositadas en unos recintos ovales enlosados. Su cabaña animal muestra una presencia destacada del buey y del cerdo, junto a ovejas y cabras, y escasos restos de perro. Pero, además, La Draga ha conservado una parte importante de los materiales orgánicos que formaron parte del utillaje cotidiano, útiles fabricados en maderas como el boj, el tejo o el roble, y objetos de cestería, a los que nos hemos referido anteriormente. Los pequeños grupos de agricultores que se expanden por el Mediterráneo ocupan con celeridad la fachada mediterránea ibérica en la segunda mitad del VI milenio a.C. Muy pronto se consolida su poblamiento en los distintos territorios, al tiempo que se desarrollan las diferencias entre ellos, manifestadas en las culturas arqueológicas de ámbito regional singularmente por las decoraciones cerámicas. El conocimiento de estas comunidades se ha incrementado en los últimos años con la excavación de los poblados, que muestran los detalles de la vida aldeana y el papel que corresponde a las cuevas y abrigos, hábitats en los primeros tiempos y, más tarde, rediles, refugios o cazaderos, necrópolis y santuarios. La información principal la aporta el poblado catalán de La Draga, junto al lago de Bañolas y parcialmente bajo sus aguas, cuya vida transcurre en los últimos siglos del VI milenio a.C.37 Las excavaciones muestran troncos con la punta biselada clavados en el suelo a manera de pilares, tablones y otros restos de construcción de madera que corresponden a las casas. Se trata de grandes cabañas de planta rectangular, formadas por 3 ó 4 hileras de postes y muros de ramas entrelazadas recubiertas con barro y paja que sostenían una techumbre a doble vertiente, posiblemente de cañizos. Los estudios dendrocronológicos apuntan a la existencia de dos hileras, hasta un total de 10 a 15 cabañas, y estiman la duración del poblado Al norte de La Draga, en el valle del Llierca, el poblado de Plansallosa, que se inicia a finales del mismo VI milenio de acuerdo con la presencia de cerámicas cardiales y epicardiales, nos ilustra sobre el modo en que los grupos neolíticos se asientan en un territorio.38 Este poblado sería el lugar central de habitación en el valle y las cuevas de sus alrededores cumplirían diversas funciones vinculadas a la caza, custodia del rebaño, almacenamiento de los alimentos o bien como necrópolis. En uno de estos lugares, la Cova 120, once fosas tenían en su interior grandes vasos cerámicos que pudieron contener cereales. Y es que el almacenamiento de los cereales será ahora prioritario, como también muestran las fosas o silos del poblado de la Font del Ros, en el Prepirineo más interior.39 En las comarcas centrales catalanas se encuentran las clásicas cuevas de Montserrat, El Frare o El Toll, 38 37 Bosch, Chinchilla y Tarrús, coord., 2000. 39 Bosch et al., 1998. Pallarés, Bordas y Mora, 1997. 29
LOS PRIMEROS AGRICULTORES NEOL  TICOS MEDITERR  NEOS  VI-V MILENIOS A.C.   Figura 6. Vaso neol  tico con decoraci  n impre...
30 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA cidente de Sant Pau, en el macizo de Garraf, la cueva de Can Sadurní comparte funciones de hábitat y de necrópolis desde el cardial. Allí se identifica un nivel sepulcral con grandes vasos que contenían cereales, datados en 6421±34 BP, que formaban parte de las ofrendas y ajuares que acompañan a los inhumados.41 Como ocurre en otras cavidades, en Can Sadurní se suceden después algunos niveles característicos de su utilización como redil y otros con inhumaciones, hacia mediados del V milenio. A partir de entonces se generalizan los enterramientos múltiples en las cuevas, que en ocasiones comparten este uso con otras actividades, como en L’Avellaner, donde se inhumaron diecinueve individuos, uno de ellos datado en 5830±100 BP, en Les Grioteres y en El Pasteral,42 las tres cavidades en la parte septentrional del territorio catalán; o en la cueva de Els Lladres, en las comarcas centrales, donde se encontraron diversas inhumaciones y un ajuar formado por dos vasos globulares con cuello alto y decoración de líneas incisas flanqueadas por impresiones, uno de los cuales contenía numerosas cuentas discoidales y colgantes fabricados sobre concha y variscita. Figura 8. Vaso neolítico decorado con cordones digitados de la Cueva del Higuerón (Rincón de la Victoria, Málaga). Museo Arqueológico Nacional de Madrid. Fotografía: Ministerio de Cultura, Educación y Deporte. así como el poblado de Les Guixeres, donde se excavaron diversas estructuras. La mayor información la ofrece el subsuelo de la ciudad de Barcelona, en las inmediaciones de la línea de costa. Distintos puntos del barrio de El Raval, representados por Sant Pau del Camp, revelan que un extenso yacimiento neolítico ocupaba el llano de Barcelona, al pie de la montaña de Montjuïc.40 Las estructuras comprenden fondos de cabaña, agujeros de poste, cubetas de combustión rellenas de piedras, fosas y silos. Sus comienzos corresponden al primer Neolítico cardial, como lo confirma la datación de una sepultura en fosa de la plaza Vila de Madrid (6440±40 BP). La ocupación de la zona se mantiene mientras se desarrollan los contextos epicardiales y, a mediados del V milenio a.C., muestra un espacio con numerosas inhumaciones en fosas, que por ahora sería la necrópolis al aire libre de mayor antigüedad. El poblamiento se mantiene en la fase postcardial, cuando las cerámicas responden a los tipos Molinot y Montboló, y se prolonga hasta los vasos carenados que recuerdan las formas del Chassey francés y apuntan a la cultura de los sepulcros de fosa, documentados en la calle Reina Amàlia. Al oc- Si regresamos a la zona costera, hacia el sur, dentro aún del espacio catalán, se confirma la presencia de asentamientos cardiales junto al mar en El Cavet, con los silos excavados característicos, y ya en tierras valencianas en El Barranquet, antes citado. Se conocen aquí un buen número de cuevas con cardial en las montañas prelitorales. Entre ellas, en la parte septentrional valenciana, la Cova Fosca, situada aguas arriba del barranco de La Gasulla con abrigos de arte rupestre Levantino. Las comarcas centro-meridionales valencianas aportan los yacimientos más representativos del período, las cuevas de L’Or, La Sarsa y En Pardo, y los poblados de Mas d’Is y Benàmer, todos ellos en el valle medio del Serpis y sus afluentes.43 Más al interior se encuentra el abrigo de La Falguera, mientras que la cueva de Les Cendres se abre en un acantilado sobre el mar. Estas comarcas albergan los conjuntos más importantes de arte rupestre que podemos atribuir al Neolítico cardial, lo que confirma su intensa ocupación. Mas d’Is, en la cabecera del río Penàguila, del que procede una semilla de Hordeum vulgare datada en 6600±50 BP, muestra un número reducido de estructuras dispersas, entre ellas dos casas superpuestas de planta rectangular con un extremo absidal y delimitadas por agujeros de postes, y también se atribuye a este primer horizonte cardial uno de los fosos excavados en una zona alejada de 41 42 43 40 VV.AA., 2008. Blasco, Edo y Villalba, coord., 2011. Gibaja et al., 2012. Bernabeu y Molina, ed., 2009; Bernabeu et al., 2003; García Puchol y Aura, coord., 2006; Soler, ed., 2012; Torregrosa, Jover y López, dir., 2011.
30  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  cidente de Sant Pau, en el macizo de Garraf, la cueva de Can Sadurn   compart...
LOS PRIMEROS AGRICULTORES NEOLÍTICOS MEDITERRÁNEOS (VI-V MILENIOS A.C.) Figura 9. Brazaletes de mármol con estrías de la Cueva de Nerja (Nerja, Málaga). Fotografía: J. L. Pascual. las casas. Por su parte, Benàmer, en la confluencia de los ríos Agres y Serpis, en las cercanías de L’Or y no lejos de La Sarsa, ofrece amplias estructuras de combustión asociadas a la cerámica cardial, y parece ser ahora un pequeño lugar que se relacionaría con L’Or. Después, en la primera mitad del V milenio a.C., se excavan un gran número de silos y Benàmer parece convertirse en un poblado agrícola mayor, cuando L’Or es sobre todo un espacio destinado a las actividades pastoriles. Este modelo parece repetirse en el inmediato valle del río Agres, donde un buen número de hallazgos de superficie se relacionan con la cueva de La Sarsa. En esta cavidad destaca un enterramiento doble en una grieta, uno de cuyos individuos ha sido datado en 6341±30 BP, formando parte de su ajuar un vaso con decoración cardial. Los hallazgos de restos humanos son frecuentes en otras cuevas con materiales de este primer horizonte neolítico, que así parecen compartir el uso sepulcral con otras actividades. Ya a mediados del V milenio a.C., el uso funerario de las cavidades naturales de este territorio se confirma en Sant Martí, una cueva que por sus características y dimensiones sólo pudo servir como refugio ocasional y como lugar de enterramiento, en cuyo nivel caracterizado por las cerámicas peinadas se inhumaron al menos cinco individuos, sobre uno de los cuales se obtuvo la datación 5740±40 BP.44 44 García Puchol, Aura y McClure, 2012; García Borja et al., 2012; Torregrosa y López, 2004. La situación de La Sarsa ilustra bien los caminos de la expansión neolítica hacia el interior, enlazando los valles del Serpis y Vinalopó, donde encontramos el poblado de la Casa de Lara. Más al sur e interior, fuera ya del País Valenciano, la cueva de El Niño en Albacete, sobre el río Mundo, y el abrigo grande del Barranco de los Grajos en Murcia, próximo al río Segura, documentan asimismo hallazgos de cerámica cardial que nos indican el papel que pudieron desempeñar los cursos de los ríos en esta expansión.45 Por ahora, sin embargo, en la región de Murcia la mayor parte de los yacimientos conocidos se relacionan con el horizonte epicardial, como el Hondo de Cagitán, los alrededores de Lorca, la cueva de Los Tollos o los abrigos de El Pozo. La imagen de una primera implantación neolítica vinculada al cardial se ha matizado en el caso de Andalucía, como hemos visto. Sin embargo, consideramos que el modelo de una primacía cronológica del horizonte cardial, mientras se pospone durante un breve espacio de tiempo el desarrollo de la facies caracterizada por impresiones/incisiones y superficies a la almagra, se ajusta bien a lo mostrado por los yacimientos. Sin prejuzgar por ahora una ruta de expansión, vemos cómo el cardial recorre la costa, desde el lugar al aire libre de Cabecicos Negros, en la desembocadura del río Antas en Almería,46 hasta las cuevas de Nerja, El Humo o El Higuerón, en la costa 45 46 García Atiénzar, 2009. Cámalich et al., 2004. 31
LOS PRIMEROS AGRICULTORES NEOL  TICOS MEDITERR  NEOS  VI-V MILENIOS A.C.   Figura 9. Brazaletes de m  rmol con estr  as de...
32 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Figura 10. Cestos y sandalias de esparto de la Cueva de los Murciélagos (Albuñol, Granada). Museo Arqueológico Nacional de Madrid. Fotografía: Ministerio de Cultura, Educación y Deporte. Figura 11. Vaso neolítico con decoración incisa e impresa del poblado de Costamar (Orpesa, Castellón). Fotografía: E. Flors. Fundación Marina d’Or. de Málaga, en cuyo territorio interior también hallamos cardial en la cueva de El Toro.47 Y, por otra parte, destaca el núcleo interior de la sierra Harana,48 donde la cueva de La Carigüela muestra abundantes cerámicas cardiales en su primer nivel neolítico, igualmente atestiguadas en cuevas cercanas como Las Ventanas, en el asentamiento al aire libre de Las Majolicas, en la sierra de Alfacar, así como en el primer nivel del poblado de Los Castillejos, en el poniente granadino. Será en un momento posterior, en los últimos siglos del VI milenio a.C., cuando se desarrolle la facies de cerámicas impreso/incisas y superficies a la almagra, antes conocida como Cultura de las Cuevas con cerámicas decoradas, que se reparte ampliamente por el territorio andaluz. Así, la encontramos en las montañas de la región subbética, donde persiste la ocupación de las cuevas de la sierra Harana mencionadas, a las que podemos añadir la cueva del Agua de Prado Negro, y en el núcleo más meridional y occidental de los alrededores de Alhama, las cuevas de La Mujer, El Agua o Sima Rica. En la serranía de Córdoba, donde se encuentran la cueva de La Murcielaguina, Los Mármoles y Murciélagos de Zuheros, yacimiento este último que ha aportado la documentación más completa. Y en las cadenas montañosas litorales, en las cuevas de El Capitán, Hoyo de la Mina, El Higuerón, El Tesoro o Los Botijos. La mayor parte de estas cuevas contienen restos humanos, que también se encontraron en los estratos con cerámicas cardiales de la cueva de La Carigüela, de modo que los enterramientos en cueva se generalizan en Andalucía desde los últimos siglos del VI milenio a.C., con evidencias de la existencia de un ritual funerario del que forman parte los vasos cerámicos, con frecuencia provistos de un asa-pitorro, y los adornos como los brazaletes de piedra decorados con estrías. Un número significativo de estos restos humanos presentan cortes de descarne, en especial incisiones sobre cráneos y huesos largos, que se han relacionado con prácticas rituales o bien con casos de canibalismo. 47 48 Martín, Cámalich y González, ed., 2004. Carrasco, Pachón y Martínez, 2010. Un hallazgo excepcional es el de la cueva de los Murciélagos de Albuñol, conocida desde el siglo XIX. Se encontraron allí cerámicas con decoraciones incisas e impresiones, un vaso con asa-pitorro, útiles de hueso y sílex, hachas de piedra pulida, brazaletes de mármol y de pectúnculo, y un buen número de objetos de madera, como un cucharón con el mango perforado. Y también cestillos cilíndricos con motivos geométricos pintados, uno de los cuales contenía las semillas de Papaver somniferum, cestos planos, bolsitas, tapas, esteras y sandalias, todos ellos de esparto, para los que se poseen cuatro dataciones entre 6086±45 BP y 5400±80 BP. Estos resultados invitan a considerar la existencia de una fase neolítica en la utilización de la cueva, a la que corresponderían la mayor parte de los materiales del yacimiento; y un segundo momento, durante la Edad del Cobre, en el
32  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Figura 10. Cestos y sandalias de esparto de la Cueva de los Murci  lagos  Alb...
LOS PRIMEROS AGRICULTORES NEOLÍTICOS MEDITERRÁNEOS (VI-V MILENIOS A.C.) Figura 12. Poblado neolítico de Benàmer (Muro d’Alcoi, Alicante). Fotografía: P. Torregrosa, F. Jover y E. López. que el lugar se utilizó para depositar un enterramiento colectivo al que pertenecería la diadema de oro que ceñía uno de los esqueletos en el momento de su descubrimiento.49 Además de las cuevas, que en ocasiones han sido lugar de habitación, redil o necrópolis, según los momentos, en el interior de Andalucía también se desarrollan tempranamente los poblados agrícolas. En el paraje de las Peñas de los Gitanos, en la parte más septentrional de las cordilleras Béticas, el poblado de Los Castillejos retrotrae sus inicios al Neolítico cardial.50 Allí se identifica un área como espacio comunal relacionado con el torrefactado de los cereales, con contenedores, bancos y hogares, además del testimonio de otras actividades, como la talla a presión de los núcleos de sílex tras su calentamiento previo. La ocupación del yacimiento se prolongará durante el milenio siguiente, de modo que la estratigrafía muestra cómo el cardial desaparece paulatinamente y le suceden aquellos niveles que se corresponden con las ocupaciones antiguas de los Murciélagos de Zuheros o de Nerja, caracterizados por los brazaletes de mármol con estrías, la cerámica a la almagra con motivos incisos y acanalados, y los vasos con asa-pitorro. A este horizonte, desde el final del VI a gran parte del V milenio a.C., pertenecen otros poblados como La 49 50 Cacho et al., 1996. Molina, Cámara y López en Rojo, Garrido y García, coord., 2012. Molaina y Catorce Fanegas, o la Loma de Alomartes ya en momentos más avanzados, los tres en la vega de Granada. Pequeños asentamientos se han descrito igualmente en el entorno de la cueva de los Murciélagos de Zuheros. Y en el oriente, en el valle del Almanzora, pertenecen a este horizonte el poblado de Cerro Virtud y el nivel correspondiente de Cabecicos Negros, que ahora se relaciona con la fabricación de colgantes, cuentas de collar y brazaletes sobre material malacológico y sobre pizarra. En La Molaina, la Figura 13. Interior de las minas neolíticas de Gavà, mina de variscita número 8 (Gavà, Barcelona). Fotografía: M. García. Archivo del Museu de Gavà. 33
LOS PRIMEROS AGRICULTORES NEOL  TICOS MEDITERR  NEOS  VI-V MILENIOS A.C.   Figura 12. Poblado neol  tico de Ben  mer  Muro...
34 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Figura 15. “Venus de Gavà”. Representación femenina sobre ceràmica, vistas frontal y lateral. Museu de Gavà. Fotografías: J. Casanova. Archivo del Museu de Gavà. Figura 14. Objetos que componían el ajuar funerario de la sepultura de la mina 83 de Gavà. Collar de coral, collar de variscita, ceràmica, hachas, núcleos de sílex, láminas y geométricos de sílex, lámina de obsidiana, fragmentos de variscita y útiles de hueso. Museu de Gavà. Imagen a partir de tres fotografías de: J. Casanova. Archivo del Museu de Gavà. presencia de huesos humanos podría indicar que se realizaron enterramientos en fosas o en los silos, lo que se comprueba en Cerro Virtud, donde una fosa contenía un enterramiento múltiple cuyos restos humanos han proporcionado diversas dataciones entre 6030±55 BP y 5765±55 BP. Además de los poblados ya señalados, entre los asentamientos que comienzan su vida en este V milenio destacan Tossal de les Basses y Costamar,51 ubicados en las partes sur y norte del litoral valenciano y objeto de recientes excavaciones, y Barranc de Fabra, junto al mar de Tarragona. Tossal de les Basses, en el litoral de la ciudad de Alicante, se inicia en el horizonte epicardial y muestra distintas fases hasta la que corresponde a las cerámicas esgrafiadas de la secuencia regional, hacia los inicios del IV milenio a.C. Presenta fondos de cabaña de planta incierta, silos, una zona donde se concentran numerosas estructuras de combustión, fosos que atraviesan el poblado, interpretados como zanjas de drenaje, y otros fosos que podrían re51 Rosser y Fuentes, 2007; Flors, coord., 2009. lacionarse con algún sistema de irrigación. Entre sus estructuras negativas, numerosas fosas fueron utilizadas como lugar de enterramiento en los siglos centrales del V milenio a.C., de acuerdo con la datación de los restos humanos procedentes de cuatro de ellas. Por lo que refiere al poblado de Costamar, en la parte septentrional de la costa de Castellón, sus inicios también corresponden al horizonte epicardial en los comienzos del V milenio a.C. Son numerosos los silos de forma troncocónica, junto a encachados circulares y dos fosos semejantes a los de Tossal de les Basses. En seis de las fosas se realizaron enterramientos, de los que cuatro corresponden a la fase de las cerámicas epicardiales inciso-impresas, destacando la inhumación de un individuo adulto que se adornaba con varios brazaletes y un collar, fabricados en concha y manchados de ocre. El análisis de isótopos estables de carbono y nitrógeno, realizado sobre cuatro de los inhumados, muestra la impronta isotópica del consumo de los recursos del mar en los dos individuos que se atribuyen a la fase neolítica más reciente del poblado, mientras que los dos individuos de la fase neolítica más antigua no presentan evidencias del consumo de proteína marina en su dieta. Por lo que se refiere al poblado del Barranc de Fabra, próximo a la desembocadura del Ebro y también de cronología inicial epicardial, destaca la singularidad de que no encontramos aquí estructuras negativas, como fosos y silos, sino que se identifica un ancho muro de piedra que podría encerrar distintas cabañas de planta circular con zócalo de piedra y agujeros de poste, si bien por ahora el área excavada es reducida. Así, pues, al finalizar el V milenio a.C. los poblados agrícolas se extienden por la fachada mediterránea y este proceso de crecimiento continuará en el milenio siguiente. Los silos cubren extensas superficies, sin que sepamos acertar la medida del poblado, teniendo en cuenta la brevedad de su vida útil. En la zona andaluza
34  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Figura 15.    Venus de Gav     . Representaci  n femenina sobre cer  mica, vi...
LOS PRIMEROS AGRICULTORES NEOLÍTICOS MEDITERRÁNEOS (VI-V MILENIOS A.C.) Figura 16. Vaso con decoración impresa cardial de la Cova de l’Or (Beniarrés, Alicante), con representación de un orante. Museu Arqueològic d’Alcoi. Fotografía: Archivo del Museu d’Alcoi. de Almería, a partir de mediados del IV milenio a.C. podrían asociarse a estos poblados las primeras estructuras funerarias de formas sencillas. En los valles del Serpis y sus tributarios (centro-sur del País Valenciano), este crecimiento del número y/o del tamaño de los poblados conduce a que algunos tramos de las terrazas de estos ríos simulen formar un único yacimiento, que se extendería durante kilómetros. Es el caso del poblado de Les Jovades, en el que se han excavado dos centenares de estructuras entre silos, fosas y cubetas, que las dataciones absolutas sitúan a partir de mediados del IV milenio a.C., y que se prolonga sin solución de continuidad en otros yacimientos como Marges Alts, Almoroig y Niuet, en donde los fosos segmentados sí parecen definir los sucesivos límites del asentamiento. La ocupación sistemática de los valles de los ríos se repite en el caso del Albaida, donde el poblado del Camí de Missena se remonta hasta el horizonte epicardial; y en el valle del Vinalopó, con el ejemplo del poblado de La Torreta-El Monastil. Pero, sin duda, donde esta plena consolidación del poblamiento neolítico resulta especialmente visible es en la Cultura de los Sepulcros de fosa de Cataluña, cuyo desarrollo se considera paralelo al de los enterramientos en cista de la comarca de Solsona, en los altiplanos del Pirineo y Prepirineo, y al comienzo de los enterramientos en cistas, sepulcros Figura 17. Conjunto de los abrigos con pinturas de estilo “macroesquemático” del Pla de Petracos (Castell de Castells, Alicante). Fotografía: MAVISI. Universidad de Alicante. 35
LOS PRIMEROS AGRICULTORES NEOL  TICOS MEDITERR  NEOS  VI-V MILENIOS A.C.   Figura 16. Vaso con decoraci  n impresa cardial...
36 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Figura 18. Pinturas rupestres de estilo “macroesquemático” con representación de un orante en el Abrigo V del Pla de Petracos (Castell de Castells, Alicante). Fotografía: MAVISI. Universidad de Alicante. Figura 19. Pinturas rupestres de estilo “macroesquemático” con motivos serpentiformes en el Abrigo VII del Pla de Petracos (Castell de Castells, Alicante). Fotografía: MAVISI. Universidad de Alicante. de corredor y fosas en la zona empurdanesa en el extremo nororiental de Cataluña. por el uso, indica que, además de la labor extractiva, la comunidad que explotaba las minas de Can Tintorer elaboraba allí mismo la variscita para transformarla en objeto de intercambio, cuya distribución sabemos que alcanzaba a gran parte de Cataluña, Valle del Ebro y sur de Francia. Lo que a su vez coincide con la presencia entre los ajuares de los inhumados de algunos materiales de origen externo, como la sal de las minas de Cardona, y, de procedencia más lejana, el sílex melado del sur de Francia, la jadeíta de los Alpes o, más excepcional, la obsidiana de la isla de Córcega. En los últimos siglos del V milenio a.C., estos enterramientos en fosas excavadas en el suelo y con un ajuar característico, que tiene paralelos en la cultura Chassey del sur de Francia, comienzan a extenderse sobre todo por las cuencas del Llobregat y sus afluentes, Cardoner y Anoia, y a la cuenca del Besòs. Como sugiere su nombre, los poblados son mucho menos conocidos que las necrópolis de los Sepulcros de fosa. Se trata de poblados situados en tierras bajas, cerca de las sepulturas, que cultivan las tierras fértiles y próximas a cursos de agua, de los que conocemos algunos restos de cabañas, como en la necrópolis de la Bòbila Madurell, o silos entre las sepulturas en la necrópolis de la Bòbila Padró. Por lo que se refiere a las sepulturas, las excavaciones en Bòbila Madurell y en el Camí de Can Grau muestran su evolución desde las simples fosas hasta las que se componen de una estructura de acceso y de un espacio sepulcral diferenciado, ya en pleno IV milenio a.C.52 En el interior de las fosas se inhumó por lo general un solo individuo, junto con su ajuar y ofrendas. Por su especial significación, una verdadera actividad minera, destacaremos el yacimiento de Can Tintorer, cuya explotación comienza en estos siglos finales del V milenio a.C.53 Entre los filones de fosfatos y silicatos el mineral buscado era la variscita, empleada para la fabricación de adornos. La presencia de cuentas de collar y colgantes de variscita en proceso de fabricación, y también de los taladros empleados para realizar sus perforaciones, en ocasiones totalmente agotados 52 53 Martí Rosell, Pou y Carlús, 1997. Bosch Argilagós y Borrell, ed., 2009. El arte rupestre neolítico En la fachada mediterránea encontramos un gran número de abrigos rupestres con pinturas que son obra de las comunidades neolíticas y que parecen contener las imágenes de su mundo religioso o bien narrar algún episodio singular de su existencia. Una intensa investigación desarrollada a lo largo del pasado siglo, acorde con el impacto que causa la belleza y el dinamismo de muchos de los paneles pintados, condujo al establecimiento de dos grupos, denominados arte Levantino y arte Esquemático, de acuerdo con los temas y motivos principales que contenían. El arte Levantino, que se extiende desde el Prepirineo aragonés a las sierras orientales andaluzas, muestra sobre todo representaciones naturalistas de personas y animales, entre las que abundan los hombres armados con arcos y flechas, en actitud de marcha o de disparo, y los animales heridos, junto a otras escenas como la recolección de la miel, las danzas de mujeres o las posibles ejecuciones, todo lo cual parece referirse a los distintos aspectos de la vida cotidiana de
36  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Figura 18. Pinturas rupestres de estilo    macroesquem  tico    con represent...
LOS PRIMEROS AGRICULTORES NEOLÍTICOS MEDITERRÁNEOS (VI-V MILENIOS A.C.) Figura 20. Pinturas rupestres que muestran la superposición de ciervos de estilo “levantino” sobre figuras de estilo “macroesquemático” en el Abrigo I de la Sarga (Alcoi, Alicante). Fotografía: Archivo del Museu d’Alcoi. Figura 21. Pinturas rupestres de estilo “levantino” que muestran una escena de recolección y un arquero en el Abrigo I de la Sarga (Alcoi, Alicante). Fotografía: Archivo del Museu d’Alcoi. sus autores. Las pinturas ocupan la pared de abrigos de poca profundidad, como en la Roca dels Moros de Cogul, Els Gascons en Cretas, la Val del Charco en Alcañiz, Els Cavalls del barranco de la Valltorta en Tírig, La Vieja en Alpera, Cantos de la Visera en el Monte Arabí de Yecla o Minateda en Hellín, abrigos que se extienden por tierras de Cataluña, Aragón, País Valenciano, Murcia y Albacete, y que son algunos de los descubrimientos pioneros y especialmente significativos que se realizaron a principios del siglo XX, descubrimientos que han continuado incesantemente hasta la actualidad. Para una parte significativa de la investigación, la evocación del modo de vida cazador que se desprende de las escenas pin- tadas en muchos de estos abrigos sería indicio de una cronología inicial al menos mesolítica. Para otra parte, sin embargo, las industrias líticas y cerámicas encontradas en las proximidades de las pinturas indican que estos abrigos fueron frecuentados por grupos de cronología posterior, lo que también coincide con algunos detalles de las figuras como los brazaletes, la posible presencia de perros que acompañan a los cazadores o el hecho de que en algunas escenas participe un elevado número de hombres y mujeres, indicativo del tamaño de los grupos a los que pertenecerían los pintores. Detalles, pues, que acercarían esta manifestación artística a los tiempos neolíticos.54 Por su parte, en el apartado del arte Esquemático se incluyen figuras antropomorfas y de animales, y una gran variedad de motivos no figurativos que evocan imágenes astrales o de fuerte contenido simbólico, cruciformes, esteliformes, figuras oculadas o bitriangulares, todos ellos con el común denominador de la simplicidad. Estas pinturas, que en el momento de su descubrimiento en la segunda mitad del siglo XIX pudieron ser consideradas como signos de una escritura prehistórica, han ido formando un conglomerado poco definido que se distribuye por la mayor parte de la Península. En el caso de la fachada mediterránea serían especialmente abundantes los abrigos en la parte meridional valenciana, en Murcia, Albacete y Andalucía. Las pinturas del barranco de Carbonera en Beniatjar y la Penya Escrita de Tàrbena en las comarcas valencianas, Nerpio en Albacete, Cañaica del Calar en Murcia, y los andaluces de Los Letreros en Vélez Blanco, algunos motivos de las cuevas con arte paleolítico de La Pileta en Benaoján y Nerja, la cueva de la Diosa Madre en Segura de la Sierra, diversos abrigos de la sierra Harana próximos a las cuevas neolíticas anteriormente mencionadas, o el friso de las cabras de la cueva de los Murciélagos de Zuheros, serían ejemplo de este estilo artístico. La secuencia evolutiva que se proponía de manera conjunta para ambos estilos situaba el desarrollo del arte Esquemático tras la decadencia del arte naturalista Levantino y proponía una estrecha vinculación de las pinturas esquemáticas con las sociedades de la Edad del Cobre, de acuerdo con las decoraciones de los vasos de la cultura de Los Millares y con los ídolos oculados o bitriangulares exhumados en los contextos funerarios y de hábitat de la Edad del Cobre en el sureste peninsular. Una propuesta de evolución que conducía con frecuencia a la lectura fragmentada de los paneles pintados, cuyas figuras eran distribuidas 54 Sobre la historia de la investigación y el estado actual de los problemas relativos al arte Levantino: Sebastián, 1997; Hernández, 2009; Hernández y Segura, 2002; Sanchidrián, 2001; Utrilla, 2005; García Arranz, Collado y Nash, ed., 2012; Domingo et al., 2007. 37
LOS PRIMEROS AGRICULTORES NEOL  TICOS MEDITERR  NEOS  VI-V MILENIOS A.C.   Figura 20. Pinturas rupestres que muestran la s...
38 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Figura 22. Pinturas rupestres de estilo “levantino” que representan la recolección de la miel en las Cuevas de la Araña (Bicorp, Valencia). Fotografía: MAVISI. Universidad de Alicante. entre estos dos horizontes cronológicos y artísticos, Levantino y Esquemático, del Mesolítico a la Edad del Cobre, sobre la única base de sus características formales naturalistas o esquemáticas.55 El panorama actual propone que una parte importante de estas pinturas que se atribuyeron a ambas manifestaciones corresponde en realidad a los tiempos neolíticos, si bien es ésta una cuestión que permanece sujeta a discusión. La línea explicativa que seguiremos aquí sitúa el punto de unión entre las pinturas rupestres y los tiempos neolíticos en las evidencias aportadas por las decoraciones cerámicas. En efecto, en las comarcas meridionales valencianas se identifica en las décadas finales del s. XX un nuevo estilo de arte rupestre que se diferenciaba de los artes Levantino y Esquemático, bautizado entonces como arte Macroesquemático, cuyos principales motivos son las figuras antropomorfas con los brazos alzados y la indicación de los dedos, así como otras representaciones humanas en forma de X e Y, serpentiformes que parecen terminar en manos y otros motivos que vemos en las pinturas de los abrigos del Pla de Petracos. Pues bien, la presencia de esta misma temática se advierte en las cerámicas cardiales e impresas procedentes de las cuevas de L’Or y La Sarsa, lo que precisa la cronología de las pinturas que de este modo pueden ser consideradas como expresión del mundo religioso de los primeros agricultores de la zona. Sin que podamos detenernos en el detalle de la historia de la investigación, se observa igual55 Para el estado de la cuestión sobre el arte esquemático, pueden consultarse las actas de los congresos: Martínez García y Hernández, ed. y coord., 2006, 2013. Figura 23. Arquero de estilo “levantino” en las pinturas rupestres de Val del Charco del Agua Amarga (Alcañiz, Teruel). Fotografía: Gil-Carles. Archivo M. Almagro Basch CSIC y IVCR Generalitat Valenciana. mente que las pinturas representadas por el Pla de Petracos también se relacionan con los motivos que se infraponen a las pinturas de estilo Levantino en los abrigos de La Sarga, hasta entonces atribuidas a un horizonte identificado en los abrigos de Cantos de la Visera y de La Araña de Bicorp, caracterizado por motivos lineales geométricos. La nueva lectura que se desprende de todo lo anterior es que abrigos como La Sarga y La Araña muestran la sucesión entre el arte Levantino y aquel que hemos denominado “Macroesquemático”, sin prejuzgar el grado de relación o de proximidad cronológica que pueda existir entre ellos. Y, del mismo modo, la atribución de este primer horizonte artístico a los grupos neolíticos de las cerámicas cardiales se opone a que se vinculen los orígenes del arte Levantino con los grupos mesolíticos. En consecuencia, no parece aceptable aquella interpretación que considera al arte Levantino como un palimpsesto en el que se recogen los testimonios de los últimos cazadores, de los primeros agricultores y hasta de los inicios de la Edad de los Metales. Las decoraciones cerámicas que se relacionan con este arte rupestre neolítico, a saber, los motivos antropomorfos, esteliformes o zigzags, han ido reconociéndose en otros yacimientos de estas comarcas meridionales valencianas, como Falguera o Cendres, donde se encuentran varios fragmentos pintados en rojo que presentan motivos en zigzag. Y también se
38  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Figura 22. Pinturas rupestres de estilo    levantino    que representan la re...
LOS PRIMEROS AGRICULTORES NEOLÍTICOS MEDITERRÁNEOS (VI-V MILENIOS A.C.) Figura 24. Pinturas rupestres de estilo “levantino” con representación de la caza de una cabra en la Cova Remigia (Ares del Maestrat, Castellón). Fotografía: Archivo IVCR Generalitat Valenciana. encuentran en otras áreas, como en un vaso de la cueva de El Niño en Albacete. En Cova Fosca, al norte de las tierras valencianas, algunas decoraciones que consideramos epicardiales muestran zigzags incisos al tiempo que otras parecen evocar los motivos antropomorfos, y con estas cerámicas podemos relacionar un vaso decorado con un motivo oculado del poblado de Costamar. Sin repetir lo expuesto en diversas ocasiones, las decoraciones cardiales e impresas de algunos yacimientos aragoneses y catalanes ofrecen motivos próximos a los de las comarcas meridionales valencianas, como las barras de las que parten series de zigzags horizontales. Por último, en la cueva de Chaves en el Alto Aragón se encontraron cantos pintados con motivos antropomorfos y esteliformes que corresponden a su primer horizonte neolítico cardial. Una distribución que igualmente parece ampliarse por lo que se refiere a las pinturas rupestres, desde su identificación inicial en las comarcas alicantinas hasta diversos abrigos de la cuenca del Júcar y otros más septentrionales.56 En la región entre el Júcar y la sierra de Aitana está bien documentado, pues, este horizonte artístico parietal y mueble neolítico. Además, las decoraciones cerámicas y los propios paneles pintados también indican que existe una íntima relación entre lo que fue considerado “macroesquemático” y “esquemático”, al poner de manifiesto que la diferencia entre estos dos estilos resulta inviable en el terreno de las decoraciones cerámicas, lo que también ocurre en el caso de las pinturas rupestres como puede comprobarse en el abrigo del Barranc de Carbonera en Beniatjar. De modo, pues, que la geografía creciente de ambas manifestaciones nos habla de la existencia de un arte neolítico, mueble y rupestre, creación de las primeras comunidades agricultoras. La última cuestión que todo ello plantea es la relación de este arte neolítico con el arte Levantino. En este punto las evidencias aportadas por las cerámicas son menos precisas y los motivos decorativos que podemos relacionar con el arte Levantino a penas comprenden dos fragmentos impresos con el dibujo de una cabra, de un ciervo y, posiblemente, de un toro, y otro fragmento cardial con figuras humanas de cabeza triangular y penacho que parecen danzar con los brazos en alto y entrelazados, ambos procedentes de L’Or; o el fragmento de La Sarsa en que se representa un árbol. No tenemos, pues, decoraciones cercanas a lo que sería una escena levantina que nos permitan precisar la distancia cronológica entre las pinturas rupestres “levantinas” y las “macroesquemáticas”, tan sólo la evidencia de sus diferencias formales y conceptuales, y la constatación de que las industrias asociadas en Figura 25. Pinturas rupestres de estilo “esquemático” en el Abrigo de la Penya Escrita (Tàrbena, Alicante). Fotografía: MAVISI. Universidad de Alicante. 56 Los principales paralelos muebles del arte Esquemático en Cataluña, Aragón y Valencia: Martí, 2006; Torregrosa y Galiana, 2001; Utrilla y Baldellou, 2002. 39
LOS PRIMEROS AGRICULTORES NEOL  TICOS MEDITERR  NEOS  VI-V MILENIOS A.C.   Figura 24. Pinturas rupestres de estilo    leva...
40 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Figura 26. Principales yacimientos y estaciones de arte neolítico citados en el texto: Cataluña y Bajo Aragón: 1. Cova de les Grioteres. 2. Cova 120. 3. Plansallosa. 4. Cova de l’Avellaner. 5. Cova del Pasteral. 6. La Draga. 7. Font del Ros. 8. Cova del Parco. 9. Cova del Toll. 10. Cova de la Guineu. 11. Cova del Frare. 12. Camí de Can Grau. 13. Bòbila Padró. 14. Cova dels Lladres. 15. Bòbila Madurell. 16. Coves de Montserrat. 17. Les Guixeres. 18. Cova de la Font del Molinot. 19. Sant Pau del Camp. 20. Can Tintorer. 21. Cova de Can Sadurní. 22. El Cavet. 23. Cogul (arte rupestre). 24. Els Gascons (arte rupestre). 25. Val del Charco (arte rupestre). 26. Botiqueria dels Moros. 27. Barranc de Fabra. País Valenciano, Albacete y Murcia: 28. Cova de les Bruixes. 29. Cova dels Cavalls (arte rupestre). 30. Cova Fosca. 31. Costamar. 32. Cueva de la Cocina. 33. Cuevas de la Araña (arte rupestre). 34. Cueva de la Vieja (arte rupestre). 35. Camí de Missena. 36. El Barranquet y El Collao. 37. Cova de Bolumini. 38. Cova de l’Or. 39. Barranc de Beniatjar (arte rupestre). 40. Cova d’en Pardo. 41. Benàmer y Niuet. 42. Les Jovades. 43. Mas d’Is. 44. Pla de Petracos (arte rupestre). 45. Penya Escrita (arte rupestre). 46. Cova de les Cendres. 47. Cova de la Sarsa. 48. Abric de la Falguera. 49. La Sarga (arte rupestre). 50. Casa de Lara. 51. La Torreta-El Monastil. 52. Cova de Sant Martí. 53. Tossal de les Basses. 54. Cueva del Niño. 55. Minateda (arte rupestre). 56. Abrigo del Pozo. 57. Hondo del Cagitán. 58. Barranco de los Grajos. 59. Abrigo de la Diosa Madre (arte rupestre). 60. Nerpio (arte rupestre). 61. Cañaica del Calar (arte rupestre). 62. Los Letreros (arte rupestre). 63. Lorca. 64. Cueva de los Tollos. Andalucía: 65. Cerro Virtud. 66. Cabecicos Negros. 67. Cueva de los Murciélagos de Zuheros. 68. Cueva de los Mármoles. 69. Cueva de la Carigüela y Cueva de las Ventanas. 70. Los Castillejos. 71. Majolicas. 72. La Molaina. 73. Cueva del Toro. 74. Cueva de la Mujer, Cueva del Agua y Sima Rica. 75. Cueva de los Murciélagos de Albuñol. 76. Cueva del Capitán. 77. Cueva de Nerja. 78. Cueva del Higuerón. 79. Complejo del Humo y Cueva del Hoyo de la Mina. 80. Cueva Bajondillo. 81. Cueva de los Botijos. muchos abrigos con pinturas naturalistas abogan por retrasar su horizonte cronológico inicial hasta tiempos neolíticos más avanzados, con un desarrollo prolongado y diverso según las zonas. Una propuesta que en lo relativo a los comienzos sigue encontrando una cierta oposición a su generalización para la amplia geografía del arte Levantino, con argumentos que priman las diferencias regionales y aquella lectura de sus imágenes
40  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Figura 26. Principales yacimientos y estaciones de arte neol  tico citados en...
LOS PRIMEROS AGRICULTORES NEOLÍTICOS MEDITERRÁNEOS (VI-V MILENIOS A.C.) como la pictografía del modo de vida cazador de los grupos mesolíticos.57 La existencia de arte rupestre durante el Neolítico se comprueba igualmente en Andalucía, aquí referido a los abrigos de arte Esquemático, para los que también disponemos de paralelos entre las decoraciones cerámicas que implican una revisión de los planteamientos que lo situaban en la Edad del Cobre. El horizonte inicial de estas pinturas esquemáticas se situaría en los últimos siglos del VI milenio, con un desarrollo notable a lo largo del V milenio. Mencionaremos los fragmentos con antropomorfos realizados con técnica impresa de la cueva del Agua de Prado Negro, rellenos de pasta roja, la cabra también impresa y rellena de rojo en un fragmento cerámico de la cueva de El Canjorro de Jaén, el vaso con un motivo oculado de Murciélagos de Zuheros, así como numerosos zoomorfos y soliformes encontrados en las cuevas de los distintos sistemas montañosos, incisos e impresos, además de los motivo geométricos pintados en los cestillos de esparto de la cueva de los Murciélagos de Albuñol.58 Todo conduce, pues, hacia la existencia de unas pinturas rupestres que fueron creación de los grupos neolíticos, con claras diferencias entre los distintos 57 58 Hernández y Martí, 2001. Los principales paralelos muebles del arte Esquemático en Andalucía: Carrasco, Navarrete y Pachón, 2006. territorios. En las comarcas meridionales valencianas este primer horizonte artístico neolítico parece concluir en la transición al V milenio, mientras en el caso de los abrigos de Andalucía las pinturas rupestres neolíticas perdurarían más largamente. Las hipótesis anteriores sobre unas manifestaciones artísticas esquemáticas de larga perduración y gran extensión, dan paso a la consideración de creaciones diferenciadas, de acuerdo con la cronología y con la geografía compartimentada del Neolítico, sin excluir las relaciones entre los territorios. La distribución geográfica de los motivos y estilos decorativos, los diferentes léxicos y sintaxis, serán un indicador más del territorio ocupado por las distintas sociedades neolíticas y de su proceso de consolidación. Así, un último episodio artístico manifestado por las decoraciones cerámicas neolíticas sería el que corresponde a los motivos esgrafiados que muestran algunos vasos de la cultura de los Sepulcros de fosa de Cataluña y también en el correspondiente horizonte del País Valenciano. En el primer caso, destaca la denominada Dama de Gavà, procedente de las minas de variscita de Can Tintorer, mientras en el caso valenciano las decoraciones esgrafiadas comprenden únicamente motivos esteliformes, ramiformes y líneas en zigzag verticales y horizontales. 41
LOS PRIMEROS AGRICULTORES NEOL  TICOS MEDITERR  NEOS  VI-V MILENIOS A.C.   como la pictograf  a del modo de vida cazador d...
Manuel A. Rojo Guerra* El Neolítico en las tierras del interior y septentrionales Precedentes y primeras evidencias de neolitización Las tierras del interior y septentrionales en las que incluiremos a los efectos del presente trabajo el Medio y Alto Valle del Ebro, las dos Mesetas, Extremadura y los territorios atlánticos (Galicia, Asturias y País Vasco), comprenden un vasto territorio (353.662 Km2) con una enorme variedad orográfica, climática y paisajística. En él se incluyen amplios valles surcados por los ríos más caudalosos de la Península Ibérica, sistemas montañosos extremos, penillanuras y llanuras sedimentarias muy elevadas sobre el nivel del mar que están rodeadas completamente por cordilleras que sirven de barreras naturales a la comunicación1. Si asumimos que el Neolítico, en palabras de A. Sherratt2 es el movimiento de plantas y animales fuera de su hábitat natural a nuevos nichos por intervención humana, debemos admitir que tienen que existir unos condicionantes ambientales y poblacionales que, de alguna manera, intervengan en el ritmo de penetración de la nueva forma de vida a un territorio tan amplio y dispar, pero ¿qué sabemos sobre el poblamiento previo Mesolítico Final (ca. 6.500 – 5.500 cal. BC) y su incidencia en el proceso de neolitización? ¿De qué datos ambientales disponemos para valorar la incidencia en el medio de una nueva forma de relación hombre/naturaleza? Los datos actuales sobre este período (ca. 6500 – 5500 cal. BC) son muy dispares en cuanto al registro disponible. Mientras que en algunas áreas se conocen un número importante de yacimientos, por ejemplo, los concheros de Muge y Sado en Portugal, o los abrigos de la Alta y Media Cuenca del Ebro, en otras zonas el poblamiento mesolítico está ausente casi por completo, como en ambas Mesetas, o su conocimiento es muy reciente y, por tanto, de difícil de interpretación (Extremadura), o existe un hiato muy marcado entre * 1 2 Universidad de Valladolid, marojo@fyl.uva.es Muchos de los datos recogidos en el presente trabajo provienen de Rojo Guerra et al., 2012. Se trata de un reciente Manual sobre Neolítico en la Península Ibérica donde puede consultarse una amplia bibliografía así como todas las referencias cronológicas que aparecen en el texto con su cita. El resto de la bibliografía es más específica y se han primado, en lo posible, trabajos recientes. Sherratt, 1999. sus últimas manifestaciones y las primeras evidencias de neolitización (Cornisa Cantábrica). Esta situación es fruto, sin duda, de una investigación muy superficial y sesgada, centrada en otras épocas, más que de una realidad histórica concreta, como lo demuestra la reciente publicación del primer asentamiento mesolítico al aire libre en el Valle del Ebro, el poblado del Cabezo de la Cruz en La Muela, Zaragoza3. Sea como fuere, los estudios de que disponemos sobre estas comunidades se han centrado en la evolución de su industria lítica (caracterizada en sus momentos finales por la aparición de puntas de proyectil de forma geométrica) y de su modelo subsistencial que ha sido definido como una economía de amplio espectro con una explotación planificada y diversificada del territorio4. Hay también aproximaciones a su organización social proponiendo que estas comunidades desarrollaron una cierta complejidad socioeconómica que pudo tener gran importancia en el desarrollo de la neolitización en cuanto a posibles relaciones jerárquicas, intercambios de bienes de prestigio (entre ellos los domésticos como valor social y de estatus), organización comunitaria del trabajo, desarrollo de la territorialización y sedentarización, presión sobre el medio5, etc. Desde un punto de vista teórico, estas últimas comunidades mesolíticas tuvieron que relacionarse e interactuar con los primeros grupos neolíticos aunque el reflejo de estas situaciones históricas en el registro arqueológico sea realmente difícil de definir. No obstante, en algunos yacimientos se pueden rastrear estas interconexiones; nos referimos en concreto a ciertos abrigos con amplias secuencias mesolíticas en cuyos niveles superiores aparecen algunos elementos neolíticos (principalmente cerámica, pero también animales domésticos, hoces, etc.). Estos contextos comienzan a aparecer a partir del ca. 57005600 cal. BC, al mismo tiempo que llegan a la Península Ibérica las que podemos definir como primeras comunidades neolíticas pioneras, y se mantendrían 3 4 5 Rodanés Vicente y Picazo Millán, 2013. Alday Ruíz, 2006; Utrilla Miranda y Montes Ramírez, 2009. García Martínez de Lagrán, 2008a.
Manuel A. Rojo Guerra   El Neol  tico en las tierras del interior y septentrionales  Precedentes y primeras evidencias de ...
44 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA hasta el 5400-5300 cal. BC cuando el Neolítico se extiende por la práctica totalidad de la Península y, en general, se puede dar por concluido el proceso de neolitización. Curiosamente los yacimientos que presentan estas características se distribuyen a lo largo del Valle del Ebro, un camino de comunicación natural, densamente poblado en el Mesolítico y en donde los ritmos de cambio son más heterogéneos; Abrigo de Ángel 1 (Nivel 8bsup), Ángel 2 (Nivel 2a1), Forcas II (niveles V y VI), Mendandia (niveles IIIsup, II y I), La Peña (nivel d-sup), Plano del Pulido (nivel cg), Pontet (nivel c-inf), Secans (nivel IIa), Zatoya (nivel I+a2.2), a los que hay que añadir el recientemente excavado Abrigo de Valmayor XI en Mequinenza, Zaragoza. Este tipo de contextos que calificamos como Mesolíticos con elementos Neolíticos, han centrado gran parte del reciente debate historiográfico sobre la neolitización y algunos autores los consideran como los primeros contextos neolíticos que aparecen en el registro peninsular6. Los datos paleoambientales, por su parte, nos ayudan a comprender la incidencia antrópica en el paisaje en estos momentos de cambio. Pese a que se hayan señalado ciertos eventos de deforestación en el norte de la península durante el mesolítico, interpretados como aclarados de bosques para facilitar la caza de ciertos ungulados en improvisadas praderas, la realidad es que un proceso de disminución generalizada de la cobertera arbórea se produce precisamente en el momento de la introducción de la economía de rendimientos diferidos. En efecto, la conjunción de evidencias procedentes del estudio de turberas y humedales nos informan sobre los primeros indicios de actividad antrópica en las distintas regiones del Interior; entre el 5.600-5.400 cal. BC. en el Valle del Ebro, 5.480-5.300 cal. BC en la Cornisa Cantábrica o en la primera mitad del Vº milenio cal. BC en las sierras septentrionales de Galicia. En todos los casos, esta primera y evidente disminución de la cobertera arbórea que se acompaña del aumento de matorrales degradados y de taxones ruderales, es interpretada como los primeros indicios, en zonas elevadas, de una economía pastoril ante la ausencia, en todos los casos, de pólenes de cereal asociados a estos eventos de deforestación. No obstante, disponemos de evidencias directas de agricultura y ganadería en fechas que rivalizan en antigüedad con las presentadas en el capítulo anterior, lo que confirmaría, a nuestro juicio, que la extensión del Neolítico, al menos por las grandes vías de comunicación de la prehistoria (ríos, valles), es un hecho casi instantáneo o que se produce en un lapso temporal no superior a doscientos años y, por tanto, 6 Alday Ruíz, 2005. imposible de secuenciar por los procedimientos de datación absoluta de que disponemos en la actualidad. Sirvan los siguientes ejemplos como constatación de esta realidad: las dataciones más antiguas de ovicápridos se dan en los yacimientos de Peña Larga (5.700-5.560 cal. BC) y Chaves (5.570-5470 cal. BC) y los de cereales en la Paleta (5.671-5483 cal. BC), la cueva del Mirador (5.467-5.212 cal. BC) y la Revilla (5.466-5.209 cal. BC). Por otra parte tenemos que señalar que las primeras evidencias de domesticación (vegetal y animal) nos hablan de economías asentadas y, en muchos casos, especializadas o plénamente adaptadas a los diferentes ambientes en los que los grupos humanos van accediendo. El caso más significativo en este sentido es el de los yacimientos del neolítico antiguo en el soriano Valle de Ambrona. El claro dominio de trigos vestidos (escaña y escanda) en los yacimientos de La Lámpara y La Revilla, se explica por las especiales condiciones de continentalidad y escaso desarrollo de los suelos lo que obliga al empleo de especies muy específicas y resistentes a las condiciones adversas del medio como sucede con el Triticum Monococum y el Dicoccum. Por otro lado y de forma generalizada se constata la presencia de toda la cohorte de especies domesticadas en estas fases tempranas en los yacimientos más importantes del Interior; trigo desnudo y explotación preferencial de ovicápridos en Chaves, Peña Larga, La Vaquera y El Mirador; trigo vestido y explotación preferencial de vacuno en Los Cascajos; trigo vestido y explotación preferencial de ovicápridos en La Revilla y La Lámpara donde se han documentado también las evidencias más antiguas de cultivo del Lino (Linum Usitatisimun) y de una semilla de adormidera (Papaver Somniferum/P.Setigerum) de posible procedencia mediterránea. Otras especies que forman parte en casi todos los yacimientos del elenco de especies cultivadas serían algunas leguminosas y la cebada vestida y desnuda (Hordeum Vulgare o Nudum). Propuesta de secuencia y tipos de yacimientos La interpretación de la evidencia arqueológica existente en el registro del Interior peninsular nos permite establecer la siguiente propuesta en la introducción y consolidación de las estrategias económicas que comporta el Neolítico: Mesolíticos con elementos neolíticos (5.700/5.600 – 5.400/5.300 cal. BC) (Fig. 1) Se trataría de toda una serie de yacimientos distribuidos a lo largo del Ebro que comparten caracte-
44  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  hasta el 5400-5300 cal. BC cuando el Neol  tico se extiende por la pr  ctica ...
EL NEOLÍTICO EN LAS TIERRAS DEL INTERIOR Y SEPTENTRIONALES Figura 1. MAPA DE LA NEOLITIZACIÓN. A) Neolíticos pioneros: Álava: 3) Peña Larga, Nivel IV (parte baja): 5715-5561; Huesca: 8) Chaves, Nivel Ib: 5614-5478, 5482-5375. B) Contextos mesolíticos con elementos neolíticos: Condado de Treviño: 1) Mendandia, Nivel IIIsup: 6235-6019, 6239-5916, 6207-5983; Nivel II: 5621-5371; Álava: 2) Kanpanoste Goikoa, Nivel II (?); Navarra: 4) La Peña, Niveles d y dsup; 5) Zatoya, Nivel I+a2.2; 6) Aizpea, III: 5476-5221, 7) Padre Areso, Nivel IIIb; Huesca: 9) Forcas II, Nivel V: 5726-5575; Nivel VI: 5721-5569; Zaragoza: 10) Valmayor XI, Fase II: 5609-5478; 11) Plano del Pulido, Nivel cg; 12) El Pontet, Nivel c-inf; Teruel: 13) Els Secans, Nivel IIa; 14) Ángel 1 y 2: Ángel 1, Nivel 8b sup; Ángel 2, Nivel 2a1; Cuenca: 15) Verdelpino, Nivel IV. rísticas similares: abrigos bajo roca, amplias secuencias estratigráficas, continuidad niveles mesolíticos/ neolíticos, progresiva incorporación de elementos neolíticos en la secuencia con una fase de transición sin domesticación pero sí con cerámica o industria lítica tradicionalmente considerada neolítica. Los yacimientos más representativos son Mendandia, Forcas II (niveles 5 y 6), Valmayor XI (nivel 2). Fuera de este ámbito geográfico podríamos incluir en este grupo al abrigo de Verdelpino (Cuenca) aunque su azarosa historia de investigación nos ofrezca dudas sobre su significación real. Un comentario especial merecería el nivel III sup. de Mendandia cuyas fechas absolutas entre entre finales del séptimo y principio del sexto milenio cal. BC hacen que se haya planteado un avance pionero de la domesticación y, por ende del neolítico, en fechas que, por el momento, resulta difícil de interpretar a la luz de la evidencia material que disponemos. En resumen, como afirma el propio Alday7 podemos considerar que este yacimiento es, por el momento, una anomalía. Estos abrigos están localizados en lugares estratégicos con amplio control territorial, cercanos a fuentes de agua, con una ocupación estacional entre primavera y otoño, y con acceso directo a diferentes 7 Alday Ruíz, 2011a. 45
EL NEOL  TICO EN LAS TIERRAS DEL INTERIOR Y SEPTENTRIONALES  Figura 1. MAPA DE LA NEOLITIZACI  N. A  Neol  ticos pioneros ...
46 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA ecotonos (bosque, roquedo, pradera, etc.) como ponen de manifiesto las colecciones faunísticas de sus registros. En determinados casos llegan a formar redes de yacimientos creadas para el control y explotación integral del territorio. Tal es el caso de un conjunto de yacimientos en Álava y el Condado de Treviño en donde se conocen hasta seis estaciones (Atxoste, Fuente Hoz, Kampanoste, Kampanoste Goikoa, La Peña, Socuevas) que podrían en palabras de Alday Ruiz, conformar una red organizada de explotación del territorio8. Por lo general se han caracterizado como campamentos logísticos especializados en tareas de caza aunque la traceología haya detectado en ellos la realización de algunas tareas domésticas como el tratamiento de pieles, ahumado de alimentos o talla del sílex. La fauna salvaje es absolutamente predominante en el registro arquelógico así como las actividades de recolección, sin embargo en algunos niveles más recientes se documentan algunas pruebas directas o indirectas de domesticación animal o vegetal; en el nivel IIIb de Atxoste se habrían localizado algunos, muy pocos, restos de animales domésticos frente a la inmensa mayoría de fauna salvaje consumida; en el abrigo de Forcas II se han identificado dos o tres restos de ovicápridos, sobre un total de 800 restos y, por último, es sumamente interesante, por las implicaciones que ello tiene para el proceso de neolitización, la presencia del haplotipo T3 en una muestra de molar de uro en el nivel III sup de Mendandia. Este haplotipo es propio de las poblaciones proximo orientales y se asocia, a partir de las escasísimas muestras de ADN de animales estudiadas, con la domesticación. En resumen, una anomalía más del yacimiento. Se han señalado también algunas pruebas indirectas de domesticación vegetal en varios de estos yacimientos en función del hallazgo de especies ruderales (plantas que acompañan a los campos de cultivo pero también a praderas de pasto), molinos, hachas pulimentadas y algunas láminas de silex con lustre de cereal. Neolíticos pioneros (5.700/5.600 – 5.400/5.300 cal. BC) (Fig. 1) Merecerían esta clasificación el nivel IV de Peña Larga (5.720-5560 cal. BC sobre ovicáprido) en la Rioja Alavesa y los niveles Ia y Ib de la cueva de Chaves (5.780-5.580 cal. BC sobre carbón y 5.570-5.470 cal. BC sobre ovicáprido) en Aragón. Estos contextos presentan las fechas más antiguas para eventos singulares de vida corta sobre especies domésticas y comparten también idénticas características: ocupaciones de nuevo cuño por la existencia de un amplio hiato sedimentario entre las ocupaciones anteriores y las neolíticas, evidencia de una economía de producción consolidada a partir de las especies vegetales y animales halladas en el registro. En la Meseta sur el yacimiento de La Paleta por su datación sobre “cerealia” entre el 5.671-5.483 cal. BC podría incluirse en este apartado aunque por las características que después describiremos no somos partidarios de ello. Sin lugar a dudas la cueva de Chaves9 podría ser considerada como el yacimiento paradigmático de esta fase aunque actualmente sea un yacimiento destruido por la insensatez e impunidad de sus propietarios. Así, tenemos que decir que este yacimiento era una enorme cueva con espacio habitado de más de 3.000 m2 a cuyos pies discurre un curso de agua. Era, por tanto, el lugar ideal para establecer un auténtico poblado. Las excavaciones incipientes que se habían realizado hasta el 2.007 (año de su fatídica destrucción) habían identificado una compleja distribución espacial dentro de la cueva con espacios diferentes; zona de habitación con numerosos hogares, algunos posiblemente utilizados para ahumar carne y tostar bellotas y zona de almacenaje con cubetas y grandes vasijas. Los primeros habitantes de Chaves llevan una forma de vida plenamente neolítica; las especies domésticas (principalmente ovicápridos y en menor medida bóvidos y suidos) llegan a suponer casi el 70% del registro faunístico recuperado mientas que la agricultura se atestigua, al margen de por algunas evidencias carpológicas, por la presencia de polen de cereal en el interior de la cueva lo que supondría la existencia de campos de cultivo en un radio no superior a los 2 km. Por su parte, Peña Larga10 posee unas características peculiares y algo diferentes. Se trata de un abrigo de menores dimensiones en donde el porcentaje de domésticos disminuye algo por lo que la caza pudo tener mayor importancia. No obstante, la arqueografía documentada desde los niveles inferiores nos ilustra sobre una intensificación en la explotación ganadera habiendo servido el propio abrigo como redil desde sus inicios posiblemente y de forma esporádica. Neolíticos consolidados (a partir del 5.400 – 5.300 cal. BC) (Fig. 2) Los datos de que disponemos en la actualidad nos permiten afirmar que en este momento el Neolítico ha alcanzado prácticamente la totalidad del territorio peninsular aunque las dataciones absolutas para 9 8 Alday Ruíz, 2011b 10 Baldellou Martínez, 2011. Fernández Eraso, 1997 y 2011.
46  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  ecotonos  bosque, roquedo, pradera, etc.  como ponen de mani   esto las colec...
EL NEOLÍTICO EN LAS TIERRAS DEL INTERIOR Y SEPTENTRIONALES Figura 2. MAPA DEL NEOLÍTICO ANTIGUO: VI y V MILENIOS CAL AC. Yacimientos: Galicia: 1) Monte dos Remedios; 2) O Regueiriño; Asturias: 3) Los Canes; Cantabria: 4) La Calverra-Peña Oviedo; 5) El Mirón; 6) Los Gitanos; Vizcaya: 7) Pico Ramos; 8) Arenaza; 9) Kobaederra; 10) Lumentxa; Guipúzcoa: 11) Herriko Barra; 12) Marizulo I; Palencia: 13) La Velilla; Burgos: 14) Molino de Arriba; 15) El Mirador; 16) El Portalón de Cueva Mayor; Álava: 17) La Renke Norte; 18) Atxoste; 19) Los Husos I; 20) Los Husos II; 21) Peña Larga; La Rioja: 22) Lóbrega; Navarra: 23) Abauntz; 24) Paternanbidea; 25) Los Cascajos; Zaragoza: 26) Paco Pons; 27) Gato 2; 28) Riols I; 29) Valmayor XI; 30) Costalena; 31) El Pontet; Huesca: 32) Espluga de la Puyascada; 33) Els Trocs; 34) Pacencia; 35) Huerto Raso; 36) Chaves; 37) Forcas II; 38) Moro de Olvena; Segovia: 39) La Nogaleda; 40) La Vaquera; Soria: 41) Abrigo de La Dehesa; 42) La Revilla del Campo; 43) La Lámpara; Teruel: 44) Las Torrazas; 45) Botiquería dels Moros; Madrid: 46) La Higuera; 47) La Ventana; 48) Arenero de Los Vascos; 49) Casa Montero; 50) Arenero de Valdivia; 51) La Deseada; 52) Cueva del Aire; 53) El Congosto; 54) H-05; Cáceres: 55) Los Barruecos; Toledo: 56) La Paleta; 57) Azután; 58) El Castillejo; Cuenca: 59) Verdelpino; Ciudad Real: 60) Villamayor. eventos singulares de vida corta sobre domésticos permiten subdividir esta fase en dos: a) Finales del VI milenio cal. BC: ocupación de la mayor parte del Valle del Ebro, ambas mesetas y con ciertas reservas (por falta de dataciones de domésticos) Extremadura. Yacimientos más importantes: Los Cascajos, El Mirador, La Revilla, La Lámpara, La Paleta y La Vaquera. b) V milenio cal. BC: extensión del Neolítico a todo el solar peninsular incluyendo las zonas cantábricas y gallegas. Yacimientos más importantes además de los anteriores, aunque algunos sin dataciones absolutas sobre eventos singulares de vida corta: El Mirón y Pico Ramos en Cantabria, Kobaederra en Guipúzcoa, Monte dos Remedios y O Regueiriño en Galicia y Canaleja II y Los Barruecos en Extremadura. Podríamos señalar algunas características generales en los yacimientos de esta fase: ocupación de ecosistemas variados, yacimientos tanto en cueva como al aire libre, práctica au- 47
EL NEOL  TICO EN LAS TIERRAS DEL INTERIOR Y SEPTENTRIONALES  Figura 2. MAPA DEL NEOL  TICO ANTIGUO  VI y V MILENIOS CAL AC...
48 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA 1 2 2 4 5 Figura 3. Distintos aspectos del yacimiento de Los Cascajos, Los Arcos, Navarra: 1) Cabaña nº 6; 2) Foso 2; 3) Estructura funeraria 196 y su ajuar; 4) Recipientes decorados varios; 5) Restos recuperados en la Estructura 475. (Amabilidad de Jesús Sesma Sesma y Jesús García Gazólaz.
48  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  1  2  2  4  5 Figura 3. Distintos aspectos del yacimiento de Los Cascajos, Lo...
EL NEOLÍTICO EN LAS TIERRAS DEL INTERIOR Y SEPTENTRIONALES sencia de yacimientos en abrigo, yacimientos de nuevo cuño junto a amplias estatigrafías neolíticas, generalización de la economía de producción y evidencias de intensificación y especialización funcional (minería, estructuras tipo fumier). Esta fase ofrece dos tipos fundamentales de yacimientos: a) Asentamientos al aire libre Son yacimientos sin estatigrafía vertical generalmente, amplia extensión superficial y caracterizados por la presencia de estructuras negativas en forma de fosas u hoyos de distinta funcionalidad11. Es un tipo de asentamiento doméstico que perdurará hasta la Edad del Bronce y que se identifica como “campos de hoyos”. Estas estructuras ofrecen una gran diversidad en cuanto a medidas, tamaños y funcionalidades. Algunas de ellas han servido, sin duda, como silos de almacenamiento disponiendo en su interior grandes vasijas de deficiente cocción y paredes gruesas (ejs. La Paleta o La Lámpara), en otras se debieron utilizar como silos de forma específica por su estrecha boca y fondo abombado que, como en el hoyo I de La Lámpara o en Villamayor de Calatrava, una vez perdida su primitiva función, se amortizan como tumba. Por fin, en otros casos, las propias fosas constituyen tumbas de inhumación individual como en Los Cascajos o Paternambidea, entre otros. No es muy frecuente la presencia de estructuras de habitación como tales, si exceptuamos el enclave de Los Cascajos (Fig. 3) donde han sido identificadas hasta ocho cabañas de planta paracircular delimitadas por agujeros de postes con diametros que varían entre lo 6 y los 8 metros. En este yacimiento se ha excavado una superficie próxima a las 3,5 hectareas y se han hallado un número en torno al medio millar de estructuras negativas correspondientes a hoyos, zanjas, hogares, basureros, rediles, tumbas… etc. Todo parece responder a una cierta planificación y ordenación espacial en donde estaban perfectamente individualizadas las zonas residenciales, de almacenamiento, de explotación ganadera y la necrópolis12. Se conocen otros dos yacimientos con estructuras de habitación clara; uno en torno al cambio entre el VIº y el Vº milenios cal. BC; Riols I en el Bajo Ebro13; y otro a finales del Vº milenio cal. BC, La Velilla en las tierras sedimentarias de la Meseta Norte14. Son 11 12 13 14 Rojo Guerra et al., 2008. García Gazólaz et al., 2011. Royo Guillén y Gómez Lecumberri, 1992. Delibes de Castro y Zapatero Magdaleno, 1996. Figura 4. Reconstrucción del recinto de doble empalizada en el yacimiento de La Revilla, Ambrona, Soria. Dibujo: Luís Pascual Repiso. estructuras similares de tendencia ovalada y delimitadas por agujeros de poste aunque en el caso de Riols I, todo el interior de las cabañas aparecía pavimentado con piedras planas y disponían de un hogar central. Es digna de resaltar la presencia en dos yacimientos (Los Cascajos y La Revilla) de sendos recintos que delimitan espacios de explotación o rituales. En el caso de Los Cascajos se han excavado porciones de una enorme zanja en V que cierra un espacio cuyo diámetro, a partir de su constatación mediante prospecciones electromagnéticas, llegó a medir cerca de 2 km. Estaríamos, posiblemente ante la delimitación incluso de un espacio de explotación o una primitiva territorialización del paisaje. En La Revilla, por su parte, se ha excavado un recinto ovalado (Fig. 4) de dimensiones mucho más modestas delimitado por una doble zanja con restos de postes de madera y piedra calzando las mismas. Su función podría haber sido la de demarcar un espacio singular dentro del área de hábitat, que se extiende por una superficie considerablemente mayor que la ocupada por las zanjas, posiblemente dedicado a determinadas actividades ceremoniales15. No podemos descartar que hubiera servido también para cerrar perimetrálmente el hábitat de la primera ocupación del lugar al modo en que se realizaba en ciertos poblados indígenas americanos que conocemos por ilustraciones del siglo XVI. Sea como fuere estas estructuras inauguran en nuestro territorio una tradición que a lo largo del Calcolítico y la Edad del Bronce se convertirá en una norma de poblamiento: los recintos de fosos. Ejemplos de asentamientos al aire libre están repartidos por toda la geografía aunque con mayores 15 Rojo Guerra et al., 2008. 49
EL NEOL  TICO EN LAS TIERRAS DEL INTERIOR Y SEPTENTRIONALES  sencia de yacimientos en abrigo, yacimientos de nuevo cu  o j...
50 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA densidades en ambas mesetas (La Deseada, La Revilla, La Lámpara, La Velilla) y son también numerosos en el Valle del Ebro siendo los más destacados Riols I, Los Cascajos, Paternambidea, etc. b) Yacimientos en cueva Como es lógico este tipo de yacimientos aparecen en las zonas con condiciones geológicas apropiadas como en todo el prepirineo y pirineo navarro y aragonés, en el País Vasco o las estribaciones montañosas que rodean ambas mesetas donde podemos situar las interesantes estaciones de La Vaquera14 en Segovia, El Mirador y Cueva Mayor en Burgos o las cuevas del Aire, La Higuera o La Ventana en la sierra madrileña. Con cierta asiduidad se ha defendido la estacionalidad de la mayoría de estos yacimientos en cueva. Especial énfasis se ha puesto en esta interpretación por las características de su registro y por su elevada altitud sobre el nivel del mar para el caso de la cueva de Els Trocs, defendiendo una auténtica trashumancia desde territorios más al sur cercanos al Ebro. Sin embargo en la cueva de La Vaquera16 se ha pensado más en movimientos de corta distancia (transterminancia) desde el valle al cercano pié de monte del Sistema Central. No obstante, y dadas las especiales condiciones ambientales que rodean a la burgalesa sierra de Atapuerca, se ha defendido para los niveles neolíticos de la cueva de El Mirador una especie de pastoreo semisedentario de ciclo anual17. Sea como fuere, la mayor parte de los asentamientos neolíticos en cuevas presentan amplias estatigrafías que abarcan el desarrollo de prácticamente toda la secuencia desde finales del VIº hasta finales del Vº milenio cal. BC y el registro material, en todos los casos, incluyendo los datos paleoecológicos, nos hablan de unos grupos con economías agrícolaganaderas consolidadas, si bien es cierto que, quizás por las condiciones de conservación del registro, se da una cierta preponderancia de las segundas. Como características comunes que comparten todos los asentamientos de este apartado, tanto al aire libre como en cueva, habría que mencionar su localización en lugares estratégicos y perfectamete aptos para una explotación agrícola-ganadera y la constatación de una cierta intensificación económica y especialización productiva. En relación con el primer aspecto hay que señalar que prácticamente la totalidad de enclaves neolíticos se ubican en entornos privilegiados, dominando amplias zonas de explotación muy aptas para el desarrollo agrícola y ganade- ro. Recientamente García Martínez de Lagran18 ha hecho hincapié en determinadas características que parecen repetirse en los hábitas al aire libre y que explicarían una neolitización rápida del territorio a partir del desplazamiento de pocos efectivos humanos de forma dirigida hacia biotopos concretos mediante un mecanismo de pídola o infiltración en el territorio. Por eso estos primeros yacimientos comparten de forma especial: ubicarse en zonas endorréicas, junto a lagunas, interfluvios o zonas de inundación de cursos de agua; ocupar zonas preferentemente llanas o el inicio de laderas muy tendidas con amplio dominio visual sobre las zonas de explotación; por último, situarse en vias naturales de comunicación o zonas estratégicas de paso cuya importancia se demuestra por las proximidad de las vias históricas de trashumancia a una buena parte de estos asentamientos neolíticos. En relación con la intensificación económica y con la especialización productiva tenemos que referirnos a dos tipos especiales de yacimientos; las cuevas redil y el aprovisionamiento y transformación del sílex en la mina de Casa Montero (Vicálvaro, Madrid). Al igual que sucede en zonas periféricas de la Península, tal y como se ha visto en el capítulo anterior, en nuestro ámbito geográfico, especialmente a lo largo del Vº milenio cal. BC se conocen una serie de yacimientos en cueva cuyas características sedimentologicas a base de sucesión de estratos cenicientos con abundante presencia de esferulitas, se han interpretado como “fumier” o evidencia de estabulación de ovicápridos19. Los ejemplos más significativos serían Los Husos I y II, en la Rioja alavesa, y El Mirador en Atapuerca, a los que podríamos añadir Peña Larga con algunos matices, como ya hemos comentado anteriormente. Estos yacimientos, especialmente los primeros, pudieron servir como rediles a los rebaños de ovejas y cabras (en menor medida vacas) que pudieron ser explotados, según recientes interpretaciones para la evidencia de El Mirador, tanto para la producción de carne como de leche a pequeña escala y ello, en virtud del analisis de la edad de muerte de la evidencia arqueozoológica. Un yacimiento singular datado a partir de muestras de carbón hacia finales del VIº milenio cal. BC es la mina de sílex de Casa Montero20 en Madrid. Lo consideramos singular porque nos ilustra sobre un tipo de actividad muy específica, no subsistencial y, por tanto, especializada que se llevó a cabo ya en los primeros momentos de la neolitización. Este hecho nos ilustra, sin duda, sobre el grado de desarrollo y organización social de estas primeras comunidades 18 19 16 17 Estremera Portela, 2003. Vergés et al., 2008. 20 García Martínez de Lagrán, 2008b. Fernández Eraso 2008; Polo Díaz y Fernández Eraso, 2010. Consuegra Rodríguez et al., 2004.
50  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  densidades en ambas mesetas  La Deseada, La Revilla, La L  mpara, La Velilla ...
EL NEOLÍTICO EN LAS TIERRAS DEL INTERIOR Y SEPTENTRIONALES neolíticas capaces de destinar efectivos y tiempo a actividades no subsistenciales aunque si que nos figuramos altamente productivas. Casa Montero es un mina de sílex que se explotó mediante pozos verticales fundamentalmente. De época neolítica se han documentado 3.824 pozos en los 42.383 m2 excavados de las más de 8 hectareas con que contó la explotación según las prospecciones superficiales. Según las investigaciones en curso parece ser que en las propias minas se producía la selección y transformación de los nódulos de sílex hasta la obtención del producto final que consistía, fundamentalmente, en soportes laminares. Se han hallado en las propias minas evidencias de toda la cadena operativa excepto del producto final lo que nos hace pensar en que éste se distribuía y comercializaba rápidamente en las distintas redes de intercambio a corta y larga distancia cuyas dimensiones establecerán investigaciones en curso. El package neolítico El Neolítico es, en esencia, una forma de vivir y una forma de relación con la Naturaleza. Desde esta perspectiva no podemos ser tipologicistas y pensar en definir el Neolítico por un determinado tipo de material arqueológico o un determinado gesto técnico. Los grupos humanos son neolíticos porque tienen una determinada forma de vivir y de relacionarse con la naturaleza basada en una economía de rendimientos diferidos y todo lo que ello lleva consigo desde el punto de vista de las relaciones sociales, el mundo simbólico, los patrones de asentamiento y, como una parte más, la cultura material que se va adaptando progresivamente a las necesidades de la nueva situación. Por eso creemos que en los inicios de los procesos de neolitización (5.700-5.500 cal. BC) se da una dualidad de situaciones; por una parte la presencia de neolíticos muy precoces considerados como pioneros que se instalan en lugares privilegiados con todo el pack propio del nuevo estilo de vida basado en el cultivo de plantas y la cría de ganado y que llevan una cultura material en cierta medida también diferenciadora en la que cobra especial significación la producción cerámica de la que luego hablaremos con más detalle. Estas primeras poblaciones neolíticas iniciarían los primeros contactos con comunidades mesolíticas en aquellos lugares en las que éstas eran relativamente abundantes. Esta situación crearía necesariamente una interacción entre los grupos humanos y un intercambio de información y de productos materiales, especialmente visibles en el registro en los enclaves mesolíticos por la especificidad de sus estrategias económicas y lo estandarizado de su cultura material. Asistimos así a la mencionada dualidad de situaciones culturales con grupos mesolíticos que recibirían por intercambio elementos significativos de la cultural material neolítica y los grupos neolíticos pioneros que, establecidos en entornos privilegiados, desarrollarían una forma de vida plenamente dependiente de la explotación de la naturaleza, recibiendo a su vez elementos e influencias de los grupos mesolíticos con quienes interactuarían. Es evidente, no obstante, que si nos fijamos en la cultura material se observan ciertas diferencias o procesos evolutivos que es conveniente señalar: Ante la ausencia de formas de vida propiamente neolíticas, los contextos mesolíticos con elementos neolíticos se definen por la presencia de restos cerámicos no muy abundantes. Solo en tres contextos (Mendandia III sup y II, y Atxoste) hay un número suficiente para poder extraer algún tipo de consideración que se pueda extrapolar al resto de este tipo de contextos en el Valle del Ebro y algún asentamiento del Interior como el abrigo de La Dehesa en el soriano Valle de Ambrona. En un reciente trabajo García Martínez de Lagrán y otros 21 han definido para este tipo de cerámicas un estilo I caracterizado por formas muy simples con una única composición decorativa bajo el borde realizada siempre con una sola técnica (Fig. 5). Serían, por el momento, el tipo de cerámica más antigua conocido en la Península Ibérica, junto a la de los contextos neolíticos pioneros, hasta el punto de que nos cuesta bastante pensar que las dataciones del nivel IIIsup de Mendandia (finales del VIIº milenio cal. BC) pudieran corresponder a auténticos contactos con comunidades neolíticas. En este caso, tampoco resultaría una aberración pensar y, proponer, una primitiva fabricación autónoma de cerámica en este yacimiento como alguna vez se insinuó también para el abrigo de Verdelpino en Cuenca. Por su parte, la industria lítica de estos contextos es básicamente mesolítica caracterizada por una talla laminar, abundantes elementos de dorso y microlitos entre los que empiezan a cobrar importancia los tipos segmentiformes con retoque a doble bisel. En no pocas ocasiones la asociación segmento/doble bisel se considera un marcador fiable de la neolitización en todo el área interior y muy especialemente en el Valle del Ebro. Sin embargo tanto segmentos como el doble bisel no faltan en contextos mesolíticos como por ejemplo el nivel 4 de Botiqueria o el horizonte I del Valmayor XI. Con ello queremos decir que tanto el doble bisel como los segmentos o, especialmente, los segmentos a doble bisel, deben considerarse no como evidencias de neolitización per se, si no como una adaptación progresiva de un sustrato local a unas nuevas necesidades pudiendo interpretarse como el 21 García Martínez de Lagrán et al., 2011. 51
EL NEOL  TICO EN LAS TIERRAS DEL INTERIOR Y SEPTENTRIONALES  neol  ticas capaces de destinar efectivos y tiempo a activida...
52 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA 1 2 3 Figura 5. ESTILO 1 1 y 2) Mendandia: 3) Valmayor XI.
52  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  1  2  3  Figura 5. ESTILO 1 1 y 2  Mendandia  3  Valmayor XI.
EL NEOLÍTICO EN LAS TIERRAS DEL INTERIOR Y SEPTENTRIONALES último estadio de la evolución tecnológica del microlitismo mesolítico como ya propusiera Arias Cabal22. Si admitimos esta idea, su presencia en contextos claramente neolíticos podrían considerarse como una aportación de los grupos de cazadores-recolectores durante el proceso de neolitización (por ejemplo de intercambio, cuando aparecen en contextos pioneros como Chaves o Peña Larga) y que perduran durante todo el Neolítico Antiguo, como pone de manifiesto su presencia en muchísimos contextos neolíticos a partir del 5400/5300. Los primeros grupos neolíticos, que aquí denominamos pioneros, poseen ya todo el pack completo en mayor o menor medida, es decir, cerámica, pulimentados, especies vegetales domesticadas (cereales fundamentalmente) y ganado ovino preferentemente aunque no faltan otras especies en menor proporción como el vacuno, caprino o suidos. La industria lítica, es bastante estandarizada y dominan especialmente las láminas y las láminas retocadas con diferentes porcentajes según yacimientos a las que hay que sumar tambien diferentes proporciones de geométricos (además de segmentos a doble bisel, trapecios y triángulos) y algún taladro/perforador muy habitual en los contextos de finales del VI milenio cal BC. Los útiles pulimentados y de molienda comienzan a ser habituales. Lo más destacado en cuanto a bagaje material viene de la mano de la cerámica. En efecto, aunque se pueda considerar que las decoraciones cardiales clásicas sean el elemento en torno al que giren las interpretaciones de estos contextos (bien es cierto que las decoraciones cardiales de Peña Larga poco tienen que ver con las de Chaves por técnica y composición), no es menos cierto que conviven rivalizando en antigüedad con colecciones impreso/incisas-acanaladas que definirán lo que García Martínez de Lagrán y otros han descrito como estilo II (Fig. 6). Esta dualidad de tradiciones decorativas, presentes únicamente en la zona aragonesa y catalana y en un solo yacimiento del Interior (La Paleta), en un momento tan temprano, se puede interpretar de distintas maneras sin que el registro actual permita decantarnos por ninguna, a saber; podría representar una zona de contacto de diferentes corrientes de neolitización, a un grupo que decora con dos estilos o confluencia de grupos autónomos… En definitiva, lo que parece quedar claro es que la neolitización de la Peninsula necesita de algunos fenomenos de colonización ya que sólo ellos explicarían que aparezcan estilos cerámicos tan complejos y que el primer Neolítico llegue a Iberia tan desarrollado en todas sus facetas. 22 Arias Cabal, 2007: 58. A partir del ultimo cuarto del VIº milenio cal. BC podemos considerar que el Neolítico está plenamente consolidado en buena parte del interior peninsular y comienza a hacerse más importante su presencia en el Cantábrico y en Galicia. Los grupos humanos, ya plenamente neolitizados, ocupan distintos ecosistemas adaptados a sus necesidades productivas y se advierten ciertas necesidades de especialización como pueda ser la explotación minera antes mencionada en Casa Montero, la práctica de la trashumancia en determinados lugares, preferentemente montañosos, o la explotación integral de la dehesa en Extremadura o la Submeseta Sur. A su vez asistimos a una diversificación de los patrones de ubicación en el espacio donde proliferan importantes enclaves al aire libre y cuevas de ocupación que con el tiempo se transformarán en rediles como ocurre también en el Levante. En relación con el material lítico siguen siendo habituales las láminas simples y las retocadas. A través de los análisis traceológicos sabemos que muchas de ellas se utilizaban como hoces tanto de enmangue longitudinal como transversal23. Aumentan ahora también los taladros utilizados para una diversidad de funciones; perforar la piel, realizar cuentas de collar o taladrar material cerámico para lañas o en semiseco como elemento ornamental. Los geométricos con sus variedades, y especialemente los trapecios y triángulos, siguen siendo usados como puntas de proyectil. Pero sin lugar a dudas es la producción cerámica en estos momentos, nuevamente, el componente del pack neolítico que más interés despierta. Y ello por dos razones fundamentalmente; una por su enorme variedad y complejidad decorativa a finales del VIº milenio cal. BC y en algunas zonas durante el primer cuarto del Vº y, otra, porque precisamente en torno a mediados del último desaparecen prácticamente por completo las típicas decoraciones que ahora vamos a comentar y es el argumento que generalmente se utiliza para hacer comenzar la fase que se podría denominar como Neolítico Medio. A partir del 5.500-5.400 cal. BC se extendería a nuevos ámbitos territoriales el mencionado Estilo II (Fig. 6), caracterizado, ahora, por un abrumador predominio de la técnica impresa a la que acompaña la incisión-acanaladura. Aumentan también las formas de los recipientes sobre los que se aplican la decoración, cobrando importancia los jarros y botellas, a la vez que aumenta la complejidad de las composiciones ornamentales. Este estilo II se correspondería perfectamente con lo que se viene denominando epicardial 23 Gibaja, 2008. 53
EL NEOL  TICO EN LAS TIERRAS DEL INTERIOR Y SEPTENTRIONALES    ltimo estadio de la evoluci  n tecnol  gica del microlitism...
54 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA 1 2 3 4 5 7 6 Figura 6. ESTILO 2 1) La Revilla; 2) La Vaquera; 3) La Revilla; 4) La Vaquera; 5) Atxoste; 6) La Lámpara; 7) Molino de Arriba.
54  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  1  2  3  4  5  7 6  Figura 6. ESTILO 2 1  La Revilla  2  La Vaquera  3  La Re...
EL NEOLÍTICO EN LAS TIERRAS DEL INTERIOR Y SEPTENTRIONALES que tiene una vasta extensión conviviendo con el cardial francoibérico, con el cardial puro levantino y catalán y que son las primeras producciones cerámicas en el Interior de la Península Ibérica. Desde esta perspectiva y teniendo en cuenta las implicaciones que el concepto epicardial lleva consigo, consideramos necesario eliminar dicho término de forma genérica porque no hace justicia a la realidad arqueológica que define. La producción impresa e inciso-acanalada se ha demostrado incluso anterior al cardial y la realidad es que forman parte del mismo proceso histórico por lo que manterner un término segregado para fenomenos idénticos no nos parece justificado. Dentro de este estilo II destaca, por el interés suscitado en diferentes trabajos una decoración peculiar conocida como boquique. Se trata de una técnica especial que tiene una serie de variantes que se podría identificar como una sucesión de impresiones con un objeto punzante sobre la arcilla antes de cocer. Su amplia repartición geográfica y su cronología no significativamente diferente al cardial, o incluso anterior, otorgan a esta tecnica un importante papel como marcador de los inicios de la neolitización24. A partir del primer tercio del Vº milenio cal. BC en el Valle del Ebro, en esas mismas fechas en las zonas septentrionales y a partir de mediados en el centro debemos reconocer que la información arqueológica sobre el Neolítico disminuye considerablemente a la vez que culmina un proceso de eliminación de la decoración en las producciones cerámicas aunque no así en sus formas, añadiendose ahora al elenco anterior distintos tipos de asas, algunas decoraciones aplicadas, formas tronco-cónicas y bordes exvasados. Como excepciones a esta dinámica habría que señalar que en las tierras del centro peninsular y la Cornisa Cantábrica se comienzan a conocer estructuras habitacionales bajo tumulos funerarios como los de la Velilla en la Meseta Norte, La Calvera-Peña Oviedo en Cantabria y Azután o el Castillejo en la Meseta Sur25. aquí en ello. Simplemente es conveniente comentar que parte de nuestro territorio (Albacete, Cuenca, Guadalajara, Toledo, sur de Zaragoza, Huesca) se ve afectado por estas mismas corrientes hasta el punto de que en ciertos lugares (Doña Clotilde, Remosillo, Varfaluy…) algunas figuraciones seminaturalistas se han considerado como una versión local del estilo Petracos por los motivos serpentiformes o personajes esquemáticos con dedos muy abiertos26. Lo que parece claro es que en todo el Interior el mundo simbólico del Neolítico se asocia, especialmente, a la representación esquemática de la realidad y del universo mental. Asociados a numerosos abrigos neolíticos podemos reconocer antropomorfos de distintos tipos, zoomorfos, barras y puntos, ídolos oculados, soliformes y reticulados. Todos estos motivos, o al menos algunos, están perfectamente refrendados en el interesante conjunto de cantos pintados del nivel inferior de la cueva de Chaves. Mayor precisión podemos realizar en relación con el mundo funerario por cuanto las evidencias arqueológicas se ubican en asentamientos y/o contextos que contienen características suficientes para adscribirlas indudablemente a una fase de economía productiva. En esta línea, las primeras manifestaciones funerarias neolíticas (segunda mitad del VIº comienzos del Vº milenios cal. BC) no son muy numerosas en nuestra área de estudio y, por supuesto, tienen poco que ver con la eclosión monumental que caracterizará al megalitismo a partir del IVº milenio cal. BC. No obstante es justo reconocer que, o bien por la enorme eclosión que ha tenido en nuestro pais la Arqueología de Gestión mediante la cual se han excavado un ingente número de enclaves, o bien por el desarrollo de importantes proyectos de investigación, la geografía peninsular se va llenando de nuevas evidencias que, para estos primeros momentos, dibujan un panorama realmente homogéneo. Se reconocen dos tipos de manifestaciones relacionadas con el tratamiento del cuerpo humano: Mundo ritual y simbólico a) Presencia de restos oseos dispersos en contextos domésticos y mezclados con otro tipo de evidencia arqueológica. Sin que los podamos considerar pertenecientes a ningún nivel funerario, es frecuente hallar restos humanos más o menos dispersos en la estratigrafía de algunas cuevas. Sería el caso del cráneo de un varón adulto hallado en la cueva de La Vaquera en Segovia27, de diversos restos pertenecientes a un número mínimo de 7 individuos en la cueva de Chaves, otros de La Nogaleda en Segovia y un conjunto Resulta complicado adentrase en el mundo simbólico de unos grupos humanos que tienen que afianzarse en un territorio y desarrollar unas estrategias de supervivencia modificando antiguos hábitos o generando nuevos nichos donde implantar sus formas de vidas ya consolidadas. En el capítulo anterior ya se ha hecho referencia a la relación de las primeras fases del Neolítico con el arte macro-esquemático, levantino y esquemático, con lo que no vamos a incidir 24 25 Alday Ruíz y Moral del Hoyo, 2011. Bueno Ramírez et al., 2005. 26 27 Utrilla Miranda y Calvo, 2000. Delibes de Castro et al., 1999. 55
EL NEOL  TICO EN LAS TIERRAS DEL INTERIOR Y SEPTENTRIONALES  que tiene una vasta extensi  n conviviendo con el cardial fra...
56 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA muy interesante en la recientemente excavada cueva de Els Trocs en Huesca. Tanto por el estudio específico realizado sobre el craneo de La Vaquera como por las evidencias de que disponemos en Trocs, nos inclinamos a pensar en que en los inicios del Neolítico se practicaban una serie de ritos en el interior de las cuevas que tenían como protagonista al cuerpo humano difunto o sacrificado para la ocasión. Se ha indicado también, que hubieron podido servir como auténticas reliquias que circularían entre los distintos grupos o yacimientos. gún elemento de molienda, hachas y adornos de concha o hueso. Es digna de mención la presencia en el área restringida de enterramientos, de ciertas estructuras también en fosa, con deposiciones que formarían parte del ritual pero que no corresponden a seres humanos; tal es el caso de restos de fauna, diversos materiales representativos de actividades agrícolas, dos perros y otros objetos (Fig. 3,3). – Necrópolis neolítica de Paternambidea30 donde se han hallado los únicos ejemplos, por el momento, de enterramientos dobles; dos de ellos simultáneos y dos de ellos acumulativos. En este último caso estaríamos ante estructuras abiertas en las que, tras previo acondicionamiento del espacio se irían introduciendo nuevos difuntos en la tumba. En el total de las cuatro fosas se han recuperado hasta once individuos tanto masculinos como femeninos, adultos jovenes. Por contraposición a las tumbas de Cascajos o Chaves aquí el ajuar es riquísimo, especialmente adornos como colgantes, cuentas de collar de concha, hueso, o piedra verde, cerámica, microlitos geométricos, láminas de silex y laminitas de cristal de roca. b) Sepulturas normalizadas. Se conocen fundamentalmente en poblados al aire libre aunque se han señalado dos casos en cueva; en el nivel Ia de Chaves y en Marizulo. En prácticamente todos los casos se repite la misma norma funeraria: son enterramientos de inhumación individual en fosa en las que los individuos se depositan en posición flexionada. Los ejemplos son cada vez más numerosos y en el Valle del Ebro destacan: – La inhumación masculina en fosa de la cueva de Chaves: conservaba abundantes restos de ocre en toda la tumba pero especialmente en la zona del cráneo y según Utrilla y otros28, había sido depositado en un “tosco hoyo” en el que se halló incluso un pequeño resto de tejido/venda que fue imposible conservar. El ajuar no era muy abundante limitándose a un anillo de hueso que el individuo conservaba en una falange de la mano derecha. Un aspecto interesante de esta tumba es la acumulación de 296 cantos rodados blancos de pequeño tamaño (menos de 8 cm) que formaban un pequeño túmulo sobre la sepultura. – El excepcional conjunto de sepulturas de Los Cascajos (Los Arcos, Navarra), algunas de las cuales formarían parte de una autentica necrópolis; un area restringida para los enterramientos dentro de un impresionante asentamiento neolítico al aire libre29. De este momento se han excavado unas 30 sepulturas; todas ellas son pequeñas fosas prácticamente hemisféricas excavadas en la tierra virgen. Las deposiciones son primarias en todos los casos y están colocadas en posiciones flexionadas con un claro predominio de varones adultos. Los ajuares no son muy ricos y cuando los tienen suelen estar compuestos por algún cuenco cerámico liso, láminas de sílex, al28 29 Utrilla Miranda et al., 2008: 134. García Gazólaz y Sesma Sesma, 2008. Más al interior en ambas mesetas disponemos cada vez de más ejemplos que reproducen similares pautas de comportamiento31, a saber; enterramientos individuales en fosa colocados en posición flexionada y ubicados dentro de hábitats al aire libre. Los ejemplos no son numerosos; en Madrid el Arenero de Valdivia y el Congosto, en Burgos Alto de Rodilla y Molino de Arriba, en Toledo Villamayor de Calatrava y en Soria la sepultura de La Lámpara en Ambrona. Quizás esta última sea la más significativa de todas ellas. Se trata del enterramiento de una mujer adulta que se había depositado en lo que podría ser un silo amortizado como tumba por su forma ámplia y redondeada en la base con estrechamiento en el cuello y boca. La muerta se depositó en el fondo del hoyo acompañada de un rico ajuar en el que destacaba una preciosa botella con decoración inciso-impresa (Fig. 7A) y una lámina de silex con huellas de haber servido como hoz de cereal. Justo en el estrechamiento de la fosa y para sellar el hueco se depositaron junto a lajas planas de caliza hasta 354 fragmentos cerámicos correspondientes a diferentes recipientes entre los que destacan un gran cuenco inciso y una botellita con decoración de peine impreso. Todo ello acompañado de diversos elementos de industria lítica y ósea que habría sido depositado 30 31 García Gazólaz, 2008. Rubio de Miguel, 1990.
56  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  muy interesante en la recientemente excavada cueva de Els Trocs en Huesca. Ta...
EL NEOLÍTICO EN LAS TIERRAS DEL INTERIOR Y SEPTENTRIONALES Figura 7. Planta y sección del enterramiento del Neolítico Antiguo de La Lámpara (Ambrona, Soria) y reconstrucción de la ceremonia fúnebre (Dibujo: Luís Pascual Repiso). 57
EL NEOL  TICO EN LAS TIERRAS DEL INTERIOR Y SEPTENTRIONALES  Figura 7. Planta y secci  n del enterramiento del Neol  tico ...
58 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA con toda seguridad en el transcurso de una compleja ceremonia fúnebre (Fig. 7B). Bien entrado el quinto milenio se produce un fenómeno similar al detectado en relación con el poblamiento; la práctica ausencia de vestigios funerarios. Únicamente conocemos en esta área otro enterramiento en fosa próximo a Burgos dado a conocer en el Vº Congreso de Neolítico Peninsular celebrado en Lisboa y aún sin publicar (El Hoyo) y unas cuantas tumbas en fosa más de los Cascajos que se fechan a lo largo de la segunda mitad del Vº milenio cal.BC. Hacia finales del Vº milenio cal BC y paralelo al surgimiento del denominado proto-megalitismo en Portugal y del grupo del Tavertet en el Pirineo Catalan, que pueden considerarse, pese a su carácter individual, una precoz manifestación de la monumentalidad que caracterizará el megalitismo, se advierte especialmente en las tierras del interior una intensificación de las evidencias de hábitat bajo túmulos ya comentadas anteriormente que nos sitúan a las puertas de importantes transformaciones en el ámbito funerario a nivel peninsular y que cuajarán en el surgimiento de un fenómeno complejo y de gran difusión: el megalitismo. La aparición de la monumentalidad funeraria: el Megalitismo Dispersión espacial El megalitismo que tratamos en este apartado es, sobre todo, una expresión funeraria que surge entre finales del Vº milenio cal. BC y comienzos del IVº. Mucho se ha escrito sobre el megalitismo como fenomeno ideológico, cultural, ritual, espacial… etc. sin embargo nosotros queremos darle una connotación más descriptiva otorgando a las tradicionales manifestaciones funerarias megalíticas una uniformidad que se concreta en su carácter monumental. En todos los casos, la variedad de manifestaciones, que luego veremos, son un volumen emergente, antrópico, que se impone sobre un espacio y que, en ocasiones, puede delimitar o señalizar un territorio, pero que siempre fosiliza un pensamiento y una necesidad de perpetuar la memoria. Pues bien, esta monumentalidad funeraria, así definida, se extiende por todas las tierras interiores y septentrionales con variadas densidades y adopta distintas manifestaciones arquitectónicas. Prácticamente todo el Interior Peninsular, a excepción de algunos vacíos en el sector central y oriental de la Meseta Sur, poseen algún tipo de construcciones monumentales si bien, es justo reconocer, que hacia el centro de la Cuenca del Ebro y en los sectores centrales de todo el Interior, la disminución en la densidad de los mismo es evidente. Esta circunstancia se ha re- lacionado asiduamente con la mayor presión antrópica ejercida por el laboreo agrícola lo que habría ocasionado la destrucción de muchas evidencias. En Galicia32, la Cornisa Cantábrica y el Pirineo Occidental33, los monumentos, aunque se dan en las diferentes formas de relieve, suelen ocupar preferentemente zonas altas como son por ejemplo la Sierra de Barbanza en A Coruña, o Morrazo en Pontevedra, Sierra Plana de la Borbolla en Asturias, las agrupaciones tan numerosas de las Sierras de Urbasa y Aralar en Navarra o los contextos tambien montañosos del área de Viescas, Guarrinza y Somontano en el Pirineo Aragonés. Todas estas zonas señaladas poseen altísimas densidades de monumentos que se van haciendo más ralas conforme nos adentramos en las tierras altas de ambas mesetas. En este sector central de la Península debemos señalar también importantes concentraciones en las estribaciones montañosas que la circundan como las Penillanuras zamorano-salmantinas, la Lora burgalesa y estribaciones del Sistema Ibérico en la misma provincia34 y en la vecina provincia de Soria. Un foco muy importante se situa en la Sierra de Cameros (conjunto de Viguera-Nalda en la Rioja) que hace de enlace con el importantísimo foco riojano-alavés del sur de la Sierra de Cantabria. Sin embargo hacia el sur, en el Sistema Central, el número de yacimientos es mucho menor, solo algunos ejemplos en las provincias de Avila, Segovia y Madrid. Las zonas llanas de la Meseta Norte, aunque en forma dispersa, nunca en grandes concentraciones, ofrece ejemplos en todas las provincias y, al sur del Sistema Central ya hemos aludido al vacio existente en el subsector oriental mientras que en el sector occidental hay un nutrido grupo de monumentos en la Cuenca Media del Tajo que van en aumento debido al impulso investigador emanado de la Universidad de Alcalá de Henares. Extremadura, por su parte, posee nucleos importantes en la región de Alcantara y la sierra de San Pedro y, en general, en las zonas próximas a la frontera con Portugal al margen de importantes monumenrtos (en número cercano a 100) en la provincia de Badajóz35. 32 33 34 35 Las referencias generales sobre este aspecto en Galicia pueden consultarse en: Criado Boado, 1989; Criado Boado y Vaquero Lastres, 1993; Criado Boado y Villoch Vázquez, 1998 y López Sáez et al., 2010. Los aspectos paisajísticos de estos sectores pueden consultarse en: Blas Cortina, 1997 a y b; Carlos Izquierdo, 1998; Andrés Rupérez, 1987; Arias Cabal et al., 2005; Teira Mayolini, 1994. Referencias bibliográficas sobre estos aspectos en: Delibes de Castro y Santonja Gómez, 1986; Rojo Guerra, 1990 y 1994. Trabajos sobre estos aspectos en la Submeseta Sur y Extremadura en: Bueno Ramírez y Balbin-Behrmann, 2000; López Romero y Walid Sbeinati 2005; Galán Domingo y Martín Bravo, 1991-1992.
58  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  con toda seguridad en el transcurso de una compleja ceremonia f  nebre  Fig. ...
EL NEOLÍTICO EN LAS TIERRAS DEL INTERIOR Y SEPTENTRIONALES Al margen de la distribución de los monumentos por la geografía peninsular es interesante destacar el lugar que los mismos ocupan en la orografía local, es decir, su emplazamiento. En este sentido es conveniente señalar ciertas pautas que se observan en la mayoría de ellos: ocupan por lo general pequeñas plataformas o relieves elevados sobre el entorno inmediato que acrecientan la sensación de monumentalidad, cordales montañosos en sierras no muy elevadas, collados y pasos naturales, fondos de valle o pie de montes con amplio control territorial. Con cierta frecuencia se ha dicho que los megalitos se construyen para ser vistos, de ahí la tendencia general a su localización en puntos destacados con amplio dominio visual y, frecuentemente, en zonas de tránsito. El monumento y su arquitectura funeraria (Fig. 8) Desde el punto de vista práctico, no simbólico, el megalito es una tumba, un cementerio colectivo de uso diacrónico que alberga los difuntos de una comunidad durante un período más o menos largo de tiempo. Para cumplir esta misión el megalito precisa de un espacio hueco donde albergar los restos fúnebres, es decir, una arquitectura que se nos presenta variada y polimórfica y que para su descripción y análisis debemos contemplar al monumento en su conjunto que consta de dos partes bien diferenciadas: el túmulo y el recinto funerario principal o estructura propiamente megalítica. El túmulo es un amontonamiento de tierra y/o piedras que rodea el recinto funerario principal y tiene una doble función: por una parte monumental, esto es, acrecentar el tamaño y por ende el porte de todo el monumento. Sólo esta función explicaría la existencia de tumulos que sobrepasan con creces la altura o el porte de la estructura que cobijan. La segunda función, en la mayoría de los casos, es arquitectónica, es decir, contrarrestar los empujes centrífugos de la estructura pétrea colosal. El recinto funerario propiamente dicho alberga a los difuntos y posee una variada tipología aunque, en la mayoría de los casos, en origen, fue un espacio hueco, abierto y delimitado por una estructura realizada con grandes piedras. Las soluciones arquitectónicas dadas a este espacio son variadas por lo que, a modo de síntesis y según sean sus características, podemos establecer la siguiente tipología del monumento36: 36 Referencias sobre arquitecturas megalíticas en las distintas zonas del trabajo, al margen de otras citadas anteriormente, en: Blas Cortina, 1987; Vivanco, 1981; Bueno Ramírez, 1988 y 1994, Fábregas Valcarce y Vilaseco Vázquez, 2003; Rodriguez Casal, 1979 y 1983; López Plaza, 1982; Delibes de Castro, 2010. Túmulos no megalíticos (Fig. 8A): son aquellas tumbas que comparten el carácter monumental (volumen emergente) pero que no poseen una arquitectura pétrea colosal que albergue a los difuntos. En su lugar éstos aparecen simplemente protegidos o cubiertos por piedras, depositados en pequeñas fosas o protegidos por pequeños muretes o, incluso, estructuras de madera. Suelen ser los monumentos de menor tamaño que raramente superan los 10 metros de diámetro y se conocen prácticamente en todas las zonas estudiadas. En Galicia podríamos citar La Madorra da Granxa (Lugo), Monte Areo XII en Asturias y Trikauaitzi II en Guipuzcoa. No faltan tampoco en las tierras del interior donde se conocen los ejemplos de El Rebolledo en Burgos, La Tarayuela en Soria, El Castillejo en Toledo o Dehesa de Rio Fortes en Ávila. Dólmenes simples (Fig. 8B): consideramos dólmenes simples a aquellos monumentos que bajo el túmulo disponen de una camara ortostática cerrada. Las variedades dentro de esta sencilla descripción general son enormes; desde cámaras de tendencia cuadrangular en el Noroeste, Cornisa Cantábrica y el Pirineo Occidental, a cámaras ortostáticas de tendencia poligonal también características de Galicia y Extremadura e incluso de tendencia circular como Fuente Pecina II en la Lora Burgalesa o algunos monumentos zamoranos como el dólmen de San Adrián, en Granucillo. Con cierta frecuencia el acceso a estas cámaras simples se facilita por la presencia de lo que podemos denominar un pórtico que no es más que la presencia, en uno de los extremos, de dos lajas de menor altura que el resto. Tal es el caso del dolmen de la capilla de Santa Cruz en Cangas de Onís, por ejemplo. Sepulcros de corredor (Fig. 8C): incluiríamos en esta denominación una gran variedad de estructuras megalíticas abiertas, es decir, con una estructura individualizada de acceso. Incluso y dependiendo de algunas zonas podríamos diferenciar entre los sepulcros de corredor corto que serían aquellas tumbas en las que el pasillo no comunica directamente la cámara funeraria principal con la periferia del tumulo y los sepulcros de corredor largo en los que el pasillo parte del borde del túmulo y comunica directamente con la camara. Entre los primeros podríamos incluir aquellos monumentos de corredor diferenciado en los que la camara es continuacion del acceso, advirtiéndose aquélla, unicamente por un ligero ensanchamiento de la misma (tipo relativamente abundante en Galicia). Pero la mayoría poseen una cámara perfectamente diferenciada con un pequeño pasillo de acceso, casi siempre de bastante menor altura que aquélla. Los mejores ejemplos de este tipo los encontramos en el conjunto dolménico de Valencia de Alcántara. Los sepulcros de corredor largo, por su parte, son los monumentos más espectaculares y de mayores dimensiones (por ejemplo el túmulo del To- 59
EL NEOL  TICO EN LAS TIERRAS DEL INTERIOR Y SEPTENTRIONALES  Al margen de la distribuci  n de los monumentos por la geogra...
60 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA A B C D E Figura 8. Tipologías megalíticas más características de la Península Ibérica: A) La Tarayuela (Ambrona, Soria), Túmulo no megalítico, B) A Pedra da Arca (Malpica de Bergantiños, La Coruña), Dolmen simple C) El Teriñuelo (Aldeavieja de Tormes, Salamanca), Sepulcro de corredor D) Hipogeo de Longar (Viana, Navarra), Hipogeo, E) La Peña de la Abuela (Ambrona, Soria), Tumba-calero. Referencias: A y C) Autoría propia, B) Cebrián del Moral, F.; Yáñez, J.; Lestón, M.; Vidal, F. y Carrera, F. (2011): El Dolmen de Dombate. Arqueología, Restauración, Arquitectura. Diputación de A Coruña: p. 19, D) Autoría Jesús Sesma, E) Memoria Tumbas, p. 8 Fig. 8.
60  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  A  B  C  D  E  Figura 8. Tipolog  as megal  ticas m  s caracter  sticas de la...
EL NEOLÍTICO EN LAS TIERRAS DEL INTERIOR Y SEPTENTRIONALES rrejón en Salamanca tiene 90 metros de diámetro) aunque númericamente son los menos frecuentes y se concentran en el sector occidental de Asturias, áreas de Alava, Navarra y La Rioja. Quizás por ese mayor colosalismo de su porte, durante mucho tiempo se pensó que era la única solución funeraria monumental que existía en las Tierras del Interior. Esta sensación ha quedado completamente descartada por el avance de la investigación y el descubrimiento de un elevado número de túmulos pequeños que albergaron soluciones arquitectónicas diferentes. No obstante, son los tipos a los que se ha dedicado mayor esfuerzo investigador en la Penillanura salmantina, la Lora burgalesa o el nucleo toledano. Con cierta frecuencia y especialmente en Galicia y Extremadura el inicio del corredor en el perímetro del monumento dispone de un atrio o espacio abierto en forma de U o V que podría ser un espacio ritual donde se desarrollarían las celebraciones que precedían a la deposición definitiva del difunto en la cámara sepulcral. Hay algunas otras características reseñables en este tipo de monumentos como son, por ejemplo en la zona de la Rioja Alavesa, la compartimentación del corredor por medio de lajas (La Cascaja en La Rioja o La Chabola de la Hechicera en Alava) o como el cierre de la camara con una laja de piedra como en el sepulcro de El Tremedal, Caceres. Otra característica digna de señalar en algunos de estos grandes sepulcros de corredor, especialmente en el nucleo del Tajo y Extremadura, es la presencia de bloques enhiestos en la entrada o en el centro de la cámara a modo de aunténticas estelas como los excelentes ejemplos de Lagunita III en Santiago de Alcantara o los toledanos de Azután y Navalcán. Tipos especiales: incluímos en esta denominación algunos tipos particulares, no muy abundantes y específicos de determinadas zonas concretas que por su espectacularidad o rareza son dignos de ser tenidos en cuenta en esta visión tan general y sucinta. Nos estamos refiriendo a ciertas galerias cubiertas como la de La Mina de Farangortea en Navarra con una losa perforada a modo de puerta de entrada a la cámara. No menos interesante y espectacular es el hipogeo de Longar, también en Navarra (Fig. 8D). Se trata de una cámara excavada en el suelo con paredes de mampostería y cubierta por una única y enorme laja. La entrada al recinto sepulcral se realiza a través de una piedra perforada que se sitúa al final de un pasillo en V a modo de atrio. En las tierras sedimentarias del centro de la Cuenca del Duero se ha dado el nombre de Redondiles a dos tumbas (Los Zumacales en Valladolid y La Velilla (Fig. 9) en Palencia) cuyo recinto funerario principal está formado por ortostatos apaisados (no enhiestos) Figura 9. Redondil de La Velilla, Osorno, Palencia y espátulas de hueso. A la derecha esquematización femenina. Imagen: Museo de Palencia. 61
EL NEOL  TICO EN LAS TIERRAS DEL INTERIOR Y SEPTENTRIONALES  rrej  n en Salamanca tiene 90 metros de di  metro  aunque n  ...
62 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA que demilitan un espacio perfectamente circular. El hecho de que en el segundo de los monumentos se haya hallado, cubriendo las zonas periféricas del enorme osario colectivo de su interior, derrumbes de una estructura de barro y paja, ha posibilitado lucubrar sobre que dispusiera de un alzado y cubierta en este material. Por último, como tipo peculiar de megalito queremos hacernos eco de las denominas tumbas calero37. Serían construcciones en falsa cúpula realizadas con piedras calizas planas y pensadas, desde su origen, para ser clausuradas mediante el fuego. La evidencia arqueologica de las mismas en la actualidad es una enorme costra de cal viva (Fig. 8E) que sella un nivel de enterramientos colectivos. Dicha costra sólo se ha podido formar por el incendio intencionado y continuado de una estructura concebida para transformar la caliza en cal viva sellando el depósito funerario para la eternidad. Monumentos con este peculiar tipo de clausura se conocen en las tierras sedimentarias del centro de la Cuenca del Duero (El Miradero en Valladolid) en el confín oriental de la propia Cuenca (monumentos de La Peña de la Abuela y La Sima I en el soriano Valle de Ambrona) y puede que exista algun ejemplo similar en la Sierra de Cameros (Rioja) como podria ser El Portillo de los Ladrones. La cultura material (Fig. 10) Un aspecto interesante y que, en cierta medida, da homogeneidad a todo el fenómeno es el referente a la cultura material asociada a los monumentos, hasta el punto de que se puede hablar de un autentico kit propiamente megalítico compuesto por alguna cerámica, preferentemente lisa, microlitos geométricos, láminas de silex, hachas pulimentadas y objetos diversos de adorno38. No obstante esta homogeneidad encierra una enorme disparidad en proporciones y presencia de cada elemento en las distintas regiones del interior por eso realizaremos un análisis somero por categorías: Cerámica: como hemos visto más arriba la cerámica es uno de los elementos esenciales del pack neolítico y una de las claves a la hora de interpretar la neolitización. Ya advertimos, entonces, una cierta tendencia a partir del segundo cuarto del Vº milenio cal. BC, hacia la práctica desaparición de las decoraciones y el mantenimiento de la simplicidad de las formas. Pues bien, esta tendencia se observa perfectamente en el material cerámico presente en los megalitos. Si exceptuamos en el Noroeste peninsular donde se da 37 38 Rojo Guerra et al., 2005. Las referencias para las distintas zonas pueden encontrarse en: Cerrillo Cuenca, 2005; González Cordero, 1993;Fábregas Valcarce, 1990 y 1991;Apellániz, 1973; Pérez Arrondo y López de Calle Cámara, 1986. una cierta abundancia de formas globulares y perfiles simples con algunos ejemplares que portan sencillos motivos incisos poco profundos, en el resto de los focos la presencia cerámica es testimonial y está ausente casi por completo la decoración. De los escasos analisis radiometricos realizados en la Cornisa Cantábrica o en Galicia se desprende la conclusión de que las arcillas son locales y las cocciones en raras ocasiones superan los 800º centigrados39. Como los dólmenes son estructuras de largo recorrido cronológico, en las fases más recientes de ocupación o en reutilizaciones posteriores se pueden hallar cerámicas en mayor número y variedad de decoraciones como sucede en Galicia con la cerámica inciso-metopada o “tipo penha”, la ceramica calcolítica con decoración peinada, impresa y pintada del foco salmantino y, en todo el sector analizado, con la ceramica propia del mundo campaniforme. Industria lítica: Los objetos de piedra presentes en los dólmenes podemos englobarles en las siguientes categorías: Lítica tallada, pulimentados y otros en los que se incluyen algun tipo de representación de bulto redondo y objetos funcionales, generalmente molinos o molenderas. Dentro de la industria lítica tallada nos encontramos con unos pocos tipos que se repiten constantemente: Láminas simples o retocadas: están presentes sin excepción en la práctica totalidad de los ajuares megalíticos del área estudiada, y en algunos casos, como en la Lora burgalesa, superan más del 50 por ciento de toda la industria lítica presente en los sepulcros. Por lo general no presentan retoques ni huellas de uso (salvo el extraño caso de un conjunto de 5 láminas con retoques alternos en la extremidad proximal de la Tarayuela, Ambrona), por lo que se consideran piezas meramente rituales, extremo este afianzado por la constancia de la elaboración in situ de las mismas a tenor de los hallazgos de un conjunto de láminas con su núcleo en Fuente Pecina II40 u otro conjunto de láminas que remontan y aparecieron juntas en un sector concreto del tholos de la Sima II. Sobre el tamaño de las mismas, por cuanto se pudieran extraer conclusiones de orden técnico y/o cronológico41, debemos decir que, por lo general, se pueden considerar de pequeño tamaño. En ningún caso se llega a los 20 cm aunque en distintos monumentos se pueden observar láminas que se acercan mucho a esta categoría, tales serían los ejemplos de la Sima II con ejemplares de 16 cm, las de los sepulcros del Teriñuelo en Castraz y Aldeavieja, o el castillo de Castro Enríquez, todos ellos en Salamanca, que superan 39 40 41 Prieto Martínez et al., 2005 Delibes de Castro et al., 2003: 80. Pelegrín y Morgado Rodríguez, 2007; Cava Almuzara, 1984.
62  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  que demilitan un espacio perfectamente circular. El hecho de que en el segund...
EL NEOLÍTICO EN LAS TIERRAS DEL INTERIOR Y SEPTENTRIONALES Figura 10. Materiales arqueológicos característicos de los ajuares funerarios megalíticos en la Península Ibérica: A) Láminas de sílex del Túmulo de La Sima (Miño de Medinaceli, Soria), B) Hacha de piedra pulimentada del Túmulo de La Sima, C) Azuela de piedra pulimentada del Túmulo de La Tarayuela (Ambrona, Soria), D) Punzones de hueso del Túmulo de La Tarayuela, E) Ídolo-espátula de hueso carbonizado de La Peña de La Abuela (Ambrona, Soria), F) Microlitos geométricos de sílex de La Peña de La Abuela, G) Cuentas de collar de tipo Dentalium de La Peña de La Abuela, H) Cuentas de collar de piedra verde de La Peña de La Abuela. Fotografías Alejandro Plaza, Museo Numantino. 63
EL NEOL  TICO EN LAS TIERRAS DEL INTERIOR Y SEPTENTRIONALES  Figura 10. Materiales arqueol  gicos caracter  sticos de los ...
64 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA burgalesa), cobran mayor protagonismo los triángulos y trapecios de truncaduras cóncavas, algunos de ellos considerados como de tipo Cocina43. En las tierras interiores, conforme se evoluciona en el tiempo hacia formas arquitectónicas más monumentales, serán los triángulos y, especialmente los trapecios de retoque abrupto y truncaduras rectas, las formas predominantes, al igual que sucede en el toledano dolmen de Azután. Puntas de flecha: Aunque funcionalmente los microlitos pudieron servir como punta de proyectil44 nos referimos en este apartado a aquellos útiles sobre lasca o lámina elaborados mediante retoque plano, generalmente bifacial y cubriente que pueden abarcar desde simples puntas foliáceas hasta piezas más elaboradas con aletas incipientes y aletas y pedúnculo, pasando por las de base triangular, convexa, recta y/o cóncava. Figura 11. Tuma-calero y Tholos de la Sima, Miño de Medina, Soria. con creces los 15 cm y, por supuesto, los magníficos ejemplares del túmulo de la Dehesa de Río Fortes, de Monte Areo XVI, o de Dombate. Microlitos geometricos: Son igualmente habituales en todos los focos megalíticos y su asociación con raspadores, buriles y laminitas en Galicia y la Cornisa Cantábrica ha servido para definir un horizonte antiguo de utilización de los monumentos. Este horizonte antiguo se certifica, también, por la presencia de la técnica del microburil en las primeras tumbas colectivas del Valle de Ambrona y en la Rioja-Alavesa, lo que testimonia una raigambre epipaleolítica42 para este tipo de monturas que, aunque en proporciones desiguales se hallan representadas las tres formas típicas, como son los segmentos o medias lunas, los triángulos y los trapecios. En Galicia, concretamente se da un predominio de los trapecios en sus diferentes variantes ya que suponen el 65% del total de la muestra existente, seguidos por triángulos y segmentos. Se han elaborado distintos tipos de secuencias tecnotipológicas para este tipo de piezas en relación con su retoque o con sus formas, observándose, a grandes rasgos, las siguientes pautas: pese a la presencia de segmentos en un porcentaje considerable (especialmente en el horizonte megalítico más arcaico de la Penillanura salmantina definido por el sepulcro del Guijo I de Villarmayor o en el conjunto megalítico de La Lora Este tipo de piezas, especialmente a partir de los gestos técnicos empleados para su fabricación, se han considerado piezas de transición hacia el calcolítico, aunque sin duda están presentes ya en el último tercio del IV milenio, como atestigua el yacimiento alavés de San Juan ante Portam Latinam 45. Ejemplos de algunas de estas características comparecen en los sepulcros considerados dentro de la última fase de exhibición monumental, como podrían ser los loriegos de las Arnillas, el Moreco, la Nava Alta o algunos de los más espectaculares sepulcros de corredor salmantinos. Numerosos ejemplos se conocen también en Extremadura, especialmente en pizarra aunque no falten en sílex o cristal de roca, siendo consideradas las de base recta, junto con los microlitos, pertenecientes a las primeras fases de utilización, mientras que las de base cóncava y las de aletas y pedúnculo, como más recientes. Dicha observación contrasta con la tentativa de agrupación cronológica expuesta por Fábregas Valcárce para el conjunto del Noroeste donde otorga una prioridad cronológica a las de base triangular, convexa o pedúnculada, sobre las de base recta o cóncava46. Otros: con cierta frecuencia y en cantidades menores se suelen hallar algunos de los tipos anteriores, especialmente las laminas y los microlitos, asociados a raspadores buriles y laminitas que en Galicia y la Cornisa Cantábrica, especialmente, se han tomado como argumento para definir el primer horizonte megalitico. En algunas zonas, Extremadura preferentemente y en menor medida en ambas mesetas, se han recuperado discos o cantos en caliza, pizarra o 43 44 45 42 Alegre Frandovinez, 2005. 46 Delibes de Castro y Rojo Guerra, 2002. Gibaja y Palomo, 2004; Gibaja, 2008. Armendariz Gutiérrez, 2007. Fabregas Valcarce, 1991: 155.
64  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  burgalesa , cobran mayor protagonismo los tri  ngulos y trapecios de truncadu...
EL NEOLÍTICO EN LAS TIERRAS DEL INTERIOR Y SEPTENTRIONALES esquistos con el contorno tallado por percusión que se pueden considerar como macrolíticos. Dentro de la industria lítica pulimentada incluimos un conjunto variado de piezas que, siguiendo tipologías al uso, podrían incluir hachas, azuelas, gubias, láminas de azada, cinceles… etc. Son piezas en todo caso de uso recurrente como ajuares en los sepulcros megalíticos donde, en ocasiones, aparecen de forma ciertamente abundante, como ocurre en El Miradero, la Tarayuela o la Peña de la Abuela (por encima de diez ejemplares). Salvo en contados casos de materias primas alóctonas a las zonas donde se encuentran (Corneanas y sillimanitas de El Miradero y corneanas sillimanitas y ofitas de las tumbas del Valle de Ambrona, cuya fuente de aprovisionamiento más cernana se encuentra en torno a 150 km.), la mayoría están realizadas sobre minerales locales como gabro o esquisto en Extremadura y Galicia, ofitas en la Lora burgalesa …etc. Es interesante destacar la presencia en Galicia de un horizonte peculiar compuesto por ejemplares con perforación bicónica y que se denominan “tipo Rechaba” con las que se han asociado otros ejemplares similares aparecidos en el abulense túmulo de la Dehesa de Rio Fortes47 y en la Cornisa Cantábrica con piezas similares de la Capilla de Santa Cruz en Asturias o el dolmen de Balenkaleku en Navarra. Este tipo peculiar quizás deba relacionarse más con un fenómeno de conexiones e intercambio en el seno de sociedades ya jerarquizadas y, por tanto, de finales del Neolítico o ya en pleno Calcolítico. En el apartado de otros productos en piedra, incluimos algunas producciones pintorestas y no excesivamente habituales. Algunos objetos funcionales que han podido perder su primitiva utilidad y se han utilizado como parte del relleno tumular, este es el caso de los molinos o molenderas que aparecen en la mayoría de los focos megalíticos como Galicia, Pais Vasco, ambas mesetas y especialmente en Extremadura. Con casos llamativos como los 54 fragmentos en Plasencia o el caso del tumulo de Lagunita III donde se situaban en el exterior del monumento relacionados con la deposición de ofrendas. Más raros y centrados en Galicia, la Cornisa Cantábrica y el sur del Sistema Central, especialmente Extremadura, es la presencia de idolillos de piedra con reminiscencias antropomorfas que se suelen hallar en las entradas o en los atrios de acceso al monumento. Algunos tienen motivos decorativos lineales como los ejemplos de Azután, Trincones, Paniciegas, Parxubeira o el interesante conjunto de Dombate. A veces se suelen identificar con betilos o ídolos-guijarro. 47 Estremera Portela y Fabián García, 2002. C. Adornos: en esta categoria incluimos evidentemente objetos de adorno personal, especialmente colgantes o cuentas de collar que no faltan en ninguno de los focos megaliticos. Las cuentas de collar se realizan en distintos materiales destacando por miles unas pequeñas cuentas discoidales realizadas en pizarra que formaban parte de collares más complejos según se desprende del hallazgo de varias unidades en el interior de una cuenta de dentalium en el sepulcro burgales de Fuentepecina II. En toda Galicia y Cornisa Cantábrica son frecuentes las cuentas de mayor tamaño en azabache (Dombate, Larrarte, Cista de Villaescusa), en piedras verdes (Parxubeira o Aizkomendi, entre otros). Una mención especial debemos reservar a un tipo de cuenta de collar que al parecer podría haberse realizado con material procedente del norte de Europa. Nos estamos refiriendo al ámbar presente en Galicia o en el Pais Vasco especialmente en el monumento de Larrarte, Guipuzcoa. Cuentas de collar en lignito de distinta tipologia, hueso, piedras verdes y conchas se cuentan por cientos en los sepulcros de ambas Mesetas y Extremadura. Destacan por su singularidad los dentalium habituales en la Lora burgalesa, el Centro de la Cuenca del Duero y el soriano Valle de Ambrona. A ellas habría que añadir el brazalete de Glycimeris hallado en el sepulcro de corredor burgales de Cubillejo de Lara y varias cuentas de trivia en el redondil de La Velilla, Palencia.Cuentas de hueso son habituales en dolmenes del Pirineo occidental, la Rioja Alavesa y la Meseta Norte donde también se han hallado cuentas plurisegmentadas de hueso. Por último, merece especial mención el hallazgo de un collar compuesto por centenares de cuentas de arcilla sin cocer en el monumento de El Miradero, Valladolid. Dentro de esta categoria de adornos vamos a incluir unos curiosos y espectaculares objetos que podríamos considerar más como objetos simbólicos. Se trata de las conocidas como espátulas óseas. Realizadas sobre tíbias de ovicápridos cuentan con dos partes bien definidas: el mango y la pala. El mango se realiza sobre la epífisis proximal y parte de la diáfisis y se caracteriza porque, frecuentemente, posee una decoración que va desde algunas líneas incisas en los ejemplares más simples a profusas decoraciones en relieve, calados y hasta auténticas esquematizaciones femeninas (cabeza y senos) en un magnífico ejemplar de La Velilla que aparece en la figura 9. La pala, por su parte, ocupa el resto de la diáfisis y la epísifis distal y está cortada a media caña con el extremo afilado. Frecuentemente conserva restos de ocre, evidencia inequivoca de que pudieron servir en los rituales de enterramiento como instrumentos utilizados para espolvorear polvo rojo sobre los difuntos. Se documentaron por primera vez en el túmulo de Kurtzebide y el sepulcro de San Martín en la Rioja Alavesa y luego 65
EL NEOL  TICO EN LAS TIERRAS DEL INTERIOR Y SEPTENTRIONALES  esquistos con el contorno tallado por percusi  n que se puede...
66 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA fueron apareciendo profusamente en los sepulcros de las tierras sedimentarias de la Cuenca del Duero (El Miradero, Los Zumacales, La Velilla)48 llegando hoy a conocerse ejemplares en buena parte de los sepulcros megalíticos de la Lora burgalesa, en todos los monumentos excavados del confín suroriental de la provincia de Soria (Valle de Ambrona), en el foco segontino próximo e incluso, su área de repartición ha sobrepasado ya el Sistema Central, reconociéndose el ejemplar más al sur en el toledano túmulo de El Castillejo. Los osarios y el ritual El hecho de que en algunas de las zonas analizadas (Penillanuras Zamorano– salmantinas, Galicia, buena parte de Extremadura) el suelo sea ácido supone que el material orgánico haya sido absorbido por el PH del suelo y con ello se nos ha sustraído una buena parte, la mejor parte, de la información que puedan deparar los sepulcros megalíticos. Serán, por tanto, los datos aportados por los monumentos excavados en los terrenos de suelos básicos los que aporten una información más completa. En este sentido, la bibliografía sobre rituales y gestos funerarios se concentra en tres sectores de la Meseta Norte (La Lora burgalesa, las tierras centrales de la Cuenca y el Valle de Ambrona), los monumentos de El Portillo de las Cortes, el Castillejo y Azután, en la submeseta sur y un buen número de yacimientos excavados al sur de la Sierra de Cantabria en la Rioja-Alavesa y el sector oriental de la Cornisa Cantábrica. Tradicionalmente se acepta que el megalito es una tumba de enterramiento (generalmente inhumación) colectivo diacrónico que alberga deposiciones primarias que a lo largo de la vida del monumento han sufrido remociones y reacondicionamientos varios, casi siempre a causa del uso continuo del espacio sepulcral para depositar nuevos fallecidos. Por tanto, es común también eliminar el término inhumación y cambiarlo por deposición ya que, en sentido estricto, los muertos no son sepultados (cubiertos por tierra), sino depositados al aire sobre un espacio vacío. Esta circunstancia hace que continuas visitas al lugar remuevan los restos de los individuos que han perdido progresivamente las partes blandas y consecuentemente la ligazón entre los huesos. Pues bien, esta es la sensación en general que producen los osarios de la mayor parte de los yacimientos megalíticos que han conservado los restos esqueléticos (Fig. 12). La consideración de estos osarios como enterramientos primarios parte del hecho de que en los 48 Delibes de Castro et al., 2012. Figura 12. Osario colectivo. El Reinoso, Monasterio de Rodilla, Burgos. mismos se conservan todas las partes del cuerpo sin excepción, incluyendo aquellos huesos que, por su tamaño, se escaparían a una mínima selección de los mismos. Esta circunstancia se aprecia bien en numerosos osarios como puedan ser los de Las Arnillas, la Velilla, la Tarayuela o la Sima II, Larrarte, Igaratza sur, Los Llanos, Peña Guerra… etc. En ellos es frecuente observar algunas conexiones lábiles, esto es, aquellas que conservan en conexión anatómica articulaciones sumamente frágiles como puedan ser muñecas, falanges… Por último, otro hecho que corrobora esta calificación de primarios es la presencia en proporciones similares y lógicas, de casi todas las partes del esqueleto postcraneal. Por otra parte, el uso diacrónico de muchas de estas sepulturas, se advierte por otra serie de circunstancias también muy bien reflejadas en el relleno de muchas tumbas. Nos estamos refiriendo al hecho de que es habitual observar remodelaciones del espacio interior y agrupaciones de huesos, generalmente largos o cráneos, que tienen su sentido en la necesidad de crear espacio para nuevas deposiciones. A ello habría que añadir el reiterado hallazgo de las mayores concentraciones óseas en los perímetros de los monumentos, junto a las lajas de la estructura megalítica. Tales serían los casos del paquete de huesos largos (fémures) apilados junto a las lajas de la cámara de San Quirce o el nido de cráneos bajo una de las cubiertas del corredor de Las Arnillas, sin que se hallase la parte correspondiente del esqueleto postcraneal. Estas continuas deposiciones de individuos en unos sepulcros abiertos facilitan, con cada nueva inhumación, el desplazamiento y la mezcla de los huesos de los anteriores. A todo ello hay que añadir
66  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  fueron apareciendo profusamente en los sepulcros de las tierras sedimentarias...
EL NEOLÍTICO EN LAS TIERRAS DEL INTERIOR Y SEPTENTRIONALES que en ciertas sepulturas (La Velilla, El Miradero y La Peña de la Abuela) y por razones diversas, se advierte la existencia de esqueletos en conexión anatómica en los niveles superiores del osario (por tanto las últimas deposiciones) y con ello la constancia de que en el momento de su clausura por el fuego, en el caso de El Miradero o La Peña de la Abuela, los esqueletos se encontraban en un diverso grado de pérdida de la sustancia blanda, constatándose que no debió pasar mucho tiempo entre la última deposición y la clausura de la tumba. En el caso de La Peña de la Abuela se hallaron en torno a restos de huesos, una gran acumulación de larvas/pupas formando una línea definida que debía delimitar la zona en la que se encontraba la carne en torno a los huesos49. La ausencia de esta evidencia en el resto del osario, nos indica que la clausura de la tumba se realizó poco después de esta última deposición cuando, este cuerpo al menos, aun no había perdido las partes blandas. En el túmulo toledano de El Castillejo50 parece apreciarse, bien es cierto que a partir de una interpretación bastante optimista del registro, una cierta tendencia a que los restos en origen detentaran siempre una misma posición, la tradicional posición fetal que admiten pueden imaginar para los sepultados en Azután. En alguna ocasión51 se ha defendido el hecho de la deposición de difuntos en la tumba como un acto simultáneo. Sería el caso de Los Morcales en Barbadillo del Mercado, por cuanto en origen la tumba era una de esas estructuras perecederas (casas de madera) delimitada por troncos firmemente asentados en el suelo natural. En el interior de la estructura se depositaron tres difuntos ocupando justo el extremo opuesto a la entrada. Se depositan en cócoras sobre su costado izquierdo y conservan, pese a su calcinación, perfectamente la conexión anatómica. A pesar de su proximidad ocupan cada uno un espacio diferenciado, lo que nos permite atisbar su deposición como un hecho simultáneo y exclusivo. Otra circunstancia que colabora en considerar el carácter simultáneo es la disposición del ajuar, ubicado sólo en las proximidades de los difuntos, no en el resto del espacio sepulcral, aunque sin conexión precisa con ningún individuo. Además, el remontaje de una buena parte de la industria lítica nos hace pensar en su fabricación in situ para la ocasión. Dicha tumba, casa de los muertos, se clausura mediante un fuego vivísimo y sufre un posterior proceso de remonumentalización para 49 50 51 Stika, 2005: 295 y Fig. 20. Bueno Ramírez et al., 2010: 174. Rojo Guerra, et al., 2002: 24 y ss.; Delibes de Castro, 2010: 24. desempeñar, de forma definitiva, la primitiva función para la que fue concebida: la de referente territorial del paisaje cultural del valle. Esta circunstancia que se reafirmó con la señalización del monumento mediante una estela-menhir de arenisca con el extremo visiblemente apuntado que aun se conservaba, prácticamente en el centro de la tumba, al inicio de la intervención arqueológica. Otro ejemplo indudable de enterramiento simultáneo lo tenemos en la tumba de San Juán ante Portam Latinam, donde había cientos de individuos en conexión anatómica, algunos de los cuales llevaban puntas de flecha clavadas en los huesos. Aunque no es un enterramiento megalítico estricto, sino un abrigo bajo roca, su cronología de finales del IVº milenio cal. BC le sitúan en paralelo con algunos de los monumentos más espectaculares del megalitismo52. Otro aspecto interesante es el uso del fuego como parte activa y fundamental del proceso de clausura de las tumbas. Tal circunstancia se repite con características diferentes en: El Miradero, La Peña de la Abuela, La Sima I, Los Morcales, La Tarayuela, El Rebolledo y El Portillo de los Ladrones. Los tres primeros monumentos forman parte de lo que en su día denominamos “tumbas-calero”. En origen, se trata de unas cabañas de piedra con cubiertas de falsa cúpula por aproximación de hiladas, es decir, un auténtico tholos. El material del que están construidos es, en todos los casos, la caliza y, desde su construcción, fueron concebidas para ser quemadas y, mediante pirolisis, transformar la caliza en cal viva sellando así los muertos para la eternidad. Posteriormente, la tumba se remonumentaliza mediante la construcción de un túmulo de piedras y la colocación de una estela-menhir en el centro del mismo, transformando así el monumento en un hito territorial que trasciende el tiempo. No deja de ser interesante, dentro del ritual funerario megalítico el empleo de ocre u otro tipo de sustancia de pigmentación rojiza. En el Interior Peninsular tenemos buenos ejemplos de ello en el análisis de nodulitos de óxido de hierro en los yacimientos de Los Zumacales, El Miradero, algunos dólmenes de la Lora burgalesa y del soriano Valle de Ambrona, Chan de Armada en Pontevedra, Peña Guerra I y II en La Rioja etc. Igualmente, el análisis de un pigmento rojo aparecido en varias espátulas óseas de La Peña de la Abuela y otros yacimientos del interior de la cuenca sedimentaria ha hecho considerar la posibilidad de que tales objetos sirvieran para espolvorear ocre en las ceremonias funerarias, especialmente en La Velilla, Palencia, donde todo 52 Vegas Aramburu et al. (Dirs.), 2007. 67
EL NEOL  TICO EN LAS TIERRAS DEL INTERIOR Y SEPTENTRIONALES  que en ciertas sepulturas  La Velilla, El Miradero y La Pe  a...
68 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA el osario presentaba una intensa coloración rojiza. Un análisis de esta sustancia deparó la presencia de cinabrio, pulverizado en morteros, y debidamente decantado y lavado hasta su conversión en bermellón en el sepulcro palentino de La Velilla53. Dos circunstancias hacen de este hallazgo algo excepcional: el sulfuro de mercurio es un producto completamente ajeno a la litología de la zona, con lo que implica que tuvo que ser importado al menos desde un centenar y medio de kilómetros, que es donde se encuentran los veneros más próximos (comarca de Riaño al norte de León). La importante cantidad documentada (decenas de kilos). Ello hace plantearse la posibilidad de que fuera un material intencionadamente introducido en la tumba con la finalidad concreta de preservar los restos óseos, evitando la actividad de los microorganismos destructivos. Tales prácticas se señalan en determinadas comunidades precolombinas en momias “embijadas de colorado” en las que existen serios indicios de tratamiento con sulfuro de mercurio. Arte y simbolismo El arte megalítico que, en la década de los ochenta54 parecía exclusivamente focalizado en el Noroeste peninsular, se nos presenta ahora como un fenómeno generalizado aunque con distintas concentraciones por regiones. Mientras en Galicia, el sector occidental de la Cornisa Cantábrica, la Submeseta Sur y Extremadura los megalitos están profusamente decorados mediante pintura o motivos incisos aplicados generalmente en cámaras y corredores, en la Meseta Norte, Rioja-Alavesa y Pirineo Oriental, aunque no faltan ejemplos, éstos son aislados. En la primera zona mencionada debemos decir que la pintura es la técnica habitual cubriendo ortostatos de cámara y corredor (Dombate, Forno dos Mouros 5 en A Coruña, Coto dos Mouros en Pontevedra y Dolmen de Santa Cruz en Asturias)55, en muchas ocasiones combinada con grabados. Los motivos más habituales son formas triangulares o en zig-zag, serpentiformes, reticulados…etc. Frecuentemente los espacios pintados en rojo, preferentemente, aparecen delimitados en cuarteles por líneas en negro. El color se aplica directamente sobre la roca o sobre una sustancia que regulariza la superficie y que suele ser de mineral disuelto en agua (caolín) o de alguna grasa animal como se ha señalado para el sepulcro de Dombate (Fig. 13). 53 54 55 Martín Gil, J. et al., 1995; Delibes de Castro, 2000. Shee Twohig, 1981. Bello Diéguez 1994.; Carrera Ramírez 2006. Figura 13. Arte megalítico en el Dolmen de Dombate (Cabana, La Coruña). Referencias: Cebrián del Moral, F.; Yáñez, J.; Lestón, M.; Vidal, F. y Carrera, F. (2011): El Dolmen de Dombate. Arqueología, Restauración, Arquitectura. Diputación de A Coruña: p. 235, 237, 238. En las tierras interiores, la presencia de algún tipo de representación artística es meramente testimonial como el caso de la pintura antropomorfa del dolmen de El Moreco en la Lora Burgalesa o los motivos zoomorfos, solares y ramiforme en el corredor del sepulcro de Cubillejo de Lara, también en Burgos. Bien distinta es la situación que se dibuja en la Meseta sur donde casi todos los dólmenes excavados en la provincia de Toledo muestran indicios de pintura, grabados o esculturas, siendo la decoración, en palabras de Bueno y otros56 un componente básico de los megalitos de la Meseta sur. El equipo de investigadores de la Universidad de Alcalá de Henares han encabezado un grupo de trabajo que ha tenido como eje principal de su actividad el estudio del arte megalítico ibérico, a partir de la excavación de los dólmenes toledanos de Azután y Navalcán. Su referencia bibliográfica es obligada, así como las publicaciones realizadas en los últimos años57. Algunos de sus planteamientos y análisis son los siguientes: Las decoraciones de los dólmenes actúan como demarcadores territoriales gráficos ocultos a la visión cotidiana, lo mismo que el arte esquemático al aire libre ocupa los lugares más estratégicos para la subsistencia. Unos y otros se imbrican en el universo mental de estas poblaciones y sirven para reconocer la propiedad y probablemente la seguridad de tránsi56 57 Bueno Ramírez et al., 2005: 174. Bueno Ramírez y Balbin-Behrmann, 1992, 1994, 1997, 2000 y 2003.
68  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  el osario presentaba una intensa coloraci  n rojiza. Un an  lisis de esta sus...
EL NEOLÍTICO EN LAS TIERRAS DEL INTERIOR Y SEPTENTRIONALES to del territorio por el que se mueven de modo cotidiano los constructores de megalitos. Se propone la interpretación de los soportes megalíticos como representaciones antropomorfas. La compartimentación del soporte en bandas simétricas (horizontales o verticales) en las que predominan los perfiles en ángulo agudo, (zig-zag, chevrons…), remite a estructuras semejantes sobre soportes mobiliares. Así, por ejemplo, las placas alemtejanas, figuraciones antropomorfas cuya característica es la respresentación del personaje al que representan, tienen su transposición bastante próxima en los soportes dolménicos de Azután o Navalcán, por ejemplo. Igualmente la intención antropomorfa se manifiesta en la tendencia esteliforme de la talla de muchos ortostatos, por ejemplo de Azután. Además de estas bandas simétricas mencionadas algunos otros temas de este arte son los motivos circulares (cazoletas), muy habituales en Azután, Navalcán, etc., con una variedad similar a los circulares de tipo petroglifo cuya representación es menos habitual y solo se reconoce un ejemplo parecido en el ortostato 8 de Azután. Tanto el menhir de la estructura del lateral sur de Azután como la estatua de Navalcán poseen cazoletas. El primero asociado a una línea que se interpreta como un cinturón y el reverso de la segunda completamente cubierto de cazoletas. Otros temas geométricos (formas trapezoidales, oblongas o rectangulares) también presentes en Azután, se han relacionado o buscado paralelos en el área bretona. El estudio e interpretación de estas grafías es necesario para establecer reconstrucciones integrales del megalitismo. En palabras de Bueno y otros58: “Cada uno de los soportes de Azután es una estelamenhir en su configuración básica, como indica su vestimenta de dibujos geométricos al estilo de la que portan las placas decoradas. Probablemente representan figuras humanas que protegen los restos ancestrales insistiendo en una relación figura humana escultórica-resto humano, que refleja una concepción muy próxima a la de las figuras protectoras en las religiones convencionales”. Muchos de los ortostatos del dolmen del Navalcán son estelas-menhires reutilizadas reivindicando una larga tradición simbólica a la vez que manifiestan una fuerte conexión con ejemplos del Algarve, demostrando una interacción notable entre el interior y las plataformas costeras. La ubicación de estas estelas y mehires antropomorfos en la entrada de las cámaras en monumen58 Bueno Ramírez et al., 2010: 180. tos como Navalcán o Guadalperal abundan en esta consideración de figuras humanas protectoras de los restos ancestrales. Acceso a la tumba. Sexo y edad Por lo que se refiere al rango de población que tiene acceso a las tumbas, después de analizar algunos trabajos59 que han aportado datos sobre sexo, edad y número de individuos inhumados en algunas de las tumbas megalíticas, se desprenden las siguientes pautas: Muy escasa representación de individuos infantiles, circunstancia más llamativa cuando los constatados, en muchas ocasiones, se incluyen dentro de la categoría “Infantiles II” de 5 a 12 años. Muy pocos individuos seniles, por encima de los 40 años, por lo que estimamos esta edad o un poco menos como esperanza de vida de estas poblaciones. El rango más representado, sin duda, es el de adultos, entre los 25 y los 40 años. La representación juvenil es moderada (entre 12 y 25 años) y bastante normal en una población de comportamiento regular. Por sexos, claramente predominan los individuos masculinos sobre los femeninos, lo que podría representar un rasgo cultural, ya que en los sepulcros en los que se constata una representatividad proporcional directa de la comunidad de los “vivos” suele ser, con pocas variaciones, en torno a 1:1. Sin embargo, en un monumento La Sima II, las cifras se invierten a favor del sexo femenino (3 masculinos frente a 9 femeninos). Por tanto y con algunas excepciones, los hombres reciben un tratamiento sepulcral preferente, lo que pondría de manifiesto unos comportamientos funerarios no paritarios para el conjunto de la colectividad que deposita a sus difuntos y, de esta manera, el osario en esos casos sería el resultado inequívoco de un gesto sepulcral del todo intencional por el que se privilegia a un sexo sobre otro en la práctica fúnebre. En términos generales nos encontramos con una estructura demográfica propia de poblaciones preindustriales, donde la mayoría de la población fallece o bien antes de llegar a la edad adulta o bien poco después de superar tal intervalo de edad. Si bien es cierto que la sensación de los osarios colectivos es la de un completo caos de huesos, por lo general sin apenas conexiones anatómicas, entre los que se encuentran los elementos recurrentes de ajuar sin ningún tipo de orden ni asociados a indivi59 Velasco Vázquez, 2005; Nicklisch et al., 2005. 69
EL NEOL  TICO EN LAS TIERRAS DEL INTERIOR Y SEPTENTRIONALES  to del territorio por el que se mueven de modo cotidiano los ...
70 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA duo alguno, no es menos cierto que en determinadas circunstancias y en determinados yacimientos del interior se observan evidencias contrarias. Tal es el caso de la tumba-calero vallisoletana de El Miradero, donde bajo una potente costra de cal se hallaron los restos, en perfecta conexión anatómica, de una veintena de individuos. Uno de ellos60, el número 7, se trataba de un varón adulto que mostraba una enorme concentración de objetos. Sobresalen los 11 ídolos espátula de hueso que cubrían su cabeza (un tercio de todos los encontrados en la tumba) y junto a ellos láminas de sílex, microlitos geométricos, una azuela, más de 4 millares de discos de piedra, 4 dentalium y un tonelete de piedra que, probablemente formaran parte de un mismo collar. Estamos, por tanto, ante incipientes símbolos de desigualdad y de tensiones disgregadoras de una sociedad tradicionalmente igualitaria, posiblemente segmentaria, en cuyo seno se van produciendo ya tensiones que preludian formaciones sociales cada vez más complejas. Pero si estos datos son interesantes, lo son mucho más el hecho de que en La Peña de la Abuela y en la Sima II se hayan constatado auténticas segregaciones espaciales dentro del recinto funerario principal61. En efecto, en La Peña de la Abuela se advierte una clara disimetría en el espacio funerario. Tomando como referencia la hipotética entrada a la tumba, a la izquierda se documentaron varias estructuras de piedra diseñadas para individualizar determinadas inhumaciones. En concreto dos cistas y hasta seis lajas de 60 61 Guerra Doce et al., 2009. Rojo Guerra et al., 2005. piedra plana. Este sector es el que se ha denominado “área noble”, frente a la parte derecha y el espacio central, libre de estructuras, donde se depositaron sucesivas deposiciones con el patrón característico de los osarios colectivos. En el “área noble” las inhumaciones aparecen perfectamente individualizadas por medio de dos tipos de estructuras: cistas y lajas planas. Bajo algunas de estas lajas se descubrieron los restos carbonizados de auténticas esterillas hechas de enea y mimbre que sirvieron a modo de sudarios en los que se envolvían los cadáveres. Algo similar ocurre en el tholos de La Sima II. Una de las peculiaridades más llamativas es la presencia de dos cistas geminadas en el interior del tholos situadas muy próximas a la entrada, concretamente a la izquierda de la misma y adosadas al muro de la estructura. Pensamos que tanto el parecido formal como estructural con las de La Peña de la Abuela (realizadas en los dos casos con areniscas) compartieron también similar significado en el ámbito de lo cultural o lo ritual como un aporte simbólico al discurso ideológico desarrollado en el contexto de cambio social que se manifiesta desde la segunda mitad del IV milenio hasta la primera mitad del III milenio AC. Existen otras evidencias menos claras de ciertas segregaciones espaciales como se ha advertido para el dolmen de El Prado de las Cruces, en Ávila, a partir de la presencia en la cámara de ciertos bloques trabajados o, para el túmulo de El Castillejo, por la construcción de una alineación pétrea que “coincide con las diferencias estructurales de bipartición de los espacios interiores, documentadas también en la necrópolis de cuevas artificiales del Valle de las Higueras”62. 62 Bueno Ramírez et al., 2005: 174.
70  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  duo alguno, no es menos cierto que en determinadas circunstancias y en determ...
Joan Bernabeu Aubán* y Teresa Orozco Köhler Hacia las sociedades complejas (IV y III milenio cal B.C.) en la Iberia Mediterránea La etapa comprendida a lo largo del IV y III milenios cal a.C. en la prehistoria del mediterráneo peninsular no resulta fácil de definir en este amplio marco geográfico. Si tenemos en cuenta que la implantación de la economía neolítica, basada en recursos domésticos, se fecha a mediados del VI milenio cal. a.C., el transcurso de un ciclo largo, cercano a dos milenios, debe reflejar en el registro arqueológico transformaciones de diversa índole. Tradicionalmente se considera que hacia el final del ciclo neolítico se desarrollan tendencias socioeconómicas que impulsan el tránsito hacia una mayor complejidad social que culminará en épocas posteriores con la cristalización de jerarquías, ya a lo largo del II milenio. Valorar los cambios que acontecen en el marco temporal considerado plantea ciertas dificultades, atendiendo a la desigual cantidad y calidad del registro arqueológico. Un recorrido geográfico va a poner de manifiesto la inexistencia de fronteras claras entre áreas culturales (Fig. 1), incidiendo en una idea clave para valorar esta etapa: el incremento de la interacción y el contacto, a diferentes escalas. En las páginas siguientes presentamos en unos apartados de carácter general –asentamiento, cultura material, mundo funerario y simbolismo– los elementos más notables, haciéndonos eco de los recientes trabajos y enfoques. Patrón de asentamiento, hábitat y subsistencia La instalación de asentamientos al aire libre, en valles fluviales, así como el uso de cavidades como lugar de hábitat está atestiguado desde los inicios del neolítico en el ámbito mediterráneo. En el área septentrional, a lo largo del V milenio, se desarrolla la etapa denominada “sepulcros de fosa” o neolítico medio, definida como un momento de consolidación y expansión de las comunidades agropecuarias, a partir de la existencia de poblados abiertos en zonas llanas (Bòbila Madurell sería un ejemplo), el abandono de cuevas y abrigos, y un registro funerario característico (inhumaciones en fosa). Establecer el final de esta fase no es sencillo. El inicio de una nueva etapa –neolítico final– se sitúa hacia mediados del IV milenio, a partir del repertorio material que muestra influencias del sur de Francia1. Las interpretaciones tradicionales sobre el patrón de asentamiento explicaban la “invisibilidad” de los registros del neolítico final y calcolítico a partir del abandono de los grandes poblados, y una ocupación intensa de las áreas de montaña. Los datos actuales muestran que no hay una ruptura clara en el patrón de asentamiento: la continuidad de las ocupaciones en algunos poblados del neolítico medio, a lo largo del IV y III milenio es una realidad. Al mismo tiempo aparecen nuevos asentamientos al aire libre: Camp del Rector2, La Prunera3, Ca L’Estrada4, Espina5 o Serra del Mas Bonet6 son algunos de los que han salido a la luz a través de intervenciones de urgencia o preventivas. Los elementos estructurales que aparecen en los poblados corresponden principalmente a estructuras negativas de morfologías, tamaños y funciones diferentes: cubetas, estructuras de combustión, fosas, silos, agujeros de poste; un amplio repertorio coincidente a lo largo del mediterráneo peninsular, y que en los últimos años incorpora nuevos ejemplos en la zona septentrional, configurando una característica de esta etapa más frecuente de lo que hasta no hace mucho tiempo se suponía. Se presentan auténticos palimpsestos de difícil interpretación en los que la dispersión horizontal de las estructuras y/o la existencia de diversos momentos de ocupación dificulta, en ocasiones, conocer la secuencia de construcción, uso y amortización. En muchos casos la gran dispersión de restos y estructuras dificulta realizar estimaciones sobre la superficie ocupada por los poblados, lo que impide su evaluación y comparación. Las evidencias arquitectónicas son escasas, de manera que son las estructuras de combustión y la dispersión o agrupación de restos materiales los que permiten definir áreas de hábitat y 1 2 3 4 5 * Universidad de Valencia, jbauban@uv.es 6 Martín, 2003. Font, 2005. Alcalde et al., 2005. Fortó et al., 2006. Piera et al., 2009. Rosillo et al., 2012.
Joan Bernabeu Aub  n  y Teresa Orozco K  hler  Hacia las sociedades complejas  IV y III milenio cal B.C.  en la Iberia Med...
72 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Figura 1. Localización de los yacimientos citados en el texto: 1. Serra del Mas Bonet; 2. La Prunera; 3. Costa de Can Martorell; 4. Ca L’Estrada; 5. Regueres de Seró; 6. Espina; 7. Camp del Rector; 8. Carrer París; 9. Riereta; 10. Reina Amalia; 11. Cova de Can Sadurní; 12. Costamar; 13. La Vital; 14. Ereta del Pedregal; 15. Colata; 16. Arenal de la Costa; 17. Covad’En Pardo; 18. Niuet; 19. Les Jovades; 20. Cova de la Pastora; 21. Illeta dels Banyets; 22. Tossal de les Basses; 23. La Torreta; 24. El Prado; 25. Camino del Molino; 26. Molinos de Papel; 27. Casa Noguera; 28. Cueva Sagrada. de actividad. Las intervenciones recientes han permitido conocer la singularidad de ciertos restos, como las grandes estructuras de combustión rectangulares que se han reconocido en Ca l’Estrada y Can Piteu, cuyas dimensiones, morfología y relleno tienen claros paralelos en el sureste francés, y cuya función más probable se considera la cocción de alimentos7. Los asentamientos no se localizan únicamente en valles interiores, también las zonas de costa están ocupadas a lo largo del IV y III milenio a.C. como han evidenciado algunas intervenciones urbanas en Barcelona: los yacimientos de Riereta8 y Reina Amalia9 presentan 7 8 9 Fortó et al., 2008. Carlús y González, 2008. Bordas y Salazar, 2006. estructuras y materiales que muestran la ocupación a lo largo del neolítico final, cuando se estima un entorno ecológico altamente favorable, con lagunas de agua dulce y la proximidad a la montaña de Montjuïc, que proporcionaría recursos forestales. La existencia de poblados en zonas costeras está bien atestiguada a lo largo de la geografía, como ejemplifican en un recorrido hacia áreas meridionales los emplazamientos de Costamar10, La Vital11, o Illeta dels Banyets12, entre otros. Hacia el sur contamos con un registro importante y conocido desde hace tiempo que muestra un patrón de asentamiento que se repite con ligeras va10 11 12 Flors, 2010. Pérez et al., 2011. Soler, 2006.
72  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Figura 1. Localizaci  n de los yacimientos citados en el texto  1. Serra del ...
HACIA LAS SOCIEDADES COMPLEJAS (IV Y III MILENIO CAL B.C.) EN LA IBERIA MEDITERRÁNEA riaciones: junto a los yacimientos costeros referidos, las comunidades ocupan desde mediados del IV milenio cal. a.C. poblados de gran extensión, ubicados en zonas bajas o en fondos de valle, junto a cursos fluviales o en las inmediaciones de áreas endorreicas. La cercanía a los recursos hídricos y la proximidad a terrenos favorables para la producción agropecuaria son características compartidas. Son los denominados “poblados de silos”, cuya existencia se documenta ya en etapas anteriores, y que se generalizan a lo largo del IV y III milenio cal a.C., cuando se ocupan y ponen en explotación nuevas áreas. En ellos las estructuras excavadas (silos, fosas, cubetas) son uno de los elementos más notorios y visibles del registro: Colata13, Niuet14, Jovades15 o La Torreta16 son algunos ejemplos (Fig. 2). Este patrón de asentamiento alcanza hacia el sur la cuenca del río Segura y el altiplano de Yecla-Jumilla donde se localiza El Prado17. Será en momentos avanzados del III milenio, con el desarrollo del horizonte campaniforme, cuando encontremos variaciones en el patrón de asentamiento a escala regional. En el área sur se desarrolla un modelo que combina la aparición de enclaves en altura, con amplia visibilidad sobre cuencas y valles, que presumiblemente ejercen una función de control, con poblados abiertos, establecidos en zonas llanas, que en ciertos casos continúan las ocupaciones desde momentos anteriores, o son abandonados. Al igual que en otras áreas peninsulares, la existencia de recintos de fosos que limitan un espacio es una realidad que está presente en el paisaje desde el final del neolítico hasta el horizonte campaniforme18, aunque todavía estamos lejos de conocer su significado y función (Fig. 3). Si bien los excavados hasta la fecha en tierras valencianas no son muy numerosos (Niuet, La Torreta, Arenal de la Costa, entre otros), cabe destacar en el nordeste peninsular la localización de una estructura de estas características en Ca L’Estrada19, donde el tramo exhumado presenta un recorrido sinuoso. Este patrón de asentamiento no sólo es reflejo de un incremento demográfico, sino de la consolidación del sistema agrícola que pivota tanto sobre la puesta en explotación de nuevas tierras como sobre una reorientación del papel de la cabaña ganadera. En el ámbito mediterráneo se confirma un repertorio variado de estructuras dedicadas en buena medida al almacenaje, lo que habla de las prácticas 13 14 15 16 17 18 19 Gómez et al., 2004. Bernabeu et al., 1994. Bernabeu, 1993. Jover, 2010. Jover et al., 2012. Bernabeu et al., 2012. Fortó et al., 2006. productivas de estas comunidades que, frente a horizontes anteriores, muestran un incremento de la producción agraria, sostenido en el tiempo. Los datos carpológicos en el ámbito meridional indican que a partir de mediados del IV milenio cal a.C. se detecta una reducción de las variedades de cereales cultivados, que ahora se concentran en los trigos desnudos (Triticum aestivum/durum), la cebada desnuda (Hordeum vulgare var. nudum) y leguminosas. Esta reducción responde no sólo a condicionantes ambientales, sino también al cambio hacia un modelo agrario extensivo: se abandonan las prácticas anteriores (cultivo de diferentes especies), y el trabajo se invierte en el cultivo de dos o tres especies de cereales; ello debe estar compensado por un aumento de las cosechas, que permita disponer de reservas20. Se atestigua en este momento la explotación de vegetales con fines no subsistenciales, como el lino (Linum usitatissimum), que se ha recuperado –ya transformado– en algunos contextos funerarios. Es difícil cuantificar la producción agraria, pero las diferencias en la capacidad de almacenaje de los silos y su ubicación en el interior de un poblado, así como la desigualdad en la capacidad de almacenar que se observa entre poblados responden a la conservación de una producción excedentaria. La gestión de este producto refleja la dinámica social de estas comunidades: una distribución desigual de las estructuras con mayor capacidad tanto dentro de los poblados como entre aldeas, que puede interpretarse como diferencias intra e intergrupales. Como en otras áreas de la Península Ibérica hay una intensificación de la actividad ganadera, claramente patente desde mediados del IV milenio cal a.C. Esta intensificación no va dirigida hacia una especie determinada, sino que hay una explotación complementaria y diversificada de las principales especies domésticas (oveja, cabra, bóvidos, suidos) en algunos casos encaminada a la obtención de productos derivados. La variedad de registros exhumados no facilita establecer con carácter general el papel tanto de la cabaña ganadera como de las actividades cinegéticas. En estos momentos están bien documentadas patologías óseas en los restos de bovinos, resultado de su explotación como fuerza de trabajo21. Nuestro conocimiento sobre la arquitectura de los espacios habitacionales es muy limitado, y disponemos de una colección de datos heterogénea. De manera general podemos reseñar la condición perecedera de gran parte de los materiales constructivos (madera, ramajes, cañas, enlucidos de barro) y la pér20 21 Pérez y Carrión, 2011. Pérez Ripoll, 1999. 73
HACIA LAS SOCIEDADES COMPLEJAS  IV Y III MILENIO CAL B.C.  EN LA IBERIA MEDITERR  NEA  riaciones  junto a los yacimientos ...
74 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Figura 2. Plano de Les Jovades (Cocentaina, Alicante). La mayoría de los asentamientos al aire libre muestran una amplia dispersión de restos y estructuras, que forman un auténtico palimpsesto (según Bernabeu et al., 2006).
74  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Figura 2. Plano de Les Jovades  Cocentaina, Alicante . La mayor  a de los ase...
HACIA LAS SOCIEDADES COMPLEJAS (IV Y III MILENIO CAL B.C.) EN LA IBERIA MEDITERRÁNEA 2 3 1 Figura 3. Fosos y recintos de fosos de dimensiones muy variables aparecen en asentamientos al aire libre: 1) La Vital (Gandía, Valencia), 2) C/ La Pau (Muro de Alcoy, Alicante, 3) Tros de la Bassa (Planes, Alicante). Fotografía de los autores. dida de elementos arquitectónicos aéreos (paredes y cubiertas), ello nos indica que la inversión de trabajo en la construcción y mantenimiento del espacio de hábitat es limitada. En muchos casos el registro de las cabañas se define por la presencia de agujeros de poste o estructuras de combustión, delimitando áreas o plantas aproximadamente elípticas, pero generalmente incompletas. Ocasionalmente se identifican zócalos de piedra en la construcción del espacio habitacional en esta etapa. Uno de los poblados tradicionalmente conocido por su arquitectura en piedra es Ereta del Pedregal, que muestra muros rectilíneos con zócalos de piedra que definen grandes espacios, aunque no se puede precisar con exactitud la planta de las estructuras22. El uso de mampostería se reconoce en Illeta dels Banyets que presenta una cabaña de planta ovalada, con zócalo de tierra y piedras; también las intervenciones recientes en El Prado han sacado a la luz la planta incompleta de tres cabañas de tendencia ovalada con zócalo de mampostería23. Los datos son excesivamente parciales y no permiten reconocer diferencias significativas, ni a escala de los asentamientos como tampoco entre poblados, atendiendo a las viviendas. 22 23 Juan-Cabanilles, 1994. Jover et al., 2012. Artesanías especializadas: elementos singulares, elementos de prestigio Resulta difícil sintetizar las características del repertorio material de manera conjunta, entendiendo que las diferentes artesanías hablan no sólo del desarrollo tecnológico de las comunidades, sino también de sus contactos e interacciones. En la industria lítica tallada los rasgos que singularizan esta etapa son el desarrollo de las producciones laminares, en especial de los soportes de gran formato, y del retoque plano, destinado a la confección de puntas de flecha y puñales (Fig. 4). Estos instrumentos suelen estar confeccionados sobre sílex de calidad. En efecto, las grandes láminas de sílex son uno de los elementos más representativos de este periodo y su carácter singular viene definido tanto por el alto grado de especialización que requiere su obtención, para la que se ha identificado recientemente la talla por presión reforzada o con palanca, como por su presencia mayoritaria en contextos funerarios, formando parte de los ajuares, lo que les confiere cierta carga ritual o simbólica24; sin embargo se ha comprobado que buena parte de estos útiles se emplearon en actividades como el trabajo de la piel, descarnado de animales, modificación de alguna materia mine24 García y Juan-Cabanilles, 2009. 75
HACIA LAS SOCIEDADES COMPLEJAS  IV Y III MILENIO CAL B.C.  EN LA IBERIA MEDITERR  NEA  2  3  1  Figura 3. Fosos y recintos...
76 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Figura 4. Cueva de la Pastora (Alcoy, Alicante). Estas grandes láminas de sílex son características de los conjuntos del IV y III milenio a.C. Fotografía O. García. ral, pero también se ha documentado el empleo de grandes láminas en las tareas de siega y procesado de cereales25. En el ámbito mediterráneo, la aparición de las láminas de gran formato responde claramente a un fenómeno de circulación de estos productos, sobre el cual las investigaciones están abiertas. No debemos perder de vista que en este momento otras herramientas líticas, como los útiles pulimentados, además de desarrollar nuevos tipos para realizar nuevas actividades, permiten trazar interacciones a escala regional y peninsular a partir de la identificación de la materia prima26. Si atendemos al repertorio cerámico podemos considerar esta etapa como un mosaico, donde el extremo septentrional muestra relaciones con el sureste de Francia, atendiendo a las cerámicas de tipo veraziense, mientras que el extremo meridional habla de las relaciones con el área andaluza, considerando elementos diversos como las cerámicas pintadas, los vasos de yeso y otros testimonios. Entre ambos extremos, se desarrolla un mundo donde predominan las cerámicas lisas, con formas abiertas. Hacia el final del periodo, con la aparición de las cerámicas campaniformes de estilo internacional podemos rastrear un elemento unificador. Los trabajos recientes de caracterización petroarqueológica realizados sobre cerámicas campaniformes tanto en Cataluña27 como en tierras valencianas28 enfatizan la complejidad del fenómeno, al mostrar la existencia de producciones locales. 25 26 27 28 Gibaja et al., 2010. Orozco, 2000. Clop, 2007. Molina y Clop, 2011. También se detecta un cambio en el repertorio de los elementos de adorno. El interés por la variscita pasa a ser testimonial, coincidiendo a grandes rasgos con el declive de la explotación en las Minas de Gavà. Ahora los adornos personales van a ser elaborados mayoritariamente sobre soportes de distinta naturaleza: conchas, hueso, marfil, ámbar, lignito, esteatita y metal (oro y cobre). En efecto, el metal ha jugado siempre un importante papel en la definición de este periodo, equiparando durante mucho tiempo el inicio de la metalurgia con el inicio y desarrollo de la desigualdad social. Se consideraba que la escasa presencia de recursos metálicos en el entorno y la complejidad tecnológica de la manipulación de minerales metálicos incidían en la escasa relevancia de esta actividad en este marco geográfico, que quedaba limitada a la obtención de determinadas piezas metálicas a través de los circuitos de intercambio. En el caso del oro, su presencia está limitada al nordeste peninsular, donde aparece de manera tímida desde finales del IV milenio cal a.C. Las cuentas áureas de tipología y fabricación diversa, recuperadas en contextos del neolítico final, se interpretan como resultado de las interacciones entre esta zona geográfica y el sur de Francia29. En cuanto a la metalurgia del cobre, en esta zona los datos apuntan a un origen en el sur de Francia, no sólo por las fechas más antiguas de las explotaciones mineras del área francesa, sino también por los paralelos tipológicos y las interacciones culturales (Véraza, Treïlles, Ferrières y Fontbuisse) que refleja la cultura material. La primera producción metalúrgica en Cataluña 29 Soriano et al., 2012.
76  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Figura 4. Cueva de la Pastora  Alcoy, Alicante . Estas grandes l  minas de s ...
HACIA LAS SOCIEDADES COMPLEJAS (IV Y III MILENIO CAL B.C.) EN LA IBERIA MEDITERRÁNEA corresponde a momentos antiguos del ciclo campaniforme (2800-2350 cal. a.C.) y aparecen las piezas “clásicas”: punzones, puntas, hachas planas, entre otros objetos. La idea de la complejidad tecnológica necesaria para la elaboración de estos objetos está superada; se han recuperado materiales sencillos que permiten el procesado de este producto, como los vasos-horno o las toberas de cerámica, entre otros. En cuanto a la repercusión de estas actividades en el seno de estas sociedades, se considera que el conjunto de la comunidad participaría en las tareas de extracción y procesado del mineral a través de pequeñas explotaciones a cielo abierto en algunos filones localizados en el territorio, mientras que el resto del proceso metalúrgico quedaría restringido a un grupo específico de personas30. Los datos recientemente obtenidos en tierras valencianas amplían nuestra imagen sobre los primeros momentos de actividades metalúrgicas, evidenciando otras posibilidades. En La Vital además de diversos objetos de cobre se ha recuperado metal en bruto y otros restos de actividades metalúrgicas (bolitas de metal, gotas, fragmentos de crisol), en un contexto anterior a la aparición de los primeros campaniformes. La interpretación de los hallazgos de este yacimiento indica que el cobre bruto, tal como se obtenía en los lugares de producción (nódulos y bolitas) era objeto de intercambio, y su manipulación se realizó en el asentamiento; en este caso, el análisis de los isótopos de plomo sugiere la procedencia de otras zonas peninsulares, y más concretamente del área en torno a Almizaraque31. Y aunque ambos modelos hablan de una actividad a pequeña escala, una práctica doméstica que deja escasos restos y quizás esporádica en el tiempo, no podemos obviar que la metalurgia es un elemento de diferenciación social, especialmente el consumo de las piezas elaboradas (Fig. 5). Otra artesanía de escasa visibilidad en el registro son los textiles. Tanto la manufactura del lino como –quizás– la lana, están reflejadas en piezas como las placas de telar, recuperadas en La Torreta o El Prado. En este caso, la singularidad no se define tanto por la complejidad tecnológica de su producción, sino más bien por el hallazgo de estos productos en contextos singulares, formando parte de ajuares funerarios de relevancia, como se detalla en el apartado siguiente. Estos son algunos ejemplos que reiteran la importancia y el incremento notable en las relaciones de intercambio intergrupales en este momento. También en el registro funerario se detecta un aumento en la distancia social, lo que incide en la percepción de la consolidación de algunas élites. 30 31 Soriano, 2013. Rovira y Montero, 2011. Figura 5. Hacha plana de cobre procedente de una tumba en silo, del yacimiento de La Vital (Gandía, Valencia). Fotografía de los autores. El mundo funerario Si hay una característica que, a grandes rasgos, define el registro funerario del IV y III milenio cal. a.C. es la inhumación múltiple, un concepto que admite un repertorio muy variado de prácticas funerarias, como veremos seguidamente. La utilización de cuevas naturales, sepulcros megalíticos o covachas artificiales, entre otros tipos de sepulturas, y el desarrollo de rituales diversos, no facilita su apreciación conjunta. En el nordeste peninsular, uno de los rasgos que caracterizaba el neolítico medio era la proliferación de enterramientos en fosa, formando auténticas necrópolis. En estos momentos se inicia la construcción de las primeras estructuras megalíticas de carácter funerario. El rito de inhumación (individual o doble) practicado es uno de los principales elementos diferenciadores frente al neolítico final – calcolítico. El apogeo del megalitismo en tierras catalanas se localiza a fines del IV milenio cal a.C., con la aparición de los llamados sepulcros de corredor evolucionados o galerías catalanas, y durante la primera mitad del III milenio, con la construcción de dólmenes sim- 77
HACIA LAS SOCIEDADES COMPLEJAS  IV Y III MILENIO CAL B.C.  EN LA IBERIA MEDITERR  NEA  corresponde a momentos antiguos del...
78 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA ples y cistas megalíticas32. La planta y dimensiones de estas arquitecturas funerarias son muy variadas, y no se reconoce de forma clara una evolución entre los diferentes tipos de sepulturas. En cualquier caso, todas las variedades están destinadas a recibir inhumaciones sucesivas, ya sea a través de un rito de tipo primario o secundario. Los hipogeos o cuevas artificiales son, tal vez, el tipo de sepultura que está recibiendo más atención en los últimos años. Al igual que las sepulturas megalíticas, su apogeo se detecta a lo largo del III milenio cal a.C. y desaparecerán a partir del inicio de la Edad del Bronce; la presencia de cerámica campaniforme en los hipogeos de la zona catalana se considera una constante33. La tipología y dimensiones de estas estructuras varía en función de la zona geográfica y también de la naturaleza de la roca en que son excavados (granito, arenisca, granito descompuesto o “sauló”, arcilla). Se considera que estas covachas con corredor o pozo de acceso son, por lo general, de pequeñas dimensiones y carecen de complejidad constructiva34. En Cataluña se han localizado en la zona costera y prelitoral. Los hipogeos mejor conocidos son los excavados en fechas recientes: Costa de can Martorell muestra la inhumación de unos 200 individuos en un corto lapso temporal, entre los que el segmento de edad mejor representado son los adultos35. Llama la atención el escaso ajuar que se depositó en esta sepultura, que comprende de forma casi exclusiva puntas de flecha en las que se reconocen fracturas de impacto, lo que permite intuir un episodio de violencia. Por el contrario, la excavación del hipogeo de Carrer París de Cerdanyola36 muestra la deposición de ajuares más abundantes y variados junto a los inhumados: puntas de flecha, cerámicas lisas y campaniformes, evidenciando una tendencia diferente en el ritual. El uso funerario de cuevas naturales es bien conocido en el ámbito catalán, y ya se documenta desde los inicios del neolítico. Como ejemplo de la utilización de cavidades con esta finalidad destacaremos el nivel 9 de la secuencia de Can Sadurní, donde se localiza el depósito de unas 300 inhumaciones primarias y sucesivas, con ajuar del que forman parte puntas de flecha, botones de marfil, cerámicas –algunas campaniformes– a lo largo del neolítico final-calcolítico. Las dataciones obtenidas en este yacimiento sitúan este amplio periodo entre finales del IV y la primera mitad del III milenio cal a.C.37 La presencia de es32 33 34 35 36 37 Tarrús, 2003. Tarrús, 2003. Petit y Pedro, 2005. Mercadal, 2003. Francés et al., 2004. Martínez y Edo, 2011. tructuras de combustión en este nivel hace pensar en acciones rituales o profilácticas. Al igual que en otras áreas peninsulares, el uso del fuego en las sepulturas está bien atestiguado en el mediterráneo, y afecta en ocasiones a los restos humanos de forma parcial. Otra zona geográfica en la que el registro funerario es bien conocido corresponde al área central del mediterráneo. También aquí, aunque con un registro poco destacado, se ha establecido que la utilización de cuevas con carácter funerario pudo iniciarse en las primeras fases del neolítico38. La función sepulcral de las cuevas junto a la ausencia de arquitectura megalítica y un ritual específico –inhumación múltiple– se consideran rasgos característicos del IV y III milenio en tierras valencianas. Tradicionalmente se ha considerado que este ritual se desdibujaba a lo largo del horizonte campaniforme, cuando aparecían inhumaciones en fosas o silos al interior de los poblados, preludiando de alguna manera la evolución hacia la Edad del Bronce. Los trabajos recientes ponen de relieve un panorama de mayor complejidad. Además del uso sepulcral de cavidades, trabajos recientes indican que los enterramientos en el interior del hábitat también se practican desde momentos anteriores al final del ciclo neolítico. Esta sencilla forma de enterramiento está presente desde el V milenio a.C., quizás reaprovechando estructuras excavadas con otro fin, como muestran algunos yacimientos: Costamar, Tossal de les Basses39 y La Vital. Las inhumaciones en silos o fosas en el espacio habitacional conviven con el periodo de desarrollo y utilización de las cuevas de enterramiento múltiples. Las diferencias se aprecian no sólo en el tipo de sepultura, sino también en el ritual de deposición. En este caso –enterramientos en estructuras excavadas– el ritual identificado es variado: en su mayor parte corresponde a inhumaciones individuales, de carácter primario o secundario; en ocasiones los inhumados aparecen prácticamente enteros, en otros casos son restos parciales. Tampoco se rastrea una composición clara de los materiales depositados como acompañamiento de los difuntos (Fig. 6). En un mismo territorio cabe encontrar poblados con sepulturas que contienen ajuares de cierta relevancia (por ejemplo, La Vital), mientras que en otros poblados (Arenal de la Costa) los depósitos son irrelevantes40. Además de estas dos situaciones, el registro funerario muestra una mayor complejidad: por un lado destaca la aparición frecuente de restos humanos dispersos en los asentamientos, sin una ubicación 38 39 40 Bernabeu et al., 2001. Rosser, 2010. García et al., 2013.
78  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  ples y cistas megal  ticas32. La planta y dimensiones de estas arquitecturas ...
HACIA LAS SOCIEDADES COMPLEJAS (IV Y III MILENIO CAL B.C.) EN LA IBERIA MEDITERRÁNEA Figura 6. Además de cerámicas, los ajuares funerarios ofrecen un amplio repertorio de adornos hechos de hueso, sílex, ámbar, lignito y de otros materiales. Objetos del Neolítico Final / Calcolítico de la Cueva de la Pastora (Alcoy, Alicante). Fotografía O. García. ordenada y sin elementos de ajuar41; por otro, cada vez es más reiterativa la deposición ritual de animales domésticos en estructuras localizadas al interior de los poblados (silos, fosas), aislados o acompañando alguna inhumación (Fig. 7). Sin profundizar en el significado de las actividades o rituales que dan lugar a estos depósitos, vemos que, cada vez con más fuerza, están presentes en el registro de la Península Ibérica a lo largo del IV y III milenio. En tierras valencianas, las excavaciones recientes de cavidades funerarias, como Cova d’En Pardo42, así como la reevaluación de enterramientos múltiples excavados a mediados de siglo pasado, están aportando nuevas perspectivas no sólo en cuanto a cronología o ritos sepulcrales, sino también al conocimiento de osteopatologías y paleodieta de estas poblaciones. Los 41 42 Bernabeu, 2010. Soler, 2012. primeros resultados obtenidos remarcan el interés de estas líneas de investigación: en Cova de la Pastora –un enterramiento colectivo bien conocido desde su descubrimiento en los años 40, por el carácter especial que revisten las trepanaciones craneales– se han identificado un mínimo de 59 individuos, de los que buena parte corresponden al neolítico final. El análisis osteológico ha puesto de relieve la incidencia de patologías relacionadas con la salud oral (caries, pérdida de piezas dentales, periodontitis) y claras deficiencias nutricionales (cribra orbitalia, hiperostosis porótica); sobre esta misma muestra poblacional el análisis de isótopos estables evidencia una dieta terrestre con altos niveles de proteína animal, sin indicación de recursos marinos43, resultados a priori concordantes con los obtenidos para otras poblaciones europeas contemporáneas, sobre los que se sigue trabajando. 43 McClure et al., 2011. 79
HACIA LAS SOCIEDADES COMPLEJAS  IV Y III MILENIO CAL B.C.  EN LA IBERIA MEDITERR  NEA  Figura 6. Adem  s de cer  micas, lo...
80 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA de teñido, depositada plegada, junto a un cráneo44. La datación obtenida sitúa estos hallazgos en el último cuarto del III milenio cal. a.C.45 Figura 7. Restos de un bóvido completo depositado en un silo cerca de una tumba femenina de La Vital (Gandía, Valencia). Este tipo de depósito ritual aparece en la Iberia mediterránea en el IV y III milenio a.C. Fotografía de los autores. En el extremo meridional, el mundo funerario se estructuraba a través de enterramientos en abrigos y cuevas o en estructuras megalíticas, sin que se detectaran diferencias significativas en los contenidos entre ambos tipos de sepulturas. Los enterramientos en sepulturas megalíticas, se vinculan al área andaluza y al desarrollo del mundo millarense, tal como reflejan determinados elementos de la cultura material, como los vasos de yeso y de piedra, cerámicas pintadas, entre otros objetos. Y aunque geográficamente se circunscriben a sectores occidentales de Murcia, hay que destacar la coexistencia en el espacio con cavidades de uso sepulcral. Aunque buena parte de los depósitos sepulcrales del ámbito murciano fueron excavados hace años, la notoriedad de algunos ajuares hace obligada su mención. La naturaleza del terreno (margas yesíferas) ha posibilitado la conservación excepcional de objetos de naturaleza orgánica en este área, posibilitando recuperar piezas singulares en algunos yacimientos, de los que Cueva Sagrada es uno de los mejores exponentes. En esta cavidad se registran al menos tres inhumaciones, acompañadas de esteras, cordeles y alpargatas de esparto (Stipa tenacisima L.), restos de cuero, recipientes de madera, flores y fragmentos y una túnica de lino, con evidencias Las investigaciones actuales reflejan también en esta área una pluralidad de rituales en el registro funerario calcolítico. Entre las intervenciones recientes señalaremos el carácter excepcional de Camino del Molino, una cavidad en la que se localizó un enterramiento múltiple, en el que se han reconocido un mínimo de 1300 individuos, cuyas edades abarcan todos los segmentos de población, con escasos objetos depositados como ajuar, y acompañados de 50 cánidos46. Se trata de un inmenso registro cuyo estudio permitirá deslindar algunos de los aspectos menos conocidos de un enterramiento múltiple, como el número mínimo de individuos, la asociación de buena parte de la cultura material, conocer fases de uso y el proceso de deposición de los depósitos, y manipulaciones posteriores, visualizando de manera más detallada el componente ritual. Las primeras dataciones indican la utilización de Camino del Molino en un lapso temporal de unos 350-400 años, que se enmarca en la primera mitad del III milenio cal. a.C. Atendiendo a la cantidad de inhumaciones, resulta llamativa la escasez de elementos de ajuar recuperados en este depósito: algunas hachas pulimentadas, puntas de flecha y otros elementos de sílex, muy pocos elementos metálicos (17 punzones, una punta y un puñal de lengüeta). Además de las inhumaciones múltiples, también en esta zona los depósitos funerarios en el espacio de hábitat, utilizando estructuras de almacenaje (silos), como se documenta en los poblados de Casa Noguera y Molinos de Papel47. A buen seguro los trabajos en curso no sólo ampliarán los datos actuales sino que abrirán nuevas perspectiva de investigación sobre el mundo funerario. La expresión de las ideas: el repertorio simbólico e ideológico En la fachada mediterránea encontramos una diversidad de expresiones simbólicas y elementos de cultura material que permiten conocer no sólo el alcance de los contactos e interacciones, facilitando la delimitación de diferentes territorios, sino también una aproximación al mundo ideológico de las comunidades. Hay que destacar la aparición reciente en el nordeste de elementos singulares de arte megalítico: estelas y estatuas-menhires, algunas con rasgos antro44 45 46 47 Ayala 1987. Eiroa, 2006. Lomba et al., 2009. Álvarez y de Andrés, 2009.
80  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  de te  ido, depositada plegada, junto a un cr  neo44. La dataci  n obtenida s...
HACIA LAS SOCIEDADES COMPLEJAS (IV Y III MILENIO CAL B.C.) EN LA IBERIA MEDITERRÁNEA pomorfos. Estas manifestaciones se enmarcan en la estatuaria europea del neolítico final-calcolítico, y se han recuperado tanto en contextos sepulcrales, en los principales núcleos megalíticos, como habitacionales48. El conjunto de estelas antropomorfas de Regueres de Seró, las estelas de Serra de Mas d’En Bonet, así como las estatuas-menhir de Ca l’Estrada y Pla de les Pruneres –éstas con rasgos antropomorfos esquemáticos– conforman un panorama de creciente complejidad y, aunque se revelan como símbolos con carácter propio y singular, comparten rasgos con otros grupos figurativos próximos49. En Serra de Mas d’En Bonet se descubrieron los restos de seis estelas, fragmentadas, en las estructuras habitacionales. Su particularidad reside en la morfología –trapezoidal– y la presencia de dos apéndices o cuernos tallados en un extremo. Se descarta su consideración como simples elementos funcionales, interpretándose como representación relacionada con el toro50. Las investigaciones en curso en estos territorios se centran ahora en establecer la conexión entre asentamientos al aire libre y sepulcros megalíticos, así como el papel que tienen menhires y rocas con grabados como marcadores territoriales. En el área meridional, uno de los ejemplos considerados para abordar el análisis no sólo de los contactos, sino de las manifestaciones simbólicas, son los motivos oculados, que se expresan de manera muy diversa. Este símbolo aparece sobre soportes mobiliares de naturaleza variada (hueso, marfil, madera, caliza, pizarra, cerámica, …), así como en las figuras rupestres pintadas y/o grabadas y en monumentos megalíticos, mostrando un diseño compositivo similar: ojos y tatuaje facial, lo que se entiende como la representación de un mismo tema o ideograma (Fig. 8). Su distribución enlaza un vasto territorio que comprende buena parte de la Península Ibérica a lo largo de IV y III milenios: desde el sudoeste (Portugal) hasta el mediterráneo y centro, evidenciando además de los movimientos e intercambio de objetos, la circulación de información a través de los contactos, que se plasma en un repertorio iconográfico compartido entre comunidades próximas y alejadas. Ello subraya el interés de profundizar en el conocimiento de estas redes a diferente escala, a través de las cuales también la ideología circula y penetra en los distintos territorios, valorando su alcance en los procesos de cambio cultural. Las redes de intercambios y contactos se pueden trazar a diferente escala y nivel. A través de ellas debieron circular personas y objetos, en algunos casos herramientas cotidianas, en otros artesanías singulares, y muy posiblemente un repertorio más amplio de bienes 48 49 50 Tarrús, 2011. Moya et al., 2010. Rosillo et al., 2010. Figura 8. Ídolo oculado calcolítico de la Ereta del Pedregal (Navarrés, Valencia). Fotografía del Museu de Prehistòria de València. que no han dejado evidencia en el registro arqueológico. El nordeste peninsular muestra relaciones con el sur de Francia, pero también hacia el sur, como evidencia la circulación de herramientas pulimentadas; del mismo modo, desde el área valenciana se rastrean interacciones con el área del sureste, ya desde los inicios del neolítico51. Esa larga duración temporal se entiende a partir de la creación de vínculos interpersonales, del establecimiento y definición de identidades o la construcción de alianzas, pero también por el establecimiento y mantenimiento de desigualdades, como puede reflejar el consumo de bienes de prestigio, de uso restringido. La fluidez de estas relaciones deriva de la variedad de objetos, tecnologías, conocimientos y gentes que circulan a través de ellas. Ahondar en su conocimiento ampliará nuestra visión de estas comunidades. 51 Orozco, 2000. 81
HACIA LAS SOCIEDADES COMPLEJAS  IV Y III MILENIO CAL B.C.  EN LA IBERIA MEDITERR  NEA  pomorfos. Estas manifestaciones se ...
Francisco Nocete* Las sociedades complejas (IV y III milenio cal B.C.) en la Iberia meridional Introducción El periodo comprendido entre el IV y el III milenio AC/ANE en el la Península Ibérica define una unidad histórica, un “Tiempo Largo” crucial y esencial en la explicación del posterior desarrollo histórico de la propia Península Ibérica y de Europa Occidental y en la reflexión sobre su presente y futuro. Ello se debe a que, de un lado, supuso la emergencia de las denominadas primeras sociedades económica y políticamente complejas y, con ellas, una de las mayores fracturas de la historia de la humanidad (…) el inicio del proceso histórico que conduce a las formas y contenidos de la sociedad actual: el origen del Estado. De otro, a que en él surgieron las principales contradicciones que aún nos envuelven, aquellas que enfrentan a géneros, clases, territorios y a la propia sociedad con la naturaleza que precisamos explicar y transformar. Y es que en este “Tiempo Largo” no sólo se definió la consolidación y posterior intensificación de las bases de la economía agraria y la emergencia de las primeras grandes concentraciones poblacionales estables, los primeros sectores artesanales y mineros especializados, la circulación de materias primas y productos a gran escala, la monumentalización del espacio (tumbas y ciudades) y los primeros centros regionales de poder político. También fue el escenario de los primeros impactos y “desastres” ambientales de origen social (deforestación, polución), el inicio del desarrollo desigual de territorios, comunidades y seres humanos, la aparición de formas y relaciones sociales basadas en la desigualdad y explotación, así como de los primeros medios explícitos de violencia, destrucción y coerción (armas, fortificaciones). Sin embargo, el hecho de que el desarrollo e intensidad de estos cambios no fuesen homogéneos en el tiempo y el espacio, y no afectasen de igual forma a todas las sociedades, aunque acabaron por involucrarlas, nos exige, más allá de un relato descriptivo de la diversidad, dar prioridad en nuestro análisis a la exploración de aquellos casos que identifican los primeros síntomas de esta transformación, toda vez que son los únicos que pueden explicar las causas * Universidad de Huelva, nocete@uhu.es potenciales de su origen, las circunstancias en las que no ocurrió, la relación entre ambas y los procesos que generaron la forma y posterior incorporación del resto de las sociedades. Uno de ellos, quizás el primero de Europa Occidental, y de ahí su ejemplaridad, se halla en el Sur de la Península Ibérica. Sin embargo, la ejemplaridad del Sur de la Península trasciende la identificación de las primeras y más complejas formas de organización social de la Europa Occidental del IV-III milenios AC/ANE. La variabilidad de sus ecosistemas (costas, marismas, valles aluviales, montañas, etc.) permite evaluar la incidencia ambiental en el proceso. La presencia de una de las principales fuentes de suministro de recursos agrarios (Valle del Guadalquivir) y las más importante fuente de recursos minerales (Faja Pirítica Ibérica) de Europa Occidental, examinar la incidencia de la intensificación agraria y minera, así como su interacción, en el proceso. Su ubicación en la encrucijada del Atlántico y el Mediterráneo, de Europa y África, analizar la forma e incidencia de factores externos. Pero, sobre todo, su ejemplaridad se halla en la cantidad y calidad de la documentación empírica y modelos de interpretación generados por la profunda transformación de su arqueología durante los últimos 30 años. Si las dos últimas décadas del siglo XX y el primer lustro del XXI supusieron el inicio de esta transformación, con la superación de la tradición HistóricoCultural desde nuevas corrientes teóricas (Funcionalismo, Materialismo Histórico, etc.), nuevas teorías sustantivas (cross cultural, estados prístinos, sociedad clasista inicial, relaciones centro/periferia, etc.) y, sobre todo, nuevos marcos de evaluación empírica (excavaciones extensivas, análisis territoriales) que permitieron incorporar, a un debate tradicionalmente sustentado en el Sureste y los Millares, los registros del Valle del Guadalquivir y la Faja Pirítica Ibérica del Suroeste y, con ellos, reconocer la existencia de una mayor complejidad del proceso1, los últimos años del siglo XXI, y en plena recesión de España y su investigación, han sido cruciales. A pesar de hallarse entre “la espada” de los “recortes” y “la pared” de unos lobbies (fuera y dentro 1 1 Chapman, 2008; Nocete, 2001.
Francisco Nocete   Las sociedades complejas  IV y III milenio cal B.C.  en la Iberia meridional  Introducci  n El periodo ...
84 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA desarrollo desigual de las sociedades. Paralelamente, y en su correlación con el análisis de materias primas, redimensionar las escalas temporales y espaciales de la circulación de productos e interacción intersocial. Al identificar relaciones directas entre los asentamientos, reconocer la existencia de tramas regionales, suprarregionales y transcontinentales. Al identificar relaciones directas entre los modelos sociales que ejemplificaban las formas de desarrollo desigual, reconocer la existencia de relaciones de jerarquía, dependencia o división técnica y territorial del trabajo. Figura 1. Localización de los asentamientos centrales (documentados mediante excavaciones extensivas y análisis sistemáticos) de los principales sistemas de jerarquización territorial del Sur de la Península Ibérica 3200-2500 AC/ ANE. Faja Pirítica: 1, Cabezo Juré; Bajo Guadalquivir: 2, Valencina y 3, Carmona; Alto Guadalquivir: 4, Alcores y Albalate; 5, Úbeda; Sureste: 6, Los Millares. de la administración) que, al confundir la Historia con sus historias personales y el Patrimonio con el suyo propio, han convertido a la tutela pública en un modelo de especulación cultural que permite la destrucción del registro arqueológico, cuando entra en conflicto con la especulación urbanística, y que sólo auspicia la conservación, restauración (falsos históricos) y reinterpretación (desde los discursos simbólicos de la arqueología de la primera mitad del siglo XX: “vintage symbolism”) de sus elementos más monumentales (megalitomanía astronómica o artística), para crear tramoyas y escenarios de discursos complacientes de pasados gloriosos dirigidos a la publicidad institucional o negocios turísticos (…) la investigación, focalizada en estudios arqueométricos interdisciplinares, ha generado un volumen (cantidad y calidad) de documentación empírica que ha permitido redimensionar las escalas tecnológicas y evaluar sus efectos sociales y ambientales pero, sobre todo, las escalas interpretativas, al establecer correlaciones contrastables tiempo/espacio/ interacción. El desarrollo de series radiocarbónicas intensivas, en la variabilidad de los principales tipos de asentamiento y territorios del III-IV milenios AC/ANE en el Sur de la Península Ibérica2, ha permitido realizar una evaluación más precisa del proceso histórico. Desde la diacronía, identificar la emergencia y desarrollo de los primeros sistemas sociales complejos en los valles aluviales. Desde la sincronía, poner fin a la tradición evolucionista que ordenaba la complejidad de los sitios en función del tiempo y reconocer la existencia de un 2 Cámara et al., 2012; Molina et al., 2004; Nocete et al., 2010, 2011. De ahí se desprende una propuesta de periodización arqueológica que, priorizando los procesos de cambio de las sociedades más dinámicas del Sur, aquellas que ocuparon los valles aluviales, y a los efectos que generaron en cuantas otras se desarrollaron a su alrededor, pretende resumir los tiempos sociales del proceso histórico que encierra el “Tiempo Largo” del IV-III milenios AC/ANE del Sur de la Península Ibérica. 3800-3200 Cal AC/ANE. El origen de las primeras formas de organización política Desde el VI milenio AC/ANE comienza a materializarse un desarrollo desigual entre las sociedades que habitaban las cuevas el Sur y las que residían en asentamientos al aire libre en áreas de recursos predecibles y constantes o en ecotonos de recursos variables, como las marismas de la costa atlántica, a tenor del incremento en la complejidad social que debió suponer, en las últimas, el inicio de concentraciones poblacionales o la erección de los primeros menhires que llevo a definirlas como sociedades tribales organizadas mediante linajes totémicos. Sin embargo, la fragilidad de estos sistemas que indica la ausencia de continuidad temporal de las concentraciones poblacionales y su limitada capacidad para producir excedentes almacenables y duraderos, hizo que el desarrollo desigual no culminase hasta que, a inicios IV milenio AC/ANE, se consolidasen las bases de la economía agraria y se iniciase la conquista sistemática de los valles aluviales. Aunque el estado actual de la investigación no permite concluir si los cambios en la estructura social (relaciones y contradicciones de las primeras sociedades de linaje) provocaron la conquista de los valles aluviales (crecimiento demográfico, necesidad excedentes predecibles y duraderos), o la conquista de los valles aluviales la transformación social, lo cierto es que, hacia el 3800 AC/ANE, el igual desarrollo de las sociedades había finalizado, con el inicio de un proceso que fue el causante de las primeras estructuras políticas. De Oeste a Este, las columnas polínicas de Villa Real de Santo Antonio en Portugal, Mari López en
84  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  desarrollo desigual de las sociedades. Paralelamente, y en su correlaci  n co...
LAS SOCIEDADES COMPLEJAS (IV Y III MILENIO CAL B.C.) EN LA IBERIA MERIDIONAL Figura 2. Fortificaciones en los asentamientos de Los Millares (Fot. M.A. Blanco), Cabezo Juré, Alcores y La Junta (Fot. Grupo MIDAS III Milenio). Huelva, Laguna Medina en Cádiz, Siles y Pontones en Jaén, Baza y Laguna de Río Seco en Granada, San Rafael y Sierra de Gador en Almería3 señalan que, tras el Óptimo Holoceno mesófilo (7500-5000 BP) se identifica una progresiva xerofitización del paisaje que irá haciéndose extensiva y progresiva, a través de los valles fluviales, hasta alcanzar las tierras del interior a inicios del III milenio AC/ANE. En él, la presencia de plantagus y rumex, el aumento de ruderales y la reducción pino frente al incremento de cerealia, indica que no fue el clima el factor determinante del cambio en la dinámica vegetal, sino el social, con unas prácticas agrícolas cada vez más extensivas e intensivas que se reflejan en los incrementos de las tasas de erosión y en los niveles de fitoplancton de los estuarios. Su coincidencia con los ritmos de intensidad y direccionalidad de los procesos de ocupación a lo largo de los valles aluviales sugiere esta relación, a la par que una dinámica colonizadora, que se inició y fue especialmente intensa a través de su principal cuenca: La Depresión de Guadalquivir. En ella, los registros arqueológicos de los asentamientos4 señalan su vinculación con economías agrarias, aunque plurales en su gestión de los recursos vegetales y animales, plenamente consolidadas. Sin embargo, la confirmación de este proceso la ha proporcionado el estudio sistemático de los registros polínicos, carpológicos, arqueozoológicos y cronológicos de la secuencia ininterrumpida del asentamiento de Úbeda (Jaén)5, que se inicia en el segundo cuarto del IV milenio AC/ANE, y donde se documenta la correlación entre continuidad y crecimiento del asentamiento, con un ritmo constante entre el incremento de la actividad agraria y la deforestación a lo largo del IV, III, II y I milenios AC/ANE. Frente a ella, otra larga y paralela secuencia, la del asentamiento de Montefrío (Granada)6, muestra la otra cara del desarrollo desigual: las pequeñas comunidades agroganaderas de hábitat semitroglodita de las Sie4 5 3 Carrión, 2012; Fletcher et al., 2007. 6 Nocete, 2001. Nocete et al., 2010. Molina et al., 2004. 85
LAS SOCIEDADES COMPLEJAS  IV Y III MILENIO CAL B.C.  EN LA IBERIA MERIDIONAL  Figura 2. Forti   caciones en los asentamien...
86 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA rras Béticas, con una limitada acción en el entorno, y en las que los cambios tecnológicos y sociales que se desarrollaron a lo largo del VI y III milenio AC/ ANE en los valles aluviales resultan limitados y tardíos, cuando no ausentes. No obstante, este proceso que se inicia en los grandes valles aluviales tuvo implícitos otros: • El primero, una tendencia hacia el crecimiento y concentración poblacional en asentamientos estables y duraderos, que conllevó la disposición y derivación de fuerza de trabajo hacia sectores productivos no agrarios. • El segundo, una tendencia a la afirmación de la comunidad frente al exterior, enfatizando una propiedad y territorialidad disuasoria mediante el enterramiento de animales y antepasados (dentro/junto a los asentamientos) y la construcción de zanjas defensivas, que generó procesos de conflictividad externa. • El tercero, una tendencia hacia desarrollo progresivo de linajes biológicos y locales diferenciados en las formas y distribución de las áreas de habitación-enterramiento y en la progresiva sustitución de la inhumación individualizada por osarios grupales que derivará en el incremento de la competencia y el conflicto interno. • El cuarto, una tendencia a focalizar la instensificación agraria sobre producciones predecibles, duraderas y almacenables, como la cebada, y la gestión de especies animales domésticas (cerdos, ovicápridos, bóvidos y équidos) con capacidad de generar, junto a un abastecimiento cárnico controlable, producciones derivadas (leche, lana, tiro, tracción, etc.) que dotan al sistema de estabilidad, crecimiento y mayor complejidad organizativa. • El quinto, una tendencia a incrementar la circulación de materias primas y/o productos manufacturados desde montañas que bordean los valles aluviales, a fin de suplir la carencia de los soportes necesarios para materializar el instrumental agrario (molinos, azadas, hoces, etc.), doméstico-artesanal (taladros, escoplos, etc.) y el que materializa la expresión de las relaciones sociales (adornos, grandes hojas talladas y representaciones ideomorfas , que favorece la integración territorial). Su desarrollo e interrelación a lo largo del IV milenio AC/ANE condicionará la evolución de las formas, vías y límites de relaciones sociales. De un lado determinaron que las primeras formas políticas se articulasen en los valles, intensificando la producción agraria y bajo formas modulares de asentamien- tos independientes y competitivos por el control del territorio, la fuerza de trabajo y las redes externas de circulación de materias primas y productos. De otro, una transformación gradual de las sociedades situadas a su alrededor, especialmente aquellas ubicadas en las fuentes de suministro de materias primas y/o productos que circulan, favoreciendo el inicio de una división técnica y territorial del trabajo y nuevas formas y relaciones de producción. Por último, la emergencia, hacia el 3200 AC/ANE, de sistemas políticos plurilocales, basados en la jerarquización entre asentamientos, donde la disimetría entre comunidades y linajes será creciente y se reproducirá, en y desde, la disposición del principal medio de producción, la fuerza de trabajo humana, la monopolización del control sobre la circulación de materias primas y sus economías artesanales derivadas, así como de los medios de coacción (reproducción ideología) y destrucción (defensa y represión). 3200-2500 Cal AC/ANE Los primeros sistemas territoriales jerarquizados Las secuencias cronológicas de las columnas polínicas del Sur de la Península Ibérica documentan que, a partir del 3200 AC/ANE, el impacto social en el medio se aceleró exponencialmente. Su extensión a los territorios interfluviales de Andalucía Oriental (Sierra de Gador o altiplanos de Baza) y del Suroeste (Faja Pirítica Ibérica), y su intensificación en los valles provocaron el incremento en las tasas de erosión y la formación de barras litorales en las cuencas de drenaje. Sin embargo, en este proceso intervienen más factores que un mero incremento en el espacio agrario. De un lado, los análisis polínicos, carpológicos, arqueozoológicos y pirolíticos en vasijas de almacenaje de los asentamientos de los valles señalan el desarrollo de sistemas más diversificados, eficientes e intensivos de explotación agroganadera, donde destacan la presencia de vid, olivo, poaceas y encinares, articulaciones de cereales y leguminosas que sugieren sistemas complejos (rotación?) de producción, la colonización de nuevos suelos, el uso de bóvidos en labores de tiro y/o tracción o el incremento de producciones secundarias como malta, aceites esenciales y derivados lácteos y textiles. De otro, la emergencia de sistemas territoriales jerarquizados entorno a grandes asentamientos (>10 ha) dotados de complejos sistemas defensivos y, en algunos casos, de cementerios organizados alrededor de tumbas monumentales, como Millares (Amería) en el Sureste7 o Valencina (Sevilla), Carmona (Sevilla) y Albalate-Alcores 7 Molina y Cámara, 2005.
86  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  rras B  ticas, con una limitada acci  n en el entorno, y en las que los cambi...
LAS SOCIEDADES COMPLEJAS (IV Y III MILENIO CAL B.C.) EN LA IBERIA MERIDIONAL Figura 3. Necrópolis de Los Millares (Fot. M.A. Blanco), cámara y corredor de la tumba de La Pastora en Valencina (Fot. M.A. Blanco) y túmulo original de la tumba 1 de Soto (Fot. Grupo MIDAS III Milenio). 87
LAS SOCIEDADES COMPLEJAS  IV Y III MILENIO CAL B.C.  EN LA IBERIA MERIDIONAL  Figura 3. Necr  polis de Los Millares  Fot. ...
88 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Figura 4. Horno metalúrgico de Cabezo Juré. (Fot. Grupo MIDAS III Milenio). (Jaén) en el Valle del Guadalquivir8, señala que la intensificación económica está relacionada con una profunda transformación en la forma y escala de la organización social. El desigual tamaño y acceso a las fortificaciones de los asentamientos que jerarquizan las redes territoriales, su posición central sobre las mejores tierras y sobre los enclaves de mayor defendibilidad y control visual y la aparición de asentamientos especializados en el control del territorio, sugieren un cambio cualitativo respecto al modelo que les precede. Más allá de una afirmación de la comunidad frente al exterior, la movilización interna de excedentes y fuerza de trabajo, señalan el desarrollo desigual y el conflicto en los valles y el ejercicio (más que simbólico) disuasorio de formas políticas supralocales basadas en la jerarquía y el control externo (respecto a otras comunidades) del territorio y la propia fuerza de trabajo. Pero, paralelamente, el acceso desigual de los residentes de los asentamientos que jerarquizan las redes intersociales a los medios defensivos (murallas), a las primeras grandes, visibles y monumentales construcciones funerarias y al consumo y almacenaje (cisternas, almacenes) de alimentos y productos artesanales, especialmente a aquellos de procedencia externa (almejas y pescado de origen marino, marfil, etc.), sugieren que el desarrollo desigual, el conflicto y la jerarquización al interior de la sociedad fueron los causantes de jerarquización territorial. Adicionalmente, que escapa a la dinámica de una simple y competitiva sociedad tribal y se aproximan a las relaciones tributarias y clasistas de una incipiente forma de estado9. 8 9 Nocete, 2001. Molina et al., 2004; Molina y Cámara, 2005; Nocete 2001. Sin embargo, en estos sistemas jerarquizados, una de sus contradicciones, la constante demanda de productos de procedencia externa, provocaría su mayor transformación, como consecuencia de las nuevas formas y relaciones de sociales que generó su gestión. En las sociedades periféricas a los valles, donde se hallan las fuentes de suministro de los productos que circulan, provocará la emergencia de comunidades especializadas en procesos de extracción (minero/canteros) y producción. En las sociedades de los valles, la aparición de nuevos sectores artesanales y nuevas relaciones sociales vinculadas a su gestión consolidaron las disimetrías (internas y externas) al ampliar las relaciones de dominio entre individuos y asentamientos en función de la capacidad de generar excedentes agrarios y controlar las redes de circulación. Entre ambas, la emergencia de formas de interacción basadas en la división técnica y territorial del trabajo y el desarrollo, en una posición periférica de los valles y en su salida hacia la principal vía de comunicación, el mar, de los mayores asentamientos de cada sistema (Millares en el Mediterráneo y Valencina en el Atlántico), al convertirlos en puertas entrada y salida de productos y materias primas. Este proceso, que se documenta en la minería de la piedra de las formaciones silíceas de los Sistemas Béticos y en las formaciones de chert y tufitas de la Faja Pirítica del Suroeste10, alcanzó su mayor complejidad e impacto social con el desarrollo de la metalurgia. La metalurgia no sólo supuso la irrupción de un sistema productivo cuyo mantenimiento (excedentes agrarios, forestales, etc.) y complejidad técnica (minería, pirotécnia, etc.) aceleró, por si mismo, el desarrollo de las fuerzas productivas. Su efecto multiplicador se hizo notar en otros sectores de la producción, como los vinculados al trabajo de la piedra, del hueso-marfil, el alfarero o el textil, al proveerlos de instrumentos mediadores más eficientes. Sin embargo, su principal contribución, y la que lo convertiría en el principal sector estratégico y “termómetro” de la complejidad social, se desarrolló en la esfera política, al crear relaciones sociales más complejas y dependientes, vehicular la disimetría en y entre los asentamientos y generar producciones orientadas a la reproducción de la desigualdad, como las armas de cobre o los ornamentos de oro. Ello determina que, aunque iniciase su intensificación a finales del IV milenio AC/ANE en los distritos mineros periféricos de los valles aluviales, como la Faja Pirítica del Suroeste, a inicios del III milenio AC/ANE acabase siendo controlada desde la acción 10 Martínez et al., 2012; Nocete, 2004.
88  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Figura 4. Horno metal  rgico de Cabezo Jur  .  Fot. Grupo MIDAS III Milenio ....
LAS SOCIEDADES COMPLEJAS (IV Y III MILENIO CAL B.C.) EN LA IBERIA MERIDIONAL política de sus receptores. Así lo expresa la progresiva circulación de materia prima y el desarrollo de la actividad metalúrgica en todos los grandes asentamientos del Sureste y Valle del Guadalquivir y que la escala del abastecimiento, la intensidad y complejidad técnica de la producción dependiera, más que de su distancia a las fuentes de suministro, de su capacidad de generar excedentes, la relevancia de sus liderazgos y su posición en el armazón de jerarquía territorial11. En el Valle del Guadalquivir, casos como Carmona, centro primado de territorio muy jerarquizado, comenzará antes dicha actividad e implementará sistemas de abastecimiento de varias fuentes de suministro, tecnologías eficientes con hornos, toberas y crisoles y áreas de producción especializadas. Por el contrario, casos como Úbeda, centro regional de forma menos jerarquizada, iniciará mucho después esta actividad y articulará sistemas de suministro basados en una fuente de abastecimiento, tecnologías de producción simples (sin hornos, toberas o crisoles) y áreas de producción a escala doméstica. Por último, los asentamientos posicionados en el último nivel de las estructuras de jerarquización territorial, no accederán a las materias primas y únicamente implementen actividades relacionadas con el mantenimiento y reciclaje de artefactos. Ello provocó otro proceso adicional, un desarrollo desigual entre el Este y el Oeste del Sur de la Península Ibérica, al convertir el área donde confluyen el principal distrito minero de Europa Occidental (Faja Pirítica Ibérica) y el principal valle aluvial del Sur (Depresión del Guadalquivir) con las principales vías internas (Río Guadalquivir) y externas (Océano Atlántico) de comunicación, en el espacio de mayor innovación, intensidad y complejidad de la producción metalúrgica y, con ella, de las relaciones sociales. En la Faja Pirítica Ibérica se desarrolló el sistema de control y gestión de los recursos minerales de mayor complejidad, especialización e intensidad de todos los distritos mineros de Sur de La Península Ibérica y Europa Occidental. Su complejidad y especialización se refleja en una división técnica y territorial del trabajo organizada desde una red fortificada de asentamientos dirigidos a controlar la circulación de los recursos, como La Junta (0.25 ha), y factorías, como Cabezo Juré (2 ha)12, orientadas a transformar las mineralizaciones masivas (cobre) y aportes aluviales (oro) mediante una tecnología extractiva de hornos, toberas, crisoles y temperaturas superiores a 1200ºC, y la manufacturación de artefactos en cadenas operativas complejas (tratamientos mecánicos y térmicos)13. Su intensidad se refleja en la rápida, y casi completa, deforestación comarcal que registran las columnas polínicas y, sobre todo, en los niveles y escala regional de la polución que registran los moluscos y sedimentos de todas sus cuencas de drenaje14. La ausencia de indicadores semejantes en el área oriental de Andalucía, hasta el inicio del II milenio AC/ANE, confirma tanto su nivel de especialización e intensidad, como el desarrollo desigual de ambos territorios. En la desembocadura del Guadalquivir se desarrolló el mayor (> 300 h) asentamiento del Sur de la Península Ibérica, al convirtiese ese lugar en la principal puerta de entrada de materias primas de origen suprarregional (tufitas, chert, calizas oolíticas silicificadas, cinabrio, mármol, marfil fósil, cobre, oro, ámbar, etc.) y transcontinental (huevos de avestruz, marfil de elefantes africanos y asiáticos, etc.), y en un centro de transformación intensiva y especializada de las mismas en productos. De estos sectores productivos, el más importante, por su escala, complejidad, intensidad, especialización e incidencia en el resto, fue el de la metalurgia. La actividad metalúrgica se documenta en la mayor parte del asentamiento, materializando, junto a ámbitos de producción de escala doméstica, amplios y especializados barrios artesanales dotados de una división técnico-espacial del trabajo y una tecnología (hornos, crisoles, toberas) similar a la identificada en las factorías del distrito minero de la Faja Pirítica. Sin embargo, los sistemas de abastecimiento de materias primas y la producción de estos barrios identifican procesos de mayor complejidad e intensidad15, incluyendo la producción de oro metálico16. Los análisis isotópicos de los minerales identifican un abastecimiento múltiple, de escala regional, que afectan a todas las fuentes de suministro situadas en un radio de 100 km. Sus residuos, un volumen muy superior a cualquiera de los registros documentados en Europa17. Sus productos, una variabilidad que afectó tanto a la elaboración de artefactos de orientación doméstica (agujas, punzones, cuchillos) como a herramientas para otros sectores económicos (anzuelos, escoplos, sierras) e incluso a la fabricación de los productos de distinción social, como armas (jabalinas, hachas de grandes dimensiones) y ornamentaciones en oro. Adicionalmente, la capacidad de atraer otros sectores artesanales altamente especializados, a los que provee de instrumental, como en el caso del taller dedicado a la transformación de 13 14 15 11 12 Nocete et al., 2011. Nocete, 2006; Nocete et al., 2011. 16 17 Bayona, 2008; Sáez et al., 2003. Delgado et al., 2012; Leblanc et al., 2002; Nocete et al., 2005b. Bayona, 2008; Inacio et al., 2011; Nocete et al., 2008. Nocete et al, 2014. Bougarit, 2007. 89
LAS SOCIEDADES COMPLEJAS  IV Y III MILENIO CAL B.C.  EN LA IBERIA MERIDIONAL  pol  tica de sus receptores. As   lo expresa...
90 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Figura 5. Tobera (14 cm) procedente de contexto metalúrgico. Cabezo Juré (Fot. F.J. Nocete). Figura 6. Crisol (16 cm) procedente de contexto metalúrgico. Cabezo Juré (Fot. F.J. Nocete). marfil de elefante asiático registrado en uno de sus extremos18. barrio artesanal19 en sus tumbas centrales, también identifica la existencia de un sistema económico y social, institucionalizado, dirigido a reproducir y perpetuar la distancia social, ya que adscribe, tanto estos productos, como los sectores artesanales que los fabricaron, a esta función y a la minoría social que los monopoliza. Un contexto residencial ubicado en el centro del asentamiento, alejado de las áreas artesanales, sugiere, además, que este sistema se basó en una relación de explotación, al identificar que fue un grupo social, que no participó en proceso de producción alguno (no productor), quien tuvo el acceso a las producciones de oro destinadas a reproducir y perpetuar la distancia social y a las de cobre (tres hachas con un peso superior a 4 kg) que expresan la exhibición de la violencia20. Sin embargo, la mayor trasformación que generaron estos sistemas artesanales altamente especializados y vinculados directa o indirectamente con la metalurgia aconteció en la esfera social, al crear y reproducir las relaciones sociales más complejas, verticales y desiguales del Sur de la Península Ibérica. La producción metalúrgica a tiempo completo en factorías especializadas y desvinculadas de producción subsistencial como Cabezo o en el barrio metalúrgico de Valencina, no sólo aceleró el desarrollo de la complejidad social, al requerir formas de organización política más complejas para regular la división técnica y territorial del trabajo que expresan y que la sustenta. Lo transformó completamente, al articular y reproducir con, y desde ellas, las relaciones clasistas y de explotación de una forma inicial de estado. En Valencina, la variabilidad de sus sistemas funerarios y su relación con los productos generados en estos sectores artesanales, indica una distancia y disimetría social que sobrepasan una simple relación jerárquica entre linajes. Frente a los sistemas funerarios soterrados al interior del asentamiento, que albergan los osarios de generaciones de hombres, mujeres y niños, la construcción al exterior de visibles necrópolis alrededor de grandes y monumentales tumbas (tholoi), como La Pastora, Matarrubilla, Ontiveros y Montelirio, no sólo materializan espacios públicos de poder político al exhibir, desde su jerarquización constructiva y espacial, un modelo de relaciones sociales que ha superado las estructuras (grupo, genero, edad, etc.) de linaje a favor de individuos destacados. La exclusiva presencia de los productos de oro y marfil manufacturados en el En factorías como Cabezo Juré, cuyo abastecimiento subsistencial dependía del exterior, las clases y las relaciones explotación se hicieron más explícitas, antagónicas y conflictivas, ya que los no productores, al ejercer un control exclusivo sobre el almacenaje (almacenes, cisternas, silos) de alimentos, ejercieron un dominio total de todo el proceso productivo al disponer tanto de la subsistencia de los productores, como los mecanismos de circulación hacia el exterior de sus productos. Ello les permitió una alimentación tres veces superior a cualquier unidad de consumo de los artesanos metalúrgicos, o el acceso, en régimen de exclusividad, a los bienes de producción interna (oro) o provenientes del exterior (almejas, aceites esenciales, vasos de caliza, etc.) que reproducen la distancia social. Sin embargo, les obligó a reservarse el uso de los medios de destrucción (armas) y residir en un recinto fortificado en la cumbre del asentamiento21. 19 20 18 Nocete et al., 2013. 21 Nocete et al., 2013; Nocete et al., 2014. Nocete et al., 2014. Nocete, 2006.
90  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Figura 5. Tobera  14 cm  procedente de contexto metal  rgico. Cabezo Jur    F...
LAS SOCIEDADES COMPLEJAS (IV Y III MILENIO CAL B.C.) EN LA IBERIA MERIDIONAL Otro rasgo de este proceso, y que tendrá unas consecuencias de enorme importancia en su desarrollo posterior, fue su carácter expansivo y su tendencia a constituir sistemas de interacción territorial cada vez más amplios. Aunque las formas de aprovisionamiento de fuerza de trabajo y materias primas sugieren la existencia de unidades políticas, jerarquizadas, pero independientes, la aparición de grandes asentamientos “puerta de entrada” como Valencina o Millares y la circulación de productos y materias primas que generan, indican su carácter abierto y la superposición de redes de interacción más amplias que acabarán por constituir grandes sistemas, al hacer depender de ellos, y sus productos, la reproducción de cada unidad política. El mayor de todos fue el que se desarrolló, tras Valencina, en el Suroeste y Bajo Guadalquivir, al involucrar, directamente, y en una escala suprarregional y jerárquica, tanto a otros sistemas jerarquizados situados en el Valle, como a los territorios mineros de su periferia. Sólo la escala de circulación de las materias primas relacionadas con su intensa actividad metalúrgica sugiere un territorio de intervención económica que supera un radio de 100 km. De su carácter expansivo pudo derivarse la red de pequeños asentamientos fortificados situados entre él y los sistemas políticos más pequeños que emergieron en el Guadiana, al oeste con Torrao o al norte con la Pijotilla, y en el Algarve con Alcalar22, y que sugieren posibles fronteras. Sin embargo, y de existir, estas fueron permeables, ya que no frenaron la intensa circulación de unos productos que llegaron a afectar a todos los centros jerárquicos del Sur y, en especial, a sus grupos dominantes, homogeneizando sus símbolos identitarios (tholoi, productos e iconografías) y permitieron la formación de redes intersistémicas mas ámplias. Prueba de ello es la presencia de grandes hojas de tufita de las canteras de la Faja Pirítica en Millares y La Pijotilla o la enorme e intersistémica distribución de las grandes hojas de caliza oolítica del Subbético23. En esta estructura abierta y expansiva podríamos incluir la distribución del marfil de elefante africano y asiático24 y, con ella, la apertura a otros sistemas extracontinentales en los que Valencina tendrá una posición relevante y activa, ya que, en lugar de acceder a productos manufacturados, accedió a la materia prima y se convirtió en un centro de producción y distribución. Sin embargo, la acción expansiva sobrepasó la mera circulación de productos. La estructura jerar22 23 24 Nocete, 2001. Lozano et al., 2010; Nocete et al., 2005a. Schumacher, 2012. Figura 7. Nódulo de oro (6 mm) procedente de fundición (gold casting spill). Valencina (Fot. F.J. Nocete). quizada y la división técnica y territorial del trabajo que estos sistemas implementaron, también provoco un proceso espacial de relaciones y contradicciones centro/periferia que explica la transformación gradual (formación de sistemas de linajes, incremento de la desigualdad) que materializan las necrópolis megalíticas de las sociedades situadas a su alrededor25, su relación (integración/resistencia/marginalidad) con ellas y, al final, su propio colapso. 2500-2200 Cal AC/ANE Crisis, colapsos y transformación. El final de los primeros sistemas territoriales jerarquizados Las dataciones radiocarbónicas señalan que, en el 2200 AC/ANE, los dos mayores asentamientos que jerarquizaron la ordenación territorial del Sureste y Suroeste, Valencina y Millares, mediante procesos diferentes, se habían colapsado. Sin embargo ello no fue ni un hecho casual, ni el efecto de singulares catástrofes naturales de terremotos o tsunamis26 (que de ser correctas sus magnitudes, sin duda, debieron contribuir a ello). El colapso paralelo de los grandes asentamientos del Guadiana y Algarve27 y su relación con los procesos de crisis que preceden al de Millares y Valencina, así como el hecho de que las formas y organizaciones sociales que liderarán el desarrollo histórico del II milenio AC/ANE del Sur emerjan en sus periferias, señalan que sus colapsos tuvieron tanto una relación directa con los límites y contradicciones de los sistemas que Millares y Valencina habían creado, como con los del propio sistema en sí. 25 26 27 Nocete, 2001; Nocete y Peramo, 2010. Abril et al., 2013; Molina y Cámara, 2005. Nocete, 2001. 91
LAS SOCIEDADES COMPLEJAS  IV Y III MILENIO CAL B.C.  EN LA IBERIA MERIDIONAL  Otro rasgo de este proceso, y que tendr   un...
92 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Hacia el 2500 AC/ANE, y tras haber alcanzado su máximo desarrollo, una transformación completa de su sistema ideológico (relacionada con la desaparición de las denominadas cerámicas simbólicas/aparición del campaniforme marítimo) y una escalada en la actividad defensiva del poblado y los fortines que lo circundan, marca el inicio de la crisis de los Millares. Esta actividad se incrementa tras el 2400 AC/ANE para culminar, en el 2220 AC/ANE, con su total abandono en un clima de especial conflictividad que se refleja en la coincidencia de la implementación de mayor sistema defensivo, el confinamiento de la población al reducto defensivo (ciudadela) del poblado y sus fortines, la presencia de armas metálicas y la paralela emergencia periférica de nuevos centros y formas de poder más atomizadas y desiguales, como los identificados en la altiplanicies granadinas y, especialmente, en los territorios que darán origen a las sociedades argáricas. Aunque ello advierte de un proceso interno, de relaciones y contradicciones (centro/periferia) a escala regional, al coincidir con el final de las grandes redes y formas de circulación de materias primas y productos que lo relacionaban con el Mediterráneo y el Suroeste y la apertura de nuevas redes de circulación de más restringidas y vehiculadas hacia el Alto Guadalquivir, sugiere que su colapso no estuvo exento de factores externos, entre otros, otra crisis, de mayor escala, que tuvo su origen en el Suroeste y en Valencina. Hacia 2500, y coincidiendo, como en Millares, con las presencia del campaniforme marítimo, se inicia la crisis de Valencina, la progresiva desmantelación de sus redes de circulación de materias primas, la reducción de su tamaño y de la construcción de sus grandes tumbas monumentales28. Sin embargo, su naturaleza y escala fue muy diferente: la crisis y posterior colapso de la minería y metalurgia intensiva de todo el Suroeste. En el 2500 AC/ANE no sólo entra en crisis Valencina, con el desmantelamiento de sus barrios metalúrgicos y el inicio de formas y sistemas productivos de menor escala y más controlados por las clases dominantes, lo había hecho también la totalidad de la actividad minera y metalúrgica en la Faja Pirítica. En ella, la intensa y compleja red de asentamientos que articuló su gestión desaparece, la producción intensiva de sus factorías metalúrgicas, como Cabezo Juré, se colapsa y, con ello, se inicia la recuperación de la cobertura arbórea a escala comarcal que documentan las series polínicas y el desplome de la polución a escala regional que documentan los sedimentos y seres vivos de todas las desembocaduras de su red de drenaje. Hacia el 2400 AC/ANE se incrementa la tendencia con una drástica reducción del tamaño del asentamiento y en el 2200 AC/ANE 28 Cáceres et al., 2014. Figura 8. Productos metálicos del contexto habitacional de la calle Trabajadores en Valencina: Hachas de cobre (longitud mayor 35 cm) y lámina de oro. (Fot. F.J. Nocete). el declive es total. Valencina, aunque no se abandona como Millares, tiene una ocupación residual. En los grandes asentamientos de su entorno, como Soto, se construyen las últimas grandes tumbas y en lo que fueron las factorías metalúrgicas de la Faja Pirítica, Como Cabezo Juré, sólo quedan pequeños grupos dedicados a actividades agrarias con una metalúrgica residual, de escala doméstica, y dirigida al mantenimiento de herramientas. Por último, la cobertura arbórea y la polución se sitúan en los niveles previos del IV milenio AC/ANE29. Aunque en esta crisis y colapso no debemos descartar una causalidad derivada de las contradicciones y límites de sostenibilidad ambiental (deforestación) y social (incremento de la división técnica y territorial del trabajo y la desigualdad) que un sistema tan complejo e intensivo, como el de la metalurgia del Suroeste, debió causar en formas políticas aun frágiles y con aparatos de coerción limitados, existe otro factor que podría explicarlo y que, al igual que en Millares, aconteció en la periferia de este sistema: en el Alto Guadalquivir. Y es que mientras se produce este proceso de crisis en el Suroeste y Bajo Guadalquivir, los sistemas políticos que emergieron su curso Alto en el IV milenio AC/ANE, basados en los desarrollos agrarios más intensivos, no sólo continuaron, sino que incrementaron su complejidad, implementando, tras el 2300 AC/ ANE, formas territoriales más jerarquizadas (Alcores, 29 Nocete et al., 2011.
92  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Hacia el 2500 AC ANE, y tras haber alcanzado su m  ximo desarrollo, una trans...
LAS SOCIEDADES COMPLEJAS (IV Y III MILENIO CAL B.C.) EN LA IBERIA MERIDIONAL Figura 9. Lugar central de Valencina de la Concepción (Sevilla) con áreas funerarias periféricas (Según F.J. Nocete). Albalate, Úbeda), con asentamientos dependientes de colonización agraria y control del territorio, y disimetrías internas sustentadas en la propiedad privada y la sujeción de la población30. Además, incrementaron sus sistemas de producción metalúrgica interna y la actividad minera en los distritos de Sierra Morena y Linares-La Carolina, hasta el punto de generar, en el 2200 AC/ANE, redes de asentamientos dedicados a la circulación de mineral a orillas del Guadalquivir y grandes asentamientos asociados a su producción intensiva, como Marroquíes31, que se convierten en nudos de interacción situados entre las estructuras políticas que jerarquizaron el territorio. Adicionalmente, y junto al cobre, se inicia la explotación de un 30 31 Nocete, 1994; Nocete et al., 2010. Cámara et al., 2013; Nocete, 2001; Nocete et al., 2011. nuevo recurso que vendrá a implementar la materialización de las nuevas, más individuales y ampliadas formas de expresión de la desigualdad: la plata. Ello nos permite introducir una variable adicional y crucial para la explicación de la crisis y colapso de Valencina y Milllares: el crecimientos de los sistemas políticos del Alto Guadalquivir y la basculación Oeste-Este de la actividad minera y metalurgia más intensiva. El estudio comparado de las secuencias de polución metalúrgica del Suroeste y Alto Guadalquivir resulta reveladora, al hacer coincidir, en el 2200 AC/ANE, la máxima recesión en la contaminación de la primera, con el inicio de la contaminación en la segunda32. 32 Leblanc et al., 2002; Nocete et al., 2005; Delgado et al., 2013 vs García et al., 2013. 93
LAS SOCIEDADES COMPLEJAS  IV Y III MILENIO CAL B.C.  EN LA IBERIA MERIDIONAL  Figura 9. Lugar central de Valencina de la C...
94 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Estos cambios ayudan a explicar el complejo mapa histórico que se desarrollará tras el 2200 AC/ANE y que marcará la denominada Edad del Bronce. Un entramado de formas sociales más desiguales, violentas y descentralizadas que, frente al colapso generalizado del Suroeste, tendrán como protagonistas al Sureste y la Alta Andalucía y donde sus dos mayores sistemas, El Argar y las sociedades del Alto Valle, convertirán el control de las minas del Alto Guadalquivir (y su plata) en el centro de la geopolítica del Sur, a la vía Levante-Sureste-Alto Guadalquivir en el nuevo gran eje de interacción y movimientos poblacionales y, a los territorios que envuelve, en un complejo mosaico de sociedades donde los rasgos de unos y otros se entremezclan33. Pero, paralelamente, nos aportan una explicación más general. De un lado, la prioridad que en el proceso general tuvieron las sociedades agrarias de los valles, sus sistemas centrados en el control de la fuerza de trabajo (prístinas, generadoras de excedentes y demandas, carentes de colapsos) y sus relaciones y contradicciones (centro/periferia), al ser las causantes de la emergencia y colapso periférico de las formas más complejas y desiguales de organización económica y social y los primeros grandes sistemas políticos (también lo serán de los que se desarrollen a finales del II milenio AC/ANE, y que devolverán el protagonismo al Suroeste). De otro, la fragilidad de estos últimos, al no alcanzar un control político más allá del que permitió el de la circulación de sus productos. Por último, y lo que nos devuelve al inicio de este texto, (…) y al presente (…), los efectos de sistemas económicos y políticos basados en una jerarquizada división técnica y territorial del trabajo, al llevar al límite la sostenibilidad ambiental y social, incrementar la dependencia y desigualdad entre seres humanos y territorios y convertir, a sus contradicciones y efectos, en la base de su colapso y su posterior transformación34. 34 33 Nocete et al., 2010. Deseo expresar mi agradecimiento a los Drs. F. Molina y J.A. Cámara, por facilitar mi acceso a la documentación más reciente de la investigación desarrollada en el Sureste de la Península Ibérica. A J.M. Vargas por facilitar el acceso a la documentación gráfica de Valencina. A F.J. Nocete por su trabajo en la elaboración de la documentación gráfica. Por último, al Dr. Almagro, por su apoyo y confianza para participar en esta obra.
94  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Estos cambios ayudan a explicar el complejo mapa hist  rico que se desarrolla...
Germán Delibes de Castro* El Calcolítico en la Meseta y su orla atlántica: Intensificación económic y avance de la vida sedentaria (3200-2500 cal. a.C.) El presente estudio pretende analizar el comportamiento de las sociedades que entre las últimas centurias del IV milenio y el 2400 cal. a.C. ocuparon las tierras que grosso modo constituyen el cuadrante noroeste de la Península Ibérica. Un espacio que cubre prácticamente la totalidad de la altiplanicie central peninsular, la Meseta, pero también el litoral Cantábrico y la orla occidental atlántica, portuguesa, en este caso solo al norte de la desembocadura del Tajo. Un tiempo que cubre la fase intermedia del Subboreal, periodo frío en sus inicios que se fue progresivamente templando hasta la oscilación térmica y árida del “evento 4,0 ka BP”. Y una fase en el desarrollo social que contempla sobre todo la consolidación de la vida campesina neolítica, coincidiendo con una fuerte intensificación económica y con un avance muy acusado de la vida sedentaria, hecho este último especialmente visible en la dotación infraestructural de los poblados. Otra gran novedad fue, sin duda, la aparición de la metalurgia, acontecimiento que nos introduce en una etapa nueva de la Prehistoria, la Edad del Cobre, aunque seguramente –a diferencia de lo que sucede por esas mismas fechas en el mediodía de la Península– la primera fundición no tuvo en estas latitudes una honda repercusión en el ámbito instrumental y en la renovación de los medios productivos, habiendo de esperarse hasta finales del III milenio, con el despegue del fenómeno del Vaso Campaniforme, para que el cobre se extienda. Marco geográfico, paleoambiental y cronológico a) Los condicionamientos del medio: El espaciomarco del estudio no es una unidad natural del todo homogénea, por lo que se imponen algunas aclaraciones. Su denominador común más convincente radica en su condición exclusivamente atlántica, ya que toda su red hidrográfica –los pequeños ríos de la banda septentrional, más Miño, Duero, Mondego y Tajo– vierte al océano Atlántico o a su entrante Cantábrico. Sin embargo, por razones relativas a su particular desarrollo histórico, las cuencas del Gua* Universidad de Valladolid, delibes@fyl.uva.es Figura 1. Labores prehistóricas en la mina de El Aramo (Asturias) a ca. 1200 metros de altitud. Secuencia de pilares troncocónicos y de bóvedas, en el sector “Punto de partida”. Fotografía M. A. de Blas. diana y del Guadalquivir, pese a su carácter asimismo atlántico, no tienen cabida en nuestro estudio. Desde el punto de vista de la geomorfología y del clima el espacio acotado es bastante diverso1: su núcleo es la altiplanicie central de la Meseta, de origen paleozoico, cuya altitud (700 m de media) contrasta con la de los bordes litorales periféricos atlántico y cantábrico. Son 210.000 km2 (casi la mitad de la superficie de España) de zócalo paleozoico de pizarras, cuarcitas y granitos que solo en sus zonas más deprimidas del Duero y del Tajo presentan un liviano tapiz de sedimentos arcillosos cenozoicos, a la postre esencial para su aprovechamiento agrícola. Un bastión, en término de Macpherson, que limita al este con la depresión del Ebro, al norte con el “murallón” de la Cordillera 1 Cabo y Vigil, 1973.
Germ  n Delibes de Castro   El Calcol  tico en la Meseta y su orla atl  ntica  Intensificaci  n econ  mic y avance de la v...
96 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Cantábrica y su cinta litoral, y al oeste con el escalón de las Beiras, situación que tiene repercusiones en el aspecto climático dado que todos estos relieves –junto con la latitud de la Península cerca del trópico de Cáncer– condicionan las temperaturas y los flujos de las borrascas atlánticas. En líneas generales se reconocen en la Península tres dominios climáticos distintos, con contrastes de enorme influencia en el desarrollo de las respectivas actividades agrarias2: el Atlántico, propio del Cantábrico, Galicia litoral y norte de Portugal, de temperaturas benignas a lo largo de todo el año y una pluviosidad elevada (más de 1000 mm al año en Gijón y Oporto); el Continental de la Meseta que, dada su altitud, se caracteriza por fuertes heladas en invierno y un déficit hídrico notable debido a las altas temperaturas estivales y a las dificultades que encuentra la entrada de las borrascas del oeste (menos de 600 mm de lluvia); y el Mediterráneo, con mayor temperatura media anual (el invierno es suave y el verano especialmente caluroso) y precipitaciones irregulares, más bien escasas, que afecta a la mayor parte de la cuenca mediterránea, pero también al sur de Portugal, a Extremadura y a toda Andalucía. El escenario del presente trabajo participa solo, por tanto, de los dos primeros dominios, y la singularidad del tercero nos concede un nuevo argumento para dejar fuera del presente trabajo el estudio de las comunidades prehistóricas del suroeste. b) Marco paleoambiental: El Calcolítico Precampaniforme se desarrolla durante la fase Subboreal, seca y cálida aunque algo más fresca que el periodo precedente, el Atlántico. En esta etapa del Holoceno se producen, no obstante, importantes oscilaciones vinculadas a variaciones en la actividad de las manchas solares3, de las que a escala europea hay constancia en datos procedentes de fuentes tan heterogéneas como los glaciares alpinos, la palinología, los isótopos de oxígeno en columnas de hielo groenlandés o las variaciones de C14 en los anillos arbóreos. Todas ellas evidencian una situación declaradamente fría y húmeda antes del 3200 cal a.C.4 la cual fue tornándose más cálida y seca hacia el 3000, cuando comienzan a sentirse los primeros efectos del ‘evento 4,0 ka BP’. El clima del Calcolítico peninsular se caracteriza, pues, por un progresivo aumento de la aridez y de las temperaturas5, de lo que en la Submeseta Norte dan cuenta los palinogramas de diversos yacimientos calcolíticos de Ávila –sensible avance de los pastizales xerófilos6– y de la turbera de Espinosa del Cerrato, ésta en el centro de la cuenca del Duero: hacia 3000 cal. a.C. se registra una gran reducción de polen arbóreo que 2 3 4 5 6 Lautensach, 1962. Eddy, 1977. Geel et al., 1998: 545. Cacho et al., 2010: 14. Fabián, 2006: 449-452. coincide con un aumento de las herbáceas (Poaceae), es decir, un fuerte impacto de la acción humana; pero, al tiempo, desaparecen las hayas, especie propia de climas húmedos, prueba de que el proceso de desecación no fue solo antrópico7. Y en este mismo registro, hacia 2400 cal a.C. se observa un evidente descenso de la muestra de polen, reflejo de una merma de vegetación, hecho que no puede atribuirse solo a las actividades agropecuarias, pues descienden también los indicadores de actividad ganadera como el llantén o las asteráceas. En definitiva, un periodo climático de transición, desde una etapa fría y húmeda en el Neolítico Final a otra cálida y seca ya en el Campaniforme, de la que también hay constancia en el Noroeste como colofón de un atemperamiento progresivo del clima que, en sus momentos más áridos, redujo al mínimo las precipitaciones8. c) Marco temporal: Los límites anterior y posterior del periodo fijado coinciden con hechos tan objetivos como la implantación de la actividad metalúrgica y el surgimiento del campaniforme. Este último, ya operaba en la Península Ibérica a partir de la mitad del III milenio cal. a.C. y a sus fechas nos remitimos9. Y en cuanto a la implantación de la metalurgia del cobre, dejando aparte el testimonio demasiado aislado de Cerro Virtud10, nos es suficiente con saber que a fines del IV milenio cal a.C. ya se registran testimonios de fundición claros en ciertos poblados portugueses del área del Guadiana, como San Bras o Sala 111. Desde entonces, y de forma escalonada a lo largo de la primera mitad del III milenio, los secretos de la metalurgia se extendieron hacia el norte y el interior de la Península, seguramente aprovechando los circuitos neolíticos de distribución de bienes de prestigio Por último, aunque en un estudio sobre los inicios de la Edad de los Metales resulte inevitable destacar la importancia del cobre, no está tan claro que el acceso a los primeros fundidos desencadenara una revolución de los medios productivos. Los méritos tecnológicos del descubrimiento de la metalurgia son evidentes, y no puede negarse que la Edad del Cobre supuso un gran paso adelante en la evolución social (creció la demografía, se multiplicó el terrazgo, se consiguieron excedentes antes nunca conocidos, se invirtió fuerte en unos poblados adaptados a las necesidades de la vida sedentaria…); sin embargo está por demostrar que el motor de todos esos cambios fuera la metalurgia, circunstancia que explica por qué en determinados casos se duda de si los yacimientos 7 8 9 10 11 Franco Múgica et al., 2001: 354-355. Fábregas et al., 2003: 862. Ríos et al., 2012. Ruiz Taboada y Montero, 1999. Hunt y Hurtado, 1999: 291-293.
96  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Cant  brica y su cinta litoral, y al oeste con el escal  n de las Beiras, sit...
EL CALCOLÍTICO EN LA MESETA Y SU ORLA ATLÁNTICA: INTENSIFICACIÓN ECONÓMICA (3200-2500 CAL. A.C.) del tránsito IV/III milenio cal a.C. corresponden a un Neolítico Final o ya a la Edad del Cobre. El hecho tecnológico de la fundición El primer arqueólogo español en reivindicar la existencia de una Edad el Cobre, previa a la del Bronce fue F. M. Tubino, en 1876, aunque su verdadero defensor fuese J. Vilanova y Piera quien, a raíz del congreso internacional de Lisboa de 1880, comenzó a utilizar los términos Edad del Cobre, Calcolítico o Eneolítico para referirse a aquella etapa de la historia en la que el hombre, con el auxilio del fuego, logró convertir ciertas piedras, los minerales de cobre, en metal. En la Península Ibérica, los balbuceos de la metalurgia se remontan, como sugiere el testimonio ya citado de Cerro Virtud, al 4000 cal a.C., pero la fundición de cobre solo se consolidó en las últimas centurias del IV milenio y sobre todo a lo largo del III12. El experimento exigía, por un lado, disponer de carbonatos y óxidos de Cu y, por otro, cierto dominio pirotecnológico pues se precisan algo más de 1000º de temperatura para reducirlos. La tradición investigadora en España ha tendido a considerar estos “secretos de la metalurgia” fruto de una transferencia de conocimiento desde el exterior, cuyos responsables habrían sido los mismos colonos del Egeo a los que se atribuyó la aparición de las fortificaciones abastionadas de tipo Los Millares-Vila Nova de S. Pedro13. Hoy, por el contrario, prevalece la idea de una invención local, independiente, sobre la base tanto de la antigüedad de los experimentos de Cerro Virtud como de la singularidad de la tecnología de fundición acreditada en el extremo oeste del Mediterráneo14. La originalidad tecnológica consiste en el uso, a modo de hornos, de simples escudillas de barro, que, cargadas de carbón vegetal y de mineral desmenuzado, permitían una reducción de este último no completa, pues el cobre no se separaba limpiamente de la ganga sino que quedaba aprisionado en la escoria bajo la forma de filamentos y goterones. Luego, la rotura de la vasija y el triturado posterior de la masa escoriácea facilitaba la liberación de los restos de metal como paso previo a su refinado en crisoles. Un procedimiento primitivo como este, utilizando vasijas-horno, desarrollado en pequeños talleres y poco compatible con producciones de metal de gran escala, sería el que rigió en los inicios de la Edad de los Metales en la Península15. 12 13 14 15 Rovira y Montero, 2013. Kunst, 2013. Delibes y Montero, 1997. Montero, 2005; Rovira y Montero, 2013. Figura 2. Vista desde el sureste de la barbacana de la fortificación de Zambujal (Torres Vedras, Portugal). Fotografía M. Kunst, archivo D-DAI-MAD-MK-DG-18-2012-493. Frente a esta imagen, los documentos de Cabezo Juré, Huelva, y de Valencina de la Concepción, Sevilla16, apuntan –en la estela de lo defendido tiempo atrás para Los Millares– a un modelo más centralizado basándose en la existencia en Valencina de un barrio de fundidores con numerosos hornos complejos, centenares de crisoles y toberas y decenas de kilogramos de mineral de cobre de diversos criaderos del suroeste. Como contrapunto del modelo anterior, aquí estaríamos ante un gran centro metalúrgico, al servicio no solo de los habitantes del propio yacimiento sino de todo un mercado exterior, revelando la existencia de una sociedad compleja con especialistas. Un reciente recuento, que eleva el número de los yacimientos ibéricos del III milenio con restos de fundición a 10917, aporta datos interesantes a este debate. Más de la mitad de los sitios, siempre con un número alto de evidencias, se concentran al sur del Tajo, lo que se compadece con la idea de que la importancia de la metalurgia superó allí a la de las tierras peninsulares más septentrionales; pero ni siquiera esto es garantía de que los poblados fortificados de Estremadura, tan importantes en la definición de la Edad del Cobre en Portugal, actuaron como dinámicos centros de producción de cobre. Los datos de un yacimiento tan intensamente excavado como Zambujal resultan reveladores: El peso de todo el cobre recuperado (bajo la forma de coladas, de fragmentos y, en menor medida, de útiles como leznas, cincelitos, cuchillos, hachas y sierras) no supera los 3 kg18; los espacios metalúrgicos se reducen a dos, uno de cierta 16 17 18 Nocete et al., 2004; Nocete et al., 2008. Kunst, 2013. Müller et al., 2007. 97
EL CALCOL  TICO EN LA MESETA Y SU ORLA ATL  NTICA  INTENSIFICACI  N ECON  MICA  3200-2500 CAL. A.C.   del tr  nsito IV III...
98 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA entidad en la casa V y otro menor cerca de la 4ª línea de fortificación; y se entiende que el castro solo producía para consumo interno, pues los ocupantes de asentamientos satélites como Fórnea y Castro de Penedo, en su hinterland, disponían de sus propios talleres. Como contrapunto, sin embargo, hay un detalle que constata la importancia que se concedía a lo metalúrgico: los fundidores de la península de Lisboa no dudaban en aprovisionarse de mineral a la nada despreciable distancia de 150 km, en el criadero de Ossa-Morena19. En la lista antes citada de yacimientos del III milenio cal a.C. con restos de fundición, figuran unos pocos del centro y norte de la Península, prueba de que también allí se conocía la metalurgia. En la cuenca del Duero los primeros crisoles documentados procedían de Las Pozas y de La Alameda de Peleagonzalo, ambos en Zamora; en el norte de Portugal pronto se hicieron hallazgos comparables cerca de Chaves, en Vinha Soutilha, y en El Buraco da Pala, en el altiplano Mirandés; en Galicia son cita obligada un crisol y restos de vasijas-horno de los pobladitos de O Fixon y Lavapés; y ya en el Cantábrico la documentación más completa procede de la actividad de transformación de minerales registrada en el exterior de las minas asturianas de El Aramo. Todos estos documentos acreditan la existencia de una Edad del Cobre propiamente dicha y no de un simple Neolítico con objetos de metal de origen foráneo, por más que no sea descartable que algunos de los que circulaban por la mitad septentrional de la Península pudieran haber llegado desde el sur, como unos elementos de prestigio más, a través de las redes de intercambio20. Es difícil calcular qué cantidad de metal habría en circulación en tiempos precampaniformes, pero el número de piezas contabilizadas en la cuenca del Duero (casi 90.000 km2) asciende a alrededor de medio centenar lo que resulta orientativo de la modestia de la actividad metalúrgica en la zona. Los objetos recuperados tanto en la Meseta como en el Noroeste registran, por otra parte, la misma tipología advertida más al sur (leznas, puñales de escotaduras, pequeños cinceles, algún hacha plana), y, al decir de sus contextos, se trata sobre todo de extravíos en espacios domésticos (donde, por cierto, nunca se han descubierto unidades metalúrgicas especializadas), aunque algunas piezas –un cuchillo de hoja curva de Donhierro, en Segovia, o un par de leznas de Portillo, en Valladolid– procedan de yacimientos funerarios preludiando la costumbre campaniforme de enterrar a los grandes hombres con su panoplia21. Figura 3. Vista aérea del “recinto de fosos” calcolítico de San Miguel, en Cubillas de Cerrato (Palencia). Foto infrarroja de J. del Olmo. Al principio, el aprovisionamiento de mineral debió efectuarse en pequeños criaderos próximos a los sitios de producción, a juzgar por la coincidencia en la composición de minerales y metales de determinadas zonas: los cobres del depósito de Roufeiro, en el SE de Galicia, muestran por ejemplo los mismos Ni, Sb y Ag que las mineralizaciones vecinas de la zona del Limia22; otro tanto sucede con los productos muy ricos en Ni de las inmediaciones de las minas de Salinas de Léniz, en Álava23; y nada tan obvio como que los poblados cercanos a la ciudad de Ávila en los que se fundía cobre, caso de Aldeagordillo, se nutrían de la malaquita de los veneros inmediatos del sector oriental del Valle Amblés24. Sin embargo la amplitud de las explotaciones de las minas de El Aramo, de El Milagro y de La Profunda, en el llamado Arco Asturiano, denota un fuerte incremento de la producción desde poco antes de la mitad del III milenio y, en consecuencia, una circulación del mineral a mayores distancias25. Las minas en cuestión, que a juzgar por las dataciones C-14 estuvieron activas entre 2800 y 1400 cal a.C., aportan información excepcional tanto sobre los aspectos extractivos, como sobre el procesado de mineral a pie de mina. La dolomía en la que se encajaban las vetas era atacada con martillos “de surco” de piedra, para luego extraer el mineral con picos y punterolas de asta de ciervo, y con cuñas de madera y de hueso, no sin antes haber aflojado la roca aplicando fuego a las paredes por el procedimiento de las “caldas”. El resultado final fue una red de galerías prehistóricas que en los tres yacimien22 19 20 21 Kunst, 2013. Delibes y Montero, 1999. Herrán Martínez, 2008. 23 24 25 Comendador, 1998: 227. Montero, 1998. Fabián, 2006: 420-426. Blas Cortina, 2010a.
98  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  entidad en la casa V y otro menor cerca de la 4   l  nea de forti   caci  n  ...
EL CALCOLÍTICO EN LA MESETA Y SU ORLA ATLÁNTICA: INTENSIFICACIÓN ECONÓMICA (3200-2500 CAL. A.C.) Figura 4. Viviendas calcolíticas del “recinto de fosos” de El Casetón de la Era (Villalba de los Alcores, Valladolid). En primer término, una puerta en el sector septentrional del segundo recinto. Foto M. Crespo Díez. tos mencionados descubrieron los mineros del siglo XIX para comprobar la abundancia de huellas –tallado de pilares en la dolomía, restos de teas de tejo para la iluminación, bateas de madera para transportar el mineral, enterramientos…– de las primitivas explotaciones26. Un cálculo a partir del volumen de mineral beneficiado cifra la cantidad de cobre obtenida en El Aramo a lo largo de un milenio en cientos de toneladas; una cifra demasiado importante para no considerar que su producción hubo de comercializarse a larga distancia. Pero El Aramo encarna además otra enseñanza de alcance: una intervención en la campa inmediata a la bocamina ha permitido saber que allí se situaba el campamento de los mineros prehistóricos, consumidores de ciervos y bóvidos cuyas cuernas utilizaban dentro como herramientas. El principal hallazgo, empero, es una “área de combustión” muy alterada térmicamente, a la que se asocian hornillos, grandes percutores y un sinnúmero de partículas de malaquita, en la que se procedía a una primera reducción del mineral27. Esto explica, por un lado, la escasez en general de minerales en poblados con evidencias fundidoras, y, por otro, que lo que circulaba no era la malaquita extraida sino el metal bruto, seguramente bajo la forma de lingotes como los de Gamonedo en la propia Asturias, a la postre refundidos y reconvertidos en útiles y armas28. Estos son los principales rasgos de la primera metalurgia del interior y norte peninsular, aquellos que obligan a individualizar una nueva “edad” de la Prehistoria aunque su incidencia en la esfera instrumental fuese limitada. Puñales, hachas, punzones y cinceles de cobre no mejoraron en mucho las prestaciones de los de piedra, de ahí que, por mucha fasci27 26 Blas Cortina,, 2010a. 28 Blas Cortina et al., 2014. Blas Cortina, 1980. 99
EL CALCOL  TICO EN LA MESETA Y SU ORLA ATL  NTICA  INTENSIFICACI  N ECON  MICA  3200-2500 CAL. A.C.   Figura 4. Viviendas ...
100 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA nación que produzcan los primeros objetos de cobre, el Calcolítico continuó siendo básicamente una Edad de Piedra, en la que las puntas de flecha, las hachas y los cuchillos seguían siendo fundamentalmente líticos y en el que las cerámicas –en cada zona con unos patrones decorativos propios, en cierto modo identitarios: “copos canelados” y “folha d’acacia” en Estremadura, cerámicas metopadas “tipo Penha” en el Noroeste, el estilo Las Pozas en la Meseta, etc.– conservaban el protagonismo de la época anterior. Sin duda el metal fue una gran novedad tecnológica, pero la Edad del Cobre fue mucho más que eso, fue también, vamos a verlo, aceleración económica, multiplicación de excedentes, inversión en el asentamiento y el inicio de una serie de cambios de alcance en las relaciones sociales. La dotación infraestructural de las nuevas aldeas: fortificaciones y recintos de fosos La Edad del Cobre representa en casi todo nuestro espacio la consolidación de la vida campesina y en algunos sectores con una débil huella neolítica, como el valle del Duero o la cuenca media del Tajo, inclusive la primera colonización agrícola29. Las comunidades de entonces, que se caracterizan por ser mayores y más sedentarias que las del Neolítico, experimentan un crecimiento considerable y sus poblados, en contra de lo que sucede con las tumbas, tienden a ganar visibilidad. La situación se diría no muy distinta de la observada por estas mismas fechas en Andalucía, con la diferencia de que en el cuadrante NW de la Península no se registran macroaldeas de la magnitud de Los Millares, Marroquíes, La Pijotilla o Valencina, indicio de una menor complejidad social. Los pequeños poblados fortificados de la península de Lisboa, que tienen en Vila Nova de S. Pedro, Zambujal y Leceia sus más conocidos exponentes, constituyen un buen ejemplo del fenómeno de consolidación de la vida sedentaria, pero también del aumento poblacional experimentado por entonces ya que son solo parte, junto a Pedra d’Ouro, Penedo de Lexim, Penha Verde, Rotura etc., de un nutrido conjunto documentado alrededor de Torres Vedras30. Lo más llamativo de todos ellos son los anillos de murallas de piedra tras los que se protege el hábitat, que en el caso de Zambujal son por lo menos 4 y cuyo levantamiento fue progresivo a partir de la construcción de una fortaleza o torreón central dotado de torres macizas al que pronto se añadió –interponiendo un patio elíptico– una barbacana salpicada de ventanucos a modo de saeteras31. Por tanto, el conjunto de cualquiera de estos poblados, con toda la complejidad estructural que hoy manifiestan, deberá entenderse no como la materialización en una única fase de un sofisticado proyecto planeado ab initio –hecho solo consignado en Leceia– sino como el resultado final de una cadena de decisiones sucesivas (nuevas líneas murarias, macizado de estructuras huecas, refuerzos y contrafuertes, etc.) que fueron adoptadas a lo largo del tiempo en función de necesidades puntuales y de las soluciones poliorcéticas ideadas en cada caso por los ocupantes32. Los primeros estudiosos de estos hábitats, influidos por la interpretación de Los Millares por parte de M. Almagro, A. Arribas y B. Blance, los consideraron fortificaciones de comerciantes mediterráneos procedentes del Egeo –los introductores, como se ha repetido con frecuencia, de la primera metalurgia del cobre en la Península– construidas para protegerse de la población indígena. Pasaban por ser, entonces, manifestación de un pueblo foráneo, lo que explicaba la unidad formal del modelo arquitectónico aplicado. Hoy, por el contrario, se propende a lecturas procesuales en las que la fortificación y sus complementos (barbacanas, torres, bastiones) fueron meras consecuencias del desarrollo de la vida sedentaria, no la imposición de un modelo externo, hecho que explicaría por qué –aunque el resultado final fuese parecido en todos los casos– las secuencias constructivas fueron distintas: mientras en Zambujal el germen del complejo fue la fortaleza central, en Leceia, como en Monte da Tumba, Alentejo, el primer dispositivo fue un anillo perimetral o cerca añadiéndose solo al final de la vida del poblado una gran torre principal dotada en Leceia de bastiones semicirculares huecos33. Hoy, a falta de colonos, la aparición de las fortificaciones se relaciona con procesos de competición local y con la existencia de tensiones entre grupos indígenas, siendo legítimo sospechar que esta particular forma de monumentalizar los sitios respondía tanto a necesidades de defensa y de disuasión como al deseo de proclamar los derechos de las comunidades que las ocupan sobre las tierras circundantes. Las fortificaciones habrían actuado también, por tanto, como símbolos de soberanía y de dominio territorial y, así mismo, como puntos de control de unas redes de intercambio por las que circulaban el cobre y, como habrá ocasión de ver, otros productos de prestigio. Algo que justificaría los buenos accesos al mar de algunos de los poblados más occidentales, entre ellos Zambujal que, coincidiendo con los picos de la transgresión 31 29 30 Díaz del Río, 2001; Id., 2003. Jorge, 1998; Cardoso, 1997a. 32 33 Kunst, 2010. Jorge, 1998; Cardoso, 1997a; Cardoso, 1997b: 48-49. Cardoso, 1997b.
100  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  naci  n que produzcan los primeros objetos de cobre, el Calcol  tico continu...
EL CALCOLÍTICO EN LA MESETA Y SU ORLA ATLÁNTICA: INTENSIFICACIÓN ECONÓMICA (3200-2500 CAL. A.C.) flandriense, no distaba de las aguas del Atlántico –en su caso, la ría del Sizandro– más de 2 km. Ciertos cálculos revelan la reducida extensión de estos poblados (Zambujal, Vila Nova de Sao Pedro, Leceia y Rotura alrededor de 1 ha, y todavía menos Penedo de Lexim o Pedra Douro) y, en consecuencia, la escasa población que albergaban34. Pero en Zambujal como en Leceia consta la existencia extramuros de agrupaciones de cabañas, circulares como las interiores, dando lugar a pensar que la fortificación se reservaba a sólo una parte, cabe suponer que privilegiada, de la población aunque los instalados al pie de sus muros hallaran también la protección del castellum. En todo caso, J. Cardoso, valorando tanto la extensión como la densidad de cabañas, estima la población de Leceia en dos centenares de almas, lo que obliga a ver el yacimiento –pese a la notable entidad y volumen de sus infraestructuras defensivas– no más que como una aldea, aunque desempeñando el papel de “lugar central” respecto a los pequeños asentamientos que se diseminan a su alrededor en un radio de 15 km35. Nada, en todo caso, comparable a los grandes poblados del Guadalquivir y del Suroeste. Cuestionado el impacto colonial como factor explicativo del fenómeno de los poblados fortificados, nada tiene de particular que la fortificación se manifieste asimismo en tierras situadas resueltamente al norte del Tajo, como la Beira Litoral y la Beira Alta, e incluso en áreas interiores de Tras-os-Montes. El reconocimiento del proceso de sedentarización de los poblados de esta zona se inició con los trabajos de S. O. Jorge36 en los alrededores de Chaves, donde asentamientos como São Lourenço, Vinha Soutilha o Castelo de Aguiar se emplazaban sistemáticamente en destacados espolones de fácil defensa desde los que se dominaban amplios campos visuales. Pero no tardó en saberse que algunos de ellos, además, incorporaban obras monumentales de fortificación. Esta condición revisten el Castelo Velho, en Freixo de Numao, ocupado desde el 3000 cal. a.C. y dotado de una modesta cerca que circunvala la “ciudadela” en la que se concentraban actividades de molienda, de almacenamiento y textiles; el castro de El Pedroso, en el oeste de Zamora, instalado sobre un imponente “inselberg” granítico, en cuya acrópolis se localizan las dependencias circulares de un taller de puntas de flecha; Fraga da Pena, en el Alto Mondego, donde, en cambio, los recintos murados se asocian a lo que podría haber sido un espacio ceremonial; el Crasto dos Palheiros, en Mirandela, donde una de sus dos murallas, apoyada sobre una imponente plataforma, se convierte en un momento dado en un escenario de culto; o el conjunto de poblados de la zona de Plasencia, en Cáceres, con Los Barruecos como principal exponente37. En el caso de Os Palheiros resulta aleccionador consignar, siguiendo a M. de J. Sánches38, que surgió del sinecismo de una serie de microcomunidades previas a las que corresponden las tumbas megalíticas de su entorno; y que fruto de dicha agregación, coincidiendo con un momento de auge económico, surgió el “castro”, un espacio público que simbolizaba a la vez la centralización política de la nueva sociedad y la legitimidad heredada del mundo sagrado de los antepasados. Desplazando la atención a las tierras de la Meseta, puede comprobarse que los asentamientos calcolíticos adoptan también la forma de recintos aunque delimitados no por murallas sino por líneas de fosos. En realidad se trata de un tipo de yacimiento muy bien conocido en casi toda Europa desde el Neolítico –los enclosures, champs fossés, villagi trinceratti y erdwerke, de ingleses, franceses, italianos y alemanes– de cuya existencia en tierras ibéricas, hoy muy extendida, solo se sabe desde hace medio siglo, a raíz de las excavaciones de Valencina de la Concepción39. El fenómeno reviste especial notoriedad en las cuencas sedimentarias del Duero y del Tajo donde comienza su andadura hacia 3.200 cal. a.C. para alcanzar la plenitud en el siguiente milenio y solaparse en su final con el campaniforme40. Los recintos, tanto en Madrid (Gózquez de Arriba, Las Matillas, Fuente la Mora, Yeseras) como en la Submeseta Norte, donde la prospección aérea ha permitido documentar varias decenas de ellos en los valles del Duero y del Pisuerga y en las Tierras de Campos y de Pinares41, adoptan por regla general planta circular u ovalada y se caracterizan por presentar nada raramente varios anillos concéntricos. Los fosos perimetrales son estrechos y no profundos (2/3 m máximo) y aunque a veces cuentan con el refuerzo de una banqueta de tierra al interior y, excepcionalmente, con una empalizada exterior, no constituyen defensas de enjundia sino meras líneas de demarcación entre caserío y ager, que también hubieron de fomentar el sentimiento comunitario de sus ocupantes. En alguna ocasión se ha destacado, además, el carácter discontinuo de los fosos, constituidos por varios segmentos como en los causeways británicos, dando lugar a la sospecha de que la fuerza de trabajo que intervino en tan notables obras públicas correspondió a diferentes facciones (tantas como 37 38 34 35 36 Chapman, 1991: **. Cardoso, 1997a: 252-253. Jorge, 1986. 39 40 41 Jorge, 1998. Sanches, 2003: 134. Márquez y Jiménez, 2010. Díaz del Río, 2003; Liesau et al., 2008. Delibes et al., 2014. 101
EL CALCOL  TICO EN LA MESETA Y SU ORLA ATL  NTICA  INTENSIFICACI  N ECON  MICA  3200-2500 CAL. A.C.      andriense, no dis...
102 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Figura 5. Vista del covacho-granero de El Buraco da Pala, en la Sierra dos lassos, Trás-Os-Montes. Fotografía M. de J. Sánches segmentos) de un mismo “grupo local” del que, además de los habitantes del recinto, pudieron formar parte otros linajes de su hinterland fascinados por la magnitud de la obra42. Por último, aunque algunos de los espacios intersegmentales pudieron funcionar como accesos, se reconocen puertas mucho más explícitas dispuestas a veces en embudo, otras en esviaje y, en Las Canteras de San Cristóbal de la Cuesta (Salamanca) y Gózquez de Arriba, “en pinza de cangrejo”, esto es, con la protección de una barbacana semicircular al exterior43. Los recintos de fosos de la Meseta se complementan sistemáticamente con esos yacimiento tan singulares como enigmáticos que son los “campos de hoyos”: grandes extensiones salpicadas de pozos rellenos casi siempre de basura, aunque excepcionalmente puedan contener grano, las canales completas de reses domésticas, conjuntos de vasijas cerámicas enteras o colecciones de molino en buen estado de uso, en lo que se han denominado “depósitos estructurados”44. No se trata, pues, como se pensó originalmente, de “fondos de cabaña” propiamente dichos, detalle que ha creado polémica sobre su significado: ¿son los “campos de hoyos” aldeas muy destruidas, de las que solo sobreviven intactas las estructuras más profundas o, muy al contrario, espacios ceremoniales en los que cobrarían más fácilmente sentido los referidos depósitos especiales? Los recientes trabajos en el recinto intermedio de El Casetón de la Era, Valladolid, con la exhumación de un abigarrado conjunto de cabañas, apoyan decididamente la opción habitacional, lo que no es obstáculo para reconocer una importante “ritualización” de la esfera doméstica. De hecho las propias cabañas –o mejor casas si tenemos en cuenta que la Arqueología Experimental, pese a sus alzados de troncos manteados con barro, les garantiza una supervivencia mínima de una década– se muestran arrasadas, salvo sus cimientos circulares y sus placas de hogar, lo que inicialmente se achacó a la erosión especialmente agresiva de las fases más áridas del Subboreal. Sin embargo la recuperación de cientos de kilos de pellas de barro de revestimiento de paredes dentro de algunos hoyos inmediatos al caserío alienta la sospecha de que, en el trance del abandono, pudieran haber mediado auténticos rituales de ocultación de las viviendas, análogos a los consignados en esta misma zona durante la Edad del Bronce45. En el Sur de la Península ya hubo oportunidad de destacar la excepcional extensión que alcanzaron algunos de estos recintos, de muchas decenas de hectáreas y convertidos en casi pequeñas “ciudades” en las que se producían artesanías de lujo –cobre, marfil y oro en Valencina– muy por encima de las necesidades locales. En los recintos meseteños las dimensiones son mucho más modestas, situándose en el Duero Medio entre 1 y 3 ha, lo que supone cierta igualdad con los madrileños de Gózquez, Las Matillas o Fuente La Mora46. La primera impresión que producen es, por tanto, la de un mosaico de pequeñas aldeas más o menos iguales. Hoy sabemos, en cambio, que en la Submeseta Sur existieron recintos mucho mayores, como el de Camino de las Yeseras, como mínimo de 7 ha, aunque no deba ocultarse que el floruit de este yacimiento se sitúa en época campaniforme47. Un último detalle a comentar es el de las superposiciones que se registran en los recintos del Duero: en las fotos aéreas de Villeguillo, Segovia, se aprecian, aunque bastante desdibujadas, las trazas de hasta cuatro diferentes. Pero el caso más llamativo es el de Las Pozas, en Zamora, en el que a un recinto inicial con tres anillos, acabó superponiéndose parcialmente otro algo menor de dos, revelando el C 14 que entre el abandono del primero (en el tránsito del IV al III milenio cal a.C.) y la fundación del más moderno apenas medió tiempo48. Finalmente, más al norte, en Galicia y en el litoral Cantábrico, el proceso sedentarizador se revela más tímido y lento, tal vez en función del arraigo de una agricultura primitiva de régimen itinerante. La huella de los poblados es más tenue y sobre todo, como alcanzó 45 42 43 44 Díaz del Río, 2004. Díaz del Río, 2003. Bellido Blanco, 1996; Márquez y Jiménez, 2010. 46 47 48 Sánchez Polo, 2010: 180. Díaz del Río, 2003: 68-69; Delibes et al., 2014. Liesau et al., 2008. García García, 2013.
102  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Figura 5. Vista del covacho-granero de El Buraco da Pala, en la Sierra dos l...
EL CALCOLÍTICO EN LA MESETA Y SU ORLA ATLÁNTICA: INTENSIFICACIÓN ECONÓMICA (3200-2500 CAL. A.C.) a denunciar en el caso gallego López Cuevillas, se echa en falta la existencia de asentamientos fortificados y en altura como los calcolíticos del centro de Portugal. Hoy se argumenta que el clima frío y ventoso de comienzos del III milenio cal. a.C., bien pudo constituir un freno para la ocupación de zonas elevadas49, pero en contrapartida comienzan a documentarse algunos poblados que, aunque faltos de murallas, se emplazan en espolones con un amplio campo visual y buenas condiciones defensivas. Yacimientos de este tipo serían As Pileiras en Boborás, Regueira Pequeña en Mondariz o Castelo das Chas en Oimbra, pero el que mayor atención ha recibido es la Mesa de Montes, emplazada en el extremo de la península de Morrazo, en una de las alturas de la Serra da Magdalena. Presenta varios terraplenes de bloques de granito y restos de paravientos cuya asociación a cerámicas de estilo Penha –el fósil más fiable del Cobre precampaniforme en el Noroeste– prueba que fue contemporáneo de aldeas como Lavapés, Forcadas u Os Remedios, también en Morrazo pero en cotas marcadamente inferiores. De ahí la posibilidad de que todo el conjunto funcionara como un territorio políticamente organizado, en el que la Mesa, que surtiría de ganado y de recursos líticos al resto de los sitios, recibiría de ellos productos agrícolas a la par que los representaba como asentamiento más visible50. Un testimonio, en suma, de poblamiento jerarquizado que, significativamente, coincidió con una etapa de inversión decidida en infraestructuras domésticas (zanjas, drenajes, cabañas de postes, empedrados, hogares…), cual se ha documentado en el Monte dos Remedios51. Pero, más aún que en Galicia, es en el resto de la banda cantábrica donde cuesta trabajo advertir progresos en el proceso de consolidación de la vida sedentaria. Aunque con algo de retraso respecto a las tierras del Mediterráneo y aún de la propia Meseta, en el V milenio cal. a.C. las comunidades de este sector ya habían incorporado a sus estrategias de subsistencia tanto el cultivo de cereales como el pastoreo de ovicaprinos y de seguido habían resuelto apropiarse simbólicamente del territorio por medio de las sepulturas megalíticas52. Sin embargo, por razones mal conocidas, el modelo de poblado al aire libre de larga trayectoria, que desde el III milenio prosperó en el resto de la Península, tardó en adoptarse. Lo evidente es que la mayoría de los lugares domésticos conocidos de esta época siguen siendo trogloditas –cueva de Arangas en Asturias, o Los Husos y Santimamiñe en el País Vasco– y que los escasos hábitats exteriores que se suelen citar, mal documentados –el poblado de Hinojedo en Cantabria, o los de Ilso Betaio y Ordunte en 49 50 51 52 Fábregas et al., 2003: 868-869. Gorgoso et al., 2011. Fábregas et al., 2007. Blas Cortina, 1993; González Morales, 2012. el País Vasco–, no revisten la entidad de unas aldeas bien dotadas de infraestructuras y plenamente sedentarias. A veces se atribuye esta disimetría entre cuevas y establecimientos al aire libre a una insuficiente investigación de campo; otras se subraya la fuerza de la tradición en la ocupación de las cuevas, cuyo atractivo atávico todavía se habría multiplicado en el Neolítico al usarse sistemáticamente como establos; y no faltan quienes enfatizan la dificultad en los ecosistemas de montaña de consolidar terrazgos que proporcionen los excedentes agrícolas precisos para implantar las nuevas formas de vida53. Mas acaso, como reivindicaba Criado54 en un intento de explicar el carácter difuso del Neolítico gallego, sencillamente pudo ocurrir que las también difusas comunidades eneolíticas cantábricas, llegado el momento, se decantaran por estrategias conservadoras y poco intervencionistas, esencialmente adaptativas, en las que –como complemento sobre todo de la ganadería– siguiera teniendo una fuerte incidencia la tradicional silvicultura. Intensificación agrícola Volviendo a la idea de que el Calcolítico es mucho más que una edad tecnológica de la Prehistoria, conviene recordar que el acceso a los secretos de la fundición se solapan con otras innovaciones de relieve, tales como una multiplicación poblacional, como un avance superlativo en el desarrollo económico y como el comienzo de una relación del hombre con la naturaleza en la que éste acrecienta su dominio sobre ella intentando apropiársela. Todos estos factores están interrelacionados y no se sabe con seguridad si fue la revolución tecnológica el desencadenante del desarrollo económico y los frutos de éste los que generaron derramas demográficas a la postre traducidas en el acceso a nuevas tierras no ocupadas en la primera colonización agrícola; o si, por el contrario, el motor principal del proceso fue la disponibilidad de unos excedentes agropecuarios que mejoraron las formas de vida, que permitieron dotar de infraestructuras a las aldeas, haciéndolas sedentarias, y que incluso sirvieron para mantener a unos especialistas a los que confiar la innovación tecnológica. Para entender el sentido de tales dudas conviene tener presente, en todo caso, hechos tan aparentemente contradictorios como la ausencia de artefactos de cobre en las fases iniciales de la fortificación de Leceia55. En uno u otro caso, la intensificación agrícola alentada por la introducción de nuevos sistemas de culti53 54 55 Ontañón Peredo, 2003. Criado, 1989. Cardoso, 1997b: 46-47. 103
EL CALCOL  TICO EN LA MESETA Y SU ORLA ATL  NTICA  INTENSIFICACI  N ECON  MICA  3200-2500 CAL. A.C.   a denunciar en el ca...
104 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA vo, por el aprovechamiento de la tracción animal y, al menos en algunas zonas de la Europa templada, gracias también a la utilización de aperos revolucionarios como el arado, fue un factor fundamental del proceso56. Pero no fueron las únicas novedades; en el Sudeste de la Península, en idénticos contexto y fechas incluso se recurrió al regadío a fin de superar las adversidades de un medioambiente desértico, acusadamente adverso57. Los sectores centrales del zócalo de la Meseta, que habían permanecido prácticamente deshabitados desde el fin del Pleistoceno, se muestran de repente salpicados de poblados, de “recintos de fosos”, ilustrando ese fenómeno de búsqueda de terrazgo nuevo tan propio también de este periodo. Los documentos polínicos de uno de tales yacimientos, el Casetón de la Era, Valladolid, resultan extraordinariamente reveladores de los efectos del proceso colonizador: a la llegada del grupo humano se acredita un entorno mayoritariamente forestal, con un 60% de PA y contados testimonios de plantas sinantrópicas, esto es, un medio poco menos que natural; solo un siglo después la superficie de bosque ha disminuido al 40%, aclarada con fuego conforme revela la abundancia de la ascospora Chaetomium, parásita del carbón de madera; y transcurrido un nuevo periodo de tiempo de duración similar la acción del hombre ha reducido el arbolado a un 20% (un aumento de temperatura ha determinado, además, la sustitución de robles por encinas) y ha provocado que los palinomorfos de cereales asciendan a casi un 10% del total. Esa es la cicatriz medioambiental producida por la acción de los primeros colonos agrícolas del centro de la Meseta58. Si se consultan los listados de semillas de cualquier yacimiento de la zona de estudio, ya pueda ser Zambujal en Estremadura59, el Buraco da Pala en Tras-os-Montes60, Camino de Las Yeseras en Madrid61 o el propio Casetón de la Era62, se comprobará una coincidencia absoluta en las especies, todas ellas propias de una agricultura cerealista de secano. Es destacable que, entre los trigos, el duro o harinero (Triticum aestivum/durum) sea la variedad dominante en los cuatro yacimientos, aunque no falten muestras de escaña (monococcum) y escanda menor (dicoccum). También fue cultivo común la cebada (Hordeum vulgare), que en Zambujal y Yeseras está en número de semillas a la altura del trigo y en Buraco da Pala por encima. Así mismo es habitual que junto a los cereales comparezcan ciertas leguminosas como el haba (Vicia faba), la lenteja (Lens culinaria) o el guisante 56 57 58 59 60 61 62 Sherratt, 1981. Gilman y Thornes, 1985. Delibes et al., 2010. Hopf, 1981. Sanches, 1997: 43-81. Peña Chocarro et al., 2011. Delibes, 2011. (Pisum sativum), que, además de no plantear mayores problemas de cultivo y de enriquecer sustancialmente la dieta con proteínas, ofrecen el atractivo, rotando su siembra con la de cereal, de fijar nitrógeno en el suelo manteniendo altos los niveles de fertilidad. Más la simple enumeración de especies cultivadas nada prueba del aumento de la producción agrícola que se dice caracteriza a la Edad del Cobre. Resulta más elocuente en este sentido la multiplicación del número de silos u hoyos excavados en los yacimientos meseteños de esta época –algunos de ellos, como los de La Cervera, en Madrid, con huellas claras de revestimiento de cestería63– por más que a no todos estuviera reservada la función de almacenaje de cereal64. De ahí que sea preferible fijar la atención en graneros inequívocos como el del Buraco da Pala, que contuvo varios metros cúbicos de semillas65. El yacimiento es un abrigo de techo alto y amplio acceso, muy alejado del poblado más próximo, que se abre cerca de una de las cumbres de la Sierra dos Passos, a más de 900 m.s.n.m., en Tras-os-Montes oriental. Comenzó su andadura como espacio doméstico en un momento antiguo del Neolítico, pero las ocupaciones superiores (niveles II y I), de la primera mitad del III milenio cal. a.C., corresponden sobre todo a áreas de almacenamiento o ensilado en las que se registra gran abundancia de habas, de cebada, de bellotas y de trigo, con el añadido de unas pocas semillas de Linum ussitatissimum y de Papaver somniferum. Los frutos, conservados en cestos y tinajas cerámicas de entre 15 y 50 litros, descansaban sobre un vasar de lajas forrado de arcilla y con apoyos de madera para estabilizar las vasijas y con el procedimiento de conservación de las simientes (¿ahumado?) guardaban relación una serie de hogares localizados junto a los silos. Además, la existencia de pinturas esquemáticas con motivos antropomorfos en rojo en una de las paredes del abrigo –uno más, en este sentido, de los muchos que en la zona las presentan– ha sugerido su posible uso como lugar de culto. Los excavadores no descartan al respecto que las pequeñas escudillas o tazas recuperadas cerca del espacio de granero tuvieran que ver con banquetes o libaciones, con rituales en los que también podría haber jugado un papel destacado el consumo de adormidera y en los que cobrarían asimismo cierto sentido algunas cerámicas decoradas con “tatuaje facial”, al estilo de la “diosa de los ojos” millarense66. No se descarta tampoco, por último, que pudieran haber sido ofrendas cinco decenas de cuentas de collar de piedra y seis adornos de oro, aunque sobre todo las primeras, conservadas dentro de una vasija en la zona de almacén, podrían 63 64 65 66 Asquerino, 1979. Bellido Blanco, 1996. Sanches, 1997. Guerra, 2006: 205-206.
104  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  vo, por el aprovechamiento de la tracci  n animal y, al menos en algunas zon...
EL CALCOLÍTICO EN LA MESETA Y SU ORLA ATLÁNTICA: INTENSIFICACIÓN ECONÓMICA (3200-2500 CAL. A.C.) Figura 6. Secuencia de “fumiers” en el establo de Los Husos, Sierra de Cantabria (Álava). Fotografía J. Fernández Eraso. haber sido también parte de la “riqueza” guardada en el granero–santuario. El Buraco da Pala contribuye a demostrar la importancia que adquirió en el III milenio cal. a.C. la cerealicultura, pero todavía más concluyente es el testimonio de El Casetón de la Era, en Valladolid, donde se rastrea la existencia de trillos. El hallazgo no consiste en un trineo completo de vientre empedrado, sino solo en una colección de dentales; docenas de ellos sueltos que adoptan la forma de láminas largas y espesas de sílex con retoque plano cubriente en ambas caras. Se trata de un tipo conocido tiempo atrás, cuyo reciente análisis traceológico ha permitido detectar huellas combinadas de frotamiento con tierra y de corte de paja reveladoras de su auténtica función67. Los fitolitos de sus filos indican que lo trillado era trigo y existen numerosas evidencias de que parte de la paja picada obtenida en el proceso se mezclaba con barro para el manteado de las viviendas. El reconocimiento del trillo no descubre formas nuevas de agricultura, pero sí un cambio de escala en la producción: se cosecha y procesa cereal en masa, una prueba concluyente de intensificación agrícola. Pero tan importante como ello es que el uso de este apero requiere de fuerza tractora animal, de un tiro, lo que nos sitúa por primera vez en la Península Ibérica –donde en rigor no se conocen carros, narrias o arados de esta época– ante una de las más expresivas evidencias de la “Revolución de los Productos Secundarios”: el ganado, aparte de ser un stock de carne vivo, constituye la fuente de otros muchos recursos –la tracción, la leche, la lana, el abono– cuyo beneficio presenta la ventaja de no exigir el sacrificio del animal68. Pero interrogarse por quién tiraba de los trillos exige revisar colecciones de fauna de la época y para el cuadrante noroeste de la Península sólo se dispone de estudios en el caso de Zambujal –una muestra de 80.000 restos69– y, a menor escala, de algún sitio de la Meseta70 lo que apenas permite bosquejar las líneas maestras de gestión ganadera e insistir en las diferencias operadas respecto al neolítico: por un 68 69 67 Gibaja et al., 2011. 70 Sherratt, 1981; Petrequin et al, 2006. Van den Driesch y Boessneck, 1976. Morales Muñiz, 1992; Liesau, 2011; Fabián, 2006: 453-460. 105
EL CALCOL  TICO EN LA MESETA Y SU ORLA ATL  NTICA  INTENSIFICACI  N ECON  MICA  3200-2500 CAL. A.C.   Figura 6. Secuencia ...
106 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA lado el avance experimentado por el vacuno con respecto a ovejas, cabras y cerdos; y por otro los cambios introducidos en los patrones de sacrificio de muchos de los animales, siempre con las miras puestas en el aprovechamiento de sus “recursos secundarios”. En Zambujal, en Las Pozas y en los yacimientos de Ávila, no tanto en Yeseras, la caza del ciervo y en menor medida del uro conservaban un papel destacado. Pero el principal aporte cárnico en el primero de los sitios procede de los bóvidos, sacrificados sistemáticamente por encima de los 3 años y en la mitad de los casos entre los 8 y los 10, dato éste que, teniendo en cuenta que los individuos representados en el último intervalo son sobre todo hembras, sugiere un tipo de explotación orientada a la producción de carne. Al vacuno le sigue en importancia el ganado de cerda, lo que es inhabitual en el resto de la Península, donde las tasas calcolíticas de sus son siempre más bajas. Y los ovicaprinos, en porcentajes menores, muestran un patrón de mortalidad poco definido, con dos picos hacia los 2/3 y los 6/7 años, aunque la alta proporción de hembras se preste a pensar en un aprovechamiento lechero71. Finalmente, tanto en los yacimientos de la cuenca del Duero –Las Pozas, El Casetón de la Era o Yeseras– como en Zambujal se registra cierta presencia (casi el 5% en este último yacimiento) de equus, pero –al igual que sucede en el resto del espacio peninsular72– sigue sin quedar claro si se trata de caballos salvajes o domésticos. Así las cosas, aunque en los machos adultos de El Casetón de la Era no se hayan detectado las esperadas malformaciones en los tarsos, los principales candidatos para el arrastre de los trillos son los bueyes, esto es, los mismos animales que por entonces tiraban de los carros en Europa y que hacían lo propio con los arados a juzgar por las representaciones grabadas del Monte Bego73. Lo que parece seguro, en cualquier caso, es que en la demanda de un plus de energía para someter a la naturaleza el hombre de la Edad del Cobre encontró un excepcional aliado en el vacuno, al que nada casualmente –recuérdense los depósitos de vacas y terneras en el subsuelo de tantos recintos de fosos74– se convirtió por ello en eje de diversos ceremoniales. Nada se ha dicho, finalmente, de la ganadería en el espacio cantábrico, pero algunos datos, pese a las peculiaridades del territorio, guardan correspondencia con lo expuesto para otras zonas. En la Cueva del Mirón, a partir del final del Neolítico los hasta entonces dominantes ovicaprinos ceden ante el empuje del vacuno75 lo que coincide razonablemente 71 72 73 74 75 Harrison, 1985: 71. Liesau, 2005: 189-192. Petrequin et al., 2006. Márquez y Jiménez, 2010: 346-362; Liesau et al., 2013. González Morales, 2012: 269. con un aumento de la superficie de pasto. También se puede comprobar cómo en las zonas montañosas septentrionales, de condiciones climáticas muy ásperas durante el invierno, muchas cuevas se utilizaron como establos o rediles. El fenómeno se conocía ya en el Neolítico, pero ahora se manifiesta mucho más pujante por ejemplo en la Sierra de Cantabria donde se registran largas secuencias de “fumiers” del III milenio cal. a.C. en los abrigos de San Cristóbal y de Los Husos I76. Gracias a este tipo de documentos se ha ido consolidando el concepto “estabulación” en relación con el pastoreo prehistórico; sin embargo los rediles solo debieron ser refugio ocasional en las épocas más frías del año pues los análisis polínicos –sobre todo en la Meseta– acreditan abundante Sordaria, una espora que parasita las deyecciones del ganado y que prueba el normal vagabundeo de éste al aire libre77. Resumiendo, en el terreno subsistencial, la principal aportación del Calcolítico fue también en nuestra zona la “Revolución de los Productos Secundarios”. Se aprovechó la fuerza de tracción de las grandes bestias, se usó también su leche –cosa, por cierto, que venía haciéndose ya desde el Neolítico78–, y muy probablemente no se perdió la oportunidad de mejorar la fertilidad de los campos –un aliciente más para no tener que desplazar el hábitat– abonándolos con los residuos de los mencionados establos. Rituales funerarios A las principales señas de identidad de la etapa analizada –intensificación económica y sedentarización, además de aparición de la metalurgia– debe añadirse una cuarta que tiene que ver con la pérdida de definición de la esfera funeraria y que guarda asimismo relación directa con la quiebra del fenómeno megalítico. El papel de las sepulturas dolménicas como marcadores espaciales y como ancestrales documentos de propiedad sobre los territorios que presiden pierde en parte su sentido en una época en la que se transfiere definitivamente a los hábitats estables –por eso monumentales y, en general, emplazados en alto– dicho cometido. Lo cierto es que, en la segunda mitad del IV milenio cal. a.C., se produce un abandono bastante generalizado, si es que no una condena, de las construcciones del “óptimo megalítico”, los sepulcros de corredor, iniciándose lo que algunos autores han considerado una “etapa oscura”, una fase en la que las manifestaciones funerarias –bastante opacas a los ojos del estudioso– adoptan fór76 77 78 Fernández Eraso y Polo, 2011. López Sáez et al., 2000. Guerra et al., 2012.
106  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  lado el avance experimentado por el vacuno con respecto a ovejas, cabras y c...
EL CALCOLÍTICO EN LA MESETA Y SU ORLA ATLÁNTICA: INTENSIFICACIÓN ECONÓMICA (3200-2500 CAL. A.C.) mulas variadas, menos universales que las anteriores. En el País Vasco, en sintonía con la resistencia ya subrayada a aceptar nuevos modelos de poblamiento, el declive dolménico no fue tan claro y a fines del IV milenio se seguían construyendo megalitos, como la emblemática galería de Jentillarri, y se frecuentaban regularmente, hasta por lo menos la etapa campaniforme, viejos túmulos como Larrarte o Pagobakoitza. Sin embargo, el grueso de la actividad funeraria parece trasladarse a cuevas naturales (p.e. Pico Ramos o San Juan ante Portam Latinam, en este último caso ya al sur de la Sierra de Cantabria) y a hipogeos “epimegalíticos” con puertas perforadas como el navarro de Longar, todos ellos auténticos panteones en los que, por acumulación sucesiva de enterramientos primarios, acabaron formándose enormes osarios: 104, 338 y 110 inhumaciones respectivamente. Datan de los últimos siglos del IV milenio, carecen todavía de metal en sus ajuares –lo que no es óbice para que se atribuyan a un incipiente Calcolítico– y en los dos últimos yacimientos ofrecen la particularidad de que bastantes de los enterrados presentan clavadas en sus cuerpos puntas de fecha de retoque plano, acreditativas del clima de violencia que reinaba por estas fechas en el suroeste de Europa79. En el Cantábrico central, a falta de mejores datos sobre el comportamiento sepulcral postmegalítico, es obligado recordar que desde algo antes de la mitad del III milenio, casi al tiempo que comenzó la extracción de mineral, se utilizaron como espacio funerario determinadas galerías de las minas de El Aramo y El Milagro, alcanzando a acumularse a comienzos de la Edad del Bronce centenares de inhumaciones. Está claro, sin embargo, que se trata de una solución excepcional, sugestivamente relacionada –de acuerdo con la propuesta clásica de M. Eliade– con mecanismos rituales de compensación a la diosa Tierra por unos frutos arrancados de su vientre antes de la definitiva gestación80. Y parecido vacío de hallazgos se acredita en el Noroeste, pues la frecuentación calcolítica de los dólmenes, visible en unos pocos depósitos con cerámicas simbólicas o decoradas al estilo Penha (Os Consellos, Cotogrande o Vilafría en Pontevedra y A Lousada o Monte Pirleo en Lugo) y en los no menos excepcionales ajuares constituidos por hachas y mazas de piedra perforadas del “horizonte Rechaba”, se antoja huella insuficiente para identificarla con la “norma” funeraria del momento. A partir de la condena de los sepulcros de corredor –el “momento 3” de Dombate– la trayectoria de los megalitos experimentó una brusca inflexión, se renunció a construir más tumbas de este tipo y se diría que el regreso ocasional a las preexistentes tiene lugar cuando ya presentan un estado de abandono importante, conforme sugiere el hecho de que las reutilizaciones de época campaniforme normalmente ignoren las entradas originales de los monumentos81. En los márgenes montañosos de la Meseta se repite el mismo fenómeno del enterramiento colectivo en cueva o en dolmen advertido en el este del Cantábrico o en el Valle del Ebro, no así en el dominio de los “recintos de fosos” y de los “campos de hoyos”, esto es, en las zonas centrales, donde las sepulturas, que se localizan dentro de los propios poblados, suelen consistir en fosas individuales. Pero, incluso en el caso de ciertas fosas múltiples, como las de El Cerro de la Cabeza en Ávila, y Yeseras en Madrid, la diferencia es grande con respecto a aquellos panteones colectivos abiertos y de uso escalonado en el tiempo, ya que el entierro de todos los individuos fue simultánea82. La investigación, que ha reparado en la analogía de estos documentos con respecto a los de los “campos de hoyos” de la Edad del Bronce de esta misma zona, ha insistido también en el bajo número de tumbas conocido, en la descuidada postura de las inhumaciones de muchas de las fosas y en el hallazgo ocasional de huesos sueltos y de esqueletos incompletos, planteándose la duda de si realmente tales sepulturas constituyen el patrón funerario de las comunidades prehistóricas de la Meseta o, bien al contrario, la excepción. Y en este sentido es interesante comprobar cómo algunas de las inhumaciones presentan huellas de una larga exposición previa (se enterraron ya esqueletizadas), lo que revela un enterramiento en dos tiempo y la posibilidad de que al poblado sólo llegaran los restos de una selección de los fallecidos83. Por lo demás, los ajuares funerarios suelen ser escasos y poco relevantes –una vasija, algún pedernal tallado–, de lo que se deduce que los que excepcionalmente incluyen bienes suntuarios –un collar de variscita y varios objetos de cobre en Donhierro, Segovia– correspondían a individuos de cierto estatus84. Las dos grandes novedades funerarias del Calcolítico en torno a la desembocadura del Tajo fueron las grutas artificiales y los tholoi, que, pese a ser lugares de enterramiento colectivo como los megalitos, denotan una clara ruptura arquitectónica respecto a ellos. De las primeras hay testimonios desde finales del IV milenio, mientras que los segundos surgen con alguna posterioridad, pero ambos coexistieron durante toda la Edad del Cobre y ambos sufrieron el mismo fenómeno de “redescubrimiento” en época campaniforme. Las cuevas, que se agrupan para formar verda81 79 80 Vegas Aramburu, 2007; Armendáriz e Iriagaray, 1995; Zapata, 1995. Blas Cortina, 2010b. 82 83 84 Fábregas y Vilaseco, 2012. Aliaga, 2008; Fabián, 1995. Esparza et al., 2012. Esparza et al., 2008: 29-36. 107
EL CALCOL  TICO EN LA MESETA Y SU ORLA ATL  NTICA  INTENSIFICACI  N ECON  MICA  3200-2500 CAL. A.C.   mulas variadas, meno...
108 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA deras necrópolis como, en el norte de Lisboa, las de S. Pedro de Estoril y Alapraia, presentan cámara circular abierta en claraboya, vestíbulo y acceso y, habida cuenta de su carácter hipogeico (están excavadas en la roca), no se significan al exterior ni dejan huella en el paisaje; por el contrario los tholoi –bien representados en esta zona por Pai Mogo y Praia das Maças– se protegen bajo túmulos similares a los dolménicos con los que se multiplica su monumentalidad85. En ninguno de los dos casos se vinculan tales cementerios a aldeas concretas, por lo que no parece regir el típico binomio poblado-necrópolis propio del Calcolítico del Sudeste de la Península Ibérica (Los Millares) o del Algarve (Alcalar). Y, sin embargo, la presencia habitual en sus ajuares de cerámicas acanaladas y de elementos votivos de calcáreo (betilos, falos, ídolos ahusados, etc.), acredita su contemporaneidad con las primeras fases de Leceia, Vila Nova de S. Pedro o Zambujal. La riqueza y el exotismo de los ajuares de tholoi y cuevas sugiere que pertenecieron a linajes de elevado estatus social, capaces de invertir en elementos suntuarios y de reforzar su prestigio emulando ciertas concepciones mágico-religiosas propias del sur peninsular, lo que –junto a la aparición de la metalurgia– ha servido para hablar de una fase “de influencias mediterráneas” en la Cultura del Tajo86. Vigencia y desarrollo de las redes de intercambio de bienes de prestigio En capítulos anteriores, ya advertimos cómo a finales del Neolítico, coincidiendo sobre todo con el óptimo del megalitismo, parte de los excedentes agropecuarios fueron canalizándose a la adquisición de objetos de lujo, esencialmente adornos, que funcionaban como símbolos de distinción o estatus, que se manifestaban sobre todo en los espacios de enterramiento y cuyo principal valor añadido era con frecuencia su condición exótica87. Todo ello se tradujo en la aparición de unas “redes de intercambio de bienes de prestigio”, a veces de larga distancia, cuya pujanza se hizo todavía más evidente durante el Calcolítico88 al incorporarse a la lista de materiales circulantes el oro y el propio cobre –cuyo valor como elemento de ostentación debió ser en los primeros momentos casi tan grande como sus posibilidades instrumentales–, así como otros bienes exóticos, caso del marfil y del ámbar, documentados por primera vez en el centronorte de la Península Ibérica a partir del III milenio cal. a.C. Todo esto supone, por un lado, un crecimiento 85 86 87 88 Leisner et al., 1969; Gallay et al., 1973. Jorge, 1990; Gonçalves, 2003. Guilaine, 2002. Costa Caramé et al., 2011. de los excedentes del que también daban cuenta las inversiones realizadas en el hábitat (la fortificación de los poblados y la aparición de los recintos de fosos), y por otro la aparición de cierta jerarquización social, ya que, según parece verse en las tumbas, algunos grupos o personas disfrutaban de un mayor acceso a dichos productos exóticos y símbolos de prestigio. Pero esta no fue la única estrategia sociopolítica adoptada; otra, que exigirá también importantes inversiones en tiempo y recursos, se orientará a la posesión de conocimiento especializado. Con el andar del milenio, acaba imponiéndose definitivamente la metalurgia del cobre y hace acto de aparición la orfebrería, lo que supondrá añadir a la estrategia del puro exotismo la del conocimiento y el trabajo especializados (metalurgia y orfebrería), con la consiguiente necesidad de control de las rutas de aprovisionamiento. Existen varios elementos de prestigio en el centro-norte peninsular cuya utilización arraiga claramente en tradiciones anteriores, tardoneolíticas. Los adornos de piedras verdes, el lignito, las conchas marinas o el cinabrio son bien conocidos en los megalitos del Neolítico Final pero, aunque continúen apareciendo a lo largo del Calcolítico, su distribución ofrece algunos cambios. La ya mencionada tumba múltiple de San Juan ante Portam Latinam, en Álava, datada a fines del IV milenio, ejemplifica la transición Neolítico Final-Calcolítico en el Norte peninsular: los difuntos portaban adornos propios de momentos anteriores, que en adelante no volverán a verse, tales como colmillos de jabalí o collares de cuentas lignito, pero también otros que sí tendrán continuidad como las cuentas de piedras verdes o las conchas marinas89. Pero a partir del tránsito Neolítico-Calcolítico cambian muchas cosas alrededor de los adornos de piedras verdes. Según revelan los análisis compositivos, al principio se empleó todo tipo de minerales de este color, cual sucede en la cueva alavesa de Las Yurdinas II y en los dólmenes de Burgos y Palencia. Sin embargo, en el Calcolítico pleno aumenta visiblemente el protagonismo de la variscita, para presentarse de forma abrumadora en la Meseta Norte, el norte de Portugal y la Estremadura portuguesa, no así en el valle medio del Tajo donde, según el testimonio de Valle de las Higueras, en Toledo y de Camino de Yeseras, en Madrid, no se conoció su utilización antes de la época campaniforme. Como es sabido, en el paso del IV al III milenio se produjo el ocaso de la gran explotación de variscita de Can Tintorer, Barcelona, que había surtido de adornos verdes a toda la cuenca del Ebro, siendo sustituida como gran centro productor por las minas de Palazuelo de las Cuevas, en Zamora, entonces en su apogeo, des89 Vegas Aramburu, 2007.
108  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  deras necr  polis como, en el norte de Lisboa, las de S. Pedro de Estoril y ...
EL CALCOLÍTICO EN LA MESETA Y SU ORLA ATLÁNTICA: INTENSIFICACIÓN ECONÓMICA (3200-2500 CAL. A.C.) Figura 7. Enterramiento múltiple simultáneo en el recinto de fosos de la Edad del Cobre de Yeseras, San Fernando de Henares (Madrid). Fotografía C. Liesau de donde, según recientes análisis, en los inicios del III milenio cal. a.C. sus variscitas coparon la Meseta Norte –poblado de Las Peñas de Quiruelas, Zamora, o tumba de El Ollar, Segovia–, y alcanzaron la Estremadura portuguesa –Vilanova de S. Pedro y Zambujal–, el Alentejo –Anta Grande de Zambujeiro– e, incluso, el Valle del Guadalquivir, a juzgar por su hallazgo en Valencina90. Aunque se haya frenado respecto al Neolítico, el uso de conchas marinas como el dentalium o la trivia todavía persiste en algunas regiones. Ya hemos comentado como en San Juan ante Portam Latinam, en donde un individuo infantil disponía de un collar de más de cien conchas de dentalium, sirve para certificar su pervivencia al principio del Calcolítico. Pero se trata de algo excepcional, como también lo es la existencia en Los Parrales, Ciudad Real, de un auténtico 90 Thomas, 2011; Villalobos, 2012; Odriozola et al., 2013; Domínguez Bella, 2004. taller ya campaniforme dedicado a la producción de cuentas sobre conchas marinas91. Por otra parte, es bastante habitual el uso de pigmento rojizo en los tratamientos funerarios de la Prehistoria, por lo que nada tiene de particular que se registren algunos casos en nuestra área de estudio. Generalmente se asume que para la elaboración de este accesorio de los rituales fúnebres se empleara ocre, un muy común óxido de hierro. Sin embargo, la aplicación de análisis durante los últimos tiempos va revelando que con frecuencia no fue tal lo empleado sino cinabrio o bermellón, un sulfuro de mercurio con contados afloramientos en toda la península. Su uso durante el Neolítico era conocido en la Meseta en el dolmen de la Velilla, Palencia, y en la mina de Casa Montero, Madrid, pero continuó siendo empleado en 91 Benítez de Lugo et al., 2004. 109
EL CALCOL  TICO EN LA MESETA Y SU ORLA ATL  NTICA  INTENSIFICACI  N ECON  MICA  3200-2500 CAL. A.C.   Figura 7. Enterramie...
110 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA contextos calcolíticos como Camino de las Yeseras, también en Madrid, o el Valle de las Higueras, en Toledo, sugiriéndose una procedencia en estos últimos casos de Almadén, Ciudad Real92. Los artefactos de ámbar conocidos son muy escasos, pero la atractiva posibilidad de que esta resina fósil proceda de lugares lejanos, extrapeninsulares, ha sido decisiva para que se analicen algunos de ellos. En este tercio centro–septentrional peninsular sólo se conocen ejemplares de esta época procedentes de contextos funerarios, como la Mamoa V de Chã de Arcas, en Baião, como la repetidamente citada necrópolis campaniforme del Valle de las Higueras y como algunos dólmenes reutilizados del grupo de Murumendi, caso de Trikuaizti o Larrarte, ambos en Guipúzcoa. Algunos análisis sugieren el uso de ámbar cretácico local, pero otros apuntan a un origen extrapeninsular: el ejemplar de Chã de Arcas podría ser siciliano, mientras que en Larrarte los resultados revelan, con mayor seguridad, un origen báltico93. Otro material cada vez mejor documentado es el marfil, muy común en las regiones meridionales ibéricas y en el entorno de la península de Lisboa, donde destacan los adornos del poblado de Leceia (Oeiras) y de otras tumbas de los alrededores. En cambio, más al interior y en el norte de la península Ibérica su presencia resulta excepcional, conociéndose sólo documentos puntuales en la Meseta Norte (dolmen del Prado de las Cruces, en Ávila), en Madrid (Yeseras) y en el Cantábrico oriental (Pico Ramos). Algunos de los artefactos analizados revelan su condición de marfil de elefante fósil, o de cachalote de incierta procedencia, pero también hay eburno de elefante africano, lo cual delataría contactos extrapeninsulares con el sur del Mediterráneo94. Merecen también un comentario algunos artefactos cuya materia prima no habla per se de circulación a larga distancia pero que, atendiendo a ciertas circunstancias, sí permiten sopesar su integración en circuitos de intercambio y su condición de objetos de prestigio. La abundancia en el sur peninsular de ídolos calcolíticos, ya sean placas, cilindros o antropomorfos95, contrasta con la anecdótica presencia de los mismos en el centro-norte peninsular: los ídolos-placa se reducen a los contados ejemplares de A Carballeira en Pontevedra y de Galisancho y La Casa del Moro en Salamanca96. Otros elementos meridionales no menos excepcionales serían el ídolo antropomorfo de Las Po- zas y el vaso calizo de El Fonsario, ambos en Zamora97. Y también habría de considerarse en el marco de estas corrientes de intercambio el hallazgo aislado de armas singulares, como el puñal tallado en sílex exótico de La Garma, Cantabria98, o las hachas de anfibolita que desde la zona de Ossa-Morena –¡junto con el cobre!– llegan a la Estremadura portuguesa99. Comentario similar merece el kit de elementos pulimentados del más arriba mencionado “Horizonte Rechaba”, que incluiría, entre otros, largos cinceles, mazas y dobles hachas perforadas100. De probable inspiración nordeuropea, alcanzaron tierras lejanas como el norte de Extremadura y las sierras abulenses, donde se registra un completo lote utilizado como ajuar en el túmulo no megalítico de la Dehesa de Río Fortes101. Y por el Cantábrico se distribuyeron también hasta Guipúzcoa (hacha de Balenkaleku), siendo probable –a juzgar por lo revelado por el doble pico perforado de Marabiu (Asturias)– que gran parte de ellas se fabricasen sobre una roca particular, la cianita, proveniente de unas canteras ubicadas al Este de Santiago de Compostela102. La asociación de estos elementos pulimentados y su aparente configuración como equipo de parada, aunque de fechas dentro de la primera mitad del III milenio, en cierto modo puede parangonarse con la distribución de grandes hachas o hachas perforadas, algunas de ellas de jadeíta alpina, conocidas, aunque fuera de contexto, en el tercio norte peninsular103. Si se añade a todo ello el cobre, que a partir de las grandes explotaciones del Aramo hubo de nutrir a amplias regiones huérfanas de dicho recurso, y en menor medida –porque en el Calcolítico precampaniforme tiene un carácter excepcional– el oro, se estará en condiciones de captar el enorme esferzo canalizado hacia la esfera de los intercambios de bienes de prestigio y la importancia que hubieron de revestir estos como elementos de estatus y símbolos de autoridad. Manifestaciones simbólicas Junto a las prácticas funerarias, las manifestaciones simbólicas constituyen otra vía de aproximación a la esfera religiosa de las sociedades prehistóricas, de manera que su tremenda riqueza en la Península durante el III milenio cal. a.C. no es sino fiel reflejo de la compleja ritualidad calcolítica. En este despliegue simbólico vamos a encontrar expresiones gráficas co97 92 93 94 95 96 Delibes, 2000; Hunt et al., 2012. Vilaça et al., 2002; Álvarez et al., 2005; Bueno et al., 2005. Schuhmacher et al., 2009. Gonçalves, 1997. Bueno Ramírez, 2010; Guerra et al., 2009. 98 99 100 101 102 103 Villalobos, 2013. Arias Cabal et al., 1999. Lillios, 1997. Vázquez Varela, 1979. Estremera y Fabián, 2002. Blas Cortina, 2001. Fábregas et al., 2012.
110  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  contextos calcol  ticos como Camino de las Yeseras, tambi  n en Madrid, o el...
EL CALCOLÍTICO EN LA MESETA Y SU ORLA ATLÁNTICA: INTENSIFICACIÓN ECONÓMICA (3200-2500 CAL. A.C.) Figura 8. Ídolos-placa calcolíticos de Garrovillas y Trincones I (Cáceres). Fotografía R. del Balbín y P. Bueno. 111
EL CALCOL  TICO EN LA MESETA Y SU ORLA ATL  NTICA  INTENSIFICACI  N ECON  MICA  3200-2500 CAL. A.C.   Figura 8.   dolos-pl...
112 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA rrespondientes a tres tradiciones artísticas que se solapan en cuanto a repertorio iconográfico y espacios de representación: lo que, de forma genérica, podríamos denominar Arte Megalítico, el Arte Esquemático y los petroglifos del noroeste104. Conviven, por tanto, arte rupestre y mobiliar, motivos al aire libre y en cueva, soportes de muy diversa naturaleza, variedad de técnicas (grabado, pintura, escultura), pluralidad temática (antropomorfos, zoomorfos, “motivos simbólicos”) e, incluso, una diferenciación regional tan acusada como para hablar de provincias artísticas distintas. Por esta razón, no resulta sencillo ofrecer una panorámica general ni de las inquietudes estéticas que inspiraron estas expresiones artísticas ni de los sistemas de creencias en los que se articularon, máxime cuando tampoco se puede afinar demasiado en el encuadre cronológico de la mayor parte de las manifestaciones. El ciclo de representación de las pinturas y grabados correspondientes al Arte Esquemático se prolongó desde el VI al II milenio cal a.C., ocupando toda la Península Ibérica, pero es al periodo calcolítico al que se adscriben la mayor parte de los paneles en virtud de los paralelos existentes entre los antropomorfos esquemáticos y los ídolos votivos de dicho momento105. Todos ellos comparten una uniformidad conceptual como consecuencia de la repetición de la misma iconografía a lo largo de una amplia secuencia de tiempo106, lo que confirma el valor simbólico que estas figuras vagamente humanas tuvieron para las comunidades de la Prehistoria Reciente. Pero además, se aprecia también la estrecha vinculación del mundo simbólico del Calcolítico con el Megalitismo. Los mismos grabados y pinturas que se plasman al aire libre, decoran los monumentos megalíticos (bien sea sepulcros de corredor, menhires o estelas), lo que resulta particularmente ostensible en el Tajo Internacional donde funcionan como marcadores gráficos en el paisaje para delimitar territorios107. En la Extremadura española el simbolismo alcanza su máximo esplendor en el tránsito del IV al III milenio, conforme denotan las decoraciones parietales y las figuraciones antropomorfas documentadas en dólmenes de fecha avanzada como Trincones I, en Cáceres, cuya mejor expresión son ciertos ídolos votivos herederos de los ídolos-placa alentejanos del Neolítico Final108. Y en la península de Lisboa este momento, a relacionar como ya tuvimos ocasión de ver con las grutas artificiales y el inicio de los tholoi, coincidiría en lo simbólico con el optimo de los artefactos votivos en calcáreo: un conjunto muy variado tipológicamente que engloba ídolos-betilo fundamentalmente, formas menos comunes (ídolospiña o ídolos-alcachofa, lúnulas, azuelas, morteros, vasos y cajas rectangulares) y tipos raros o únicos, como las conocidas sandalias de Alapraia109. En el centro y en el tercio norte peninsular, en cambio, el arte mobiliar no se cultivó con la misma intensidad durante la primera mitad del Calcolítico (¿quizás debido a la aparición de fórmulas funerarias nuevas que buscaban escenarios al margen de los megalitos?). Esta circunstancia no deja de resultar sorprendente teniendo en cuenta los influjos que llegan desde el sur, y que en el plano simbólico se concretan en ciertas piezas votivas como los llamados “ídolos de cuernos” (más bien morillos) o la cerámica simbólica. En cambio, el Arte Esquemático va a conocer un gran desarrollo en estos territorios, destacando por el número de yacimientos las concentraciones pictóricas de Extremadura, del Duero portugués, del sur de Salamanca, del Barranco del Duratón, en Segovia, o del Monte Valonsadero, en Soria. Algo posteriores son los grabados esquemáticos del Alto Duero y la Cornisa Cantábrica que se atribuyen a momentos avanzados del Calcolítico o, incluso, del Bronce Antiguo110, y, a pesar de sus evidentes raíces megalíticas, la misma cronología avanzada reclaman los conocidos iconos esteliformes de Peña Tú y Collado de Sejos, en Asturias y Cantabria respectivamente, que hablan, como nexo con el Neolítico, del culto a los ancestros111. Algo similar puede decirse de los petroglifos del noroeste peninsular (Galicia y los territorios norteños de Portugal, principalmente, con algún testimonio aislado en la provincia de León) que si bien pudieron gestarse en el Calcolítico –o incluso con anterioridad, caso de las cazoletas– es en la Edad del Bronce cuando conocen su mayor desarrollo112. A lo largo de la Edad del Cobre parece vislumbrarse, por tanto, la vigencia del sistema de creencias vinculado al Megalitismo, entendido no en su más estricta concepción arquitectónica de tumbas monumentales, sino como un conjunto de prescripciones mágico-religiosas relacionadas con la muerte113. Pero más que una mera traslación del Neolítico al Cobre de la ideología religiosa con su iconografía, se produce una intensificación simbólica y una apropiación de las imágenes de los ancestros por parte de ciertos individuos, de una minoría emergente, como argumento ideológico de su posición privilegiada114. 109 104 105 106 107 108 Lucas, 1993. Sanchidrián, 2001. Bécares, 1990. Bueno et al., 2004. Bueno et al., 2010b. 110 111 112 113 114 Gonçalves, 2003. Gómez Barrera, 1992. Blas, 2003. Fábregas, 2001. Gonçalves, 2003: 38. Bueno et al., 2010.
112  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  rrespondientes a tres tradiciones art  sticas que se solapan en cuanto a rep...
Rafael Garrido Pena* El Campaniforme en la Península Ibérica Un viejo dilema de la Prehistoria de Europa y de Península Ibérica sular de Harrison3, pero pronto la aplicación de las técnicas de datación absoluta, y en concreto el C14 iba a desmontar estos modelos. El Campaniforme es uno de los fenómenos arqueológicos que más polémica y debate han generado desde los comienzos de las investigaciones1. La amplia dispersión de un conjunto de tipos de objetos (cerámicas, armas y herramientas de cobre, adornos de oro, etc.), que aparecen asociados en numerosos yacimientos calcolíticos de buena parte de Europa occidental, siempre ha supuesto un reto difícil de explicar. A comienzos del siglo XX las primeras teorías interpretaban este fenómeno en clave cultural, como los restos materiales dejados a su paso por un grupo cultural, étnico, o incluso una raza móvil, guerrero y buen conocedor de la metalurgia del cobre y del oro, con los que comerciaba y sometía a los pueblos indígenas. Boch Gimpera y Castillo situaron el origen de este pueblo en el centro de la Península Ibérica, inaugurando una línea de investigación muy fértil, que ofrecería multitud de trabajos2. Lanting y van der Waals proponen a mediados de los años 70 el llamado “modelo holandés”, que sitúa el origen del campaniforme en la desembocadura del Rin, por evolución de la “Cultura de la Cerámica Cordada” del Neolítico en el norte y centro de Europa4. Este modelo, de gran éxito posterior, se basa en una secuencia de evolución cultural ininterrumpida a partir de la datación por C14 de contextos funerarios. Esta teoría ha estado vigente hasta fechas recientes en las que trabajos que disponían de muchas más dataciones de todo el ámbito europeo y que aplicaban la calibración de las dataciones5, han demostrado que el panorama no es tan claro. Por ello actualmente varios autores vuelven a buscar el origen del Campaniforme de nuevo en la Península Ibérica, y en concreto en el sector central de Portugal6, que de hecho ofrece una de las mayores concentraciones de hallazgos en toda Europa. Con la multiplicación de hallazgos y el mejor conocimiento de la seriación cronológica interna del fenómeno, delimitada por la definición de diferentes estilos decorativos, a mediados de los años 60 empiezan a surgir otras propuestas. Sangmeister las sintetizará en su conocida “teoría del reflujo”, que postula un origen dual para el campaniforme. Inicialmente surgiría en la zona del estuario del Tajo (Portugal) el primer estilo decorativo, denominado Marítimo o Internacional por su distribución y homogeneidad, desde donde se extendería en un movimiento de “flujo” por buena parte de Europa occidental. En Centroeuropa esta “cultura” se hibridaría con las calcolíticas locales adoptando una serie de elementos (brazales de arquero, botones de perforación en V, etc.), que le acompañarían en un movimiento de “reflujo” que las dispersaría hacia el Sur y el Oeste en fases avanzadas del fenómeno, creando en cada zona distintos estilos locales más tardíos. En este marco se publica la síntesis penin- Sin embargo todos estos trabajos, pese a defender hipótesis diferentes, coinciden en su trasfondo teórico, al identificar el Campaniforme con una “cultura”, un grupo étnico determinado sobre cuyos orígenes se especula. Sin embargo, desde los años 70 y a raíz del pionero trabajo de Clarke7, otros autores optan por la interpretación de las causas de la extensión de este fenómeno, que buscan en la estructura económica y social de los grupos de la Europa calcolítica. Como señala el propio Clarke no se trataría de pueblos campaniformes sino pueblos con campaniforme, entendiendo que los elementos materiales que lo componen son objetos especiales, de alto valor social que circularían a través de las redes de intercambios en una Europa en pleno proceso de transformación económica, con el surgimiento de formas incipientes de jerarquización social. Los líderes tratarían de apuntalar su débil posición exhibiendo estos objetos como una parafernalia ritual, que combina cerámicas lujosas, armas y adornos, todos ellos emblema del prestigio y el poder. 3 4 * 1 2 Universidad Autónoma de Madrid, rafael.garrido@uam.es Garrido, 2005. Garrido, 2000: 5-8; Garrido et al., 2011: 109. 5 6 7 Harrison, 1977. Lanting y van der Waals, 1976. Müller y Van Willingen, 2001. Salanova, 2005. Clarke, 1976.
Rafael Garrido Pena   El Campaniforme en la Pen  nsula Ib  rica  Un viejo dilema de la Prehistoria de Europa y de Pen  nsu...
114 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Sherratt incorpora las teorías de Clarke añadiendo un interesante matiz, de gran repercusión en la investigación posterior, sobre el posible contenido alcohólico de las cerámicas campaniformes8. Tan dignos contenedores cerámicos sólo podían albergar en su interior preciadas bebidas consumidas en contextos ceremoniales de alto valor social, y las bebidas alcohólicas cumplen perfectamente este papel, especialmente en sociedades carentes de instituciones políticas permanentes, donde resultan muy útiles para reclutar partidarios a través de la celebración de fiestas. En los últimos años el desarrollo de las técnicas de laboratorio ha permitido identificar en numerosos ejemplares de campaniformes peninsulares residuos de varias bebidas alcohólicas, especialmente distintos tipos de cerveza9. Parece en definitiva un consenso generalizado que los elementos campaniformes no son el emblema de una “cultura” o una etnia determinadas, sino objetos de alto valor social que formaron una exitosa combinación que se extendió a través de los sistemas de intercambios en un momento clave de la Prehistoria reciente europea y peninsular. Componentes fundamentales del “pack” campaniforme Este conjunto de objetos que forman lo que suele denominarse el “pack” campaniforme está formado por una serie de tipos altamente estandarizados que aparecen juntos de forma recurrente en los mismos contextos arqueológicos (Fig. 1): Cerámicas Las cerámicas forman un conjunto reducido de formas estandarizadas, especialmente el vaso campaniforme de perfil sinuoso, en torno a 1 litro de capacidad y proporción 1.1 entre el diámetro de boca y la altura total, ideal para el manejo y consumo de líquidos. A él se unen la cazuela, una vasija ancha y baja (proporción 3: 1) y de capacidades variadas, normalmente entre 1.5-2.5 litros, claramente relacionada por todo ello con la presentación y consumo de alimentos sólidos. Junto a ellas existen también los cuencos y cazuelillas, pequeños recipientes de consumo individual, utilizados probablemente para distribuir el contenido de vasos y cazuelas. Excepcionales son las copas campaniformes, documentadas únicamente en El Acebuchal (Carmona), la zona central de Portugal (Sao Pedro do Estoril, Cascais)10, 8 9 10 Sherratt, 1987. Rojo et al., 2006; Garrido et al., 2011. Gonçalves, 2005. Figura 1. Representación de un personaje ataviado con los elementos que componen el conjunto campaniforme. Según Rojo y otros 2005. Dibujo Luis Pascual Repiso. y siguiendo el Tajo en hallazgos meseteños como El Ventorro, el conquense de El Alto del Romo o el más reciente y completo de Humanejos, por ejemplo. Todas ellas tienen finas paredes (en torno a 5 mm de grosor medio) un cuidado modelado y acabado de las paredes, así como una rica y compleja decoración. En ocasiones la decoración se rellena de pasta blanca, compuesta por hueso triturado como
114  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Sherratt incorpora las teor  as de Clarke a  adiendo un interesante matiz, d...
EL CAMPANIFORME EN LA PENÍNSULA IBÉRICA han demostrado análisis de laboratorio recientes11, lo que la hace resaltar sobremanera frente al fondo oscuro del recipiente. Los estilos más antiguos son el cordado, con impresión de cuerdas y distribución minoritaria y periférica en la Península, y el Marítimo (Fig. 2), hecho mediante impresión a peine, o concha en algunos casos, con bandas rellenas de trazos oblicuos alternando con otras lisas, que aparece por toda la Península, aunque especialmente concentrado en la zona central de Portugal. Posteriormente aparecen diseños geométricos que se añaden a los esquemas marítimos clásicos hasta configurar un estilo que se ha denominado Puntillado geométrico, por conservar aún la impresión a peine pero con un repertorio de motivos más amplio. Sería una suerte de estilo transicional hacia los posteriores de tipo regional. Los estilos regionales más tardíos se realizan con técnica impresa, empleando matriz no dentada, y se han denominado con distintos nombre regionales o locales (Palmela, Salamó, Carmona, y sobre todo Ciempozuelos)12 (Fig. 3A). Si los estilos antiguos, como el cordado o el marítimo responden a esquemas decorativos muy estandarizados en toda Europa, sobre todo la sucesión de bandas rellenas de trozos oblicuos en dirección alternante, el Ciempozuelos y coetáneos lo hacen de acuerdo con esquemas más locales y regionales, aunque también sorprendentemente regulares y estandarizados. Empleando repertorios de motivos geométricos relativamente reducidos, y normalmente no más de tres por vaso, se combinan hasta formar esos complejos esquemas ornamentales siguiendo patrones muy regulares, muchas veces sucesivos, y otras dotados de clara simetría central. Por su singularidad merece la pena destacar la existencia de una variante decorativa que incorpora junto a los característicos motivos geométricos, otros figurativos (zoomorfos como cérvidos, soliformes, etc) directamente vinculados con el mundo del arte rupestre y otros soportes (ídolos, etc.), que es conocido como “campaniforme simbólico” (Fig. 3B). Contamos con excepcionales ejemplos peninsulares de esta curiosa variante como el cuenco de Las Carolinas y la cazuela de El Camino de las Yeseras ambos en Madrid, los cuencos de Ciavieja y Los Millares en Almería, o los de Palmela, Tituaria y Castro de Portucheira en Portugal. Tampoco podemos olvidar la presencia en los asentamientos de grandes vasos de almacenaje con decoración campaniforme, que pese a sus dimensiones exhiben también una notable estandarización es11 12 Odriozola y Hurtado, 2007. Harrison, 1977. Figura 2. Vaso campaniforme de estilo Marítimo del Túmulo de La Sima (Miño de Medinaceli, Soria). Según Rojo et al 2005. Fotografía Alejandro Plaza. Museo Numantino de Soria. pecialmente en su ornamentación, que suele emplear esquemas y diseños repetitivos, quizás indicando su funcionalidad como grandes vasijas para fermentar o consumir la bebida que se ingería en la vajilla estándar. De hecho un reciente hallazgo del abrigo soriano de Carlos Álvarez contenía residuos de cerveza de trigo. Finalmente existen también cerámicas campaniformes lisas, que a pesar de carecer de ornamento alguno, replican con exactitud las mismas formas del repertorio decorado (vasos campaniformes, cazuelas, cuencos, etc.), con las que se combinan además en muchos ajuares funerarios. Por esta razón se las conoce como Estilo Liso. Armas y herramientas de cobre Entre las herramientas cabe destacar los punzones biapuntados y las hachas planas, si bien estas últimas pueden ser también armas, como lo son indudablemente los puñales/cuchillos de lengüeta y las Puntas de lanza de tipo Palmela (Fig. 4A). Todos estos elementos se realizan en cobre, a veces con un importante porcentaje de arsénico (sobre todo los puñales), cuya adición no parece intencional a juzgar por lo que señalan los análisis arqueometalúrgicos. Los primeros bronces sólo aparecen de forma excepcional durante el campaniforme peninsular, 115
EL CAMPANIFORME EN LA PEN  NSULA IB  RICA  han demostrado an  lisis de laboratorio recientes11, lo que la hace resaltar so...
116 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Figura 3. Cerámicas campaniformes: (A) necrópolis de Ciempozuelos. Fotografía Museo Arqueológico Nacional. (B) Cuenco de Las Carolinas (Madrid), vista externa (superior) e interna (inferior). Fotografía Museo Arqueológico Regional de Madrid. como por ejemplo en el yacimiento gerundense de Bauma del Serrat del Pont. Durante este fenómeno parece que el uso de la metalurgia del cobre se expande en la Península, sin que se asocie tampoco con cambios tecnológicos muy importantes respecto a la etapa calcolítica precedente. Siguen empleándose vasijas-horno y crisoles para la fundición, algunas veces incluso recipientes con decoración campaniforme, como en El Ventorro (Madrid), Son Matge (Mallorca) y la Bauma del Serrat del Pont (Gerona), por ejemplo13. Incluso los sistemas de enmangue de las piezas utilizan durante todo este periodo el sistema de lengüetas o pedúnculos insertados en los mangos de madera desaparecidos, mientras en otros ámbitos de Europa occidental aparecen los primeros remaches, mucho más útiles para fijar eficazmente el mango a la hoja, y que serán el sistema recurrente durante la Edad del Bronce. Al igual que ocurría con los bronces sólo al final de esta etapa, y de forma minoritaria vemos aparecer la innovación de los remaches en un tipo de armas peculiares como las alabardas de tipo Carrapatas, de origen atlántico, vinculadas con el campaniforme en un reciente hallazgo funerario de estilo Ciempozuelos en Humanejos (Parla, Madrid). Los últimos puñales de lengüeta fabricados durante el Campaniforme van aumentando el tamaño de su 13 Rovira y Delibes, 2005. hoja respecto a una lengüeta cada vez más reducida, que se verá sustituida finalmente por los remaches. En el puñal del dolmen zamorano de Almeida de Sayago encontramos ambos sistemas, una pequeñísima lengüeta y dos remaches14 que preludian las innovaciones tecnológicas que se iban a imponer en los siglos siguientes. Adornos de oro La orfebrería de oro conoce en este periodo su primer gran impulso con la multiplicación de hallazgos y de tipos, desde las grandes diademas o bandas para decorar la frente (Fuente Olmedo) hasta las típicas chapitas cuadradas o rectangulares, que constituyen quizás el tipo predominante, o las cuentas de collar. Todas ellas se realizan en oro aluvial, a partir de delgadas laminitas que son martilleadas concienzudamente hasta obtener los productos finales. Necesariamente han de ir vinculadas como apliques a elementos de materia orgánica perdidos, especialmente las pequeñas chapitas y placas, que a veces pudieron combinarse formando tocados tan complejos como el aparecido recientemente en la cabeza de un individuo inhumado en el yacimiento madrileño de Camino de las Yeseras. Excepcional es también el brazalete de arquero de oro macizo 14 Delibes, 1977: 72-73.
116  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Figura 3. Cer  micas campaniformes   A  necr  polis de Ciempozuelos. Fotogra...
EL CAMPANIFORME EN LA PENÍNSULA IBÉRICA Figura 4. Materiales campaniformes del Túmulo de La Sima (Miño de Medinaceli, Soria): (A) Puñales de lengüeta de cobre (B) Puntas de tipo Palmela de cobre. (C) Brazales de arquero de piedra. Fotografías Alejandro Plaza. Museo Numantino de Soria. procedente de Vila Nova de Cerveira, en Viana do Castelo (Portugal). Otros elementos de alto valor simbólico En esta categoría podemos incluir otros elementos ni cerámicos ni metálicos que aparecen sin embargo de forma recurrente en los contextos campaniformes, y constituyen señas de identidad fundamentales de este complejo fenómeno. Se trata de los brazales de arquero y de los botones de hueso y marfil con perforación en V. Los brazales de arquero son placas rectangulares, de piedra normalmente, con perforaciones en los extremos, que reciben su nombre de la interpretación funcional más extendida que sobre ellos se ha propuesto (Fig. 4B). En efecto se considera que pudieron ir sujetos a la cara interna del antebrazo, donde no en vano se han descubierto en varios contextos funerarios, para amortiguar el impacto de la cuerda del arco. De hecho es asimismo frecuente encontrar entre los ajuares funerarios campaniformes puntas de flecha de sílex, especialmente las de pedúnculo y aletas. Además, por ejemplo en las célebres estelas antropomorfas de la necrópolis campaniforme suiza de Petit Chasseur el arco es uno de los símbolos más característicos. El arco y las flechas siguen siendo las armas básicas de los grupos calcolíticos tanto para la caza, como en sus enfrentamientos bélicos. En el terreno del adorno personal es donde debemos situar los botones de perforación en V, llamados así por su curioso sistema de sujeción a las prendas que pertenecerían. Presentan una variedad de tipos estandarizados, como los hemiesféricos, cónicos, de tipo tortuga, troncocónicos, piramidales, etc, y se realizan tanto en hueso como en marfil. Recientes análisis de laboratorio15 han permitido incluso demostrar que se trata en ciertos casos de marfil africano, lo que incide nuevamente en el gran desarrollo de los sistemas de intercambios durante el Calcolítico peninsular. Además la distribución de algunos de estos botones en tumbas, como la alineación documentada en la Gruta 1 de Sao Pedro do Estoril en Cascais (Portugal)16, sugiere muy claramente su vinculación a vestimentas. 15 16 Schuhmacher y Banerjee, 2012. Gonçalves, 2005: 117. 117
EL CAMPANIFORME EN LA PEN  NSULA IB  RICA  Figura 4. Materiales campaniformes del T  mulo de La Sima  Mi  o de Medinaceli,...
118 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Prendas que en este contexto hemos de imaginar valiosas y de tipo ceremonial, quizás como las que nos muestran también las estelas antropomorfas suizas de Petit Chasseur, con una cuidada decoración muy semejante a la que adorna los vasos campaniformes. En suma los elementos campaniformes forman un conjunto estandarizado de tipos que aparecen de forma recurrente en los mismos contextos, y que se documentan, con pequeñas variantes regionales, por buena parte de la Europa occidental de la segunda mitad del III milenio cal AC. Sin embargo, algunos de ellos pueden considerarse producciones básicamente peninsulares, como las cazuelas, que sólo se documentan muy esporádicamente en otras regiones como Sicilia o sur de Francia, las puntas de tipo Palmela, que siendo muy abundantes en la Península alcanzan apenas el sur de Francia y el Norte de África, o los campaniformes “simbólicos”, que son exclusivamente peninsulares. Marco cronológico y geográfico El Campaniforme ocupa en la Península Ibérica la segunda mitad del III milenio cal AC (2500-2000 AC), si bien algunas dataciones de C14 nos permiten ampliar este periodo cronológico en su límite superior hasta el 2700-2600, y por el inferior hasta el 1900 AC. Sin embargo este marco general varía mucho regionalmente, ya que mientras en regiones como el Sureste peninsular desaparece hacia el 2200-2000, en buena parte del interior peninsular se prolonga durante los comienzos del II milenio AC (2000-1900 AC), en lo que tradicionalmente se denomina Bronce antiguo. Más compleja resulta la seriación cronológica interna de este fenómeno, ya que los procedimientos de datación absoluta actualmente disponibles tienen sus limitaciones a la hora de detallar periodos relativamente cortos, más aún este en el que la curva de calibración de las dataciones de C14 muestra una gran irregularidad. La seriación estilística tradicional permite diferenciar dos grandes fases: – Estilo Marítimo o Internacional de distribución paneuropea y cronología más antigua. – Estilos regionales (Salamó, Carmona, Palmela, Ciempozuelos) más tardíos. Resulta muy difícil establecer el límite cronológico entre ambas, por las limitaciones hoy por hoy insalvables del método de datación, pero podría situarse sin mucha precisión entre el 2300-2200 AC. Además cuando empiezan a fabricarse los campaniformes de estilos locales siguen realizándose los de tipo marítimo aún, junto a los que aparecen en algunos niveles arqueológicos de asentamientos peninsulares. Sin em- bargo es importante resaltar que nunca aparecen juntos los campaniformes marítimos y los de los estilos más tardíos en contextos funerarios cerrados. También se han podido definir en algunas regiones peninsulares estilos decorativos epicampaniformes, esto es, con decoración semejante y heredera de la campaniforme pero con importantes diferencias, sobre todo en la organización de los diseños decorativos. Ocuparían la fase final de la secuencia campaniforme, bien entrado el II milenio cal AC. Es el caso, por ejemplo, del llamado Estilo Arbolí del noreste peninsular o del de tipo Dornajos en la zona de la Mancha17. En cuanto a la distribución geográfica del fenómeno campaniforme en la Península, podemos asegurar en la actualidad que no hay región donde no se documente, e incluso en aquellas donde menos conocida era su presencia como en Galicia18, Cantabria19 o Extremadura20, por ejemplo, las recientes investigaciones han avanzado notablemente. No obstante, podemos señalar que la mayor concentración de hallazgos se produce en la zona central de Portugal, con una clara prolongación hacia el interior de la cuenca del Tajo. En general el interior peninsular muestra una importante presencia de hallazgos, concentrados en torno a las principales vías de comunicación (valles del Duero y Tajo). Todo ello demuestra que la Península Ibérica contaba con una tupida red de intercambios a lo largo de todo el III milenio cal AC, que preceden a la aparición del Campaniforme pero que se desarrollan y expanden de forma destacada con él. Los contextos arqueológicos: lugares de hábitat y tumbas Podemos señalar en la actualidad con bastante seguridad que no existe un modelo de poblado ni de tumba campaniforme, y ello es así porque, como se indicó anteriormente, no se trata de una “cultura”, sino de un fenómeno que afecta a diferentes grupos o “culturas”, y por lo tanto sus contextos de aparición son tan variados como ellas, especialmente en una región tan vasta como la Península. Podríamos diferenciar dos grandes categorías: los lugares de hábitat y las tumbas. Los lugares de hábitat La variabilidad de los asentamientos calcolíticos peninsulares es muy importante, y sobre ella incidirá 17 18 19 20 Garrido, 2000: 131-136. Prieto y Salanova, 2011. Ontañón, 2005. Hurtado, 2005.
118  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Prendas que en este contexto hemos de imaginar valiosas y de tipo ceremonial...
EL CAMPANIFORME EN LA PENÍNSULA IBÉRICA Figura 5. Tumba hipogeica de la necrópolis campaniforme de Humanejos (Parla, Madrid). Fotografía de Sara Genicio Lorenzo. Cortesía de Raúl Flores Fernández. el campaniforme también de forma muy diversa y variable. Desde finales del IV – comienzos del III milenio AC aparecen grandes poblados amurallados en regiones como el Sureste (Los Millares, por ejemplo), o el centro de Portugal (Zambujal), como consecuencia de importantes transformaciones económicas y sociales. Estos núcleos de población ven a mediados del III milenio AC la incorporación de los elementos campaniformes, siempre minoritarios (no más de un 5% del total de materiales recuperados), en general vinculados con una restricción del área ocupada, muchas veces centrada en las zonas elevadas de estos núcleos (acrópolis). Ello ha sido interpretado, junto a otros indicios, como el testimonio del aumento de la inestabilidad política en una fase de crisis y conflictividad. En otra de las grandes áreas del Calcolítico inicial, el Suroeste peninsular, el campaniforme también se incorpora a los grandes recintos de fosos, como el sevillano de Valencina de la Concepción o el extremeño de La Pijotilla21, por ejemplo. En este último también se constata 21 Hurtado, 2005. una reducción muy sensible del área ocupada durante la fase campaniforme, y al parecer un incremento de las diferencias entre los clanes, a juzgar por los ajuares funerarios de la necrópolis aledaña. En otras regiones peninsulares las manifestaciones de complejidad social son mucho menos claras, porque tuvieron una escala sensiblemente menor. Los patrones de asentamiento durante el III milenio no muestran indicios de jerarquización ni centralización ni se documentan importantes núcleos de población. El poblamiento se encuentra mucho más fragmentado en pequeños hábitats, ya sea de tipo estacional (cuevas) o permanente, como los campos de hoyos, que son el tipo de poblado característico de amplias zonas del interior peninsular, a veces delimitados por o coexistiendo con pequeños recintos de fosos, casi siempre inferiores a 1 Ha de superficie, salvo el yacimiento madrileño de Camino de las Yeseras, que por sus dimensiones (unas 20 Has) pudo tratarse de un lugar central22. En ellos los elementos campani22 Liesau et al., 2008. 119
EL CAMPANIFORME EN LA PEN  NSULA IB  RICA  Figura 5. Tumba hipogeica de la necr  polis campaniforme de Humanejos  Parla, M...
120 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA formes, que normalmente son pequeños fragmentos cerámicos, aparecen dispersos y en cantidades siempre minoritarias (1-5%), si bien en yacimientos como el madrileño de El Ventorro se concentran en algunas cabañas, junto a las evidencias de metalurgia (crisoles, restos de fundición) y de fauna23. Finalmente no podemos olvidar, por su singularidad e interés, el reciente descubrimiento de importantes asentamientos con materiales campaniformes próximos a las zamoranas lagunas de Villafáfila (Molino Sanchón, Santioste), que han sido interpretados como factorías especializadas en la producción e intercambio de la sal24, un recurso crítico en la alimentación de personas y animales domésticos. Las tumbas La variabilidad de las estructuras funerarias es aún mayor. Si hace unas décadas parecía casi un lugar común vincular las sepulturas individuales en fosa con el Campaniforme frente a las tumbas colectivas de los periodos precedentes, hoy podemos afirmar que esta idea es una simplificación excesiva de una realidad más compleja. Existen tumbas individuales desde los comienzos del Neolítico y los panteones colectivos no desparecen ni en el Calcolítico ni durante el Campaniforme, aunque sí es cierto que se reduce notablemente el número de los inhumados en ellos, frente a lo que ocurría en las sepulturas megalíticas del Neolítico. Parece que se trata ahora de pequeños panteones familiares, pertenecientes a linajes o grupos de parentesco que detentan el poder, por la concentración de elementos de prestigio en ellos. Es el caso de las cuevas artificiales de la zona central de Portugal (Grutas de Quinta do Anjo en Palmela, Alapraia o San Pedro de Estoril)25, y otras estructuras hipogeicas semejantes descubiertas recientemente en la cuenca interior del Tajo, como la necrópolis de Valle de las Higueras en Toledo26 y las madrileñas de Camino de las Yeseras27 y Humanejos28 (Fig. 5), que han proporcionado espectaculares hallazgos funerarios, donde se combinan las finas vajillas cerámicas campaniformes, con abundante armamento de cobre, orfebrería de oro y los característicos brazales de arquero y los botones de perforación en V de hueso y de marfil. Por supuesto que se conocen también ricas sepulturas individuales, como, por ejemplo los hallazgos clásicos meseteños de Villabuena del Puente (Zamo23 24 25 26 27 28 Garrido et al., 2005. Guerra et al., 2011. Gonçalves, 2005. Bueno et al., 2005. Liesau et al., 2008. Flores y Garrido, en prensa. ra) o Fuente Olmedo (Valladolid), cubierta bajo un pequeño túmulo de piedra y con uno de los ajuares campaniformes más ricos de Europa, pues al trío cerámico de Estilo Ciempozuelos, se le añadían una diadema de oro, un brazal de arquero, una punta de flecha de sílex y un espectacular conjunto de armas de cobre, formadas por un puñal de lengüeta y once Puntas de lanza de tipo Palmela29 (Fig. 6). Mucho más reciente es el hallazgo de tumbas campaniformes individuales en fosa en el yacimiento de La Vital, en la región valenciana30. Pero junto a ello resulta muy característico también en este periodo la reutilización de sepulturas neolíticas, especialmente las megalíticas, que constituyen un foco de atracción simbólico muy significativo en esta fase. Esta reutilización es particularmente intensa en aquellas regiones con importante pasado megalítico, hasta tal punto que en ellas son el tipo de tumba campaniforme predominante, como en la zona meseteña de Zamora-Salamanca o en Andalucía31, por ejemplo. Uno de los casos sin duda más espectaculares lo tenemos en el túmulo soriano de La Sima, donde tras una compleja secuencia funeraria con dos fases neolíticas (una “tumba calero” y un tholos), en las que el sepulcro funciona como panteón colectivo, se abandona. Más de un milenio después se introducen diversas tumbas acompañadas de ajuares campaniformes (FIGURAS 2 y 4) justamente a la entrada de la cámara del tholos sin penetrar en el interior, de las que sólo dos se conservaron intactas32. Lo que se observa en La Sima parece un patrón general, documentado en muchas otras tumbas megalíticas peninsulares. Hace años se interpretaba esta presencia de materiales campaniformes en los megalitos en términos de continuidad social, ideológica, entendiendo que en ellos se constataban dilatadas (dilatadas) secuencias funerarias ininterrumpidas a lo largo de milenios. Pero la excavación reciente de numerosos monumentos y la disponibilidad de muchas más dataciones de C14 de los osarios neolíticos, nos permiten afirmar que no se trata de tales secuencias continuas, sino de diferentes periodos de uso separados por abandonos en ocasiones muy prolongados, incluso de más de un milenio. El uso que cada época hace del monumento funerario neolítico depende de sus propias circunstancias y su contexto social e ideológico, y en el caso del Campaniforme quizás quepa atribuir esa insistencia en reutilizarlos como el reflejo de los deseos de legitimación por 29 30 31 32 Delibes, 1977: 62-68. García y otros, 2013. Lazarich, 2005: 361. Rojo et al., 2005; Garrido et al., 2005: 416.
120  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  formes, que normalmente son peque  os fragmentos cer  micos, aparecen disper...
EL CAMPANIFORME EN LA PENÍNSULA IBÉRICA Figura 6. Ajuar funerario de la tumba campaniforme de Fuente Olmedo en Valladolid. Según Delibes 1977. 121
EL CAMPANIFORME EN LA PEN  NSULA IB  RICA  Figura 6. Ajuar funerario de la tumba campaniforme de Fuente Olmedo en Valladol...
122 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA parte de los líderes incipientes de unas estructuras políticas muy frágiles. Caso distinto son algunas de las necrópolis de los grandes núcleos calcolíticos peninsulares, como las tumbas de tipo tholos de Los Millares en el Sureste, o de La Pijotilla en Extremadura33, que siguen utilizándose durante el Campaniforme, indicando en este caso una clara continuidad social e ideológica, dada la proximidad cronológica. Más bien parece que en estos grupos los personajes dirigentes adoptan como novedades estos nuevos símbolos de poder y los emplean durante un tiempo, hasta que surgen a comienzos de la Edad del Bronce nuevas formas de organización social donde quizás ya no eran necesarios. Aun cabe mencionar otros dos ejemplos interesantes que ilustran la diversidad funeraria durante esta fase: la tumba de Tres Montes en Navarra y la de Valdeprados en Ávila. En el primer caso se trata de una curiosa y atípica estructura de madera y piedra, a modo de “casa de los muertos” que fue clausurada con un fuego intenso que destruyó la estructura. El segundo es una pequeña fosa que albergaba un enterramiento secundario con ricos ajuares campaniformes que incluían adornos de oro y armas de cobre (puñal y puntas Palmela). La inmensa mayoría de inhumaciones campaniformes se realizaron en posición primaria, por lo que este caso quizás haya que explicarlo como el traslado de los restos de alguien fallecido y enterrado en otra parte y transportado por determinadas razones excepcionales hasta su ubicación final donde fue descubierto. A pesar de su diversidad las tumbas campaniformes presentan algunas características comunes. En general son sepulturas aisladas, o que forman pequeñas necrópolis, que rara vez superan la decena de estructuras. El número de individuos por tumba es reducido, ya que casi nunca hay más de cinco, incluso en los pequeños panteones. Parece, por tanto, claro que el sector de la sociedad representado en ellas es minoritario, y que es el mismo que controlaba el acceso a las materias primas exóticas que aparecen en los ajuares (marfil, oro, o incluso el cinabrio con el que se espolvorean muchos cuerpos). En los últimos años se han podido descubrir en yacimientos como el madrileño de Camino de las Yeseras tumbas sin ajuares contemporáneas de las campaniformes aparecidas en el mismo sitio, lo cual sugiere grandes diferencias en el tratamiento funerario que tienen una casi inevitable lectura social. Sin embargo, deberían existir muchas más tumbas o espacios funerarios para el resto de la población ausente, y quizás el sorprendente hallazgo del sepulcro colectivo calcolítico de Camino del Molino en Caravaca (Murcia), con más de 1000 individuos34, sea un buen ejemplo del tipo de panteones donde se enterraba el común de la población. A su vez dentro de las tumbas campaniformes se constatan diferencias de riqueza en los ajuares, ya que mientras algunas apenas cuentan con ajuares cerámicos, que repiten siempre ciertas combinaciones, como el conocido trio Ciempozuelos, a veces junto a brazales de arquero, otros cuentan además con costosas armas de cobre y adornos de oro y marfil. Los cuerpos se depositan en posición primaria, y encogidos (postura fetal). En cuanto al sexo y edad de los inhumados se documentan hombres, mujeres y niños, y aunque la muestra disponible no es tan abundante como para resultar significativa a efectos estadísticos parece que predominan los varones sobre las mujeres, y en cualquier caso los individuos infantiles son muy escasos. Sin embargo los pocos documentados, como el de Aldeagordillo (Ávila)35, abren el campo de debate sobre la posibilidad de que algunos de estos personajes estuviesen intentando construir estructuras de poder hereditarias. Recientes análisis de isótopos de calcio y fósforo han proporcionado interesantes datos sobre la dieta de los individuos que aparecen enterrados con ajuares campaniformes, donde se constatan en ocasiones patrones diferentes de consumo, por ejemplo de carne, en un panorama general variado, donde predomina la dieta vegetariana, pero en el que también algunos grupos familiares consumen, por ejemplo, pescado36. Finalmente, no conviene olvidar algunos hallazgos interesantes muy recientes, que no podemos clasificar propiamente como tumbas, aunque guardan notables semejanzas con ellas. Se trata de una serie de pequeños túmulos meseteños como el abulense de Morcuero (Gemuño) o el soriano de El Alto III (Fuencaliente de Medinaceli) en cuyo interior se han recuperado materiales campaniformes, a veces de gran riqueza como en el soriano, donde aparecieron no sólo cerámicas sino incluso adornos de oro, pero que carecen de huesos humanos. Su ausencia no se puede atribuir a problemas de conservación, pues no se trata de suelos ácidos, sino a razones de tipo ritual37. Quizás se trata de cenotafios o lugares especiales donde se desarrolló alguna ceremonia conmemorativa, ya que los túmulos no son siempre enterramientos sino hitos que señalan puntos significativos del paisaje, ya sea por contener una tumba, o también, como en estos casos, por señalizar un acontecimiento o ceremonia de alto valor social. 34 35 36 33 Hurtado, 2005: 328-329. 37 Lomba et al., 2009. Fabian, 1992. Trancho y Robledo, 2011. Garrido et al., 2011: 122-124.
122  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  parte de los l  deres incipientes de unas estructuras pol  ticas muy fr  gil...
EL CAMPANIFORME EN LA PENÍNSULA IBÉRICA Figura 7. Escena que representa un banquete en un ritual de hospitalidad desarrollado con cerámicas campaniformes. Según Rojo et al 2006. Dibujo Luis Pascual Repiso. El Campaniforme en su contexto social e ideológico En definitiva parece bien argumentado que las cerámicas campaniformes no fueron vulgares recipientes de uso doméstico cotidiano, propios de una determinada “cultura” o grupo étnico/racial, sino una vajilla ritual de muy cuidada y costosa elaboración por lo complejo de la ejecución de sus diseños decorativos, su fino modelado y sus formas estandarizadas38. Este set cerámico forma parte de una exitosa combinación de armas, adornos y recipientes para desarrollar ritos de comensalidad, vinculados con importantes significados. En suma, una parafernalia ritual que exhibirían ciertos personajes a lo largo de su vida, y que les acompañaría también en su muerte. No en vano, los ajuares funerarios están constituidos siempre por elementos cuidadosa e intencionadamente seleccionados para transmitir una imagen del fallecido al resto de la comunidad presente. En realidad, con ello, más 38 Garrido, 2000. que apuntalar las aspiraciones o posición del muerto, que ya desaparece, lo importante es defender las de su familia, y sus posibles herederos en los puestos de poder. Las armas de cobre, en ocasiones documentadas junto a las puntas de flecha de sílex, proporcionarían la imagen de un guerrero y su autoridad militar. Las puntas de lanza de tipo Palmela y los puñales de lengüeta, como armas, inciden además de en este aspecto, en la posesión de bienes de acceso restringido, como los objetos metálicos. Los elementos de adorno otorgarían a su dueño el prestigio de poseer bienes de acceso restringido, muchas veces realizados con materias primas de procedencia exótica, como las joyas de oro o los botones de marfil. Su posesor conseguiría con su exhibición mostrar la imagen de un personaje bien conectado con las redes de intercambio a larga distancia, lo que proporcionaría gran prestigio. Las cerámicas campaniformes, como valiosas producciones especializadas, formarían un conjunto recurrente empleado en una serie de ceremonias, donde se 123
EL CAMPANIFORME EN LA PEN  NSULA IB  RICA  Figura 7. Escena que representa un banquete en un ritual de hospitalidad desarr...
124 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA consumirían alimentos y bebidas alcohólicas (cerveza sobre todo), que no todos podrían permitirse. Mediante estos complejos ritos estos personajes lograrían reclutar partidarios para su causa y aspiraciones sociales. Tales rituales tendrían lugar no sólo en los funerales sino también en los asentamientos, siempre en ocasiones especiales, a través del desarrollo de ritos de hospitalidad o fiestas (Fig. 7), bien documentados etnográficamente en sociedades semejantes. Ello explicaría la aparición de cerámicas campaniformes en los poblados, y su carácter minoritario en los repertorios materiales. Los análisis de caracterización de pastas cerámicas que se han realizado durante los últimos años demuestran que en muchos casos existen claras diferencias en los patrones tecnológicos respecto a la cerámica lisa, pero también nos indican que sólo porcentajes minoritarios de las campaniformes son importaciones39. Predominan claramente las pastas locales, por lo que si hemos de explicar la extensión de los complejos diseños decorativos, las formas estandarizadas, etc, tenemos que acudir necesariamente al movimiento de algunas personas. Ello no significa que tenga que volver a defenderse la existencia de movimientos migratorios importantes, pues el funcionamiento de los intercambios matrimoniales, en el contexto de las estrategias políticas y sociales más comunes (pactos, alianzas, etc.), unido a la posible existencia de viajeros individuales, pueden explicar la extensión de muchos elementos campaniformes y muchas ideas y símbolos vinculados con ellos. La Europa de mediados del III milenio AC se hallaba en pleno proceso de transformación económica. Los grupos humanos habían desarrollado notablemente a lo largo del Neolítico la tecnología agrícola y ganadera, generando crecientes excedentes productivos que había que gestionar, lo que fue dando paso a modelos de organización social con mayores desigualdades. Se habían originado ya en algunas regiones los primeros núcleos de población importantes de la Prehistoria peninsular, y los sistemas de intercambios a larga distancia habían conectado la Península con circuitos de materias primas exóticas de procedencia muy lejana en ocasiones, como el marfil40. Todo ello explica la rápida incorporación de los elementos campaniformes en estos circuitos sociales, como otro componente más utilizado en las maniobras de legitimación simbólica del poder. Ello no significa que todos los grupos europeos o peninsulares tuvieran el mismo tiempo de organización social, antes al contrario, la diversidad era notable. Pero el Campaniforme incide en ellas porque todas se hallan en pro39 40 Clop, 2007; Jorge, 2009. Schuhmacher y Banerjee, 2012. ceso de transformación, en diferente grado, y en ellas las desigualdades sociales afloradas necesitan aún justificarse con multitud de soportes simbólicos y rituales. En regiones como el Sureste o el Suroeste se trataban probablemente de jefaturas con formas de desigualdad permanente, pero en las restantes áreas es más apropiado hablar de sociedades “transigualitarias”, empleando el concepto propuesto por Hayden, es decir en transición entre las igualitarias y las verdaderamente jerarquizadas41. Y ello es así porque en esas regiones no se documenta ni la clara centralización ni la herencia del poder, en un contexto de notable inestabilidad y conflicto. Por ello quizás varía sensiblemente la duración del Campaniforme en unas y otras, prolongándose hasta periodos iniciales de la Edad del Bronce en estas últimas, pues seguía siendo necesario en un contexto social aún inestable, mientras en el Sureste, por ejemplo, había surgido ya el grupo de El Argar, vinculado con formas políticas mucho más complejas y estables. No obstante, la huella que el fenómeno campaniforme dejó en la Prehistoria reciente peninsular fue profunda. El desarrollo de procesos tan intensos y continuados de interacción social que conectaron muy estrechamente amplias zonas de Europa occidental difundirán nuevas formas de entender y expresar el poder personal, a través de la exhibición de armas metálicas, ritos de hospitalidad desarrollados con vajillas especiales, y otros símbolos del prestigio y el éxito personal, muy bien expresados en los ritos funerarios. De hecho algunos de ellos, como los brazaletes de arquero, los botones de perforación en V, o las copas cerámicas, seguirán empleándose durante siglos entre los grupos peninsulares de la Edad del Bronce. Las grandes cazuelas troncocónicas del Bronce medio y final peninsular, que algunos autores relacionan con el desarrollo de banquetes en los que se servían y consumían importantes cantidades de carne, tienen su origen en las cazuelas campaniformes. Muchos diseños decorativos de grupos arqueológicos tan característicos como el de Cogotas I en el Bronce final, proceden asimismo del repertorio campaniforme. Menos evidentes son las huellas que estos siglos de profunda e intensa conexión e intercambio de materiales, personas e ideas, dejasen en otros aspectos fundamentales como el mundo simbólico o las lenguas. Tantos aspectos fundamentales del pasado como estos últimos desafían, por desgracia, los límites del registro arqueológico de estas etapas, pero resulta evidente que los intercambios se realizan entre personas que han de tratar y entenderse. En suma, el impacto del Campaniforme fue muy importante y duradero, y después de tantos siglos de estrechas relaciones se crearon vínculos y semejanzas que el paso del tiempo tardó en borrar. 41 Garrido, 2006.
124  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  consumir  an alimentos y bebidas alcoh  licas  cerveza sobre todo , que no t...
3 la edad del bronce: las sociedades complejas LOS PRIMEROS AGRICULTORES NEOLÍTICOS MEDITERRÁNEOS (VI-V MILENIOS A.C.) 125
3  la edad del bronce  las sociedades complejas  LOS PRIMEROS AGRICULTORES NEOL  TICOS MEDITERR  NEOS  VI-V MILENIOS A.C. ...
Vicente Lull*, Rafael Micó, Cristina Rihuete Herrada y Roberto Risch La Edad del Bronce en la Iberia Mediterránea Introducción: concepto, cronología y periodización En términos generales, el comienzo de la Edad del Bronce en la península Ibérica vino marcado hacia 22001 por las manifestaciones materiales surgidas tras el ocaso de las sociedades calcolíticas, mientras que su final coincidiría con el inicio de la actividad colonial fenicia en el Mediterráneo occidental, hacia 900. La investigación ha concedido una relevancia especial a estas dos coyunturas históricas, pero ello no significa que entre ambas se desarrollase una entidad o proceso social unitario. De hecho, la categoría “Edad del Bronce” agrupa realidades tan dispares que carece de un significado sociológico preciso. Ni siquiera resulta exacta como referencia tecnológica, puesto que el bronce no fue empleado hasta entrado el II milenio, y los primeros enclaves fenicios no motivaron su sustitución por el hierro. En la práctica, “Edad del Bronce” es poco más que una convención con sentido cronológico. En la península Ibérica, la diversidad social durante estos 1300 años fue tan acusada, que sólo la mayor consolidación territorial en buena parte de la franja mediterránea justifica su tratamiento diferenciado. Sin embargo, dicha estabilidad territorial tampoco fue una constante, ni en duración, ni en alcance geográfico, ni en intensidad. A este respecto destaca la sociedad de El Argar, cuyos extensos asentamientos, numerosos contextos funerarios y producciones artefactuales normalizadas la convierten en un referente para el desarrollo del urbanismo, las clases sociales y las políticas de corte estatal. En el exterior de su escenario suroriental, y también en el mismo sureste tras la época argárica, la diversidad aflora de nuevo con fuerza, aunque en algunos casos motivada por las lagunas que subsisten en el conocimiento arqueológico. La periodización de las regiones situadas grosso modo entre Sierra Nevada y los Pirineos orientales se sustenta en más de medio millar de dataciones radiocarbónicas y en decenas de registros estratigráficos y contextuales2. Cuando menos para las áreas meri* 1 2 Universidad Autónoma de Barcelona, Vicente.lull@uab.cat Todas las indicaciones cronológicas contenidas en el texto se expresan en años calendáricos antes de nuestra era. González Marcén et alii (1992), Castro et alii (1996). Para un tratamiento adicional de las cuestiones de cronología y dionales, resulta razonable una división tripartita de la Edad del Bronce. • Bronce Antiguo (ca. 2200 – 1550). Entre estos límites se sitúa el grupo arqueológico de El Argar y los que se definen en La Mancha y en los entornos orientales de los sistemas Béticos e Ibérico, los mejor conocidos y en los que centraremos nuestra atención. Algunas propuestas subdividen este intervalo en Bronce Antiguo y Bronce Medio o Pleno, aunque esta inflexión no siempre halla una definición cronológica y material satisfactoria. • Bronce Tardío (ca. 1550 – 1300). Salvo contadas excepciones, la disminución de los asentamientos permanentes marcó una inflexión en el devenir social. Por otro lado, ello dificulta identificar entidades con límites territoriales claros. En esta época y en la siguiente, las novedades en la metalurgia del bronce y la alfarería marcan la pauta para definir horizontes y grupos arqueológicos. • Bronce Final (ca. 1300 – 900). En los siglos previos a la Edad del Hierro, las comunidades peninsulares parecen más vinculadas entre sí y con el exterior, tal y como sugieren las conexiones atlánticas, mediterráneas y continentales. Los primeros testimonios de la colonización fenicia en el litoral meridional señalan convencionalmente el final de la Edad del Bronce, aunque en la práctica los últimos horizontes regionales podrían alcanzar en torno al 800. Bronce Antiguo (ca. 2200 – 1550) El problemático conocimiento de las transiciones sociales Para entender qué realidades sociales se fraguaban hacia 2200, conviene atender a las transformaciones en marcha durante el periodo anterior. Desde una perspectiva general, el III milenio supuso la culminación de periodización de la Edad del Bronce peninsular, véanse Almagro Gorbea (1997), Ruiz Gálvez (2001) y Barandiarán et alii (2007).
Vicente Lull , Rafael Mic  , Cristina Rihuete Herrada y Roberto Risch  La Edad del Bronce en la Iberia Mediterr  nea  Intr...
128 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA un proceso socioeconómico iniciado con la expansión neolítica. Desde al menos el VI milenio, las ocupaciones humanas se centraron en las tierras que proporcionaban rendimientos alimentarios elevados mediante tecnologías relativamente poco intensivas en términos laborales. La escasez o ausencia de asentamientos estables pluriestratificados refleja cambios residenciales periódicos motivados por variaciones en la disponibilidad de recursos. En muchos casos, sólo la constatación de tumbas colectivas usadas durante generaciones permite inferir cierto sentido de permanencia. Desde finales del IV milenio, las sociedades semisedentarias y abiertas de tradición neolítica comenzaron a registrar “anomalías”, sobre todo en la mitad sur de la península. La proliferación de poblados fortificados en piedra, así como de asentamientos delimitados por recintos de fosos, fueran éstos defensivos o no, indica una reducción en la movilidad de las comunidades: algunas se arraigaron tanto que dejaron claro que sólo la violencia podría desalojarlas, mientras que otras pudieron pasar a orbitar social y económicamente en torno a ciertos enclaves. Pese a estas tendencias, el mantenimiento de las prácticas funerarias colectivas, la sintonía formal de las producciones muebles y la amplia circulación de algunos objetos y materias primas hacen pensar que los grupos seguían ejerciendo capacidades ancestrales de relación y contacto sobre amplias regiones y, también, que la comunidad seguía siendo el sujeto político y económico de referencia. Durante el tercer cuarto del III milenio, el panorama en las regiones meridionales experimentó cambios a la postre decisivos. Los asentamientos previos, en ocasiones de gran extensión y ubicados preferentemente en valles o terrazas fluviales, comenzaron a perder importancia a favor de otros núcleos más pequeños sobre cerros escarpados con buenas condiciones de visibilidad. Paralelamente, las prácticas funerarias dieron entrada a tratamientos particularizados en estructuras de pequeñas dimensiones conectadas con las áreas de habitación. En el terreno artefactual, la generalización del equipo asociado con el fenómeno campaniforme (puñales de lengüeta, puntas de Palmela, botones de perforación en “v”, brazales de arquero) indica que la comunicación social no se había cortado; aun así, que las pautas decorativas en la alfarería se concretasen en estilos regionales informa de una reducción en la escala geográfica de los contactos. Fragmentación, individualización y violencia sintetizan las tendencias sociales en torno al siglo XXIII, cuando, abandonados o remodelados los enclaves calcolíticos más extensos y emblemáticos, se certificaba un cambio de rumbo en el desarrollo histórico3. 3 Lull et alii (2010a). La crisis del mundo calcolítico no abonó el terreno para un futuro compartido. A partir de 2200 cobrarán forma trayectorias diversas, desde sociedades urbanas articuladas en clases socioeconómicas y capaces de mantener fronteras políticas, hasta comunidades que adoptaron o mantuvieron formas de vida semisedentaria en las que cuesta identificar concentraciones de poder significativas y permanentes. Determinar el grado de independencia entre unas y otras es uno de los temas más interesantes de las investigaciones en curso. De cualquier modo, parece claro que los inicios de la Edad del Bronce supusieron un desplazamiento del centro de gravedad del poblamiento peninsular desde el cuadrante suroeste al sureste y, en este segundo ámbito, la configuración de un epicentro político y económico en el territorio argárico (Fig. 1). Aquí se localiza nuestro punto de partida. La sociedad argárica A finales del siglo XIX, H. y L. Siret dieron a conocer contextos de habitación, numerosas tumbas y multitud de objetos cerámicos, metálicos, líticos y óseos descubiertos en una decena de yacimientos de las comarcas orientales de Almería y Murcia4. El más importante de ellos, El Argar (Almería), dio nombre a una entidad arqueológica que se convertiría en referente de las primeras etapas de la Edad del Bronce en Europa5. Las comunidades argáricas ocuparon un territorio de unos 33.000 km2 en el periodo de máxima expansión. Los enclaves más antiguos se documentan en las comarcas litorales y prelitorales de Almería, Murcia y sur de Alicante, para extenderse hacia el interior y alcanzar el alto Guadalquivir y el reborde meridional de La Mancha en los primeros siglos del II milenio. La definición arqueológica del grupo Argárico es deudora de los variados y abundantes hallazgos correspondientes a sus fases plena y final, coincidiendo con la máxima extensión territorial, desarrollo económico y amortización ritual en prácticas funerarias (2000-1550). Nos referiremos a ello en las páginas siguientes, pero antes conviene apuntar algunas cuestiones en torno al complejo tema de la formación de la sociedad argárica y su relación con los grupos coetáneos, entre ca. 2200 y 2050/2000. 4 5 Siret y Siret (1887, 1890), Schubart y Ulreich (1991). Para una ampliación de la síntesis de la sociedad argárica presentada aquí, así como una extensión de las referencias bibliográficas, pueden consultarse Lull (1983, 2000), Lull y Estévez (1986), Chapman (1990, 2003), Castro et alii (1999), Lull et alii (2005, 2010b, 2011, 2013b), Eiroa (2004), López Padilla (2009), Aranda (2011), Cámara y Molina (2011).
128  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  un proceso socioecon  mico iniciado con la expansi  n neol  tica. Desde al m...
LA EDAD DEL BRONCE: EN LA IBERIA MEDITERRÁNEA En los yacimientos citados se verifica la elección de cerros con condiciones naturales para la defensa, tendencia iniciada a finales del Calcolítico. En sus laderas se levantaron cabañas con perímetro curvilíneo, zócalos parcialmente excavados en la roca y alzados de tapial sustentados por postes. Las prácticas funerarias visibles arqueológicamente dejaron atrás la inhumación en estructuras colectivas, para convertirse en acontecimientos poco frecuentes y adoptar contenedores de dimensiones reducidas, como covachas y cistas, en el subsuelo de los poblados. Pocos recipientes cerámicos se ajustan inequívocamente a alguno de los tipos propuestos por los Siret, siendo en cambio abundantes los vasos de pequeñas y medianas dimensiones como cuencos, cazuelas y ollas de borde indicado, cuyas pastas presentan tonalidades claras, alisados someros y cocción irregular. Algunas vasijas muestran en su cuerpo superior motivos a base de triángulos incisos seriados, rellenos de puntos o líneas, que podrían entroncar con lo “epicampaniforme”. Figura 1. Patrones de asentamiento en la península Ibérica entre (1) ca. 3200 y 2200 BCE y (2) ca. 2200 y 1550 BCE. Los símbolos simulan la forma y la densidad del asentamiento a partir de la información de prospecciones y excavaciones, sin indicar ubicaciones exactas El contexto formativo Desde los inicios de la investigación, varios yacimientos situados en el “hogar” argárico, como Lugarico Viejo, Fuente Vermeja y Las Anchuras, fueron datados en momentos transicionales o tempranos de la Edad del Bronce. Sin embargo, la relativa escasez de hallazgos y su incierta posición cronológica dificultaba establecer sus implicaciones. Hoy en día, las excavaciones en Gatas, La Bastida, Santa Catalina, Lorca y Fuente Álamo, así como la datación absoluta de materiales recuperados hace tiempo comienzan a arrojar luz sobre una época clave. No abundan los hallazgos datados con seguridad entre 2200 y 2050/2000 fuera del área nuclear argárica, entre la depresión de Vera y el valle del Guadalentín. Sin la confirmación de las dataciones radiocarbónicas, es arriesgado colocar en dicho intervalo contextos estratigráficos etiquetados como “Calcolítico final/tardío” o “Bronce antiguo”, en referencia a hallazgos cuya composición no acaba de asimilarse a los conjuntos calcolíticos mejor conocidos, ni a los de los horizontes consolidados de la Edad del Bronce. Sin embargo, nos atreveríamos a señalar que poblados probablemente ocupados a finales del III milenio, como Terlinques, Serra Grossa, Mas del Corral (Alicante), Muntanya Assolada (Valencia), Cerro de las Víboras, Molinos de Papel (Murcia), Cerro de la Virgen (Granada), Cerro de la Encantada (Ciudad Real) y Morra del Quintanar (Albacete), entre otros, presentan similitudes en uno u otro de los capítulos habitacional, funerario o artefactual respecto a los del “hogar” argárico. Pero entonces, si las ocupaciones humanas en las postrimerías del III milenio compartían características surgidas con la desintegración de las sociedades calcolíticas meridionales, ¿había algo singular en las tierras bajas surorientales que presagiase un futuro distinto? La respuesta no pasa de ser una hipótesis de trabajo, y descansa en el reciente hallazgo en La Bastida (Murcia) de un sistema de fortificación en piedra de carácter monumental (Fig. 2)6. Su disposición topográfica en un cerro ya de por sí protegido y oculto, y el hecho de contar con soluciones arquitectónicas innovadoras (torres cuadrangulares macizas cercanas entre sí, pasillo fortificado de entrada en paralelo al 6 Lull et alii (2014). 129
LA EDAD DEL BRONCE  EN LA IBERIA MEDITERR  NEA  En los yacimientos citados se veri   ca la elecci  n de cerros con condici...
130 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Figura 2. Complejo fortificado de La Bastida (Totana, Murcia) (©ASOME, UAB). lienzo exterior) lo desvinculan de la tradición calcolítica. La desaparición de las puntas de proyectil de sílex en el registro arqueológico del sureste, coincidiendo con el uso de alabardas, dagas y espadas cortas de cobre arsenical testimonia el ocaso de la arquería calcolítica a favor del combate cuerpo a cuerpo, contra el que la fortificación de La Bastida se hallaba bien adaptada; en otras palabras, la comunidad que se defiendía con sus utensilios de caza o labor, dio paso al colectivo experto en el manejo de armas propiamente dichas. A título de hipótesis, sugerimos que en las tierras bajas del sureste se formaron grupos de hombres especializados en el ejercicio de la violencia física, y que éstos y la sociedad que los mantenía o padecía, la orientaron con éxito a políticas de conquista y apropiación. Desde un trasfondo poblacional autóctono, la sociedad argárica pudo ir gestándose al tiempo que se expandía mediante una violencia diríase que militar. Si en la conformación de esta especificidad intervinieron o no factores extrapeninsulares, es una cuestión que la investigación deberá resolver. No habría que soslayar en la pujanza argárica inicial que las tierras bajas del sureste ofrecían condiciones excelentes para la producción agrícola. En épocas históricas y sobre todo hoy en día, con precipitaciones anuales que rondan los 200-300 mm, sólo es posible alcanzar esa fertilidad mediante complejos sistemas de regadío, ya que las lluvias no son capaces de sustentar más que una vegetación mayoritariamente esteparia o arbustiva. Además, la intensa erosión dificulta el desarrollo edáfico y favorece los paisajes denudados. La idea más compartida hasta hace pocas décadas era que el clima durante la prehistoria reciente fue similar al actual. Ello llevó a pensar que la subsistencia se basó en sistemas intensivos de producción agrícola (regadío, arboricultura), y que las exigencias políticas de su gestión promovieron la formación de algunas de las primeras sociedades complejas del occidente europeo. No obstante, reconstrucciones paleoecológicas recientes indican que durante el III milenio las lluvias eran más abundantes que hoy, la circulación hídrica, superior, y la cobertura vegetal contaba con extensiones de matorral y bosque mediterráneos en las tierras bajas, de especies arbóreas en las sierras e, incluso, de formaciones de ripisilva. Así pues, la sociedad argárica se gestó en unas condiciones ecológicas más favorables que las actuales, aunque las mismas investigaciones también señalan que el impacto humano en forma de apertura de campos de cultivo, sobreeexplotación agrícola, creación de pastizales y obtención de combustibles afectó severamente la cobertura vegetal y los suelos, contribuyendo así a la crisis que desembocó en su final.
130  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Figura 2. Complejo forti   cado de La Bastida  Totana, Murcia     ASOME, UAB...
LA EDAD DEL BRONCE: EN LA IBERIA MEDITERRÁNEA Figura 3. Vista aérea del cabezo que ocupa la Tira del Lienzo (Totana, Murcia) (©ASOME, UAB). La definición arqueológica La definición de la sociedad argárica a partir de ca. 2000 involucra datos de diverso orden. La mayoría de los asentamientos se situaron sobre cerros escarpados al pie de las sierras, separados de los llanos y vegas fértiles pero con control visual sobre estas áreas y sobre las vías de comunicación (Fuente Álamo, Gatas, El Oficio –Almería–; Lorca, La Almoloya, Monteagudo –Murcia–; San Antón, Laderas del Castillo –Alicante–; Cerro de la Encina, Castellón Alto –Granada–). Suelen ocupar entre 1 y 2 ha, aunque algunos pudieron superar este tamaño y rondar entre 4 y 5 ha (La Bastida y Lorca). Las estructuras habitacionales presentan planta absidal, trapezoidal o rectangular de hasta 70 m2. Constan de muros de piedra trabada con argamasa, alzados de tapial, postes de refuerzo y revoque interior con adición de cal para paredes y techo. Estas construcciones se disponían densamente agrupadas sobre terrazas artificiales a lo largo de las laderas de los cerros. También se ha propuesto que algunos de los asentamientos de altura más pequeños y con una ubicación estratégica (Barranco de la Viuda, Cerro de las Viñas, Tira del Lienzo (Fig. 3) –Murcia–, Tabayá, Cabezo Pardo –Alicante–) pudieron ser enclaves defensivos o de control económico al servicio de centros de mayor rango. Menos conocidos debido a la inten- sidad de los procesos tafonómicos, pero seguramente abundantes, fueron las aldeas formadas por viviendas dispersas situadas en llanuras y vegas (El Rincón, Los Cipreses, La Alcanara –Murcia–). Por último, se han constatado algunos enclaves costeros de pequeño tamaño (Illeta dels Banyets –Alicante–, Punta de los Gavilanes –Murcia). Todos los asentamientos argáricos compartieron un mismo ritual funerario caracterizado por la práctica de inhumaciones bajo el suelo del área habitada. Se trata de tumbas casi siempre individuales, a veces dobles y, excepcionalmente, con tres o más individuos. Los cadáveres eran depositados en cuevecillas artificiales (“covachas”), cistas o cámaras de piedra, urnas de cerámica o fosas (Fig. 4). Pese al gran número de tumbas publicadas, más de dos mil, y al hecho de tener representados individuos de ambos sexos y de todas las edades, una parte indeterminada de la población no parece reflejada en el registro funerario. El hallazgo de huesos humanos digeridos por cánidos en Fuente Álamo puede indicar que cierto número de cadáveres eran expuestos en el exterior de los poblados y, tal vez, que hubo otras prácticas funerarias no reconocibles arqueológicamente. El ajuar que con frecuencia se asocia al cadáver es una fuente informativa fundamental para conocer la 131
LA EDAD DEL BRONCE  EN LA IBERIA MEDITERR  NEA  Figura 3. Vista a  rea del cabezo que ocupa la Tira del Lienzo  Totana, Mu...
132 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA El inventario de objetos metálicos (Fig. 5) incluye armas y utensilios (alabardas, espadas, hachas, puñales, cuchillos, punzones, cinceles), y adornos (diademas, brazaletes, pendientes, anillos, cuentas de collar). La mayoría se fabricó en cobre, a menudo con porcentajes destacados de arsénico ya presente en el mineral. A partir de 1800-1700 se constatan piezas de bronce estannífero. La plata nativa y, puntualmente, el oro, se emplearon para la producción de adornos. Figura 4. Sepultura argárica en urna (La Bastida, tumba 21) (©ASOME, UAB). materialidad argárica. Uno de los aspectos más llamativos es la normalización de las producciones alfarera y metalúrgica (Fig. 5). La primera resume su variabilidad en ocho formas básicas realizadas mediante una combinación de tres formas geométricas simples. Se trata de cuencos y vasitos de borde saliente o ligeramente entrante aptos para el consumo de alimentos y bebidas; ollas carenadas, globulares u ovoides de mediana capacidad para el almacenamiento a pequeña escala y la preparación de alimentos, y grandes vasijas de entre 100 y 200 litros de capacidad. Destacan además las célebres copas, cuencos elevados sobre un pie alto. Una parte del repertorio destaca por su excepcional calidad: paredes finas, excelente cocción y bruñido intenso que confiere brillos metálicos. Los motivos decorativos, casi inexistentes, se plasman en diseños fitomorfos mediante bruñido. Tan sólo algunos apliques, mamelones en su mayoría, rompen la homogeneidad de las superficies lisas. Tanto la normalización de la alfarería argárica como la calidad de parte de sus ejemplares fueron el resultado de una actividad especializada. 7 7 Lull et alii (2011, fig. 2). Pese a la abundancia de mineralizaciones de cobre, las fuentes de aprovisionamiento fueron pocas y sujetas a control político. Las evidencias más inequívocas y abundantes de las labores de minería, reducción y obtención de lingotes proceden del poblado de Peñalosa, en las estribaciones de Sierra Morena (Jaén)8. Desde los centros productores primarios, el metal llegaba a un pequeño número de talleres en los asentamientos centrales, los únicos con los instrumentos para proceder a la fundición, forja, acabado y mantenimiento de los objetos (crisoles, moldes, yunques, martillos, afiladores). Finalmente, los objetos eran distribuidos, aunque no todas las capas de la población podían acceder a éstos en las mismas condiciones, tal y como indica su reparto desigual en el interior de los asentamientos y entre los ajuares funerarios. La metalurgia argárica constituyó una actividad centralizada sobre la que se ejerció un control estricto y disimétrico en cuanto a la producción, distribución, uso y consumo. La producción lítica llama la atención por su abundancia y variedad. Los grandes asentamientos acumularon gran cantidad de molinos, percutores, alisadores y afiladores, fabricados a partir de clastos recogidos en los principales depósitos fluviales. A este repertorio también hay que añadir hojas y dientes de hoz de sílex, que en los grandes poblados de altura resultan muy escasas en comparación con los de llanura. Cada asentamiento central organizó la explotación de los recursos líticos disponibles en un territorio de entre 10 y 50 km2, al tiempo que inhibió el intercambio de materias primas relacionadas con la fabricación de útiles de uso cotidiano. Esta práctica, poco esperable sin el efecto limitador de alguna estructura política, ocasionó diferencias de productividad entre territorios vecinos. Uno de los principales usos de la industria lítica fue la cosecha y molienda de cereales. El trigo se halla presente, pero casi siempre en cantidades inferiores a la cebada, que llega a superar el 90% de las semillas recuperadas en las fases finales de El Argar. Las legumbres (lentejas, guisantes y, sobre todo, habas) apenas alcanzan el 2%. El pequeño tamaño de las 8 Contreras (2000).
132  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  El inventario de objetos met  licos  Fig. 5  incluye armas y utensilios  ala...
LA EDAD DEL BRONCE: EN LA IBERIA MEDITERRÁNEA Figura 5. Formas cerámicas e ítems metálicos argáricos (la numeración asociada a la cerámica no corresponde a los tipos definidos por los Siret). semillas de cebada en las tierras bajas almerienses y los resultados de los análisis de isótopos de carbono sugieren un cultivo extensivo de secano. Ello debió ocasionar un severo impacto ecológico debido a la roturación de extensas superficies en las llanuras. Por su parte, las legumbres pudieron crecer en huertos situados en las vegas, tal vez asistidos por sistemas de regadío a pequeña escala. Ello parece especialmente necesario para el cultivo del lino, atestiguado por el hallazgo de semillas y de fibras en forma de tejidos. Lino y lana fueron las materias primas básicas para la industria textil, que se sirvió de telares asistidos por pesas de arcilla de diversas formas y tamaño. Así mismo, se constata puntualmente el consumo de olivas o acebuchinas, uvas e higos, aunque todavía hay dudas sobre el carácter doméstico de estos frutos. La ganadería presenta un patrón homogéneo en el territorio argárico. En términos de aporte cárnico, bóvidos y ovicápridos tuvieron una importancia similar, entre el 30 y el 50%, seguidos a distancia por cerdos y équidos. Se constata también el aprovechamiento de los productos derivados. La caza, la pesca y el maris- queo desempeñaron un papel secundario o marginal, excepto en algunos enclaves costeros con infraestructuras para la conservación del pescado mediante ahumado (Punta de los Gavilanes – Murcia). Como hemos señalado, las tumbas han proporcionado gran número de objetos para conocer y seriar la materialidad argárica. Además, el análisis de la variabilidad de los ajuares funerarios ha mostrado que ésta se hallaba en función de la clase socioeconómica, el sexo y la edad. Por su parte, los estudios osteológicos comienzan a revelar aspectos de las relaciones parentales y económicas. Así, la inferior variabilidad craneal femenina respecto a la masculina en el asentamiento de El Argar sugiere que las mujeres permanecían toda su vida en el lugar donde nacían, mientras que la mayoría de los hombres cambiaba de residencia probablemente al contraer matrimonio. Ello podría indicar que las relaciones de parentesco respetaban principios de matrilocalidad o avunculocalidad. Las diferencias sexuales también se reflejan en la distribución de actividades, ya que las femeninas implicaron menores desplazamientos y acarreo 133
LA EDAD DEL BRONCE  EN LA IBERIA MEDITERR  NEA  Figura 5. Formas cer  micas e   tems met  licos arg  ricos  la numeraci  n...
134 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Figura 7. El sector de piedemonte de la ladera suroriental de La Bastida tras los trabajos de conservación. En el centro, inferior, la gran balsa con una capacidad aproximada de 300.000 litros. (Geodiscover - Murcia y ©ASOME, UAB). Figura 6. Aterrazamientos en Castellón Alto (Galera, Granada). (M. A. Blanco/GEPRAN Universidad de Granada). de pesos que las masculinas. Entre los hombres, es mayor la tasa de traumatismos, algunos producto de episodios de violencia. El Argar: síntesis sobre organización política y económica La combinación de datos funerarios y habitacionales permite esbozar un panorama de la sociedad argárica en su época de plenitud. El Argar culminó una importante fase de expansion territorial hacia el interior y emprendió un desarrollo arquitectónico, económico y politico excepcional, que cubre casi toda la primera mitad del II milenio. Un nuevo impulso constructivo conllevó el aterrazamiento sistemático de las laderas de los asentamientos en altura (Fig. 6) y la planificación de un denso entramado de estructuras habitacionales y productivas. En algunos grandes edificios se concentró un volumen excepcional de medios de producción y almacenamiento. La principal función de estos talleres parece haber sido la molienda de cereales y la producción textil, además de la producción y reparación de diferentes tipos de útiles. Además de viviendas y talleres, en los asentamientos centrales se construyeron cisternas (Fig. 7), depósitos de grano y molinos, establos, torres, murallas y bastiones. En el ámbito funerario, se ampliaron los derechos de enterramiento a individuos infantiles y a otros co- lectivos sociales. Además, la diversidad de los ajuares aumentó para manifestar las nuevas diferencias sociales. Durante el siglo XVIII se produjo la instauración del modelo social y político que perdurará hasta el final. En estos momentos, los hombres de la clase dominante eran inhumados con una espada larga y, las mujeres, con una diadema como artefactos distintivos, además de con una amplia gama de adornos y útiles metálicos, y de recipientes cerámicos. Las tumbas destacadas se restringieron a los asentamientos centrales, donde se concentraba gran parte de la producción social y, estacionalmente, de mano de obra externa, pese a su alejamiento de las mejores tierras de cultivo y de las principales fuentes de materias primas. Además, los barrios localizados en la cima de algunos cerros destacan tanto por su arquitectura, como por los medios de producción acumulados (metalurgia), los medios de consumo disponibles (restos de équidos y bóvidos) y por la riqueza de sus tumbas. Por debajo de la clase dominante se situaba otra formada por individuos con derechos políticos y denotada por su asociación funeraria a útiles metálicos, junto a cierto número de adornos metálicos y recipientes de cerámica. La asociación de hachas a hombres y de punzones a mujeres no denota en primera instancia pretendidas identidades de género, sino ante todo de clase socioeconómica, ya que sólo alrededor del 40% de las mujeres y apenas el 25% de los hombres fueron inhumados con dichos objetos: la condición económica prevalecía sobre la sexual. En un tercer nivel se sitúa un sector formado por individuos con un ajuar funerario muy modesto
134  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Figura 7. El sector de piedemonte de la ladera suroriental de La Bastida tra...
LA EDAD DEL BRONCE: EN LA IBERIA MEDITERRÁNEA (algún vaso cerámico, collar o adorno) y, por último, un colectivo sin ofrendas. Las diferencias en el consumo funerario para la población adulta y senil se mantenían consistentemente si la muerte sobrevenía en edad infantil o juvenil, lo que denota mecanismos para la transmisión hereditaria de la propiedad. La edad tenía un papel secundario en el acceso a la riqueza: si bien algunos ítems como espadas, diademas o hachas resultan exclusivos o asociados significativamente a adultos o seniles, sólo un sector social poseía las condiciones materiales para amortizarlos al fallecer sus miembros a estas edades. En suma, una clase dominante propietaria de la tierra y de los medios de producción básicos (metal, alimentos) se hallaba en condiciones de amortizar objetos de alto valor social en sus sepulturas, además de gozar de mejores condiciones materiales de vida. Esta clase empleaba armas para mantener sus privilegios mediante la violencia, y costosos adornos para exhibirlos. Semejante estructura económica y política se ajusta a la definición de “Estado” en sentido marxista. Ello no tiene que plasmarse necesariamente en un gobierno centralizado unitario. En este caso, parece más probable la vinculación de cierto número de unidades políticas comarcales, que mantuvieron sus respectivos territorios de explotación subsistencial y que fueron capaces de influir más allá de las fronteras generales. El inicio de la Edad del Bronce en las regiones vecinas del territorio argárico La sociedad argárica, expansiva y agresiva, condicionó la vida de las comunidades limítrofes. La elevada frecuencia de pequeños asentamientos en lugares con condiciones defensivas pudo ser una respuesta a la amenaza militar argárica, mientras que otros aspectos como el ritual de enterramiento intramuros, selectivo y en ocasiones en urna, o la circulación de ciertos objetos (espadas, adornos metálicos) y de materias primas (cobre, plata, marfil) revelarían influencias de carácter variado. Mecanismos sociales de resistencia y emulación pudieron haber facilitado el fenómeno de “argarización” advertido en distintas regiones peninsulares. Fuera del territorio argárico se han definido otros grupos arqueológicos a partir de criterios geográficos y artefactuales9, aunque sus límites suelen ser laxos. En La Mancha y en la franja ibérico-levantina se 9 Castro et alii 1996, García Huerta y Morales (2004), Hernández Alcaraz y Hernández Pérez (2004), Hernández Pérez et alii (2009). constata la implantación de numerosos poblados de altura con estructuras arquitectónicas en piedra. Sin embargo, ambos elementos no van unidos necesariamente. El ejemplo más claro lo hallamos en La Mancha, donde conviven asentamientos en lugares prominentes, a menudo fortificados, llamados “morras” y “castillejos” (Morra del Quintanar, Cerro del Cuchillo –Albacete–), con poblados en llano que muestran espectaculares obras arquitectónicas en mampostería, las “motillas” (Azuer, Los Palacios, Santa María del Retamar -Ciudad Real–, El Acequión –Albacete–)10 (Fig. 8). Independientemente de su ubicación, la mayoría de estos asentamientos oscilan entre 0,01 y 0,5 ha, siendo raros los que superan esta cifra. Una de las motillas mejor conocidas es la del Azuer11. Presenta una torre central de planta cuadrada conservada en 11 m de altura y rodeada por dos recintos de muralla concéntricos, el exterior de unos 35 m de diámetro. Los espacios interiores se utilizaron para almacenar cereales, estabular ganado y realizar diversas actividades de producción alimentaria y textil. Destaca también un pozo revestido de pared de mampostería que alcanzaba la capa freática a 20 m de profundidad. De hecho, la ubicación geográfica de las motillas prioriza el acceso a los recursos hídricos subterráneos. Alrededor del recinto externo se extiende el poblado, formado por viviendas de planta oval o rectangular con zócalo de piedra y alzados de tapial y materiales vegetales. Además de motillas y poblados de altura, hay asentamientos en llano delatados sólo por fondos de cabaña (Las Saladillas –Ciudad Real–). Pese a esta variedad, todos comparten el uso de cerámicas lisas (cuencos, ollas carenadas, globulares y ovoides), aunque a veces con aplicación de mamelones, asas, cordones plásticos e impresiones en el labio. Los pocos elementos de sílex recuperados se asocian al procesado de vegetales, lo mismo que los molinos de piedra presentes en las viviendas. Cuchillos, punzones, hachas y puntas de proyectil son los objetos de cobre mejor representados, aunque en número reducido. Bajo el suelo de algunas viviendas se documentan tumbas, la mayoría fosas revestidas con piedras, y algunas urnas para individuos infantiles. Su número y densidad son inferiores a los de los enclaves argáricos. Suelen contener inhumaciones individuales, sin restricciones aparentes por razones de sexo o edad. Los ajuares funerarios, nulos o muy modestos, no hacen pensar en contrastes marcados en el acceso a la riqueza. Motillas como El Acequión, 10 11 Martín Morales et alii (1993), Fernández-Posse et alii (2008). Aranda et alii (2008), Nájera et alii (2010). 135
LA EDAD DEL BRONCE  EN LA IBERIA MEDITERR  NEA   alg  n vaso cer  mico, collar o adorno  y, por   ltimo, un colectivo sin ...
136 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Figura 8. Motilla del Azuer (Daimiel, Ciudad Real). (GEPRAN, Universidad de Granada). Santa María del Retamar o El Azuer se interpretan como centros de almacenamiento, producción y defensa de carácter comunitario, más que como residencias de una hipotética clase explotadora. El papel de los poblados de altura coetáneos resulta todavía incierto, pero a la vista de la envergadura de las defensas de las motillas no está claro que la población de aquéllos dominase a la de éstas. El panorama general parece ser el de comunidades más o menos autónomas con acceso a territorios económicos propios. En el centro y sur del País Valenciano y comarcas limítrofes occidentales, hallamos también poblados de altura con un notable desarrollo de la arquitectura en piedra, en ocasiones con función defensiva (Mola d’Agres, Mas de Menente –Alicante–, Muntanya Assolada –Valencia–, El Recuenco –Cuenca–, Hoya Quemada, Castillo de Frías –Teruel–, Cerro de la Campana –Murcia)12. Los poblados más destacados tienen extensiones modestas (entre 0,1,-0,3 ha) y la mayoría se ajusta al modelo de granja o aldea (entre 0,01 y 0,1 ha). La variabilidad urbanística en el tiempo y en el espacio es notable. En la fase I (ca. 2150-1900) del poblado de altura de Terlinques (Alicante)13, se construyó un gran edificio que acogía divesas actividades de producción y almacenamiento, mientras que en la fase III (ca. 1700-1500) el área fue ocupada por una docena de departamentos dispuestos a ambos lados de un callejón central y entre los que se observan diferencias funcionales (Fig. 9). En la Lloma de Betxí (Valencia), dos grandes edificios multifuncionales, uno de ellos de 34 x 10 m, ocupan la cima del enclave, donde también se documentan dos cisternas14. Tanto por el volumen de artefactos de molienda y medios de almacenamiento de grano como por las evidencias de producción textil, las fuerzas productivas de algunos de estos departamentos no son muy dispares a las documentadas en los talleres argáricos. Sin embargo, esta centralización de la actividad económica no alcanzó la envergadura ni las implicaciones sociales y políticas que se dan en El Argar. 13 12 de Pedro (2002, 2006), Hernández Pérez (2009-2010). 14 Machado et alii (2009), Hernández Pérez et alii (2013). de Pedro (1998).
136  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Figura 8. Motilla del Azuer  Daimiel, Ciudad Real .  GEPRAN, Universidad de ...
LA EDAD DEL BRONCE: EN LA IBERIA MEDITERRÁNEA Figura 9. Planta general de Terlinques (Villena, Alicante) en su fase III (ca. 1750/1700-1550/1500 cal BCE). Distribución de molinos y otros artefactos líticos en los recintos de habitación (Hernández et al., 2013, fig 6). Los enterramientos se realizaban casi siempre en las cercanías de los poblados, aprovechando oquedades naturales que acogieron inhumaciones individuales o de grupos reducidos (Mola d’Agres, Muntanya Assolada). El inventario artefactual está dominado por la cerámica: cuencos abiertos o de borde entrante, vasijas carenadas o, mayoritariamente, de perfil curvo de diferentes tamaños, vasos geminados. Las superficies suelen ser lisas, aunque no son infrecuentes los cordones impresos, mamelones, asas e impresiones. La producción metálica (cuchillos, punzones, hachas, puntas de proyectil) se concentra en las comarcas más cercanas al territorio argárico. La franja litoral septentrional Conforme avanzamos hacia el norte de las comarcas centrales del País Valenciano, los asentamientos permanentes (Pic dels Corbs– València–, Orpesa la Vella, Torrelló d’Onda, Tossal del Mortórum –Castelló–), la mayoría en alto, comienzan a escasear. Al cruzar el Ebro, el predominio corresponde ya a los poblados abiertos en llano o sobre suaves elevaciones caracterizados por concentraciones de estructuras subterráneas15. Estos “campos de hoyos” constituyen el tipo de asentamiento más frecuente en las regiones interiores y septentrionales de la península desde el Neolítico hasta el final de la Edad del Bronce. Sus componentes son estructuras de tamaño y forma diversos, utilizadas como silos, viviendas (“fondos de cabaña”), hogares, depósitos de ofrendas, tumbas y basureros. Formaron parte de poblados abiertos, ocupados temporal o estacionalmente, cuyo desarrollo se traduce en estratigrafías horizontales a veces muy extensas. Estarían habitados por varias decenas de personas y gozarían de una elevada autonomía productiva, como indica la disponibilidad de útiles relacionados con el procesado, almacenaje y consumo de alimentos, y con las producciones alfarera, lítica, ósea y metalúrgica (Minferri –Lérida–, Institut de Manlleu, Can Roqueta –Barcelona–). Paralelamente, se registra la ocupación de cuevas y abrigos (Mas d’Abad –Castelló–, Cova del Toll –Barcelona–, 15 Maya (1997), López Melción (2000), de Pedro (2006), Rafel et alii (2008), Soriano (2013). 137
LA EDAD DEL BRONCE  EN LA IBERIA MEDITERR  NEA  Figura 9. Planta general de Terlinques  Villena, Alicante  en su fase III ...
138 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Cova Colomera –Lérida–, Balma del Serrat del Pont –Gerona–) con carácter no permanente. La economía giró en torno a la ganadería y una agricultura cada vez más afianzada, como muestra la especialización de la industria tallada en la preparación de elementos de hoz y la mayor capacidad de almacenamiento de las comunidades. La alfarería registra el predominio de recipientes lisos: cuencos y cazuelas carenadas de perfiles abiertos y grandes contenedores, a menudo con base plana y abundantes apliques plásticos (cordones decorados, lengüetas, mamelones, asas). Sin embargo, es habitual hallar perduraciones campaniformes locales tardías (Pirenaico, Salomó) y desarrollos epicampaniformes regionales (Arbolí-Nordeste) que convivieron cierto tiempo con las nuevas producciones. Por otra parte, se presume que la metalurgia fue ganando terreno en la producción de útiles gracias a la explotación de minas locales, como la Solana del Bepo (Tarragona). Aun así, las piezas recuperadas siguen siendo escasas y continuadoras de modelos previos (hachas planas, punzones, cuchillos y puñales de lengüeta y puntas pedunculadas). Las manifestaciones funerarias conservaron vínculos con las prácticas calcolíticas, como la vigencia del rito colectivo en cavidades naturales y sepulcros megalíticos. Llama la atención la diversidad de contenedores en algunas zonas. Así, por ejemplo, en Catalunya coexistieron reutilizaciones de sepulcros previos, inhumaciones en hoyos (Can Roqueta II), cuevas, pozos con cámaras laterales (Can Gambús) y tumbas megalíticas (cistas, “paradólmenes”, galerías, cámaras simples o con vestíbulo, distribuidas al norte del Llobregat) (Tafania –Gerona–, Vall de Miarnau, Cabana del Moro –Lérida–, Clarena, Les Maioles –Barcelona–). Parece que, en general, el rito se hizo más restrictivo a la vista del menor tamaño de las tumbas y del bajo número de esqueletos atestiguado en excavaciones científicas. Esta circunstancia, y el significado atribuible a representaciones de personajes armados (estela de Preixana -Lérida–), conforman los escasos y poco firmes indicios para hablar de desigualdades políticas. Tendencias generales durante el horizonte ca. 22001550 Los nuevos tiempos trajeron la superación de la estructura socio-económica calcolítica, que tendía a transformar los sobrantes colectivos en bienes de intercambio amortizados en rituales públicos. Como tendencia general, desde finales del III milenio aumentó el control sobre las fuerzas productivas de territorios cada vez más circunscritos. En El Argar, los centros principales funcionaron como capitales de territorios que incluían poblaciones subordinadas en el llano. Las disimetrías en el gasto funerario individualizado, en la apropiación y gestión centralizada de excedentes, y en el ejercicio de la violencia sugieren una sociedad dividida en clases socioeconómicas y organizada estatalmente. En cambio, en las comunidades situadas al norte los mecanismos de cooperación social fueron refractarios a las estrategias de extracción de plusvalía. El panorama incluye aquí desde el almacenamiento disperso en “campos de hoyos”, a la protección colectiva en poblados de altura y motillas. Pese a no identificar grupos dominantes permanentes, en muchos casos la violencia desempeñó un papel relevante en las relaciones sociales, a tenor del esfuerzo dedicado a obras de fortificación y al coste implicado en la vida en poblados de altura. Estas diferencias sociales se reflejan en la producción metalúrgica. A inicios de la Edad del Bronce seguía trabajándose el cobre arsenical, por lo que las auténticas novedades se registraron con la introducción de moldes y el perfeccionamiento de la forja, que mejoraron la productividad metalúrgica y la calidad de los artefactos. Sólo a partir del segundo cuarto del II milenio comenzó a generalizarse el uso de bronces estanníferos. Estas y otras innovaciones técnicas, como el empleo de remaches para la sujección de útiles cortantes, permitieron el desarrollo de armas especializadas como las alabardas y, a partir del siglo XVIII, de espadas de más de 50 cm de longitud. Su mayor frecuencia en el sureste sugiere que la violencia social arraigó más aquí, y que se ejerció tanto en el interior como en la periferia del territorio argárico. El impacto económico de la metalurgia argárica se manifiesta en la escala geográfica de su organización y en el volumen de producción alcanzado. Un indicador de ello es la capacidad de amortización de artefactos, que informa indirectamente de la tasa de renovación de útiles, adornos y armas. Cuanto más frecuente resulta la reposición a causa de su agotamiento o amortización, mayor tuvo que haber sido el volumen de producción. Si nos atenemos a la densidad de artefactos con sujeción mediante remaches (cuchillos, puñales, alabardas y espadas), el sureste argárico presenta una capacidad de amortización muy superior a la del resto de la península (Fig. 10). Las distancias económicas se acentúan todavía más si tenemos en cuenta que la mayor parte de la producción argárica data de los siglos XIX-XVI. En suma, mientras que en El Argar la producción y circulación metalúrgicas estuvieron organizadas a escala regional, bajo el control de la clase dominante y sometidas a una alta demanda, en las otras regiones la disponibilidad de materias primas y medios de producción no sufrió semejantes restricciones políticas ni alcanzó un volumen parecido.
138  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Cova Colomera    L  rida   , Balma del Serrat del Pont    Gerona     con car...
LA EDAD DEL BRONCE: EN LA IBERIA MEDITERRÁNEA Figura 10. Densidad media de herramientas y armas remachadas en Iberia entre ca. 2200-1550. Las densidades incrementan a una escala exponencial x2 entre 1E-5 y 5E-2 artefactos por km2 y provincia o región (Lull et alii, 2013: fig. 1; datos a partir de Brandherm 2003). Por encima de estas diferencias, los primeros siglos de la Edad del Bronce supusieron una intensificación de la ganadería y, sobre todo, de la agricultura. El aumento de la capacidad de almacenamiento en recipientes cerámicos y silos, el predominio de los restos de cebada y trigo en el registro paleobotánico, la orientación de la talla de sílex hacia la producción de dientes de hoz y, cuando menos en el sureste, un nuevo tipo de molino que permitía una molienda más eficaz, son indicadores del peso adquirido por el cultivo de cereales. Ello acarreó la reducción de los bosques y la proliferación de espacios abiertos, rayanos en lo estepario en áreas del sureste. Hacia 1550, el foco de poder hegemónico argárico fue suprimido. Los niveles de incendio que sellan algunos asentamientos argáricos destacados hacen pensar en un final violento. Algunos datos arqueológicos y ambientales indican que el desencadenante de este acontecimiento revolucionario fue una crisis de subsistencia favorecida por la sobreeexplotación del medio. El Bronce Tardío (ca. 1550 – 1300) Dispersión y autonomía en el cuadrante suroriental La desarticulación de la estructura territorial argárica corrió en paralelo con transformaciones más o menos profundas en las regiones vecinas16. En el sureste y La Mancha se abandonó un gran número de asentamientos, hasta el punto de llegar a situaciones de despoblamiento. Los enclaves en cerro que perduraron tras El Argar, como Gatas, Fuente Álamo, Tabayá, Cuesta del Negro o Cerro de la Encina, mantuvieron la disposición aterrazada de las estructuras de habitación de planta cuadrangular o rectangular, en ocasiones ordenadas a partir de largos y gruesos muros cabeceros. La misma preferencia por recintos de muros en piedra y ubicaciones en alto se observa en los pocos asentamientos de nueva planta o cuya ocupación principal corresponde a esta etapa, como Murviedro (Fig. 11) (Murcia), El Negret y La Horna 16 Castro et alii (2006). 139
LA EDAD DEL BRONCE  EN LA IBERIA MEDITERR  NEA  Figura 10. Densidad media de herramientas y armas remachadas en Iberia ent...
140 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Figura 11. Planta de Murviedro (Lorca, Murcia) (excavaciones de A. Pujante, Mª J. Madrid y J. Bellón; Delgado-Raack, 2008: 36). (Alicante). En contraste con el periodo anterior, la práctica ausencia de tumbas denota cambios políticoideológicos pero también económicos, al disminuir abruptamente el volumen de productos amortizados en las prácticas funerarias. Si bien buena parte de los medios de producción argáricos perduraron, es significativa la rareza de contenedores cerámicos de gran capacidad, así como la desaparición de los talleres especializados en el procesado de cereal y textiles a gran escala. Entre las novedades en el repertorio cerámico, destacan botellas, cazuelas de perfil abierto y cuencos carenados de borde vertical, a menudo de gran calidad y con bruñidos intensos o motivos decorativos de estilo Cogotas I originarios de las cuencas del Duero, Tajo y Alto Ebro17. La disolución del Estado argárico también trajo consigo la diversificación de la producción de alimentos, según se deduce de la recuperación del aporte cárnico procedente de la caza, de las diferencias regionales significativas en las pautas ganaderas y del 17 Molina (1978), Rafel et alii (2008). incremento relativo de legumbres y frutos frente a la mayoría aplastante de la cebada durante El Argar. Otro síntoma de la descentralización productiva fue la relajación del control político sobre la metalurgia, cuyos medios de producción aparecen con mayor asiduidad y con cierta indiferencia respecto al tamaño y localización de los poblados. La desaparición de las fronteras argáricas también supuso la participación de las comunidades en contactos e intercambios a media y larga distancia. La circulación de rocas volcánicas destinadas a la fabricación de instrumentos de molienda más efectivos, la presencia de recipientes y decoraciones ampliamente compartidos (Cogotas I) y la generalización del tráfico de estaño para la producción de bronce expresan un nuevo tipo de relaciones sociales. Otro indicador de la permeabilidad de las comunidades peninsulares es la presencia de cerámica a torno de posible origen micénico o chipriota en el sur de la península hacia 1300 (Llanete de Los Moros –Córdoba, Cuesta del Negro –Granada–, Gatas –Almería). En un contexto social caracterizado por una mayor autonomía de las comunidades, diversificación productiva y permeabilidad en las relaciones exteriores,
140  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Figura 11. Planta de Murviedro  Lorca, Murcia   excavaciones de A. Pujante, ...
LA EDAD DEL BRONCE: EN LA IBERIA MEDITERRÁNEA Figura 12. Cabezo Redondo (Villena, Alicante) (fotografía de los autores). parece que la organización político-económica inhibió niveles de explotación como los vividos en época argárica. Sin embargo, ello no es óbice para observar concentraciones de poder en lugares puntuales, particularmente en la antigua periferia argárica. El Cabezo Redondo (Alicante) es el mejor exponente de ello (Fig. 12)18. Este poblado de en torno a 1 ha ocupaba un cerro ubicado estratégicamente sobre el corredor natural del Vinalopó que comunica el litoral mediterráneo con las sierras del Subbético y La Mancha. Se han identificado una veintena de departamentos de hasta 14 x 5 m construidos con paredes enlucidas de piedras trabadas con barro y techos con vigas de madera y entramado vegetal sustentados con troncos. Algunos albergaban talleres de procesado de cereal a gran escala, de producción textil y metalúrgica. El urbanismo, la arquitectura, la organización de los medios de producción y el ritual funerario intramuros recuerdan aquí lo visto en los enclaves centrales argáricos. En este contexto resulta novedosa la abundancia de adornos de oro. Además de diferentes objetos 18 Hernández Pérez (2009-2010). aparecidos en el propio hábitat del Cabezo Redondo, en la Ladera Oriental del cerro se descubrió una sepultura infantil en cista con un colgante áureo y un depósito formado por treinta y cinco adornos del mismo metal (diadema, colgantes, brazaletes, anillos y espirales, entre otros). Sin embargo, el hallazgo más espectacular, el Tesoro de Villena19 (Fig. 13), apareció en una rambla cercana (rambla del Panadero): una vasija enterrada en las gravas del lecho contenía un tesoro formado por once cuencos y cazuelas de oro, dos botellas también de oro y tres de plata, 28 brazaletes de oro y uno de hierro, además de varios elementos accesorios, algunos con incrustaciones de ámbar, que totalizaban casi 10 kg. Si nos atenemos a la morfología tipicamente argárica del contenedor cerámico del tesoro, los paralelos cerámicos de sus botellas y el contexto arqueológico de adornos similares en el propio Cabezo Redondo, este depósito no pudo haber sido ocultado mucho tiempo después del final argárico. Las nuevas excavaciones en Cabezo Redondo y sus fechas radiocar19 Soler et alii (2005). 141
LA EDAD DEL BRONCE  EN LA IBERIA MEDITERR  NEA  Figura 12. Cabezo Redondo  Villena, Alicante   fotograf  a de los autores ...
142 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Figura 13. El Tesoro de Villena (Alicante) (Museo Arqueológico “José María Soler”, Alicante. Fotografía: Francés fotógrafos). bónicas apuntan a una datación del tesoro anterior a 1300/1200, cuando el poblado fue abandonado. A la vista de la organización de las fuerzas productivas en el asentamiento no resulta descabellado interpretar el “tesoro de Villena” como indicativo de una aristocracia local basada en el dominio de las rutas de comunicación interregionales y la apropiación centralizada de excedentes locales, entre ellos tal vez la sal. Ahora bien, tal concentración de riqueza y poder fue excepcional en el panorama general de la época, dominado por poblaciones de reducido tamaño, autónomas en cuanto a la producción subsistencial, capaces de involucrarse en contactos e intercambios y tecnológicamente bien equipadas. La franja septentrional El registro arqueológico de la franja mediterránea central y septentrional aparece marcado por la continuidad20. La investigación da por sentado que buena parte de los asentamientos fundados a inicios de la Edad del Bronce perduraron hasta al menos el Bronce Final. Desde esta perspectiva, la incorporación variable de fósiles-directores, como los vasos con 20 Martí y de Pedro (1997). asas de apéndice de botón o la cerámica decorada de Cogotas I, balizaría una secuencia que algunas propuestas han subdividido en “Bronce Medio/Reciente” o “Bronce Tardío”. En una tónica de ambigüedad cronológica, en el litoral levantino se han identificado ocupaciones de este momento en yacimientos como Les Raboses, Pic dels Corbs, Orpesa la Vella, Torrelló de Onda y Mas d’Abad. En el noreste dio inicio la diversificación entre las ocupaciones de los territorios litorales y prelitorales y los de las cuencas interiores que desembocarán en el apogeo del grupo del Segre-Cinca. Las prácticas funerarias escasean, aunque siguen documentándose inhumaciones en hoyos en los poblados en llano y un uso esporádico de cuevas en entornos montañosos (Montanisell, –Lérida–). El Bronce Final (ca. 1300-900) El panorama que se inicia hacia 1300 adolece de importantes lagunas en el conocimiento de los asentamientos, tan sólo paliadas por la expresividad de algunos enclaves concretos o por el significado de ciertos artefactos. La menor visibilidad de los ámbitos habitacionales se acompaña, tal vez no casualmente, de una circulación y deposición cada vez más intensa
142  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Figura 13. El Tesoro de Villena  Alicante   Museo Arqueol  gico    Jos   Mar...
LA EDAD DEL BRONCE: EN LA IBERIA MEDITERRÁNEA Figura 14. Planta de Genó (Aitona, Lérida) (Maya et alii, 1998, fig. 22, cortesía de Javier López Cachero). y extensa de productos, especialmente metálicos, con paralelos en la fachada atlántica (“Bronce Final Atlántico”), Europa central y en la cuenca mediterránea. Sin embargo, en contraste con otras regiones, los depósitos de artefactos metálicos, cualesquiera que fuesen sus motivaciones (económica, ceremonial, etc.), no fueron abundantes en la franja oriental peninsular (Muricecs –Lérida–, Sant Martí d’Empúries –Gerona–). A diferencia de lo que sucedía en los periodos previos, el noreste aporta con el grupo Segre-Cinca los testimonios más firmes de una sociedad arraigada territorialmente. Los poblados se localizan en cerro y rara vez superan 0,1 ha. Constan de viviendas adosadas de planta rectangular, con zócalos de piedras unidas con argamasa, alzados de tapial y superficies de entre 25 y 40 m2. Se disponen a lo largo de un espacio central abierto (Genó, Carretelà, Les Paretetes –Lérida–) (Fig. 14). El hábitat puede estar ceñido por un muro de cierre y contar con una cisterna colectiva. Hasta que la arquitectura en piedra no se extendió a las comarcas litorales y prelitorales a inicios de la Edad del Hierro, se mantuvieron aquí los asentamientos formados por fondos de cabaña, silos y fosas, que representan aldeas dispersas ocupadas por comunidades básicamente autosuficientes (Can Roqueta –Barcelona–) (Fig. 15)21. Desde el punto de vista económico, el incremento de artefactos de molienda, la variedad de cereales y leguminosas cultivadas y la abundancia de estructuras de almacenamiento sugieren una intensificación agrícola. El volumen de los silos de almacenamiento oscila entre 500 y 2000 l, suficiente para garantizar la alimentación anual de un grupo doméstico pequeño. La constatación ocasional de silos de más de 2000 l, así como de concentraciones de hasta 25 molinos en algunas fosas podría indicar cierta centralización supradoméstica, sin que ello supusiese disimetrías socio-económicas. Tampoco las evidencias de producción metalúrgica, siempre escasas y dispersas entre los poblados del interior y de la costa, evocan un control político centralizado. Las comunidades del noreste utilizaron recipientes cerámicos con decoraciones acanaladas que se vinculan con el inicio del fenómeno funerario de los Campos de Urnas22. Bajo esta denominación se alude a un rito consistente en la incineración del cadáver y la deposición de los restos en un recipiente cerámico con un característico perfil bicónico. Éste, junto a eventuales piezas de ajuar, se enterraban luego en una fosa a veces señalizada (Can Missert, Can Piteu -Barcelona–, Torre Filella –Lérida–). Sin embargo, la coincidencia temporal y regional entre los nuevos tipos cerámicos y prácticas funerarias no es segura en sus inicios. Así, mientras las decoraciones acanaladas se difunden hacia 1300, el predomi22 21 Carlús et alii (2007). Castro (1994), López Cachero (2007, 2008), Lorrio (2008). 143
LA EDAD DEL BRONCE  EN LA IBERIA MEDITERR  NEA  Figura 14. Planta de Gen    Aitona, L  rida   Maya et alii, 1998,    g. 22...
144 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Figura 15. Tipos de silos de Can Roqueta (Sabadell, Barcelona) (Carlús et alii, 2007, fig. 46, cortesía de Oriol Vicente).
144  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Figura 15. Tipos de silos de Can Roqueta  Sabadell, Barcelona   Carl  s et a...
LA EDAD DEL BRONCE: EN LA IBERIA MEDITERRÁNEA nio de la incineración en urna no parece darse hasta poco antes del cambio de milenio. Sea como fuere, y pese a que esta práctica funeraria se documenta sincrónicamente en regiones tan distantes como el norte de Portugal (Paranho –Viseu–) o el sureste (Peña Negra –Alicante–, Qurénima –Almería), la mayor densidad de tumbas en el noreste y su proximidad con los focos centroeuropeos han hecho relacionar el nuevo rito con la llegada de poblaciones o de influencias de raíz hallstáttica a través de los Pirineos. No obstante, hoy en día se tiende a reconocer el papel de las poblaciones autóctonas, a tenor de la continuidad poblacional observada. En este sentido, las diferencias regionales en los patrones de asentamiento se corresponden también en las necrópolis. Mientras en el Segre-Cinca y el Bajo Aragón las urnas eran depositadas bajo túmulos, al tiempo que se reconoce la perduración de rituales de inhumación (Castellets II –Zaragoza–), en el litoral y prelitoral los restos funerarios se disponen en simples fosas. Los ajuares suelen ser modestos, y sólo una minoría (menos del 20% en el caso de Can Piteu) constan de vasos cerámicos, adornos de concha, objetos metálicos y porciones de fauna (Fig. 16). Los análisis antropológicos indican que algunas urnas contenían dos e incluso tres individuos, que los individuos infantiles y juveniles están infrarrepresentados, y que hombres y mujeres podían acceder al mismo tratamiento funerario. En definitiva, el panorama muestra pequeñas comunidades agropecuarias básicamente autosuficentes, en las que cuesta apreciar disimetrías económicas y políticas. Tan sólo en el interior de Catalunya y el Bajo Aragón se atisba una tendencia a la nuclearización en poblados protegidos o fortificados. Siguiendo la costa mediterránea hacia el sur, se constata la permanencia de enclaves previos al aire libre o en cueva (Torrelló del Boverot, Pic dels Corbs, Mola d’Agres, Mas d’Abad), aunque en el marco de una tendencia a la reducción del poblamiento. Esta dinámica se afianza en el sureste, a la vista del abandono de poblados importantes del Bronce Tardío (Cabezo Redondo, Fuente Álamo), lo que desembocaría en el despoblamiento de muchas comarcas o en una forma de asentamiento poco permanente. En este capítulo hallamos pequeños poblados formados por cabañas con zócalos ovales en piedra y tapial, de unos 20-40 m2 (La Serrecica –Murcia–, Gatas y Peñón de la Reina –Almería–, Cerro del Real –Granada–). Los escasos artefactos de molienda en el interior de estas cabañas sugieren una orientación más ganadera de estas comunidades. Hacia finales del II milenio comienzan a aparecer nuevos centros de altura o se reorganizan asentamientos anteriores con estructuras más estables y evidencias de producciones metalúrgicas especializadas mejor documentadas ya en el siglo IX (Peña Negra -Alicante). Figura 16. Planta, sección y restitución ideal de la tumba CPR-453 de Can Piteu, Can Roqueta (Sabadell, Barcelona) (Carlús et alii, 2007: fig. 150, cortesía Xavier Carlús). 145
LA EDAD DEL BRONCE  EN LA IBERIA MEDITERR  NEA  nio de la incineraci  n en urna no parece darse hasta poco antes del cambi...
146 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA El auge de la producción metalúrgica, la creación de redes de intercambio que integran cada vez más estrechamente a poblaciones atlánticas, mediterráneas y continentales, y el papel clave de ciertos asentamientos y regiones en todo ello permiten entender el surgimiento de concentraciones de riqueza y poder. Tampoco resultaría descabellado pensar que precisamente la existencia de tal cartografía de navegación y transporte en el Bronce Final permitió la pronta aparición de comerciantes fenicios en el extremo occidente, cuyos primeros establecimientos en el mediodía peninsular (Gadir –Cádiz–, Morro de Mezquitilla –Málaga–) se fundarían hacia el 900. Con su presencia y la introducción de nuevos productos exóticos, se produciría una devaluación de las tradiciones atlántico-mediterráneas que llevó al desmantelamiento del sistema de intercambio del Bronce Final. Las élites locales emergentes no desaprovecharían las posibilidades de distanciamiento económico y político brindadas por los nuevos productos de cambio y mercados, facilitando así la labor de los colonizadores. Comenzaron entonces a gestarse las estructuras económicas y sociales que propiciarán la formación de los Estados de la Edad del Hierro.
146  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  El auge de la producci  n metal  rgica, la creaci  n de redes de intercambio...
Vicente Lull*, Rafael Micó, Cristina Rihuete Herrada y Roberto Risch Las Islas Baleares: desde la colonización humana estable hasta la conquista romana Introducción: generalidades y periodización • El periodo Prototalayótico (ca. 1100/1000 – 850) El archipiélago balear comprende cuatro islas mayores cuyas peculiaridades han condicionado el poblamiento desde tiempos prehistóricos. La percepción de esas diferencias motivó en la Antigüedad la distinción entre Pitiusas y Gimnesias. Las Pitiusas incluyen Ibiza y Formentera, las islas más meridionales, próximas al continente y de menor tamaño. En las Gimnesias hallamos Mallorca y Menorca, las dos islas mayores que protagonizan el estado actual de los conocimientos. Mallorca es la más extensa (3.626 km2) y ecológicamente diversa. A ello contribuye un relieve variado en el que destaca la sierra de Tramuntana, una prolongación de los sistemas Béticos que recorre la costa septentrional y que alcanza cotas de hasta 1.445 m s.n.m. Su relieve abrupto y abundantes precipitaciones contrastan con la depresión central de Es Pla y las llanuras litorales periféricas. Los paisajes suaves de estas comarcas sólo se ven interrumpidos por las sierras de Llevant, que discurren en paralelo a la costa oriental sin sobrepasar los 500 m s.n.m. En cambio, Menorca (700 km2) presenta un relieve predominantemente plano en el que sólo destaca la elevación menor del monte Toro (357 m s.n.m.). Esta circunstancia, unida a su alejamiento del continente (220 km hasta la costa de Catalunya), impiden avistarla salvo desde ciertos puntos del extremo nororiental de Mallorca. • Grupo Talayótico (ca. 850-550). El conocimiento de la secuencia prehistórica ha avanzado en las últimas décadas gracias a la realización de programas de datación radiocarbónica (se dispone de en torno a un millar) y a la obtención de nuevos registros estratigráficos. Gracias a ello, la periodización de Mallorca y Menorca se establece como sigue1: • Grupo arqueológico campaniforme (sólo Mallorca) (ca. 2300-2100/2000) • Grupo arqueológico epicampaniforme-dolménico (ca. 2100/2000-1600) • Grupo arqueológico Naviforme (ca. 16001100/1000) • Periodo Postalayótico (ca. 550-s. II/123). Respecto al esquema de periodización de la península Ibérica, y a grandes rasgos, el primero se sitúa en la transición entre las edades del Cobre y del Bronce; el segundo corresponde al Bronce Antiguo; el tercero, al Bronce Reciente e inicios del Final; el cuarto, a las últimas etapas del Bronce Final; el quinto, al Hierro I y, el sexto, al Hierro II. Las primeras fases del poblamiento humano en Mallorca y Menorca (ca. 2300-1600) Grupo arqueológico campaniforme (ca. 2300-2100/2000) Mallorca fue la primera isla en ser habitada de forma estable. Las dataciones radiocarbónicas más fiables sitúan este proceso en torno a 23002. Al parecer, los primeros grupos humanos habitaron en cuevas y abrigos (Son Matge, Coval Simó), algunos también utilizados como espacio funerario, así como en pequeños poblados semipermanentes (Son FerrandellOlesa, Son Mas, Ca na Cotxera) formados por chozas con un escaso uso de la piedra como material constructivo3. La alimentación dependió del consumo de recursos terrestres, según revelan los análisis isotópicos sobre huesos humanos4. En lo que respecta a la caza, se mantiene el debate acerca del aprovechamiento del Myotragus balearicus, un caprino endémico de las Gimnesias5. Pese a que no es descartable que esta especie se extinguiese como consecuencia directa o indirecta de la colonización, lo cierto es que carecemos de datos que aseguren la coexistencia de Myotragus y humanos y, aún menos, la caza y consumo de los primeros por parte de los segundos. 2 * 1 Universidad Autónoma de Barcelona, Vicente.lull@uab.cat Lull et alii (1999, 2008), Micó (2006), Guerrero et alii (2007). 3 4 5 Ramis y Alcover (2001), Alcover (2004), Lull et alii (2008). Waldren (1982, 1998). Van Strydonck et alii (2002, 2005). Bover y Alcover (2003).
Vicente Lull , Rafael Mic  , Cristina Rihuete Herrada y Roberto Risch  Las Islas Baleares  desde la colonizaci  n humana e...
148 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Figura 1. Recipientes cerámicos con decoración campanifome hallados en Son Matge y en Son Ferrandell-Olesa (Mallorca). (a partir de Waldren, 1987 y 1998). Entre los artefactos más característicos de estas primeras ocupaciones, figuran los recipientes cerámicos (cuencos, cazuelas carenadas) decorados con motivos incisos de tradición campaniforme6 (Fig. 1). Estas piezas han servido para definir uno de los estilos regionales recientes, si bien muestran afinida- 6 Waldren (1998). des con el estilo Pirenaico. Cabe destacar también los grandes contenedores de cuerpo ovoide y fondo plano. Mención aparte merecen los útiles cortantes (cuchillos, dientes de hoz) fabricados en sílex tabular y la práctica de la metalurgia del cobre, que tal vez benefició afloramientos de la sierra de Tramuntana. 7 7 A partir de Waldren (1987 y 1998).
148  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Figura 1. Recipientes cer  micos con decoraci  n campanifome hallados en Son...
LAS ISLAS BALEARES: DESDE LA COLONIZACIÓN HUMANA ESTABLE HASTA LA CONQUISTA ROMANA Grupo arqueológico epicampaniforme-dolménico (ca. 2100/2000-1600) En la transición entre el III y el II milenios, el registro arqueológico incorpora novedades. En primer lugar, la presencia humana se extendió ya a Menorca y a las Pitiusas. Los asentamientos mantuvieron la tónica inaugurada por las primeras ocupaciones, es decir, poblados abiertos al aire libre y ocupaciones periódicas en cueva o abrigo8. Entre los artefactos que más han llamado la atención figuran las cerámicas decoradas afines a lo “epicampaniforme”. Ahora bien, los datos más fiables provienen de contextos funerarios. Aunque perduró el uso de cavidades naturales (Can Martorellet, Son Marroig, Sa Canova d’Ariany), se habilitaron nuevos tipos de tumbas9. Probablemente, las primeras fueron los hipogeos menorquines con fachada y pasillo construidos con aparejo megalítico y cámara circular u oval (Biniai 1 y 2, Cala Morell 11 y 12) (Fig. 2)10. Otros hipogeos de planta simple y ahora carentes de estructuras ortostáticas están bien representados en Mallorca (Ca na Vidriera 4, Son Sunyer 7, Rafal Llinàs)11. Los dólmenes fueron otra novedad remarcable durante el siglo XIX. Se concentran en el sur de Menorca y en la bahía de Alcúdia, en el noreste de Mallorca. Suelen poseer una cámara rectangular de 3,5 x 2 m como máximo, a la que se accede mediante un corredor corto o vestíbulo (S’Aigua Dolça, Son Bauló de Dalt, Montplé, Ses Roques Llises) (Fig. 3)12. El conjunto habría estado cubierto por un túmulo de piedras y tierra de unos 7-8 m de diámetro. Las tumbas citadas acogieron decenas de inhumaciones primarias a lo largo de dos o tres siglos. Los ajuares funerarios son escasos y en general modestos: recipientes cerámicos (cuencos abiertos o ligeramente cerrados, a veces con base rehundida; ollas de borde exvasado y cuerpo globular o carenado; vasos troncocónicos con apliques cerca del borde, y vasos de tendencia cilíndrica y base plana), puñales y punzones de cobre o bronce, botones de hueso o de colmillo de suido, colgantes de concha y dientes de suido y brazales de arquero. Conexiones extrainsulares y organización social en los inicios del poblamiento Uno de los temas más interesantes de la investigación prehistórica balear concierne a los inicios del 8 9 10 11 12 López Pons (2001). Coll Conesa (1993). Plantalamor y Marquès (2001). Veny (1968). López Pons (2001), Guerrero et alii (2003). Figura 2. Vista frontal del sepulcro colectivo de Biniai Nou (Menorca) (fotografía: Lluís Plantalamor Massanet). Figura. 3. Sepulcro megalítico con cámara y corredor de Ses Roques Llises (Menorca) (fotografía: Felipe SánchezCuenca). poblamiento humano. A diferencia de la mayoría de las grandes islas mediterráneas, las Baleares no fueron un lugar atractivo para el asentamiento neolítico; no hay pruebas inequívocas de dicha ocupación y, si algunos indicios controvertidos llegasen a confirmarse, se trataría de estancias ocasionales. Sin embargo, las condiciones cambiaron a finales del III milenio. Resulta probable que las primeras comunidades insulares procediesen del noreste de la península Ibérica y de las riberas del golfo de León, a tenor de los paralelos observados en la cerámica campaniforme, ciertos tipos de la “cerámica de acompañamiento” campani- 149
LAS ISLAS BALEARES  DESDE LA COLONIZACI  N HUMANA ESTABLE HASTA LA CONQUISTA ROMANA  Grupo arqueol  gico epicampaniforme-d...
150 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Figura 4. Cronología de la colonización de las islas mediterráneas en relación con la distancia que las separa del continente (a partir de Vigne, 2000). forme y del Bronce Antiguo, los botones óseos prismáticos, piramidales y del tipo “tortuga”, así como diversos aspectos de la arquitectura funeraria13. ¿Cuáles fueron los motivos que condujeron a la colonización balear precisamente a finales del III milenio y no antes? La relativa lejanía de Mallorca y Menorca respecto al continente, su marginalidad respecto a las principales rutas de circulación de la obsidiana sarda y de las Eolias, pero, sobre todo, la falta de materias primas adecuadas para la fabricación de útiles líticos pulimentados indispensables para la práctica de una economía agropecuaria en un ambiente de densa vegetación, parecen explicar la ausencia de una ocupación estable en tiempos neolíticos (Fig. 4)14. Sin embargo, estas limitaciones para el asentamiento acabaron sien- do superadas. A finales del III milenio, el desarrollo de la metalurgia permitía explotar los minerales cupríferos de Mallorca y Menorca, lo cual eludía la dependencia continental respecto del aprovisionamiento de las rocas ígneas o metamórficas empleadas en la fabricación de instrumentos15. La instauración de formas de explotación económica y de violencia social en diversas regiones continentales a lo largo del III e inicios del II milenios pudo haber actuado como catalizador de la colonización insular16. Ante las tensiones provocadas por aquella situación, determinados grupos sociales podrían haberse desplazado a territorios marginales donde establecer relaciones ajenas a los conflictos de sus lugares 15 13 14 Lull et alii (2004). Risch (2011). 16 Ramis et alii (2005), Alcover et alii (2007), Hunt et alii (2013). Lull et alii (2004), Gili el alii (2006).
150  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Figura 4. Cronolog  a de la colonizaci  n de las islas mediterr  neas en rel...
LAS ISLAS BALEARES: DESDE LA COLONIZACIÓN HUMANA ESTABLE HASTA LA CONQUISTA ROMANA Figura 5. Evolución demográfica de la población balear desde mediados del II milenio. de origen. Si nos atenemos a la falta de preocupaciones defensivas en la elección y la estructuración de los asentamientos baleáricos, a la ausencia de armas y al mantenimiento del rito de inhumación colectivo, las primeras poblaciones enfatizaron las relaciones pacíficas e inhibieron las disimetrías económicas y políticas. El grupo arqueológico Naviforme (ca. 1600-1100/1000) En torno a 1600 se inició una fase de aumento demográfico, probablemente como consecuencia de la arribada de nuevos contingentes poblacionales (Fig. 5)17. Tales movimientos pudieron estar relacionados con la crisis de muchas sociedades del Bronce Antiguo en diferentes regiones del Mediterráneo y de Europa. El aumento demográfico coincide con la edificación de estructuras de habitación de planta alargada, aparejo ciclópeo, entrada por el lado corto y cierre absidal o apuntado, que pueden alcanzar más de 15 m de longitud y 6 m de anchura (Closos de Can Gaià, Son Oms, S’Hospitalet Vell, Cala Blanca, Clariana, Son Mercer de Baix)18 (Fig. 6). Los hogares, banquetas, instrumentos líticos de molienda, útiles en hueso, metal y piedra, cerámica de consumo y almacenamiento, restos alimentarios y residuos de producción metalúrgica hallados en su interior indican la realización de múltiples actividades de producción y de mantenimiento de objetos, y un moderado desarrollo de la división del trabajo entre las unidades domésticas. Pueden presentarse 17 18 Gili et alii (2006). Rosselló Bordoy (1973, 1979), Plantalamor (1991), Lull et alii (1999), Pons Homar (1999). Figura 6. Edificio naviforme de Closos de can Gaià 1 (Mallorca) (fotografía: “Equip Closos”, Universitat de les Illes Balears). exentas o en conjuntos de dos o más unidades adosadas lateralmente. A su vez, edificios individuales o agregados pueden hallarse aislados o agruparse en poblados abiertos de densidad y extensión variable. Conforme avanzamos en la segunda mitad del II milenio fueron construyéndose estructuras de habitación distintas en mayor o menor medida del patrón naviforme, sin abandonar nunca la práctica de la arquitectura en piedra (Es Figueral de Son Real, Torralba d’en Salord). Las estructuras naviformes colonizan por primera vez todos los entornos de las Baleares, si bien se observa una preferencia por las tierras bajas cercanas a suelos fértiles. La implantación de los poblados naviformes coincidió con una reducción en el uso de las cuevas naturales, que pasaron a ser frecuentadas ocasionalmente con fines rituales (Es Càrritx, Es Mussol, Es Moro). En el marco de estas ceremonias subterráneas entre ca. 1600-1450 se seccionaban y acumulaban fragmentos de estalactitas, en ocasiones asociadas a huesos humanos de manos y pies, se depositaban porciones de carne y recipientes cerámicos, y se celebraban ritos de significado mágico. Tales prácticas han sido interpretadas en función de cultos relacionados con una fuerza anónima subterránea responsable de la renovación de la fertilidad y la vida19. Los contextos funerarios destacan por su abundancia y variedad. A la perduración puntual de hipogeos simples, dólmenes y cuevas, se suman hipogeos de planta alargada y compartimentos internos (Cala Sant Vicenç, Son Sunyer, Son Vivó), monumentos 19 Lull et alii (1999). 151
LAS ISLAS BALEARES  DESDE LA COLONIZACI  N HUMANA ESTABLE HASTA LA CONQUISTA ROMANA  Figura 5. Evoluci  n demogr     ca de...
152 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA de planta circular y apariencia tumular exclusivos de Menorca (Ses Arenes de Baix, Son Olivaret) (Fig. 7) y cuevas naturales cerradas por un muro ciclópeo (Es Càrritx, Es Forat de ses Aritges, Son Matge, Coval d’en Pep Rave)20. Todos estos contenedores llegaron a acoger centenares de inhumaciones a lo largo de varios siglos. En el capítulo de artefactos muebles, la alfarería adoptó progresivamente la calcita como desgrasante para la producción de grandes vasijas con perfil toneliforme y labio engrosado, o bien con cuerpo globular u ovoide y borde exvasado. El grueso de la vajilla de cocina y de consumo se compone de ollas globulares o carenadas de borde vuelto de diversas dimensiones y cuencos abiertos o ligeramente entrantes con base plana. Las decoraciones son escasas, limitándose a series horizontales de digitaciones o incisiones. El hallazgo de moldes para la fabricación de brazaletes, punzones, hachas y cuchillos en algunas estructuras naviformes (S’Hospitalet Vell, Son Mercer de Baix) pone de manifiesto la producción insular de artefactos de bronce. Su uso fue en aumento hasta alcanzar una máxima frecuencia a inicios del I milenio21. Por otro lado, la industria ósea experimentó una singular vitalidad, testimoniada por la abundancia de punzones, agujas y, sobre todo, botones de perforación en “v” elaborados a partir de diáfisis de hueso largo o bien de colmillos de suido. La presencia ocasional de instrumentos de molienda y de semillas de cereales sugiere que la agricultura ganó relevancia entre las estrategias de subsistencia. No obstante, la abundancia de restos de fauna doméstica y los primeros análisis químicos y bioarqueológicos sobre huesos humanos sugieren que la ganadería aportaba una parte sustancial de la dieta. En cambio, llama la atención la mínima o nula aportación de alimentos de origen marino. El análisis de los miles de restos humanos de la Sala 1 de la Cova des Càrritx ha permitido conocer aspectos de la organización socioeconómica de las comunidades naviformes en sus momentos medios y finales22. Este espacio funerario acogió los cadáveres de unos doscientos individuos de ambos sexos y todas las edades, excepto fetos y neonatos menores de tres meses. La Sala 1 fue la tumba de una unidad social formada originariamente por unos 14 individuos, cifra compatible con el tamaño del grupo que pudo habitar una vivienda naviforme. Se ha observado que la esperanza de vida de las 20 21 22 Veny (1968), Rosselló Bordoy (1979), Lull et alii (1999), López Pons (2001), Gili et alii (2006), Plantalamor et alii (2008). Lull et alii (1999), Salvà (2010). Rihuete (2003). Figura 7. Vista cenital del sepulcro de Ses Arenes de Baix (Menorca) (©ASOME – UAB). mujeres era ligeramente inferior respecto a la de los hombres, y que se dio un acusado dimorfismo sexual en el esqueleto postcraneal. La mortalidad infantil era elevada, de forma que sólo dos tercios de los individuos cumplían los cinco años. La baja frecuencia de caries y, en cambio, la notable proporción de sarro en piezas dentales apunta a que los alimentos de origen animal (terrestre) proporcionaban una parte importante de la dieta, interpretación refrendada por el análisis de oligoelementos. Además, en este capítulo no se advierte ninguna diferencia o discriminación entre hombres y mujeres. Diversos indicadores osteológicos ponen de manifiesto que la población estaba afectada por una relación sistémica entre anemias e infecciones, y que las cargas laborales implicaban una elevada movilidad de, al menos, un sector de la comunidad, correlacionable con actividades como el pastoreo y la explotación de recursos en un territorio amplio caracterizado por una topografía agreste. Una de las hipótesis más interesantes sugiere la práctica del infanticidio femenino como mecanismo de regulación demográfica. Dicho infanticidio adoptaría la forma de menores cuidados hacia las niñas y/o de una alimentación diferencial durante la infancia. Esta hipótesis permite armonizar una serie de datos apa-
152  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  de planta circular y apariencia tumular exclusivos de Menorca  Ses Arenes de...
LAS ISLAS BALEARES: DESDE LA COLONIZACIÓN HUMANA ESTABLE HASTA LA CONQUISTA ROMANA rentemente inconexos, como la menor representación de mujeres en edad adulta, la escasa incidencia de anemias entre los hombres adultos respecto a las mujeres y a la población infantil, y el dimorfismo sexual postcraneal. Podría decirse que el coste de la “igualdad” entre individuos adultos recaía sobre el sexo femenino. La homogeneidad en la producción de artefactos tuvo lugar en ausencia de centralización políticoeconómica. La sociedad se organizó en unidades en gran medida autónomas en cuanto a la producción subsistencial, según indica la uniformidad del utillaje hallado en las viviendas. Ahora bien, dichas unidades cooperaron en la construcción de edificios, la obtención de metales y la gestión agrícola y ganadera. Dichas relaciones conllevaron movilidad de individuos y transmisión de conocimientos, en un contexto aparentemente exento de violencia física y abierto a aportes demográficos externos, como sugiere la creciente densidad de asentamientos y necrópolis. En este sentido, la diversidad de los contextos funerarios podría ser síntoma de un clima de integración y tolerancia hacia tradiciones aportadas por sucesivos contingentes poblacionales, que se integrarían en las relaciones colectivizantes ya existentes, conservando elementos de idiosincrasia en el ritual23. En un panorama caracterizado por la ausencia de jerarquías, el análisis de los hallazgos de Es Mussol sugiere que ciertos individuos adquirieron una condición social “mediadora” en el terreno de lo político y de las creencias24. La Cova des Mussol se abre en la pared de un impresionante acantilado de 40 m de altura en la costa noroeste de Menorca, y su acceso es muy arriesgado. En una pequeña y recóndita sala interior se halló un conjunto de objetos de madera, entre los que destacan dos tallas de acebuche (Fig. 8). Ambas representan la cabeza y el cuello de dos seres, uno antropomorfo y otro zooantropomorfo, que debieron hallar sentido en el marco de un discurso con componentes mitológicos o metafísicos. El lugar fue frecuentado en estancias breves y fue escenario de prácticas secretas y de vivencias singulares protagonizadas por un grupo muy reducido de personas. La Cova des Mussol puede entenderse como una etapa en el proceso de iniciación a través del cual las comunidades menorquinas “producían” individuos encargados de la mediación político-ideológica. El periodo Prototalayótico (ca. 1100/1000 – 850) Los siglos a caballo entre el II y el I milenios resultan clave para entender la instauración de la sociedad ta- Figura 8. Tallas de la Cova des Mussol (Menorca) (fotografías: Peter Witte, ©ASOME – UAB) (talla zooantropomorfa, altura 14,9 cm; talla antropomorfa, altura 9,4 cm). layótica25. Por un lado, irán desapareciendo elementos de la tradición previa, como las viviendas naviformes. Algunas continuaron siendo ocupadas, en ocasiones tras experimentar cambios arquitectónicos (Closos de Can Gaià 1)26. Sin embargo, en otros casos los poblados comienzan a exhibir una organización urbanística compacta, en la que un número variable de recintos de planta diversa se aglomeran en torno a una estructura elevada en piedra y notables dimensiones que podría constituir el precedente de los talaiots (Es Figueral de Son Real, Cap de Forma, S’Illot). Las estimaciones demográficas apuntan a una nueva fase de crecimiento, quizás motivado de nuevo con la llegada de grupos extrainsulares27. La abundancia y variedad de artefactos metálicos indican que Menorca y Mallorca no eran tierras marginales en las redes de circulación mediterráneas en las vísperas de la presencia fenicia. Sin duda, las Baleares vivieron entonces un desarrollo social y económico muy superior al observado en buena parte de la franja mediterránea peninsular. 25 23 24 Lull et alii (1999). Lull et alii (1999), Micó (2005). 26 27 Lull et alii (2008). Javaloyas et alii (2007). Gili et alii (2006). 153
LAS ISLAS BALEARES  DESDE LA COLONIZACI  N HUMANA ESTABLE HASTA LA CONQUISTA ROMANA  rentemente inconexos, como la menor r...
154 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Figura 9. Naveta des Tudons (Menorca) (© ASOME – UAB). En el capítulo de las prácticas funerarias, el único elemento compartido por las comunidades de Mallorca y Menorca es la continuación de las inhumaciones en cuevas naturales cerradas mediante un muro ciclópeo (Es Càrritx, Son Matge, Mongofre Nou). Sin embargo, en Menorca prosiguió la tendencia secular expresada en una mayor abundancia y diversidad de estructuras funerarias. Entre éstas destacan las navetes (Tudons, Binimaimut, Binipati Nou, La Cova) (Fig. 9)28. Se trata de grandes edificios de piedra de contorno circular o absidal que contienen una cámara alargada, en ocasiones dividida en dos pisos. La excavación de la más célebre, la naveta des Tudons, deja entrever que llegaron a depositarse centenares de cadáveres. Así mismo, la tradicional práctica del ritual colectivo se repite en los hipogeos de planta simple abiertos en las paredes de barrancos y acantilados (Calascoves III, V, VII, IX, XI y XXXV) y en algunas cuevas naturales, retocadas o no, con el mismo tipo de ubicación topográfica29. Gracias a la extraordinaria preservación de algunas de estas cuevas se ha confirmado la continuidad de las in28 29 Plantalamor (1991), Lull et alii (1999), Gornés y Gual (2001). Veny (1982). humaciones primarias y, en las más inaccesibles (Cova des Pas), la deposición directamente sobre el suelo de cuerpos hiperflexionados envueltos en fardos hechos con pieles de animales y transportados en literas de madera30. Los ajuares funerarios son más variedos y abundantes que en los siglos anteriores. Siguieron depositándose botones de hueso o diente y pequeños vasos cerámicos (ollitas de perfil en “s”, vasos troncocónicos con una agarradera lateral). Sin embargo, destacan ahora los adornos e instrumentos de bronce (“pectorales”, torques, cuentas bicónicas o cilíndricas, cuchillas, puntas de lanza, punzones, etc.)31, la presencia esporádica de objetos de hierro (brazaletes) o estaño (cuentas) y, además, contenedores tubulares de madera o asta de bovino provistos de tapaderas decoradas de madera o hueso que contuvieron los cabellos cortados a ciertos individuos con ocasión de las ceremonias fúnebres. El depósito de la Sala 5 de la Cova des Càrritx ha proporcionado los testimonios más elocuentes de un ritual centrado en el tratamien30 31 Fullola et alii (2007). Delibes y Fernández-Miranda (1988).
154  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Figura 9. Naveta des Tudons  Menorca      ASOME     UAB .  En el cap  tulo d...
LAS ISLAS BALEARES: DESDE LA COLONIZACIÓN HUMANA ESTABLE HASTA LA CONQUISTA ROMANA Figura 10. Objetos ceremoniales del depósito de Es Càrritx (Menorca) (fotografías: Peter Witte, ©ASOME – UAB). to postmortem de los cabellos de algunas personas (teñido, peinado, corte, deposición), que a su vez cabría vincular a un nuevo protagonismo simbólico de la cabeza humana32 (Fig. 10). Pese a que este tratamiento individualizado se reservó a un número restringido de individuos, no hay pruebas claras de que esta diferenciación ritual fuese el reflejo de privilegios político-económicos33. Todos los tipos de tumba citados, así como las prácticas funerarias que presumimos compartidas pese a la diversidad de estructuras utilizadas, cesaron durante el siglo IX o, a lo sumo, a comienzos del siglo VIII. Probablemente, el momento anterior a la amortización de estos sepulcros coincidió con la deposición ritual de objetos especialmente valiosos en lugares poco accesibles del interior de algunas cuevas naturales (Càrritx, Mussol). Eran síntomas de una sociedad en tiempos de cambio, a punto de abandonar una tradición secular y de inaugurar la época talayótica, cuando la construcción de los lazos sociales pasará sobre todo por la afirmación pública de la comunidad (construcción de talaiots, asentamientos compactos), más que por la celebración del pasado y de los antepasados en el marco de rituales funerarios alejados de los poblados. El Grupo Talayótico (ca. 850-550) Los elementos emblemáticos de las nuevas relaciones sociales son los talaiots (Figs. 11-12), estructuras monumentales con forma de torre y planta circular (Son Fornés, Son Ferrandell-Olesa, Sa Canova de Morell, Sant Agustí Vell), cuadrada (Capocorb Vell, Hospitalet, Cas Canar) y oblonga o irregular (Cornia oriental, Rafal Roig), construidas con grandes bloques de piedra en seco. Los monumentos de morfología más regular y menores dimensiones son más frecuentes en Mallorca; poseen una cámara circular en cuyo centro se levanta una columna polilítica sobre la que descansó el sostén de la cubierta, en forma de losas radiales o vigas. En otros casos, en lugar de cámara se abren pasillos o espacios relativamente pequeños de contorno irregular (Cornia oriental, Rafal Roig). Tampoco faltan los monumentos macizos, englobados en Mallorca bajo la categoría “túmulo escalonado” (Son Oms, Son Ferrer)34. Los talaiots desempeñaron funciones diversas. Algunas son comunes a todos ellos, como la de “atalaya” para el control visual. Sin embargo, otras tenían carácter específico y se desarrollaban en monumentos concretos, como el procesado y redistribución de recursos cárnicos en el Talaiot 1 de Son Fornés, o las prácticas político-ideológicas en el Talaiot 235. No hay pruebas de que ninguno fuese la residencia de un grupo dominante. Los talaiots se encuentran aislados o formando parte de asentamientos de extensión variable, rara vez por encima de 2 ha. En ocasiones, las viviendas presentan planta trapezoidal o arriñonada y se disponen radialmente en torno a los talaiots (Son Oms, Pula, Ses Talaies de Can Jordi), mientras que en otros casos los recintos son cuadrangulares y se alinean adosados a lo largo de un muro cabecero rectilíneo (Son Fornés, Capocorb Vell). 34 32 33 Lull et alii (2013). Lull et alii (1999). 35 Rosselló Bordoy (1973, 1979), Fernández-Miranda (1978), Plantalamor (1991), Aramburu-Zabala (1998), Pons Homar (1999), Gornés y Gual (2001), Lull et alii (2001). Gasull et alii (1984). 155
LAS ISLAS BALEARES  DESDE LA COLONIZACI  N HUMANA ESTABLE HASTA LA CONQUISTA ROMANA  Figura 10. Objetos ceremoniales del d...
156 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Figura 11. Vista del yacimiento de Son Fornés (Mallorca), donde se aprecian los talaiots 1 y 2 y estructuras de diversos periodos (fotografía: Jaume Murillo Orfila). Figura 12. Talaiot de Torrellonet Vell (Menorca) (fotografía: Felipe Sánchez-Cuenca).
156  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Figura 11. Vista del yacimiento de Son Forn  s  Mallorca , donde se aprecian...
LAS ISLAS BALEARES: DESDE LA COLONIZACIÓN HUMANA ESTABLE HASTA LA CONQUISTA ROMANA La producción cerámica en Mallorca respetó un repertorio compuesto por cuencos, copas y una variedad de ollas de borde vuelto con distintas proporciones y tamaños. Por otro lado, apenas conocemos la organización de la producción metalúrgica y su expresión artefactual, debido a la nula amortización de estos objetos en depósitos o tumbas. La industria ósea se caracteriza por la pervivencia inusual de los punzones de hueso, mientras que la producción lítica incluye morteros, percutores esféricos y, en menor medida, molinos. La dieta estaba basada en alimentos de origen terrestre, probablemente con un peso significativo de los productos derivados de la ganadería. Las prácticas funerarias son prácticamente desconocidas. En Mallorca, sólo se constatan algunas manifestaciones esporádicas y controvertidas (Cova Gregòria A, Son Real). En Menorca, tal vez algunos hipogeos de planta compleja comenzaron a ser utilizados en el siglo VIII (Calascoves XXI, Sant Joan de Missa) tras el abandono de navetas, cuevas con muro de cierre e hipogeos de planta simple. Tal vez la pérdida de relevancia de las prácticas funerarias tuviese que ver con el protagonismo de los talaiots: como si el esfuerzo colectivo en su construcción y en las actividades que facilitaron hubiesen aglutinado las prácticas de cohesión política, desplazando así los rituales tradicionales. En cierta manera, durante el periodo Talayótico el sentido de la comunidad política se impuso sobre las particularidades parentales estructuradas según líneas de descendencia. El asentamiento de Son Fornés revela que la sociedad talayótica se articuló en unidades domésticas bastante autónomas en cuanto a la producción subsistencial cotidiana (preparación de alimentos, cerámica, instrumentos líticos y óseos). Sin embargo, dichas unidades se hallaban vinculadas por fuertes lazos de cooperación (cuidado de los rebaños, reparto público de los recursos cárnicos) en un marco político marcado por la reciprocidad36. Frente a épocas anteriores, el periodo Talayótico se distingue por una notable ausencia de elementos foráneos, y por la escasez de testimonios metalúrgicos. El cese de los complejos rituales funerarios y de los depósitos de metales debió conllevar una reducción importante de la producción de metales, quizás en un momento en que las comunidades de Mallorca y Menorca optaron por “aislarse” de las tensiones a raíz de la emergencia de las sociedades aristocráticas en su entorno continental, y de las rivalidades coloniales en la cuenca occidental del Mediterráneo37. 36 37 Gasull et alii (1984). Lull et alii (2002). Figura 13. Recinto habitacional de Torre d’en Galmés (“Casa Cartailhac”) (Menorca) (fotografía: Elena Sintes Olives). Figura 14. Sala hipóstila de Torre d’en Galmés (Menorca) (©ASOME – UAB). El periodo Postalayótico (ca. 550-s. II/123) La sociedad talayótica tuvo un final brusco y violento, tal y como indican los niveles de incendio en Son Fornés, Antigors, Capocorb Vell y Son Serralta, entre otros. Sólo tenemos una imagen fragmentaria del panorama justo después del colapso talayótico en Mallorca, a caballo entre los siglos VI y V (Edificio Alfa de Son Ferragut, Casa de los cortes 19 y 19a de S’Illot y Edificio G4 de Son Fornés). Las características del Edificio Alfa resultan novedosas en cuanto a tamaño, perímetro, técnicas constructivas y organización interna38. Los muros delimitan un paralelepípedo de casi 300 m2 de superficie, que acogió una única unidad doméstica. 38 Castro et alii (2003). 157
LAS ISLAS BALEARES  DESDE LA COLONIZACI  N HUMANA ESTABLE HASTA LA CONQUISTA ROMANA  La producci  n cer  mica en Mallorca ...
158 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Figura 15. Taula de Torralba d’en Salort (Menorca) (fotografía: Felipe Sánchez-Cuenca). La entrada, abierta en uno de los muros cortos, daba acceso a un patio porticado rectangular donde se realizaron actividades de producción y consumo. Al fondo del patio se disponen dos habitaciones contiguas similares. El ajuar artefactual presenta afinidades con la tradición talayótica, pero marca distancias al anticipar elementos habituales en los siglos venideros. La aparición en estos momentos de los primeros proyectiles fusiformes de honda fabricados en piedra o la destrucción violenta del Edificio Alfa deja entrever que la inestabilidad social no había sido superada. La situación muestra visos de estabilidad desde ca. 470450, cuando se ocupan los asentamientos postalayóticos mejor conocidos que perdurarán, como mínimo, hasta el siglo II. Las diferencias entre los enclaves de Mallorca y Menorca son marcadas. En Menorca predominan las casas con perímetro de tendencia circular, patio central y técnica ciclópea, en ocasiones adosadas unas a otras o a salas hipóstilas (Biniparratx Petit, Biniparratxet Petit, Torre d’en Galmés, Sant Vicenç d’Alcaidús)39 (Figs. 13-14), mientras que en Mallorca hallamos viviendas con muros rectos y perímetros he- terogéneos que no parecen respetar una planificación (Habitaciones Postalayóticas 1, 2 y 3 de Son Fornés, sector “Barrio” de Son Mas). En ambas islas, no obstante, proliferan los recintos amurallados (Ses Païsses, Es Pedregar, Es Rossells, Son Fornés, Son Catlar)40. La arquitectura postalayótica también incluye edificios monumentales, a los que se atribuye una función político o religiosa. En Menorca, hallamos los recintos de taula, estructuras de planta absidal que contienen el emblemático pilar rematado en “T” (Torralba d’en Salord, Talatí de Dalt, Torre d’en Galmés, Trepucó)41 (Fig. 15), mientras que el equivalente en Mallorca serían los “santuarios”42, cuya planta recuerda a menudo la de los recintos de taula, aunque sin disponer del pilar en “T” (Son Mas, Son Marí, Almallutx, Antigors, Son Corró, Son Oms A, Sa Punta des Patró, Son Fornés). Las estructuras funerarias son abundantes y variadas: hipogeos de planta compleja (Calascoves, Son 40 41 39 Hernández Gasch (2007). 42 Rosselló Bordoy (1973, 1979), Fernández-Miranda (1978), Plantalamor (1991), Gornés y Gual (1997), Aramburu-Zabala (1998), Lull et alii (2001), Hernández Gasch y Aramburu-Zabala (2005), Aramburu-Zabala y Riera (2006). Gornés y Gual (1997), Fernández-Miranda (2009). Fernández-Miranda (1978).
158  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Figura 15. Taula de Torralba d   en Salort  Menorca   fotograf  a  Felipe S ...
LAS ISLAS BALEARES: DESDE LA COLONIZACIÓN HUMANA ESTABLE HASTA LA CONQUISTA ROMANA Maimó, Cova Monja, Cala Morell), cavidades naturales (Avenc de Sa Punta, Son Matge, Sa Cometa des Morts, Son Bauçà), cámaras rectangulares o circulares de mampostería (Son Real, S’Illot des Porros), reutilización de tumbas antiguas (Biniai Nou 2, Cova des Càrritx) e inhumaciones en fosas o cistas, a veces sobre las ruinas de edificios talayóticos (Talaiot 1 de Son Ferrandell-Olesa, Son Oms)43. En ciertos casos, los cadáveres eran depositados sobre parihuelas de madera o en ataúdes fabricados a partir de troncos vaciados (Calescoves XXI, Son Boronat, Son Maimó) que, a veces, poseían apliques tauromorfos (Sa Punta), o en el interior de vasijas cerámicas (Son Boronat). En otras ocasiones, se documentan recintos funerarios colectivos donde los esqueletos aparecen desarticulados y envueltos en cal (Son Matge, Son Maimó)44. En Mallorca, la vajilla incluye nuevas variedades de ollas de borde exvasado, lebrillos, vasos troncocónicos, copas y jarras, asociadas a una gran variedad de apliques y asas. Las pastas incorporan desgrasantes vegetales, aunque sin arrinconar la tradicional adición de calcita triturada. En Menorca, llaman la atención los vasos decorados de doble fondo. En ambas islas, la producción alfarera es mayoritariamente local y todavía fabricada a mano. La vajilla de importación puede considerarse marginal hasta el siglo IV, cuando la introducción del vino en ánforas de procedencia ibicenca dejó de ser anecdótica. Entre los artefactos de bronce, destacan las piezas destinadas a prácticas político-ideológicas, como figuras tauromorfas (Fig. 16) o sólo corniformes, representaciones de guerreros o divinidades bélicas, “palomitas”, tintinabulla y campanillas45. Las placas de plomo decoradas también tuvieron una función similar. El catálogo metálico se completa con objetos de hierro, como espadas de antenas, cuchillos, punzones y adornos en espiral. Por su parte, la producción lítica se concentró en la manufactura de percutores esféricos, molinos y balas de honda. En la industria ósea, vale la pena mencionar los taps, posibles tapones realizados sobre epífisis de fémur de bóvido que suelen formar parte de ajuares funerarios. La dieta dependió más de productos agrícolas. Las diferencias en tamaño, organización y contenido entre las viviendas y, también, la individualización de ajuares funerarios de elevado valor social sugieren la instauración definitiva de desigualdades económicas y políticas. Además, la construcción de fortificaciones y la presencia de armas, como espadas y hondas, indican 43 44 45 Enseñat Enseñat (1981). Rosselló-Bordoy (1973, 1979), Fernández-Miranda (1978), Tarradell y Hernández Gasch (1998). Rosselló-Bordoy (1973, 1979), Delibes y FernándezMiranda (1988), Gual (1993). Figura 16. Toros de bronce de Costitx (Mallorca) (Foto: Museo Arqueológico Nacional). que la violencia era un ingrediente destacado en las relaciones sociales. No hay que olvidar al respecto que las fuentes escritas clásicas mencionan contingentes de honderos baleáricos combatiendo en los ejércitos cartagineses al menos entre finales del siglo V y la segunda guerra púnica. Ello presupone grupos armados con cierto grado de disciplina y experiencia bélica46. El periodo Postalayótico o “Balear”, término cada vez más arraigado en la arqueología mallorquina, supuso profundas transformaciones respecto a la sociedad talayótica anterior, y la apertura de las comunidades insulares a un entorno mediterráneo marcado por la rivalidad entre grandes potencias. Las Baleares se integraron en la órbita púnico-ebusitana, según testimonian enclaves como Na Guardis47 y la abundancia de ánforas de procedencia ibicenca. Sin embargo, en el siglo III se constatan ya producciones itálicas, que anuncian el signo de los nuevos tiempos. Según narran las fuentes, el ejército del cónsul Quinto Cecilio Metelo desembarcó en Mallorca en el año 123, poniendo punto y final a la autonomía política balear. 46 47 Lull et alii (2001). Guerrero (2007). 159
LAS ISLAS BALEARES  DESDE LA COLONIZACI  N HUMANA ESTABLE HASTA LA CONQUISTA ROMANA  Maim  , Cova Monja, Cala Morell , cav...
Marisa Ruiz-Gálvez* La Iberia Atlántica: un umbral entre Oriente y Occidente Introducción Al igual que Fernand Braudel dedicó el primer tomo de su obra El Mediterráneo y el Mundo mediterráneo en la época de Felipe II a explicar los rasgos estructurales que definen el mundo mediterráneo y la manera de ser y de ver el mundo de los pueblos mediterráneos, es imposible comprender a las gentes que habitan la fachada atlántica peninsular sin hacer una referencia previa a lo que significa ser atlántico. Los rasgos estructurales del territorio atlántico España es el segundo país en altitudes medias de Europa tras Suiza. En su centro se sitúa una meseta elevada en torno a los 700 m/sm, dividida en su mitad por una cordillera montañosa, El Sistema Central y rodeada por otras elevadas montañas que dificultan notablemente las relaciones Centro/Periferia y contribuyen al aislamiento de las regiones costeras atlánticas respecto del interior. Desde el punto de vista geológico, el área atlántica peninsular está conformada por un substrato de granitos, gneiss y pizarras, que junto con el régimen lluvioso propio del clima, determinan suelos ácidos pobres en nutrientes, lo que con la tecnología agraria prehistórica prescribe su uso flexible, y no favorece, hasta la introducción de innovaciones agrarias en el tránsito entre el II y el Ier Milenio B.C., la estabilización de la población sobre los campos de cultivo. Quede claro que no estoy hablando de nomadismo, pero si de un patrón de cierta movilidad regular y sistemática en torno a un territorio. Ese mismo substrato geológico explica también que en sus macizos graníticos y metamórficos se concentren los mayores recursos mineros de la Península, en especial el estaño, pero también cobre y oro aluvional. El tercer rasgo geográfico que condiciona las peculiares características de la población atlántica peninsular es la remodelación de sus costas a partir de la transgresión marina holocena que dio lugar a valles hundidos, * Universidad Complutense de Madrid, marisar.gp@ghis. ucm.es casi fiordos, como en las rías gallegas o en las desembocaduras de los ríos portugueses Aveiro, Mondego y Tajo, o a golfos marinos muy abiertos como en el caso de la desembocadura conjunta de los ríos Guadalquivir y Guadalete, Vinalopó o la Ría de Huelva (Fig. 1). En conclusión, si las barreras montañosas dificultan las comunicaciones entre el Centro y la Periferia atlántica Peninsular, los ríos y las costas las facilitan, de modo que tradicionalmente, era más fácil moverse por mar que por tierra firme y donde ello no era posible, unos pocos pasos estratégicos que articulan las comunicaciones a través del interior, resultarán claves. Todos estos rasgos explican el valor estratégico de aquellos puntos topográficos que favorecen y articulan el movimiento, y asimismo el que éstos actúen frecuentemente como hitos o marcas en un paisaje tanto físico como simbólico. Cronología absoluta y Fases Desde la publicación en 1996 de la monografía dedicada al C14 y la cronología de la Prehistoria Reciente Peninsular1, otros trabajos han recogido y discutido de modo global o específico2 las dataciones C14 para el Occidente de la Península Ibérica. De acuerdo con ello en este capítulo se van a distinguir dos grandes fases, Un Bronce Inicial, que abarca las tradicionales periodizaciones Bronce Antiguo y Bronce Medio entre 2300/2200-1600/1500 cal BC (Bronce Antiguo) y 1600/1500-1250 cal BC (Bronce Medio) y un Bronce Final entre 1250 y 850 cal BC. Incluyo bajo un solo término –Bronce Inicial–, las fases de Bronce Antiguo y Medio, porque representan un continuum en la tendencia hacia la invisibilidad del poblamiento y al empobrecimiento del mundo funerario iniciada desde comienzos del Segundo Milenio cal BC, que se a acentúa hacia 1600 calBC. Así, el límite entre Bronce Antiguo y el Bronce Medio no es caprichoso, sino que responde a un brusco cambio en el registro arqueológico. 1 2 Castro et al., 1996. Betencourt, 2010; García y Odriozola, 2012.
Marisa Ruiz-G  lvez   La Iberia Atl  ntica  un umbral entre Oriente y Occidente  Introducci  n Al igual que Fernand Braude...
162 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Figura 1. Mapa de la Península Ibérica y representación de la costa de Portugal, Ría de Huelva, Golfo Tartésico y Golfo Ilicitano en la antigüedad. García y Odriozola3 señalan la existencia de una marcada ruptura en el SW peninsular hacia 1600 calBC respecto a las prácticas anteriores y una menor estabilidad en el poblamiento, hecho que como estos autores apuntan, no es un caso aislado. Reconstrucciones paleoambientales en el NW peninsular apuntan a un periodo de enfriamiento entre 1600-1400 calBC, que se une a una baja pluviosidad ya iniciada desde comienzos del Segundo Milenio calBC y a procesos de erosión causados por acción humana. Como consecuencia de ello, los asentamientos se hacen arqueológicamente menos visibles4. Datos de otras zonas peninsulares y extrapeninsulares, confirman una fase de enfriamiento a mediados del IIº Milenio cal BC5. El límite inferior de esta fase vendría marcado, hacia mediados del s XII cal BC, por cambios, no tanto ambientales o en el patrón de asentamiento, que continúa siendo escasamente visible, como en los procesos que se están produciendo en el Este y Centro 3 4 5 García y Odriozola, 2012. Fábregas et al., 2003. Castro et al., 1999a y b; Martínez et al., 2014; Helama et al., 2013. del Mediterráneo y que, paulatinamente, comienzan a repercutir en fenómenos de reorganización del área atlántica. El Bronce Inicial (2300/2200-1250 calBC) El patrón de asentamiento El poblamiento del Bronce Inicial en el área atlántica es por lo general de carácter efímero, lo que parece traslucir una tendencia a la movilidad ya desde los inicios de esta fase. En el NW, los datos sugieren una progresiva reubicación de los asentamientos en las mesetas a media altura a partir del Campaniforme (mediados del III milenio cal BC) y una continuidad en cultura material y emplazamiento entre esta fase y el Bronce Inicial, a la vez que a una creciente “invisibilización” del hábitat. Fábregas lo atribuye a la ausencia de programas sistemáticos de prospección y excavación en la zona6. 6 Fábregas et al., 2003:868.
162  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Figura 1. Mapa de la Pen  nsula Ib  rica y representaci  n de la costa de Po...
LA IBERIA ATLÁNTICA: UN UMBRAL ENTRE ORIENTE Y OCCIDENTE Figura 2. El Trastejen y la Atalaya (según Hurtado et all 2011). El autor alega la existencia de asentamientos al aire libre cuya cronología se solapa con la del arte al aire libre –petroglifos– y que se localizan tanto en zonas bajas como a media altura, por lo que deben corresponder a quienes grabaron y codificaron mensajes en dichos petroglifos relativos, entre otros aspectos, a la regulación del uso de los recursos de altura7. Así lo indica la dispersión superficial de cerámica doméstica, alguna con rasgos propios de la Edad del Bronce, en el entorno de petroglifos o enterramientos tumulares asociados a brañas y a los caminos y pistas que conectan zonas bajas y altas. Pero ello no contradice la idea de una mayor inestabilidad o movilidad en la Edad del Bronce, pues carecemos de potentes estratigrafías que indiquen durabilidad en los sitios, si bien no se duda de la constancia del poblamiento humano en el NW. Así, otros autores señalan un cambio de estrategia en la Edad del Bronce respecto del Calcolítico, con mayor peso de la ganadería complementado con pesca y horticultura y una subsecuente mayor recurrencia de la frecuentación de las zonas húmedas a media altura8. En el Norte de Portugal se afirma que el poblamiento se vuelve más denso en el Bronce Inicial9 e, innegablemente, tenemos cierto registro funerario y de otra índole, pero no así en lo relativo a los asentamientos, pues se abandonan, reducen su extensión o se amortizan poblados fortificados Calcolíticos a lo largo de las primeras fases de la Edad del Bronce y se invierte poco en estructuras perdurables10. Es obvio que la población siguió ocupando el mismo territorio que en la fase precedente, pero todo parece indicar que sobre una pauta de menor estabilidad11. Lo mismo ocurre en otras zonas de Portugal12. Apenas dos zonas del SW atlántico registran presencia de ocupación estable en al menos, parte del Bronce Inicial. Una es la Sierra Norte de Huelva, con poblados amurallados y aterrazados como Trastejón (Fig. 2) y La Papúa, asociados a la explotación de los recursos cupríferos y al control de las principales vías naturales de comunicación que conectan con el Sur de Extremadura, pero también otros menores y abiertos como Castañuelo II y la Bujada, aunque igualmente situados en lugares elevados y con difícil acceso a suelos agrícolas. Éste hecho lo confirman los análisis polínicos y edafológicos. La vida de estos emplazamientos parece acabar en torno a 1600-1500 cal BC y las siguientes secuencias de habitación en el propio Trastejón o Chinflón se datan ya en el Bronce Final13. La segunda zona es la Baja Extremadura. Aquí, como en otras zonas del área atlántica, los asenta10 7 8 9 Bradley et al., 1995. Santos, 2008. Jorge, 2000. 11 12 13 Jorge 2000; Jorge y Rubinos, 2002. Bettencourt, 2000. Rocha, 2001. Hurtado et al., 2011; García y Odriozola, 2012. 163
LA IBERIA ATL  NTICA  UN UMBRAL ENTRE ORIENTE Y OCCIDENTE  Figura 2. El Trastejen y la Atalaya  seg  n Hurtado et all 2011...
164 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Figura 3. Edificio rectangular de Alanje (según Pavón 2008). mientos precedentes del III milenio cal BC se destruyen o abandonan. Uno de los pocos asentamientos más o menos estables, El Cerro del Castillo de Alange, controla físicamente el vado sobre el río y, visualmente, los demás pasos importantes del Guadiana Medio y las rutas principales entre éste y el curso medio del Guadalquivir. Alange refleja quizá un cambio en las estrategias de ocupación del paisaje, más centradas ahora en el dominio de los puntos neurálgicos para las comunicaciones14. A pesar de la posible existencia de una zona amurallada, las estructuras habitacionales son escasas debido tal vez a factores postdeposicionales. Apenas se documentan un par de cabañas datadas respectivamente, entre 2040-1660 cal BC (Beta 68668), la del nivel IV, y entre 2200-1740 cal BC (Beta 68669) la del nivel VI15 16, si bien la cerámica de almacenamiento y consumo es abundante, lo que sugiere que la ocupación del sitio debió ser más densa de lo que las estructuras conservadas sugieren. A esta ocupación correspondería un gran edificio de planta rectangular elevado sobre un plataforma, cuya funcionalidad según los análisis, parece haber sido la de almacén de cereales17 (Fig. 3). Una última fase de ocupación se sitúa temporalmente separada de la precedente a tenor de su única datación (Beta 68667= 15201050 calBC), por lo que parece existir un hiatus en la ocupación del Cerro de Alange que confirmaría esa ruptura en torno al 1600 calBC18. A ella corres14 15 16 17 18 Pavón, 1998. Pavón, 1998. Fechas que a 1 se solapan. Pavón, 2008. García y Odriozola, 2012. ponden abundantes materiales, entre ellos cerámicas meseteñas tipo Cogotas con motivos geométricos rellenos de pasta blanca19, pero no restos de estructuras habitacionales conservados. Es posible que ello deba achacarse a problemas postdeposicionales, pero también a una ocupación reiterada, pero menos estable, como la que acompaña a los materiales Cogotas en la Meseta20. Lo cierto es que desde mediados del II Milenio calBC, la menor visibilidad del poblamiento es un fenómeno generalizado en el área atlántica. Eso sugiere al menos “campos de hoyos”, es decir, estructuras de almacenamiento o basureros, habitualmente asociados a ocupaciones recurrentes pero de carácter efímero, que forman estratigrafías horizontales pero no verticales. Es el caso del sitio de El Carrascalejo21, cercano a la cuenca del río Aljucén, una zona tradicionalmente inundable hasta la regulación de su cauce en los 50, con una treintena de estos hoyos. Los materiales cerámicos, tipo Cogeces que lo relacionan con la Meseta Central y una datación sobre una muestra de vida corta (1690-1510 calBC) coinciden en situarlo a mediados del IIº Milenio y en un entorno de encinar mediterráneo clareado de matorral, que se atribuye a un mayor peso de los bóvidos en la ganadería22. Pequeños pobladitos de “campos de hoyos” se conocen en otros sitios de Portugal en fechas similares23. 19 20 21 22 23 Pavón, 1998. Jimeno, 2001. Enríquez y Drake, 2007. Duque y Pérez, 2007. Tavares y Soares, 2001; Jorge y Rubinos, 2002.
164  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Figura 3. Edi   cio rectangular de Alanje  seg  n Pav  n 2008 .  mientos pre...
LA IBERIA ATLÁNTICA: UN UMBRAL ENTRE ORIENTE Y OCCIDENTE El registro funerario El mundo funerario es el espejo de la evidencia habitacional pues, si bien conocemos necrópolis, entre el Calcolitico Final y Bronce Inicial se van volviendo paulatinamente más “despersonalizadas”, en el sentido de que a duras penas nos permiten detectar posibles diferencias verticales en la sociedad, ni podemos identificar un ritual funerario que sea estrictamente representativo del Bronce Inicial Atlántico. Antes bien, las fórmulas de enterramiento varían grandemente dentro de las mismas áreas, desde el reaprovechamiento de monumentos neolíticos incluso hasta fechas tardías, al uso de cistas, de fosas, o de túmulos no muy diferentes en ocasiones de los de periodos precedentes, a la vez que los ajuares funerarios se vuelven progresivamente más simples24. Las características de estos varían ligeramente entre la mitad NW y SW peninsular. Así en el NW no se puede hablar propiamente de necrópolis sino de enterramientos aislados, acompañados de elementos metálicos que conectan con la fase campaniforme precedente, como puñales o puntas de Palmela y elementos de adorno en oro en alguno de ellos, pero ya sin la típica cerámica campaniforme. Lo único que cabe señalar dado el tamaño de los receptáculos funerarios, es que se trata de enterramientos individuales y, dado que la acidez de los suelos inhibe la conservación del hueso, que los más ricos al menos, son atribuibles a varones y de rango elevado, por la asociación de puñales a elementos de adorno en oro y plata como en la cista de Atios (Pontevedra) o la de Carnota (La Coruña), asociada a un brazal de arquero25 (Fig. 4). Pero, salvo estas cistas o algunos ajuares metálicos encontrados en tumbas bajo túmulo que dataciones absolutas sitúan en los albores de la Edad el Bronce26, sería difícil situar en la Edad del Bronce muchos de estos enterramientos si no fuera por sus dataciones radiocarbónicas. Pues la ausencia de ajuares y las formas tumulares de los mismos, sugieren tradiciones más antiguas27. Otros, apenas contienen algún recipiente cerámico característico como los vasos troncocónicos o, a mediados del IIº Milenio cal BC, los vasos de ancho borde horizontal (Fig. 5), y se depositan tanto en megalitos como en enterramientos tumulares o en fosa28, por lo que parece que las estrategias simbólicas y sociales eligen otros escenarios de reclamación y no ya como en periodos precedentes, el ritual funerario. 24 25 26 27 28 Bettencourt, 2010. Ruiz-Gálvez, 1998. Ruiz-Gálvez, 1998. Betencourt, 2010. Bettencourt, 2010. Figura 4. Cistas y ajuares del Bronce Inicial del NW (según Ruiz-Gálvez 1998). En el SW sí podemos hablar de necrópolis en el sentido de la agrupación en un espacio limitado de un número significativo de enterramientos localizados, en ocasiones, en las inmediaciones de un poblado fortificado como en los casos de El Trastejón o La Papúa29, o junto a poblados abiertos como Chichina (Sevilla), el Castañuelo (Huelva) y en el Alentejo30. En otros casos como el de las tumbas de Las Minitas de Almendralejo (Badajoz), se consideran asociadas a alguna granja o poblado dependiente de un sitio mayor como Alange31. La mayoría son enterramientos simples con apenas algún recipiente cerámico, habitualmente no decorado como en Huelva, o en forma de botella y decoración gallonada, como en Alentejo y Extremadura y con leve diferenciación social vinculada a edad y sexo. En las necrópolis extremeñas donde los restos óseos se conservan mejor que en los ácidos suelos onubenses, parece que las necrópolis contienen preferentemente individuos adultos, asociados ellos a cerámica y ellas a punzones de cobre32. En las onubenses, el conjunto de artefactos metálicos ligados a enterramientos es muy bajo. Apenas una alabarda de bronce en la tumba 5 29 30 31 32 Hurtado et al., 2011. Soares y Tavares, 1995. Pavón, 2008. Pavón, 2008. 165
LA IBERIA ATL  NTICA  UN UMBRAL ENTRE ORIENTE Y OCCIDENTE  El registro funerario El mundo funerario es el espejo de la evi...
166 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Figura 5. Vasos de ancho borde horizontal (Según Betencourt 2010). de la Traviesa perteneciente a un varón adulto-viejo, algún puñal o punta de flecha en tumbas de La Papúa, ciertos adornos en plata, cobre y, excepcionalmente, en oro en El Becerrero o la Papúa, etc. Es significativo el que en muchas de estas necrópolis sólo una cista destaque en tamaño entre las demás, y suele ser también la que contiene un conjunto funerario más elaborado. Cuando podemos atribuirles edad y sexo a los individuos en ellas enterrados, éstas más elaboradas corresponden a varones adultos33. Es decir, parece que nos hallamos ante lo que Hayden (1995), denominó sociedades transigualitarias, esto es, no igualitarias pero tampoco claramente estratificadas. Las dataciones 14C sitúan estas necrópolis en los momentos iniciales del II milenio cal BC hasta aproximadamente 1600 calBC. Es muy significativo que las pocas cerámicas con decoración documentadas en estas necrópolis correspondan al tipo meseteño de Cogeces y representan los momentos finales de vida de aquellas34, pues en sitios de habitación de la zona se asocian a ocupaciones más inestables. Un elemento recurrente en el área atlántica es, como vimos, la reutilización de monumentos neolíticos, o las construcciones tumulares vinculadas a otras de épocas anteriores, pues incluso las cistas del SW adoptan la forma megalítica35. Pero también parece indicar un cambio en las estrategias sociales desde el de control del territorio ocupado a través de necrópolis tumulares en el Neolítico o de necrópolis y poblados fortificados en la Edad del Cobre, al control en el Bronce Inicial de las vías y puntos estratégicos que articulan la movilidad de personas, rebaños o mercancías a través del mismo. Ello explicaría dos cosas: Por una parte la paulatina pérdida de visibilidad y de inversión simbólica en las necrópolis, y la localización de estelas y depósitos en puntos cargados de simbología a la vez sagrada y profana. Estelas antropomorfas y depósitos 1) A la primera categoría corresponden una serie de figuraciones exentas en piedra, generalmente con la parte inferior retallada para ser hincadas verticalmente, de altura variable pero con unos rasgos figurativos similares: una efigie escutiforme vagamente antropomorfa, asociada a una representación de puñal, lo que nos permite identificar dicha representación como un ideal masculino y guerrero y, por el tipo de arma, situarla entre el final del Campaniforme y el Bronce Inicial. Lo significativo de estas estelas es su contexto de aparición, vinculado siempre a puntos que son percibidos física y simbólicamente como liminares, tales como vados, collados, puntos de agua…36 De este modo, cuando conocemos las circunstancias de su hallazgo, como en las del Collado de Sejos, (Santander)37, el Peñatu de Vidiago, Asturias38, Valdefuentes de Sangusín, (Salamanca)39, las de Sierra de Nave (Beira Alta)40, y algunas otras más41, se sitúan en el límite de dos nichos ecológicos complementarios y en puntos que simbólicamente son percibidos como umbrales o puntos de transición. Incluso de algunas cuya localización original se desconoce, como la de Tremedal de Tormes (Salamanca)42, cabe proponer, a partir de la etimología tardolatina del topónimo Tremedal, que su localización se situaba asociada a una fuente de agua subterránea. La iconografía, masculina y armada, sugiere la apelación a un antepasado mítico o semidivino por parte de un grupo, tal vez sus descendientes y su localización, disociada de un necrópolis, parece indicar que no es tanto la tierra, sino el control del acceso 36 37 38 39 33 34 35 García Sanjuan, 1998. Hurtado et al., 2011. Hurtado et al., 2011. 40 41 42 Ruiz-Gálvez, 1995. Bueno et al., 1985. de Blas, 2002. Santonja y Santonja, 1978. da Cruz y Santos, 2011. Ruiz-Gálvez, 1998. López et al., 1996.
166  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Figura 5. Vasos de ancho borde horizontal  Seg  n Betencourt 2010 .  de la T...
LA IBERIA ATLÁNTICA: UN UMBRAL ENTRE ORIENTE Y OCCIDENTE Figura 7. Espada de Entrambasaguas y lugar de su hallazgo (según de Blas 2011). Figura 6. Estela antropomorfa de Ataúdes (Guarda, Portugal) (según Vilaga et al 2001). a un recurso, los pastos estivales, considerado crítico en una economía si no única sí, fundamentalmente ganadera, lo que es en estos momentos objeto de apropiación y que es hacia esos puntos de control en los ejes de movilidad y acceso, donde se traslada el escenario de la rivalidad y la exhibición de poder (Fig. 6). 2) Un segundo elemento característico de la fachada atlántica y relacionado polisémicamente con el control de puntos que articulan las rutas naturales y, a la vez con los ritos de transición43, son los depósitos metálicos, nunca asociados a poblados o necrópolis. Sin embargo, entre aquellos que conocemos la localización y circunstancias exactas de su hallazgo, podemos diferenciar dos categorías diferentes de depósitos que parecen responder a motivaciones distintas entre sí: Aquellos compuestos por hachas, alabardas o algún pequeño útil, es decir, los que mezclan objetos de distinto valor social –armas y útiles–, suelen aparecer directamente bajo tierra, bajo una piedra o contenidos en un recipiente44. Es este el caso del depósito de Roufeiro (Orense), contenido en un recipiente de barro pero no asociado a poblado o necrópolis45. Cabe deducir de ello su carácter profano como material de refundición46. Al contrario, espadas y puñales aislados aparecen en cuevas o fisuras en las rocas, esto decir, en aquellos puntos físicos que son concebidos en las cosmogonías de muchas sociedades como huecos, bocas, umbrales o entradas al inframundo, esto es, puntos liminales que, como explica muy bien M. Eliade (1972: 19), conforman el punto de encuentro en un Axis Mundi, entre Orden y Caos y entre el lugar ganado a la naturaleza y ocupado por los vivos, y las regiones salvajes, los inframundos. Es este el caso de las espadas de Cuevallusa y Entrambasaguas (Cantabria), recientemente revisadas por de Blas (2011)47 y encontradas en el interior de una cueva (Fig. 7), al igual que la orensana de Forcás48, o de la de Sabero (Léon), hallada, hincada en un promontorio que dominaba la confluencia de dos ríos, es decir, en un cruce y por ello un límite. Tal vez también hincada en una fisura de la roca pudo estar la portuguesa de Castelo Bom, hallada accidentalmente una cantera49. De otras como las de Cea50, o la del arenero madrileño de La Perla, apenas si podemos colegir que, aunque halladas en tierra firme, 45 46 47 48 43 44 Van Gennep, 1986. Ruiz-Gálvez, 1998. 49 50 Comendador, 1995. Bradley, 1990; Ruiz-Gálvez, 1995. Almagro, 1972 y 1976. Obermeier, 1923. Castro yVasco, 1957. Delibes et al., 1982. 167
LA IBERIA ATL  NTICA  UN UMBRAL ENTRE ORIENTE Y OCCIDENTE  Figura 7. Espada de Entrambasaguas y lugar de su hallazgo  seg ...
168 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA se situaban próximas a un río. SI bien todas ellas son hallazgos aislados en el sentido de que no se asociaban ni a estructuras habitacionales ni a tumbas, no carecían de contexto, pues se situaban en lugares que los humanos de la época percibían como fronterizos entre el mundo de los vivos y el de los muertos51. No obstante no hay que descartar tampoco la posibilidad, ni en este caso ni en el de los depósitos de carácter profano, de que se les asociara algún tipo de marcador visual en material perecedero, como sabemos se producía en muchos casos de los que tenemos información histórica o etnográfica52. En síntesis, una mayor movilidad ligada a una economía quizá no única pero si fundamentalmente ganadera y con ello, a una mayor invisibilidad en el paisaje, parece la tónica general en el Bronce Inicial del área Atlántica Peninsular El Bronce Final (1250-825 BC) Varios factores ayudan a encuadrar los límites, inferiores y superiores de esta fase. Como el colapso de los sistemas palaciales mediterráneos a partir de mediados del s. XIII lBC y la aparición de formas de comercio oportunista en el Centro del Mediterráneo, donde desde mediados del IIº milenio BC, actuaban comerciantes de diversas procedencias, egeos, pero, seguramente también chipriotas y levantinos53. Esa coyuntura favorece proceso de apertura de nuevas rutas y culminará, hacia mediados/último cuarto del s. IX calBC con la fundación de las colonias fenicias. implican un estrecho contacto entre maestro y discípulo para que el aprendizaje sea posible, y que podría corresponder al modelo de diásporas comerciales de Curtin (1984: 3), quien las define como fruto de la necesidad de intermediarios cuando las diferencias culturales entre agentes comerciales y comunidad local hace preciso alguien de confianza que actúe como agente, aunque no exista propiamente una colonia. Conocemos muy buenos ejemplos históricos de situaciones similares. Empezaré por exponer los datos que avalan la idea de agentes foráneos asentados a título individual entre la población local, y posteriormente trataré de plantear el posible lugar de origen de tales agentes así como a sugerir que, junto a conocimiento de orden técnico, también se están introduciendo otros saberes, tanto de índole simbólica, relativos a la representación del poder, como práctica, sobre técnicas agrarias y que el resultado de éstos se reflejará en la siguiente fase en la mayor visibilidad y estabilidad del poblamiento y en una estructuración territorial, como se argumentará más adelante. Primera Fase 1250-1100/000 calBC Un primer aspecto a destacar es que estas primeras importaciones se localizan no siempre en el área geográfica atlántica Occidental, sino en la costa levantina o el interior de Andalucía y ello responde posiblemente a que las rutas de navegación hacia los Pilares de Hércules de acuerdo con el sistema de vientos y corrientes, hace de la costa levantina un punto de paso obligado, y en segundo lugar, la presencia en estas zonas de asentamientos que, al contrario del panorama general, cuentan con una larga secuencia estratigráfica y son accesibles desde la costa o combinando navegación costera y fluvial. Durante esta fase la visibilidad del hábitat es todavía escasa, salvo excepciones, porque se trata de hábitats con ocupaciones horizontales, no verticales, tipo “campos de hoyos” como en los momentos finales del Bronce Inicial. De Este a Oeste pues,estas primeras importaciones que, repito, desde mi punto de vista son importantes porque delatan la presencia, estacional o permanente de diásporas mercantiles en momentos muy anteriores a los del asentamiento colonial semita pueden desglosarse como sigue: No obstante, encontramos las primeras evidencias de importaciones que señalan la ampliación de las rutas mediterráneas hacia los confines de los Pilares de Hércules y, más importante aún, el asentamiento de foráneos en el seno de comunidades locales. Porque, más que importaciones, lo que se está produciendo es transferencia de know-how hacia las comunidades locales como el uso de la cera perdida, técnicas rotativas, soldadura, etc, que, como en el caso de Italia54 51 52 53 54 Ruiz-Gálvez, 1995. Tatár, 1991; Bradley, 2000. Castellana, 1998; Vagnetti, 1998; Mederos, 2005; RuizGálvez, 2013. Vagnetti, 1998. El tesoro de Villena (Alicante) Se trata de un conjunto de 67 objetos, entre ellos una vajilla de oro y plata para la comida y la bebida, además de brazaletes-lingotes pues aparecen en su mayoría cortados aunque tienen huellas de uso55, láminas de posibles revestimientos aúreos de empuñaduras de armas, una anilla de hierro y un objeto de hierro embutido en oro y otro aplique en ámbar embutido en oro, fruto del hallazgo fortuito de un brazalete de oro en 1963. El arqueólogo Dr. Soler 55 Perea, 2001-2002.
168  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  se situaban pr  ximas a un r  o. SI bien todas ellas son hallazgos aislados ...
LA IBERIA ATLÁNTICA: UN UMBRAL ENTRE ORIENTE Y OCCIDENTE BC y otra de 1450-1190 BC, si bien el conjunto de fechas se centra entre 16000-1300calBC59. Figura 8. Hallazgo del tesoro de Villena, (Alicante) (según Soler 1965). realizó56 sondeos en el lugar el hallazgo, La rambla del Panadero, un cauce fluvial seco pero de carácter estacionalmente torrencial, que se saldaron con la recuperación de todo el conjunto. Este se hallaba en el interior de una gran olla, cuyas características eran similares a la de la cerámica del Bronce Tardía (s. XIIIB.C.) del vecino sitio de Cabezo Redondo. La vasija se depositó sin protección alguna, en un hoyo abierto en un meandro del río. El lugar es un cruce de caminos entre dos importantes vías naturales. Meses antes otro pequeño conjunto áureo se recuperó en una gravera próxima asimismo al Cabezo Redondo57. El yacimiento con el que ambos hallazgos parecen vinculados, es un lugar estratégico que domina el corredor del Vinalopó y las conexiones entre la costa, menos distante entonces, y el interior de la Meseta Central y la Alta Andalucía, a través de los pasos de montaña de Almansa y Caudete58. No existen minerales en su entorno aunque sí en la Alta Andalucía, pero sí abundantes salinas, fruto de la paulatina desecación de un humedal, todavía en uso en el s XV de nuestra era, recursos todos que explican su uso tradicionalmente ganadero. Veinte dataciones C14 para Cabezo Redondo, con dos ocupaciones sucesivas, la primera de Bronce Inicial, entre 1890-1540 El tesoro de Villena es posiblemente un keimelion en el sentido Homérico, que representa el capital físico y simbólico de un líder y su familia (Fig. 8). Su interés para mi argumentación deriva de la presencia en el conjunto de materias primas y de ideas que son foráneas a la comunidad local. Como por ejemplo la vajilla metálica para el banquete no es local, ni por la técnica de batido en que fueron fabricados los cuencos y botellas de la vajilla60, ni por el propio concepto de banquete en recipientes preciosos. Una y otra remiten al Mediterráneo Oriental, aunque es posible que la decoración de guirnaldas de los cuencos áureos reproduzca la de la cerámica Cogotas I del sitio y responda por ello a un regalo introductorio. Más exótico aún resulta el aplique de hierro embutido en oro, como si fuera una joya, es decir, como un material exótico, tal y como ocurre con uno de los puñales, del ajuar funerario de Tutankamon. Dado que los palacios micénicos no conocieron el hierro, esta pieza así como el brazalete de hierro del tesoro de Villena deberían datarse61, con posterioridad a la destrucción de los palacios y antes de la introducción por los fenicios de la siderurgia en la Península. Este aplique además, llevaba un clavo para su inserción en otra pieza, aparentemente una empuñadura de espada62. En la Península y en el mundo Atlántico, los clavos eran desconocidos y en su lugar se usaban pasadores o roblones para unir empuñadura y hoja de las armas. Por el contrario, los clavos se empiezan a usar en Chipre a partir del s. XIII a.C.63. Un segundo aplique estaba compuesto por una pieza de ámbar embutida en oro y, si bien no hay analíticas, su tratamiento como objeto exótico sugiere foraneidad y podría apuntar al Mediterráneo Central, hacia donde se dirige ahora la ruta del ámbar a raíz de la presencia de comerciantes mediterráneos en sus costas. Por último, los brazaletes-lingote de compleja decoración con púas, están fabricados a la cera perdida y por técnicas rotatorias, que tampoco se conocían en la Península64. Respecto al segundo conjunto, el denominado tesorillo de Villena, contiene treinta y cinco piezas de oro entre diademas, cintas y colgantes en forma de campanilla, similares estos a los que aparecen en un yacimiento sincrónico de la Alta Andalucía, la Cuesta del Negro de Purullena65, además de un fragmento de lingote y otro de un brazalete con púas, lo que indica 59 60 61 62 56 57 58 Soler, 1965. Soler, 1965. Ruiz-Gálvez, 1998 y 2013. 63 64 65 Hernández, 2009-2010. Armbruster, 2002-03:151. Ruiz-Gálvez, 1998. Pellicer, 1998. Catling, 1964: 138. Perea, 2001-2002. Hernández, 2001-2002: 214. 169
LA IBERIA ATL  NTICA  UN UMBRAL ENTRE ORIENTE Y OCCIDENTE  BC y otra de 1450-1190 BC, si bien el conjunto de fechas se cen...
170 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA idéntica cronología con el tesoro precedente. Este segundo conjunto puede interpretarse tanto como un conjunto de orfebre como en calidad de keimelion o riqueza personal. Nunca sabremos si ambos tesoros pertenecieron a la misma persona, y la identidad de su dueño o dueños. Pero si queda claro a mi juicio66, que las técnicas y materias primas exóticas en ambos, implican la presencia local de uno o más foráneos, portadores de know how. Ello es importante además, porque el tipo de brazalete-lingote de Villena y su tecnología, darán lugar a un tipo de orfebrería, los brazaletes tipo VillenaEstremoz, representativo del Bronce final Atlántico y señala que más que importaciones, se está produciendo transferencia y adaptación local de técnicas y conceptos foráneos en el área atlántica67. Cerámicas a torno en el Alto y Medio Guadalquivir En los años 80 se produjo un hallazgo espectacular en el yacimiento de Montoro, datado en el Bronce Tardío y por ello, sincrónico del Cabezo Redondo. Se trataba de dos fragmentos de cerámica a torno fabricados en el taller de Micenas-Berbati. Lamentablemente, los galbos conservados no permitieron la reconstrucción de su forma, por lo que Podzuweit (1990), quien los estudió, apenas pudo aventurar que no eran HRIIIC por la buena calidad del barniz, y los dató en el s XIII BC. por el contexto indígena de hallazgo, asociado a cerámicas Cogotas I y datado convencionalmente en tales fechas, especulando sobre que los fragmentos de cerámica micénica pudieran entonces corresponder al HRIIIB (s. XIII BC), o tal vez al HRIIIA2 (s. XIV BC), momento de expansión del comercio micénico en el Tirreno. Aunque los niveles por encima y por debajo de aquellos a los que pertenecen los fragmentos de cerámica micénica están datados por C14, la desviación estándar de las muestras es muy alta, por lo que sus rangos de probabilidad son tan amplios, que en términos de Historia del Mediterráneo son escasamente útiles68. Sin embargo, ello sirvió para reconsiderar otros hallazgos de cerámica a torno en contextos de la Edad del Bronce que hasta entonces se habían considerado como intrusiones medievales o, incluso, habían pasado desapercibidos. Este fue el caso del yacimiento de Purullena antes mencionado (vide supra), en la Alta Andalucía. No se trata aquí de cerámica micénica, pero si de una jarra pithoide a torno recu66 67 68 Ruiz-Gálvez, 1998 y 2013. Ruiz-Gálvez, 2013. Ruiz-Gálvez, 2013; Martín de la Cruz, 2008.. Figura 9. Cerámica a tomo de Andalucía. perada del interior de una cabaña indígena con cerámica Cogotas I y asociada a dos dataciones C14, una de ellas sobre carbón (GrN7285 3160±35= 15101320calBC) y la segunda sobre semillas (GrN7284 3095±35=1440-1260calBC)69. Recientemente Torres (2008) identificó esta cerámica a torno con contenedores chipriotas como los que aparecen en el pecio de Uluburum, hundido en el último cuarto del s XIV BC y en la casa minoica XA del puerto cretense de Kommos, también del s XIV, razón por la que data asimismo el hallazgo de Purullena en el s XIV BC, basándose en que a 1a la fecha obtenida sobre semillas se situaría entre (1420-1310 BC)70. No obstante como ocurre con otros contenedores de transporte, estas jarras pitoides, pudieron tener una vida más larga y, como argumentaré más adelante, hay razones para pensar en fechas de s XIII BC71. Otras cerámicas a torno no decoradas se conocen en contextos indígenas de la Alta y Media Andalucía, como el propio 69 70 71 Arribas, 1976. programa Oxcal 3.10 Ruiz-Gálvez, 2009.
170  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  id  ntica cronolog  a con el tesoro precedente. Este segundo conjunto puede ...
LA IBERIA ATLÁNTICA: UN UMBRAL ENTRE ORIENTE Y OCCIDENTE Montoro o Gatas. Perlines (2005), quien ha realizado el análisis arqueométrico, señala que éstas aparecen en dos momentos cronológicos diferentes, el primero asociado a las cerámicas Cogotas I (ca. 1300 BC) y otro posterior (ca. 1000 BC), en el que estas van siendo sustituidas por otras de decoración pintada o digitada, dando lugar aquí y en otros yacimientos andaluces, a la aparición de imitaciones a mano. En ambos casos, se trata de contextos anteriores a la colonización fenicia a la que se atribuye la introducción de la tecnología del torno del alfarero. Y ello es interesante porque como señalé en otro lugar72, ello indica, más que unas importaciones esporádicas, la presencia entre indígenas, durante un lapso amplio de tiempo, de alguien que trae o produce localmente cerámica a torno (Fig. 9). El conjunto de Berzocana (Cáceres) El tesoro de Berzocana se descubrió accidentalmente en los años 60 del siglo XX en un paraje cercano a la sierra de Villuercas73. El conjunto lo formaba un recipiente de bronce muy deformado y dos torques de oro. El cuenco fue fabricado por el método de técnica perdida, desconocida localmente, pero bien conocida en el área Levantina y en Chipre (Fig. 10). Ya en su momento Almagro planteó74 su origen oriental y Torres señala75 que el cuenco es una importación y de factura cananea o cananea-chipriota, con buenos paralelos en el depósito de Jatt en Israel76 cuya fecha de deposición se sitúa entre los s. XI-X BC., aunque pudieron estar en uso desde s XIII BC y con otro procedente del locus 1739 del estrato Megiddo VIA Harrison77. En cuanto a los dos torques macizos en oro, pertenecen a un tipo bien conocido en el área atlántica peninsular, si bien fabricados mediante una técnica sofisticada de vaciado-martillado y soldado78. El peso de ambos, 750 gr. y 950 gr. corresponde respectivamente a 6½ y 8 veces el siclo minorasiático de 11.75* gr.79, vieja unidad de peso del Este del Mediterráneo, que a inicios de la Edad del Hierro en el Mediterráneo (ca. 1200 BC) es la que circula en Norte de Siria, Chipre y el Mediterráneo Central80. De nuevo los indicios parecen delatar la presencia de artesanos foráneos, en este caso en el área atlántica peninsular, en contextos previos a la fundación de co72 73 74 75 76 77 78 79 80 Ruiz-Gálvez, 2013. Almagro, 1977a. Almagro-Gorbea, 1977a. Torres, 2012. Artzy, 2006b. Harrison, 2004: lám. 32, nº 45. Perea, 1995:73. Galán y Ruiz-Gálvez, 1996. Parise, 1985; Zaccagnini, 1991; Ruiz-Gálvez, 2003 y 2013. Figura 10. Tesoro de Berzocana (Cáceres) (foto Susana Vicente. MAN.MECD). lonias fenicias, porque sólo así resulta comprensible la adopción de técnicas mediterráneas para producir emblemas sociales indígenas como los torques, pero que a su vez son una acumulación de riqueza en relación con el estándar de peso en el que los indígenas realizarían transacciones con los integrantes de esas diásporas comerciales. Éste corresponde al usado en el área de Siria-Chipre-Grecia-Italia Central, antes de que el Norte de Siria se convierta en el área de influencia del reino tirio-sidonio a inicios del s IX BC81. Topónimos en oussa Otra pista sobre de la presencia de gentes del área de Asia Menor-Grecia en los confines del Mediterráneo una serie de topónimos en oussa, que los lingüistas datan a inicios de la Edad del Hierro82, y que se concentran significativamente en tres zonas: A) el Este de Grecia y Asia Menor; B) Mediterráneo Central C) Peninsula Ibérica: Pitecoussa, (Italia y Norte de África)83, Ichnioussa (Cerdeña), Kotinoussa, una de las islas de Cádiz, Pitioussa (Ibiza), Kromyoussa (Mallorca), Ophioussa (Formentera y un punto no identificado en Galicia).Todos sugieren una presencia antigua eubea en los confines del Mediterráneo84 y llamo la atención sobre el hecho de que con excepción del topónimo gallego, cuya ubicación exacta desconocemos, todos los demás se refieren a islas y sugieren un proceso de reconocimiento de las rutas apoyado en islas, pues ya hace tiempo, López Pardo (2004) y Boardman (2006), apuntan a posibles navegaciones conjuntas entre eubeos y semitas hacia Occidente antes de que se iniciara el proceso de establecimiento colonial. 81 82 83 84 Ruiz-Gálvez, 2013. Graciao, 1996. Boardman, 2006. Gracia Alonso, 1996. 171
LA IBERIA ATL  NTICA  UN UMBRAL ENTRE ORIENTE Y OCCIDENTE  Montoro o Gatas. Perlines  2005 , quien ha realizado el an  lis...
172 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Figura 11. Representación de un barco tipo “Egeo” en petroglifo de Auga dos Cebros y su localización dominando la entrada a la bahía de Oya (según Costas y de la Peña 2011 y Google maps). Iconografía de barcos mediterráneos El petroglifo de Laxe Auga dos Cervos presenta en la misma superficie de granito dos motivos diferentes. En la parte superior que se grabó un grupo de ciervos, motivo muy frecuente en el arte al aire libre de la zona, y en la inferior y con técnica diferente, un barco cuyas características son fácilmente reconocibles por su proa rematada en un prótomo de animal y por la representación de la galería de remeros y de las jarcias (Fig. 11) Pertenece a un tipo de barco genéricamente llamado de tipo Egeo porque se representan en las cerámicas micénicas del HRIIIB y HRIIIC (1250/1200-1100 BC), aunque se conocen en otros soportes y entornos, como los grafitos del área del Carmelo (Israel), los relieves de Medinet Habu o el Oasis de Teneida (Egipto)85. Más interesante que el grabado en sí es porqué está donde está. Pues la superficie donde se graba mira hacia la costa y si uno se sitúa encima de ella –o, junto a ella, lo que se divisa es la ensenada de Santa María de Oya, una de las pocas ensenadas que existen en esta parte de las Rías Bajas que va de la desembocadura del Miño a la Ría de Vigo, caracterizada por una costa rectilínea, rocosa y muy peligrosa86. En resumen, los datos sugieren lo siguiente: 1) la presencia de agentes individuales mediterráneos establecidos entre indígenas, siguiendo un modelo similar al del Mediterráneo Central. 2) que ello se produce a partir mediados del s XIII BC, cuando las mejoras en tecnología naval en barcos como el figurado en 85 86 Artzy, 2007, Ruiz-Gálvez, 2013. Ruiz-Gálvez, 2013; Güimil y Santos, 2013. Auga dos Cebros, permiten rutas más direccionales, 3) y cuando el sistema palacial había comenzado a colapsar. 4) Todos los indicios apuntan hacia Italia o las islas del Tirreno, como posible punto de origen de esas diásporas comerciales. Pues, no sólo sabemos de la presencia Egea en el Centro del Mediterráneo desde mediados del IIº Milenio BC, sino asimismo y al menos desde el s XIII BC, también de chipriotas y posiblemente de gentes del N. de Siria, pues los textos señalan la existencia de un barrio de comerciantes de esa procedencia en tales fechas en el E. de Chipre. No hay razones para pensar que, tras el colapso del sistema palacial dichos comerciantes no continuaran en el Mediterráneo Central, y por el contrario, técnicas, manufacturas, así como el patrón estándar de peso de Berzocana, señalan en esa dirección87. Pero, la historia de las colonizaciones nos enseña que ninguna ruta mercantil nació ex novo sino que por el contrario, estas se solaparon y acabaron absorbiendo rutas locales precedentes. Este parece ser también el caso aquí, donde las diásporas comerciales parecen producirse al calor de una serie de rutas indígenas que conectaban los distintos puntos de la costa atlántica, desde la parte europea de ésta a la norteafricana y por donde metal y otros objetos, personas, valores e ideas, más difíciles estas últimas de valorar arqueológicamente, debieron circular a través de redes sociales de intercambio. Eso explicaría la temprana presencia de una espada de tipo Rosnoën y por tanto de los inicios del Bronce final Atlántico, en la desembocadura del río Lukkus, en Larache (Marruecos)88, donde siglos después 87 88 Ruiz-Gálvez, 2013; Ruiz-Gálvez y Galán, 2013. Ruiz-Gálvez, 1998.
172  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Figura 11. Representaci  n de un barco tipo    Egeo    en petroglifo de Auga...
LA IBERIA ATLÁNTICA: UN UMBRAL ENTRE ORIENTE Y OCCIDENTE Figura 12. Depósito de Los Cascajos (Logroño). Según Alonso & Jiménez 2009. los fenicios fundarán la colonia de Lixus. Pero también la presencia de espadas pistiliformes, bien incrustadas en grietas de rocas, o bien arrojadas a las aguas a la altura de zonas vadeables de ciertos ríos. En ambos casos, el significado es el mismo. Vados y grietas simbolizan la boca de entrada a otra forma de realidad, el inframundo, y deben ser entendidas en tanto que ritual funerario, pues la espada participa de la esencia espiritual de su portador. Pero también, todas ellas se sitúan en puntos estratégicos para articular las comunicaciones centro/periferia, por lo que en otro lugar propuse que su deposición debe ser entendida en tanto que rito funerario durante el que se reclaman derechos de ascenso al liderato y de control de los puntos estratégicos para articular las comunicaciones89. No menos interesante es el hecho de que la mayoría de las espadas de esta fase, de tipo pistiliforme, se localizan mayoritariamente en el NW u W peninsular, como en los ríos Ulla y Sil en Galicia, en el Órbigo en León, o en tramos del curso medio del Tajo y del Guadiana, étc, más que en la 89 Ruiz-Gálvez, 1995. zona SW, el área que, a partir de la época Orientalizante llamaremos Tartessos. Lo mismo puede decirse de las hincadas en la roca como, por ejemplo entre otras, la de Vilar Maior, cuyo lugar de hallazgo domina una ruta natural que en época romana será la vía de Mérida a Astorga pasando por Salamanca, es decir, está en un eje de comunicación entre el W de la Meseta Central y Portugal. Asimismo, depósitos de chatarra destinados a la fundición pudieron estar contenidos en recipientes orgánicos u ollas directamente depositados en el suelo y tal vez como sugerí más arriba, señalados mediante un marcador de material orgánico. Pero aparecen asociados a encrucijadas de las vías de comunicación, es decir, a sitios neutrales y por tanto, lugares de intercambio. Es el caso, entre otros del depósito de Los Cascajos, con varias espadas pistiliformes troceadas, además de puntas y regatones de lanza, localizado en el límite actual de tres municipios y al pié de un camino natural que en época romana pasó a ser la vía que comunicaba Burgos y Logroño90 (Fig. 12). 90 Alonso y Jiménez, 2009. 173
LA IBERIA ATL  NTICA  UN UMBRAL ENTRE ORIENTE Y OCCIDENTE  Figura 12. Dep  sito de Los Cascajos  Logro  o . Seg  n Alonso ...
174 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA De nuevo, y como pasaba con los hallazgos de espadas, la mayoría de los depósitos de fundidor de esta fase se localizan en la Meseta o en la mitad NW y W de la Península más que en el área del Guadalquivir. Una segunda consecuencia de la reactivación de esas rutas atlánticas y de las que conectan costa e interior de la Península, será la puesta en valor entre otros, de los recursos ganaderos de la mitad Occidental de la misma. Reflejo de ello es el proceso de territorialización que traslucen las estelas de guerrero del SW, que se inicia ahora, posiblemente en la fase de las espadas pistiliformes y que alcanza su máxima expresión en la siguiente fase, por lo que será ahí donde se analizarán. Segunda Fase (1100/1000-825 BC) Entre lo más destacado de esta fase señalo en primer lugar la progresiva mayor visibilidad del poblamiento como consecuencia de dos factores, crecimiento poblacional y mayor estabilidad en los lugares de habitación. Como no se trata de un hecho aislado, sino que es común a toda Europa Centro-Occidental, cabe achacarlo a la introducción de técnicas y saberes agrarios mediterráneos a través de los comerciantes establecidos en el Tirreno91. Sitios estratégicos dedicados al reciclaje de metal, al trabajo del cuero o, simplemente a ofrecer un punto de apoyo en las rutas entre el Mediterráneo y el Atlántico Peninsulares, surgen en estas fechas en islas, penínsulas o puntos nodales en rutas costa/interior, desde las Baleares al NW peninsular. Su localización en función del control de las rutas naturales, terrestres o marítimas, indica que en esta estabilización y crecimiento poblacional, la participación en circuitos de intercambio locales, regionales e internacionales ha jugado un papel importante92. Me detendré apenas en cuatro casos ejemplificativos de los rasgos de esta última fase: Castros del centro de Portugal con evidencias de fundición, importaciones y ponderales en fechas prefenicias Una serie de pequeños asentamientos en alto publicados por Vilaça93, en la Beira Portuguesa y la en Extremadura Española, se sitúan al final de la vía de penetración que formaban entonces las profundas y recortadas rías de los cursos del Tajo, Mondego y Aveiro canalizando los recursos del interior –zonas ganaderas y de estaño y oro aluvio- nal de las Beiras y Norte de Extremadura– hacia el exterior, y controlando a su vez suelos de potencialidad agrícola. En ellos localizamos moldes y productos de fundición propios del Bronce final Atlántico –tipo Huelva/Vénat–, pero igualmente, chatarra, rota y abollada, destinada a la fundición y de origen mediterráneo. También útiles y objetos en hierro y además, ponderales en bronce pertenecientes a múltiplos o divisores del patrón 9.4 gr. estándar de peso mediterráneo, pero diferente del fenicio, el siclo de 7.9 gr. que aparece en la factoría fenicia del Cerro del Villar, en los niveles fenicios de Quinta de Almaraz o en Cancho Roano. Aunque, es posible que la unidad a la que correspondan no sea verdaderamente el siclo la siria de 9.3 gr como se ha interpretado94, porque la forma hexagonal, esferoide, bitrococónica, discoidal o de octaedro de estos pesos, no es la habitual en el ámbito sirio o cananeo del Bronce final, y porque el siclo sirio deja de usarse hacia 1200 BC y es sustituido en el Norte de Siria a comienzos de la Edad del Hierro por la unidad minorasiática de 11.75 gr. Por ello creo que los ponderales de 9.4 gr hallados en los castros portugueses corresponden al qdt egipcio de 9.4 gr., que a inicios de la Edad del Hierro se usaba como unidad extranjera de referencia entre el Norte de Fenicia, (el área sidonia), que hasta que es incorporada a Tiro a mediados del s IX BC, controlaba las rutas del N de Siria y Chipre, y el Sur de Fenicia (el área tiria). Ambas unidades, el siclo de 11.75gr y el siclo de 7.9 gr. tienen equivalencias con el qdt egipcio, pues éste es aproximadamente 1¼. veces el siclo fenicio y el siclo de 11.75 gr es aproximadamente 1¼ veces el qdt.95. El rango de fechas C14 de los sitios portugueses, entre los s. XI-IX cal BC96 sugiere que, incluso si nada de estos castros prueba una presencia fenicia, nos encontramos en un momento de convivencia primero, y de absorción más tarde97, de una ruta ya sugerida en su momento por Boardman (1999), que conectaba el Norte de Siria–Este de Chipre y Este de Grecia con Italia y Cerdeña, y la propiamente tiria. Señalo asimismo, que si aparecen estos ponderales en contextos locales es porque los indígenas están adoptando la unidad de valor de los comerciantes extranjeros para establecer equivalencias de valor en sus transacciones con aquellos, e implica, una vez más la existencia de diásporas mercantiles semitas pero, no necesariamente tirias, conviviendo entre indígenas. 94 91 92 93 Ruiz-Gálvez, 2013. Ruiz-Gálvez, 2013. Vilaça, 2011b; Vilaça et al., 2012. 95 96 97 Vilaça, 2011b y Vilaça et al., 2012. Ruiz-Gálvez, 2013. Vilaça, 2011b. Aubet, 2008: 185.
174  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  De nuevo, y como pasaba con los hallazgos de espadas, la mayor  a de los dep...
LA IBERIA ATLÁNTICA: UN UMBRAL ENTRE ORIENTE Y OCCIDENTE Figura 13. Depósito de María Candal (Portugal) (según Vila?a et al. 2012) Un buen ejemplo de ello es el depósito de Cabeço de Maria Candal en la Beira portuguesa (Fig. 13). El conjunto, fruto de un hallazgo fortuito plantando vides, lo formaban hachas tubulares, de talón monofaz y un escoplo, todos ellos propios de la metalurgia atlántica portuguesa de fines de la Edad del bronce y unas interesantes pinzas de herrero de factura levantina y bien conocidas en Chipre, área Levantina y Cerdeña entre el Bronce final y los inicios de la Edad del Hierro. Es también interesante que la aleación de las pinzas de herrero difiere de la del resto del conjunto del depósito98. Si bien ahora, la presencia de depósitos de metal es ubicua en todo el Occidente atlántico, es sig98 Vilaça et al., 2012. 175
LA IBERIA ATL  NTICA  UN UMBRAL ENTRE ORIENTE Y OCCIDENTE  Figura 13. Dep  sito de Mar  a Candal  Portugal   seg  n Vila a...
176 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Figura 14. Reconstrucción ideal del depósito acuático de la Ría de Huelva. (Dibujo según Ruiz-Gálvez 1995. Foto MAN. MECD). nificativo el hecho de que el hallazgo de espadas en lengua de carpa, tienda a concentrarse ahora en el SW y especialmente en vados del curso medio-bajo del río Guadalquivir o del Guadalete, en pleno golfo tartéssico99. Ello me conduce al segundo punto de mi argumentación: La presencia de semitas en Huelva y el depósito de armas de la Ría de Huelva Otros ponderales de la misma unidad de 9.4 gr similares a los de los castros arriba analizados aunque en plomo, proceden del casco urbano de Huelva, junto con un conjunto de cerámicas sardas, vilanovianas, chipriotas, eubeo-cicládicas, áticas y fenicias. Aunque proceden de una recogida sistemática, esta no se produjo en el transcurso de excavación100. Esta circunstancia impide entender el correcto contexto de tan importantes hallazgos y lo único que nos permite sospechar es que estamos en un área empórica que estaría activa más de un siglo antes de la fundación de las primeras colonias conocidas en el área a tenor de las dataciones C14. Entre las cerámicas fenicias, no aparecen los platos de barniz rojo y borde estrecho, típicos de las primeras colonias fenicias peninsulares, y por el contrario otros se remiten al estrato IV de Tiro, esto es, antes de la fundación de las primeras colonias. Lo mismo puede decirse de las cerámicas áticas y eubeo-cicládicas. Las restantes, cerámica indígena de retícula bruñida, chipriotas tipo black-on-red, brocche askoide con decoración a cerchielli sardas y unas pocas cerámicas vilanovianas así como algunos materiales antiguos 99 100 Ruiz-Gálvez, 1995. González et al., 2004. y tres dataciones radiocarbónicas sobre hueso entre 930-830 cal BC indican un lapso de tiempo prolongado de en torno a siglo o siglo y medio de frecuentación del puerto onubense, previo a la fundación de las primeras colonias. Algunos investigadores consideran que todos los materiales documentados señalan un único transportista fenicio101. Otros creemos que la situación pudo ser algo más compleja y que pudo implicar, al menos en los primeros momentos, agentes del área de Fenicia del Norte con base en el Tirreno y ¿por qué no?, poblaciones locales102, pues de nuevo, el ponderal que está presente en Huelva no es el siclo fenicio que veremos a partir de fines del s. IXBC en contexto colonial. En tal contexto cobra todo sentido la interpretación del conjunto de espadas en lengua de carpa, lanzas, conteras, cascos y elementos de vestimenta y estética personal, en tanto que depósito funerario, potlach o hecatombe, asociado a ritos de paso y de sucesión en el oficio dirigente. La ría de Huelva no es sólo una boca simbólica, es decir el punto de paso entre dos formas de realidad: vida y muerte, sino también una boca física de entrada/salida de los ricos recursos minerales y ganaderos del hinterland onubense. El conjunto de dataciones obtenidas para este depósito acuático lo sitúan en el s X calBC, es decir en el momento en que este emporio se estaba gestando en Huelva (Fig. 14). No es por ello casual en este caso y en el de otros hallazgos acuáticos de espadas en lengua de carpa, qué éstas se localicen en vados o desembocaduras de los principales ríos del SW peninsular. Reflejan posiblemente un proceso de territorialización, así como de control por parte de 101 102 González et al., 2004. Ruiz-Gálvez, 2013.
176  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Figura 14. Reconstrucci  n ideal del dep  sito acu  tico de la R  a de Huelv...
LA IBERIA ATLÁNTICA: UN UMBRAL ENTRE ORIENTE Y OCCIDENTE ras marcadas. Bien al contrario, este es el papel de las estelas de guerrero, que no se asocian ni a poblados ni a tumbas, porque se relacionan con grupos ganaderos y con el control de recursos estratégicos como los pastos, a través de la reivindicación de un antepasado, y que denuncian un naciente proceso de territorialización104. Todas ellas tienen en común su localización en el límite entre dos nichos ecológicos complementarios. Se sitúan en la proximidad a los puertos de montaña y en zonas consideradas tradicionalmente fronterizas entre las principales áreas pastoriles. Se trata de estelas de piedra, pues fueron talladas para ponerlas en pié y su altura varía entre cerca de 2 m y menos de 1 m de altura y su iconografía, asociada en distintas combinaciones a armas o a armas, representación humana, carros y diversos elementos de estética, debe ser entendida como un emblema o lenguaje simbólico del poder y no como objetos reales. A partir del análisis multivariante sobre las distintas combinaciones de emblemas en las mismas, Galán105 identificó seis grupos de estelas asociadas a territorios específicos. Es interesante resaltar que salvo el grupo 1, que se localiza en la Alta Extremadura y las Beiras, en todas aparece la figura humana y también, que cuanto más cerca del SW, más compleja es la composición. Recientemente Galán y yo misma106, hemos sugerido que la iconografía de las estelas es un eco de la ideología semita del Rey como Buen Pastor de su reino patrimonial y de la celebración del Marze o banquete compartido entre los dioses y ˘ah los antepasados semidivinos, aspecto este último que explicaría las representaciones de liras en algunas estelas del SW (Fig. 16). Figura 15. Estela de guerrero de Solana de Cabanas, (Cáceres). Foto Susana Vicente MAN. MEDC. las élites locales, de aquellos puntos que facilitan el acceso a recursos que están siendo ahora objeto de creciente demanda103. Las estelas de guerrero del SW y el antepasado divinizado (fig. 15) Las llamadas estelas de guerrero del Bronce Final son propias de la periferia del área costera del SW., donde suelos ácidos determinan un aprovechamiento esencialmente ganadero y donde la estabilización del poblamiento es por ello más lento, prácticamente en la Edad del Hierro. Ello no significa que no existan territorios políticamente definidos y fronte- A esa ideología del poder basada en la imagen del rey como pastor patrimonial que se generaliza en el Este y Centro de Mediterráneo tras el colapso de los palacios, corresponde una nueva estética varonil asociada al uso de la barba, de vestimentas pesadas con pliegues que precisan broches y fíbulas, y al consumo compartido de carne asada y no ya cocida como en época palacial, entre miembros de un mismo grupo de edad o de clase. Ello se reflejaría en la presencia, tanto en la iconografía de las estelas de guerrero como en el propio registro arqueológico de fíbulas, pinzas de afeitar y asadores articulados, en tanto que ganchos y caleros para consumir la carne hervida, comunes en el Centro y Occidente de Europa, aparecen generalmente en el área atlántica peninsular sólo en calidad de chatarra para reciclar107. 104 105 106 103 Ruiz-Gálvez, 1995. 107 Galán, 1993. Ibid.,1993. Ruiz-Gálvez y Galán, 2013 y Ruiz-Gálvez, 2013. Ruiz-Gálvez, 2013; Ruiz-Gálvez y Galán, 2013. 177
LA IBERIA ATL  NTICA  UN UMBRAL ENTRE ORIENTE Y OCCIDENTE  ras marcadas. Bien al contrario, este es el papel de las estela...
178 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Figura 16. A Figurita de bronce de un tañedor de lira del Tardogeométrico. Creta (Shellby White & León Levi Collection). B Posible representación del Márzeah en un soporte con ruedas chipriota. British Museum. C Estela de guerrero de Zarza Capilla (Badajoz) y detalle de la representación la lira), (figura tomada de Ruiz-Gálvez & Galán 2013). Sabemos que había chipriotas establecidos en el Tirreno al menos desde fines de la Edad del Bronce, y que lo siguieron estando a inicios de la del Hierro. Posiblemente también, comerciantes de Ugarit de los que los textos nos cuentan que estaban establecidos en Chipre, participaron en las rutas de la Edad el Bronce hacia el Tirreno, y no hay razones para pensar que no continuaran en la isla tras la desaparición del reino de Ugarit y que con ello, siguieran los contactos con el Norte de Siria y con las rutas de Sidon y Biblos hasta que, a mediados del s IX BC, estas ciudades fueran incorporadas al territorio de Tiro. Es a través de esa primera vía como creo que la ideología del Buen Pastor y la celebración de un antepasado se- midivino –el Marze ˘ah– se generaliza en la Península Ibérica108. Presencia semitas en castros indígenas Termino, brevemente con la referencia a la reciente publicación de un templo y otras estructuras orientales, edificadas de acuerdo a un módulo constructivo oriental, lo que implica la presencia de un arquitecto, tal vez como regalo introductorio, en un castro indígena, el de Ratinhos, próximo a la confluencia del Guadiana con dos de sus afluentes, en el interior del Alentejo Portu108 Mederos, 2005; Ruiz-Gálvez, 2013.
178  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Figura 16. A Figurita de bronce de un ta  edor de lira del Tardogeom  trico....
LA IBERIA ATLÁNTICA: UN UMBRAL ENTRE ORIENTE Y OCCIDENTE Figura 17. Planta del edificio-santuario del castro de Ratinhos (Portugal) (según Berrocal et al 2011). gués (Fig. 17). Las dataciones C14 indican claramente que el edificio se construyó en unas fechas, último tercio del s. IX BC, cuando los fenicios estaban iniciando el proceso de fundación de colonias en Occidente. Así que, es bastante plausible que el templo, el edificio anexo y las dos grandes cabañas construidas siguiendo el mismo patrón modular delaten la convivencia de fenicios con la comunidad indígena. Sin embargo es posible que estos fenicios no fueran necesariamente tirios, pues el templo no está dedicado a Melkart, sino a Asherat y Baal divinidades sidonias109. Así que, se cerraría el círculo que se había iniciado con esa presencia, tal vez a título individual e informal de gentes del Norte del Levante-Chipre-Tirreno a 109 Berrocal et al., 2012. inicios del Bronce Final que he propuesto a través del estudio de 5 los cinco casos analizados (vide supra). Coda Final Mientras que en el tránsito Edad del Bronce/Edad el Hierro se desarrolla una escritura de rasgos semíticos sobre estelas en el área del SW pero de la lengua a la cual da soporte, lo ignoramos todo, nada sabemos de la mitad NW atlántica hasta que sus poblaciones emergen en la Historia en los umbrales de la Conquista Romana. ¿Qué lengua o lenguas hablaban las poblaciones del occidente Atlántico? En primer lugar cabe recordar que no siempre la lengua hablada y la escrita coinciden, como ocurre en la India, donde el inglés 179
LA IBERIA ATL  NTICA  UN UMBRAL ENTRE ORIENTE Y OCCIDENTE  Figura 17. Planta del edi   cio-santuario del castro de Ratinho...
180 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA es la lengua de cultura en la que se entienden los hablantes de las numerosas lenguas y dialectos oficiales. Tampoco antropónimos, teónimos o topónimos necesariamente reflejan etnicidad. Así, la ex presidenta de Filipinas Corazón Aquino, ni era de raza blanca, ni hablaba una palabra de español a pesar de lo que se podría inferir a partir de su nombre. Otros muchos ejemplos similares como el de Charles Taylor, presidente genocida de Liberia, de nombre inglés, pero africano y negro, invitan a la prudencia cuando la información conservada sobre lenguas prerromanas es escasa. Con todo, en el umbral de la Historia, a partir de las inscripciones conservadas en la región entre el Duero y el Tajo, –La Lusitania– de la toponimia, antroponimia y teonímia del NW y de las zonas adyacentes de la Meseta Occidental –respectivamente las áreas de Gallaecia, Vaccea y Vettona en la Segunda Edad del Hierro –parecen haber hablado lenguas IE con ciertos rasgos además, comunes entre ellas y diferentes y más arcaicos de los de otras lenguas IE del interior de la Península Ibérica como el Celtíbero. ¿Cabe pensar que esas lenguas IE se hablaban también en la Edad del Bronce? ¿Qué incidencia étnica y lingüística pudo tener la presencia semita en el área atlántica? Son todas, claro, preguntas retóricas, carentes de respuesta. No obstante, podemos especular con la idea de que la gente que habitaba la costa atlántica se comunicaba, y que ello implicaba una legua común, a partir de las trayectorias, la manera de ver y marcar el paisaje, la connotación de ciertos lugares como liminares, etc, rasgos todos ellos tan característicos del mundo atlántico, que sugieren formas similares de ver el mundo y una lengua común al menos entre las élites que eran quienes viajaban y se comunicaban. Así que ya en hace tiempo110 propuse la generalización en el área atlántica a partir de los cambios técnicos y de movilidad que se producen en la Edad del Cobre, entender la generalización de las lenguas IE en ella en tanto que lengua de cultura, vehículo de relación de grupos humanos que se mueven más fácilmente por mar que por tierra firme, en un proceso de larga duración que se habría prolongado durante varios milenios de contactos costeros, pacíficos o violentos. Ya entonces comenté111 que, en realidad, no planteaba nada nuevo, pues eso era en esencia, lo que tiempo antes había sugerido Hawkes bajo el término celtización acumulativa y que podría tal vez, haber resultado, bien en fenómenos de diglosia diferenciando a las élites del común de la población, o bien en la generalización al cabo del tiempo, de esas lenguas IE en el común de la población 110 111 Ruiz-Gálvez 1998: 333-335. Ibid., 1998.
180  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  es la lengua de cultura en la que se entienden los hablantes de las numerosa...
4 la edad del hierro: el proceso final hacia la vida urbana
4  la edad del hierro  el proceso final hacia la vida urbana
Martín Almagro-Gorbea* Los Lusitanos Los Lusitanos son un pueblo ubicado en el Occidente Atlántico, que era el finis terrae en la Antigüedad. Su fama se debe a sus luchas contra Roma1, pero, al margen de este hecho, es uno de los pueblos prerromanos más interesantes de Iberia, pues ofrecen elementos muy arcaicos conservados en esa zona marginal de Europa, donde los cambios llegaban más espaciados y donde se conservan elementos culturales y lingüísticos desaparecidos en las zonas centrales, de mayor dinamismo y capacidad de cambio2. Posidonios y Estrabón ya observaron el carácter “arcaico” de los Lusitanos, pues mantenían tradiciones de la Edad del Bronce sin parangón en Europa Occidental. El mismo panorama ofrece su lengua y su religión, más primitivas que las de la Hispania Celta, con elementos indoeuropeos muy arcaicos considerados celto-itálicos. Por ello, los Lusitanos son esenciales para comprender la evolución de los pueblos y lenguas indoeuropeas de Iberia y la relación entre las lenguas celtas e itálicas de Europa Occidental, con evidentes implicaciones para la Prehistoria de Europa, aunque su estudio requiere una metodología interdisciplinar que aúne Arqueología, Lingüística, Historia, Etnohistoria y Paleogenética. Desde el punto de vista geográfico, Lusitania corresponde a las áreas del Occidente Atlántico, que destacan del resto de Iberia por sus suelos silíceos, aptos para la ganadería y ricos en oro y estaño. En ella habitaban gentes más primitivas que los Celtas del Occidente de Europa, entre los que destacan los Celtíberos y demás habitantes del centro y norte de Iberia, pues quedaban mucho más alejados de las culturas urbanas del Mediterráneo. La antigua Lusitania se extendía por todo el centro interior de Portugal. Engloba todas las áreas silíceas del Occidente situadas desde el Tajo hasta el Cantábrico, aunque la presión de Vacceos y Celtíberos a mediados * 1 2 Real Academia de la Historia, anticuario@rah.es. Schulten, 1940; Pérez Vilatela, 2000; Alarcão, 2001; Almagro-Gorbea, 2009. El ‘arcaísmo’ de la Lusitania se mantuvo en la Edad Media, como evidencia De correctione rusticorum de Martin Dumiense (510-580 d.C.) y ha proseguido casi hasta la actualidad (Moya-Maleno, 2014). del I milenio a.C. redujo su territorio al Oeste de la línea teórica que iría desde Gijón hasta Mérida. Ese territorio comprende las regiones portuguesas de Minho, Douro, Tras os Montes, las Beiras, Estremadura, Ribatejo y Alto Alentejo, y, en España, toda Galicia y la parte occidental de Asturias, León, Zamora, Salamanca y Cáceres. La evolución de la cultura material Los Lusitanos formaban parte de un substrato atlántico común a Vettones, Vacceos, Astures y Galaicos, pues a éstos Estrabón (III,3,3) considera parte de la Lusitania, como confirman la Arqueología y la Lingüística. La secuencia de la Edad del Bronce es cada vez mejor conocida desde el Campaniforme3, que constituye un substrato al que remontan las elites guerreras documentadas por alabardas de tipo ‘Carrapatas’ y espadas cortas de lengüeta plana, aunque armas e instrumentos prosiguen los cambios tecnológicos del Bronce Atlántico4. Esas armas aparecen en estelas de guerreros y en depósitos rituales en rocas, cuevas y aguas5 (fig. 1 y 2), mientras que son muy escasos los enterramientos. Tras abandonarse las fortificaciones calcolíticas6, debió producirse una ocupación discontinua del territorio con cabañas poco sólidas, como en otras culturas atlánticas de la Edad del Bronce. En el Bronce Final, desde fines del II milenio a.C., aparecen los primeros ‘castros’ o asentamientos en altura con defensas naturales o artificiales7. Los castros traslucen una ocupación estable del territorio, reducido al valle circundante y sus vías de comunicación. Su organización social era escasamente compleja y jerarquizada, con un creciente desarrollo demográfico con el consiguiente aumento de la conflictividad para controlar pastos y la producción de metal, en auge 3 4 5 6 7 da Silva, 1986; Almagro-Gorbea y Ruiz Zapatero, eds., 1993; Vilaça, 1995; González-Ruibal, 2007; Cardoso, 2007: 325s.; Ruiz-Gálvez, vid. supra. Brandherm, 2003; Id., 2007. Ruiz Gálvez, ed., 1995: 25s.; Vilaça, 2006a. Cardoso, 2007: 266s. Martins y Jorge, 1992; Vilaça, 1995; González-Ruibal, 2007.
Mart  n Almagro-Gorbea   Los Lusitanos  Los Lusitanos son un pueblo ubicado en el Occidente Atl  ntico, que era el    nis ...
184 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA A B C D E Figura 1. Estelas lusitanas de tradición campaniforme: A, Longroiva, Portugal; B, Valdefuentes de Sangusín, Salamanca. Estelas lusitanas del Bronce Final: C, Baraçal, Portugal; D, Robleda, Salamanca; E, Dispersión de las estelas lusitanas de la Edad del Bronce y tipos similares.
184  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  A  B  C  D  E  Figura 1. Estelas lusitanas de tradici  n campaniforme  A, Lo...
LOS LUSITANOS Antiguo, como Longroiva y Sangusín12. En el Bronce Final tienen un escudo de escotadura en V entre espada pistiliforme y lanza, como las estelas de Baraçal y Meimâo. Este tipo aparece en la Beira Interior, pero ejemplares más complejos con representación del difunto se extienden desde Galicia hasta Andalucía, por las áreas silíceas y ganaderas que conservaron la lengua lusitana y sus característicos antropónimos y que fueron campo de correrías de los Lusitanos hasta la Romanización. Esta milenaria tradición de estelas finaliza en las esculturas de guerreros galaico-lusitanos, creadas ya bajo dominio romano13. Figura 2. Depósito (funerario?) de San Esteban del Río Sil, Orense. dentro de los intercambios atlánticos. En el Bronce Final son características espadas pistiliformes (fig. 2) y de tipo Huelva y espléndidos torques y cascos de oro, como el de Rianxo (fig. 3), azuelas de topes (trunion axes) y hachas de talón, cuya distribución evidencia territorios tribales8. Desde fines del II milenio a.C., estímulos proto-coloniales introducen asadores articulados, fíbulas de codo y cuchillos de hierro9, dentro de intercambios por metales, como estaño y oro. Las armas y elementos de banquete10 y las más de 125 estelas lusitanas de guerreros conocidas11 indican una organización social jerarquizada, que se remonta al campaniforme. Las estelas lusitanas, más o menos antropomorfas, reflejan una concepción mítica del antepasado heroizado, siguiendo la tradición de las estelas megalíticas. Los ejemplares más antiguos ofrecen alabardas y espadas del Campaniforme y del Bronce A partir de la Edad del Hierro, en los siglos VII al V a.C., desaparece la circulación de objetos de bronce y se consolida la Cultura Castreña14. Se caracteriza por la población concentrada en castros rodeados de murallas con casas circulares, originarias de la Edad del Bronce, pues la casa rectangular no llega hasta el inicio de la Romanización (fig. 1E). Contactos con Tartessos introdujeron fíbulas de doble resorte y cerámicas de retícula bruñida interna y pintadas de tipo ‘Carambolo’ y una rica orfebrería orientalizante, aunque el interior de Lusitania quedó relativamente aislado de los contactos atlánticos en la costa y de la Vía de la Plata, que comunicaba la Meseta con el Golfo de Cádiz15. La personalidad de Lusitania la confirma la ausencia de elementos culturales característicos de la Meseta, como cerámicas de Cogotas I en el Bronce Reciente, de la Cultura de Soto de Medinilla en el Bronce Final e inicios del Hierro y de las cerámicas a peine y verracos de los Vettones, como tampoco llegaron las fíbulas celtibéricas de caballito asociadas al sistema gentilicio16. Este hecho indica una frontera etno-cultural muy profunda, mantenida hasta los últimos siglos a.C., que también reflejan la lengua y la religión (fig. 7-9). La Cultura Castreña alcanza su apogeo a partir del siglo II a.C., tras generalizarse de Sur a Norte el hierro y el torno de alfarero. Los territorios tribales se jerarquizan con un poblado central, la citania o cibdad, aunque perduraron los pequeños castros fortificados, en ocasiones en penínsulas marítimas (fig. 4). Su estructura proto-urbana equivale a los oppida de la Meseta17, aunque sea ya contemporánea al avance de Roma de Sur a Norte. En esta fase aparecen nuevas concepciones ideológicas y religiosas, pues en los grandes castros 12 13 14 15 8 9 10 11 Monteagudo, 1977: tipo 20B y 31C, 34A, 35A y 35B y 36C; Coffyn, 1985; Senna-Martínez, 1995. Almagro-Gorbea, 1998, Vilaça, 2007. Almagro-Gorbea, 1998; Harrison, 2004; Díaz Guardamino, 2010. Galán, 1993; Celestino, 2003; 84-85; Vilaça, ed., 2011a. 16 17 Cardoso, 2007: fig. 260. Schattner, ed., 2003. da Silva, 1986; González Ruibal, 2007. Vilaça, 1995: f. 40-41. Para la Vía de la Plata, Almagro-Gorbea et al., 2008a. Abarquero, 2005: 203s, fig. 89; Romero Carnicero et al., 1993; Ruiz Zapatero y Álvarez-Sanchís, 2002; Alvarez-Sanchís, 2003. Para las fíbulas de caballito, Almagro-Gorbea y Torres, 1999. da Silva, 1986: 33s. 185
LOS LUSITANOS  Antiguo, como Longroiva y Sangus  n12. En el Bronce Final tienen un escudo de escotadura en V entre espada ...
186 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA tilicios, conservada hasta el siglo XX en el Occidente de Iberia21. Tradiciones similares tenían otros pueblos indoeuropeos, como Vacceos (Diod. V,34,3), Celtas de Irlanda, Escocia y Gales, Dorios, Eslavos y Germanos (César, b.G. 6,22,2)22. En aquella sociedad de pastoresguerreros existía una neta división de funciones entre hombre y mujer. La actividad varonil era la ganadería, la caza, la guerra y las razzias de ganado, como en otras culturas célticas arcaicas, como los fionna irlandeses23. Las mujeres se ocupaban de la casa y del huerto (Estrabón III,4,17; Justino 44,3,7), que heredaban, pues formaba parte de su trabajo, mientras que los hombres recibían ganado, sistema que recuerda a los Pictos, cuya herencia transmitían las mujeres. Figura 3. Casco áureo de Casco de Leira o Rianxo, La Coruña. aparecen santuarios domésticos gentilicios18 y estatuas de guerreros galaico-lusitanos (fig. 5A), de Héroes Fundadores o ‘caudillos estatales’. Además, los torques de oro (fig. 5B) y algunos tesoros argénteos lusitanos, con influjo vacceo19, indican clases sociales y una élite plutocrática, a la que pertenecía Astolpas, el suegro de Viriato (Diod. 33,7). La organización social Posidonio y Estrabón (III,3,7) aluden a las arcaicas costumbres de los Lusitanos que explican la pervivencia de su lengua y de sus primitivas creencias y estructuras sociales. Los Lusitanos proceden de un substrato del Bronce Atlántico20, con una economía básicamente ganadera desde época megalítica, característica del II milenio a.C., completada por actividades metalúrgicas, como la obtención del oro en los ríos, y la pesca y marisqueo en la costa. Esta tradición mantenía una arcaica sociedad indoeuropea de guerreros-pastores especializada en la defensa de sus ganados y el control de zonas de pastos y vías de comunicación, mientras el cultivo del huerto correspondía a la mujer. Esta organización socio-económica se basaba en la explotación comunal de la tierra característica de la Edad del Bronce, anterior a la propiedad privada surgida con los clanes gen- El territorio, muy articulado, estaba habitado por pequeñas tribus (fig. 6). La inscripción del puente de Alcántara (CIL II,760) enumera los populi conocidos desde el Tajo al Duero24. Muchos ofrecen etnónimos relacionados con teónimos y antropónimos lusitanos, mientras que otros ya son de tipo céltico. Estos territorios estaban estructurados en castros, a los que alude la peculiar forma de denominación de las gentes del Occidente, distinta de los pueblos celtibéricos, pues quedan separados por una teórica frontera en la línea de Mérida a Gijón25. Al oriente aparecen epítetos de clanes familiares en genitivo de plural26 y al Occidente aparece un signo que se interpreta como castellum o castro27. Estos castros tenían una divinidad específica de toda la colectividad, posiblemente considerada su Héroe Fundador como Teutates entre los celtas28. En consecuencia, la onomástica confirma que los Lusitanos tenían una organización social distinta de las poblaciones ‘celtiberizadas’ de la Meseta, aunque ésta tendió a extenderse paulatinamente hacia el Occidente29. Estos testimonios también precisan la frontera etno-cultural de los Lusitanos, aunque varió algo con el tiempo, pues la colonización tartesia del siglo VII a.C. creó asentamientos en áreas periféricas, como los Turduli Veteres (Mela III,8; Plin. NH, IV,130) y los Turduli Barduli (Plin. NH, IV,118) y en el siglo V a.C. Célticos y Vettones se extendieron hasta el Almonte y el Salor, hasta que Roma fijó las fronteras en el siglo II a.C. 21 22 23 24 25 26 18 19 20 Para los guerreros, Schattner (ed.) 2003; da Silva, 1986: 291s.; para los santuarios, Id., 299, lám. 22 y 132. Raddatz, 1969: 279, lám. 94. Ruiz-Gálvez, 1998; Cunliffe, 2001. 27 28 29 Costa, 1981: 151: 339s.; Id., 1983: 147s. D’Arbois de Jubainville, 1880; MacDowell, 1986: 89s.; Meitzen, 1895: 211s.; Costa, 1983: 173-174; etc. D’Arbois de Juvainville, 1981: 173; McCone, 1986. Alarcão, 1988: 41; García Alonso, 2003. Cabe considerar etnónimos lusitanos los Paesures, Pallantienses, Selium, Elbocoris, Aeminium, Sallaecus, Ammaea y Lancienseses; se consideran celtas los Arabrigenes, Interannienses, Meidubrigenes, Seanoci, Tapori, Transcudani, Vivemenses y Araducta. Untermann, 1987. González, 1986. Albertos, 1988; Pereira, 1982; Almagro-Gorbea, 1995. Blanco, 1959; de Hoz, 1986a: 39s.; García Fernández-Albalat, 1990: 112s., 123s.; Almagro-Gorbea y Lorrio, 2011. Almagro-Gorbea, 1996b.
186  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  tilicios, conservada hasta el siglo XX en el Occidente de Iberia21. Tradicio...
LOS LUSITANOS Figura 4. A, Castro de Baroña, La Coruña. B, Reconstrucción de un barrio del castro de Coaña, Asturias (según A. García Bellido). C, Castro de Monte Mozinho, Portugal. D, Planta de Sanfins (según A.C.F. da Silva). Los Lusitanos mantuvieron una primitiva estructura guerrera con pequeñas bandas de guerreros dedicados a emboscadas, guerrillas y al pillaje, aunque desde la Edad del Bronce las espadas evidencian que existía el combate individual de campeones (fig. 2). Estrabón (3,3,6) alude a su anacrónica panoplia de la Edad del Bronce mantenida en ritos iniciáticos. Estaba formada por una pequeña rodela cóncava sin asa, coraza de lino, casco de cuero, puñal y dardos “con puntas de bronce”, lo que indica su arcaísmo ritual. Su arma esencial sería la lanza, como entre los gaesati celtas y los itálicos, dorios y lacedemonios, pues Varrón (ll. XV,30,7) indica que lancea es una palabra de origen celta hispano, que aparece usada en topónimos y etnónimos como Lancia (Floro, Epit. II,33) y Lancienses (Plin. IV,118). Esta sociedad guerrera conservaba ritos indoeuropeos ancestrales, pues estaba organizada en clases de edad y fratrías, sin duda procedentes del substrato cultural atlántico. Estas fratrías guerreras practicaban una vida de latrones, con ritos iniciáticos y costumbres de sociedades pastoriles-guerreras preurbanas (Diodoro V,34,6; Estrabón III,3,5; Ap. Ib. 56-57, 67-70; Orosio 5,5,12), como los fionna irlandeses30. Los jóvenes se dedicaban a la caza y la guerra lejos de su poblado (Diodoro V,34,6) para probar su valor, hasta que Roma acabó con este género de vida. De este modo se regulaba el excedente 30 García Fernández-Albalat, 1990; Ciprés, 1990; Peralta, 1990. Para los fionna, McCone, 1986. 187
LOS LUSITANOS  Figura 4. A, Castro de Baro  a, La Coru  a. B, Reconstrucci  n de un barrio del castro de Coa  a, Asturias ...
188 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA demográfico y se adquirían riquezas con el botín, generalmente ganado. Las fratrías estarían dirigidas por un jefe carismático, dotado de prestigio sobrenatural, al que se unían por un juramento sacro o devotio (Ap., Ib. 56-57, 67-69, 71; Livio 25,17,4; id. 38,21), que perdura hasta Viriato y Sertorio31. Estos jefes pueden identificarse con los guerreros de las estelas lusitanas (fig. 1) y con Fionn como jefe de los fionna, héroe de infancia extraordinaria, dotado de fuerzas mágicas al estar relacionado con el sidh o Más Allá y haberse desposado con la Tierra. Esta organización guerrera, originaria de la Edad del Bronce, es comparable a la de otros pueblos indoeuropeos anteriores a la organización gentilicea y urbana32. Los guerreros realizaban juegos gimnásticos, combates rituales y cantaban al atacar a sus enemigos (Apiano Ib. 71; Diodoro 5,34, 33,21; Estrabón 3,3,7), como los lacedemonios (Tucíd. 5,69,2; 5,70), los salios (Aen. 7, 723-4) y los guerreros védicos33. Estrabón (III,3,6) compara su vida guerrera con los lacedemonios, pues comían por orden de edad y prestigio (Str. III,3,7), como los galos (Ateneo 4,152), los dorios y las primitivas curias romanas. Entre estas tradiciones rituales destacan las saunas iniciáticas (fig. 10), construidas en castros y oppida34 y la deposición de armas en las aguas hasta época romana (Suet., Galba, 7,12). Este carácter arcaico de los Lusitanos explica su resistencia al mundo civilizado, pues se conservó en las áreas rurales casi hasta nuestros días, como testimonia Martín de Braga (De correc. rust.). Una lengua primitiva: el “Lusitano” La personalidad de la Lusitania la confirma su lengua, denominada “Lusitano”. De ella apenas se conocen 5 inscripciones y alguna palabra más en inscripciones de época romana, escritas en alfabeto latino, que constituyen uno de los testimonios lingüísticos más interesantes de Hispania (fig. 7)35. El Lusitano es una lengua indoeuropea occidental antigua, diferente de las lenguas célticas conocidas y más próxima a las itálicas en algunas características. La más evidente es el arcaísmo de conservar la p– inicial procedente de *p– indoeuropea, que la diferencia de las lenguas celtas s.e., como el Celtibérico, que han perdido la /p/ inicial e intervocálica. Esta p– inicial subsiste en topónimos, hidrónimos, etnóni31 32 Figura 5. A, Guerrero lusitano de *. B, Torques de oro de Burela, Lugo. 33 34 35 García Fernández-Albalat, 1990: 238s.; Etienne 1974. Benveniste, 1969, 1: 222s.; McCone, 1986; id. 1987; García Fernández-Albalat, 1990: 207s. Jeanmaire, 1939; Brelich, 1962: 34, 53. Almagro-Gorbea y Álvarez, 1993. Prósper, 2002; Wodtko, 2010; Vallejo, 2013.
188  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  demogr     co y se adquir  an riquezas con el bot  n, generalmente ganado. L...
LOS LUSITANOS Figura 6. Pueblos lusitanos entre los ríos Duero y Miño (según A.C.F. da Silva). mos, antropónimos y teónimos, que pueden asociarse al Lusitano (fig. 7)36. La clasificación del Lusitano es controvertida. La etimología de algunos teónimos y vocablos se relaciona con lenguas itálicas, como Cossue (latín Consus), Segia (latín Seia), Iovea(i) (marrucino Iovia), Pala (latina Pales), comaiam (umbro gomia), porcom (latín porcum, puerco), taurom (latín taurum, toro), oila<*owila (latín ovis, ovicula, oveja). Además ofrece el ablativo en -id y la copulativa arcaica inde37, próxima a las lenguas germánicas. Muchos lingüistas consideran que Lusitano y Celta son lenguas indoeuropeas hermanas38, pero otros autores la incluyen entre las lenguas celtas39, según indica la etimología de sus topónimos y antropónimos (fig. 8). Éstos reflejan la personalidad de los Lusitanos40 y señalan la misma frontera que los genitivos de 37 38 36 Como el topónimo páramo (Untermann, 1987; Ballester, 2004), los hidrónimos Palantia y Pisoraca, los etnónimos Paesuri y Pallantienses lusitanos, los Praestamarici galaicos, los Polibedenses y Bletissama vettones, los Pelendones celtíberos; antropónimos como Pintius-Pintamus o Pissoracus (Untermann, 1965: 19; Albertos, 1983: 867s.; Villar, 1994); los epítetos teónímicos lusitanos Toudopalandaigae y Trebopala (Prósper, 2002: 43s.). 39 40 Prosper, 2002: 355s. Prósper, 2002; Id., 2010; de Bernardo, 2002; Wodtko, 2010; Vallejo, 2013. Untermann, 1987: 67s.; Id., 1997; Prosdocimi, 1989; Ballester, 2004. Untermann, 1965: 19s.; Id., 1985; Albertos, 1983; AAVV, 2003. Boutius y Camalus son comunes a vettones, lusitanos y galaicos meridionales; Pintius, Reburrus, Tanginus y Viriatus llegan desde Lusitania a Asturias. Son celtas Ambatus, Calaetus, Segontius y Tritius (Untermann, 1965; Albertos, 1983; Abascal, 1994; AAVV, 2003). 189
LOS LUSITANOS  Figura 6. Pueblos lusitanos entre los r  os Duero y Mi  o  seg  n A.C.F. da Silva .  mos, antrop  nimos y t...
190 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Figura 7. Extensión de la epigrafía lusitana y de los topónimos y etnónimos en P-. plural relacionados con elites gentilicias celtibéricas y con la expansión de las fíbulas de caballito41. En efecto, este substrato lingüístico extendido por el cuadrante NW de Iberia coincide con otros elementos culturales, como depósitos de armas en ríos y ritos en peñas sacras, que indican su pertenencia al mismo sistema cultural ‘protocéltico’ existente desde la Edad del Bronce. Algunos elementos de este substrato que perduraron en la Meseta, como ritos en peñas, saunas y topónimos, etnónimos y antropónimos en P–, indican las afinidades de los Lusitanos con los pueblos celtas del centro y norte de Iberia. En consecuencia, los elementos lingüísticos y culturales que caracterizan a los Lusitanos proceden de fechas muy antiguas, antes de diferenciarse el itálico del celta y formarse las restantes lenguas célticas. Esta hipótesis explicaría los elementos comunes que el Lu41 González, 1986; Almagro-Gorbea y Torres, 1999. sitano comparte con lenguas celtas e itálicas y su carácter indoeuropeo arcaico, conservado hasta la Romanización en las regiones occidentales de Iberia, frente a la Meseta y el Norte donde desaparecieron al expandirse la lengua y la cultura de los Celtíberos. Religión y creencias Los Lusitanos tenían igualmente una religión indoeuropea muy arcaica. Sus divinidades, testimoniadas por epígrafes aparecidos al occidente de la línea Gijón-Mérida, en ocasiones en santuarios rupestres, se relacionan con la religión celta y, algunos teónimos, con la itálica. Sus divinidades parecen numenes asexuados, anteriores a la concepción más antropomorfa de los dioses celtas42. Su relación con los dioses celtas la confirma la etimología 42 Kruta, 2000: 575.
190  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Figura 7. Extensi  n de la epigraf  a lusitana y de los top  nimos y etn  ni...
LOS LUSITANOS Figura 8. Dispersión de los antropónimos lusitanos (según Vallares, 2013, modificado). de los principales teónimos43, aunque parecen más arcaicos que los celtas. Bandua se considera una divinidad de la devotio y protectora de la sociedad, pues se asocia a epítetos como Aetobrigus, Lanobrigae, etc., relacionados con castros y ofrece la iconografía de Fortuna-Tyché en la patena ritual de Band(ua) Araugel(ensis). Cossus es un dios guerrero asociado a una peña onfálica, cuyo epíteto Oenaecus lo relaciona con la oenach o asamblea jurídica irlandesa. Navia o Nabia es una divinidad vinculada al agua como acceso al sidh o Más Allá y su epíteto Tongoe se relaciona con juramentos. Reve, por su epíteto Larauco, se asocia a montes dedicados a Júpiter. Coronus sería la divinidad de la asamblea de guerreros, como Quirinus (*co-wiri-no-) en Roma y como Herjann, epíteto de Odhinn como ‘jefe de los ejércitos’ y protector de la comunidad entre los germanos. Ade- más, existen epítetos divinos, como Toudopalandaigae y Trebopala, “la ‘Piedra’ o ‘Altar’ del pueblo”, situado en una peña axial que era el lugar de sacrificio y residencia de la divinidad. Una inscripción de Cabeço das Fragoas (Portugal) recoge un antiguo ritual de sacrificar un toro, una oveja y un cerdo, comparable al suoevetaurilium romano y al sautramani indio, sacrificios documentados en bronces rituales44. No se conocen los ritos funerarios lusitanos, que sería propios del Bronce Atlántico, frente a la cremación de los Campos de Urnas y de las culturas celtibéricas45. Con dichos ritos se podrían relacionar las ofrendas de armas a las aguas (fig. 2)46, que perduraron hasta época romana (Suet., Galba, 7,12), pues el agua era el acceso al Sid o Más Allá, como indica el Limia, considerado en 44 43 Blanco, 1959; Unterman, 1985; de Hoz, 1986a: 39s.; García Fernández-Albalat, 1990: 109s.; Olivares, 2002; Prósper, 2002. 45 46 Schattner y Santos, eds., 2010. Para los bronces rituales, Armada y García Vuelta, 2003. Cruz, 1997; Cardoso, 2007: 383s. Torbrügge, 1971; Bradley, 1990; Ruiz Gálvez, 1995: 25s. 191
LOS LUSITANOS  Figura 8. Dispersi  n de los antrop  nimos lusitanos  seg  n Vallares, 2013, modi   cado .  de los principa...
192 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA la Antigüedad el paso al Infierno (Strab. III,3,5; Sil.It. 1,236; id. 16,476-7; Liv. Per. 55; Floro, 1,33,12; Ap. Ib. 74; Plut. Quest. Rom. 34; Plin. N.H. 4,115; etc.). Muy característicos son las peñas rituales47, que se extienden por todo el cuadrante NW de Iberia hasta Guipúzcoa y el Sistema Ibérico, como los restantes elementos culturales y lingüísticos señalados. Unas son ‘altares’ con escalones para ascender a su cumbre y otras eran peñas oraculares para adivinar el porvenir, por ser lugares relacionados con los Lares Viales característicos de las áreas celtas y de sus creencias en el Más Allá, a los que alude Martín Dumiense (De correct. rust. 8). Más interés ofrecen los ritos iniciáticos guerreros en saunas con piedras candentes y baños en agua fría identificadas con las ‘pedras formosas’ de la Gallaecia (fig. 10), que ofrecen paralelos entre celtas e itálicos y en pueblos del Norte y Este Europa. Estrabón (III,3,6-7) también alude a comidas frugales y a sacrificios sangrientos, pues hacían hecatombes y sacrificaban chivos, prisioneros (Plut., Quest.Rom. 88) y caballos a una divinidad guerrera, que denomina Ares, que se ha identificado con Marte en la epigrafía romana48, y en Bletisama (Ledesma, Salamanca) sacrificaban a un hombre y un caballo para firmar la paz (Livio, per. 48)49. Origen y etnogénesis de los Lusitanos Las características arcaicas de los lusitanos plantean el problema de cuándo y cómo se han indoeuropeizado las regiones atlánticas y la Península Ibérica. Las regiones occidentales de Iberia, alejadas del Mediterráneo, mantuvieron formas de vida ancestrales refractarias al mundo civilizado de la Antigüedad. En ellas perduró un substrato ‘protocéltico’ común a Lusitanos y Galaicos, pero que también se rastrea entre Vacceos, Vettones, Cántabros, Astures, Turmogos y Pelendones50. Los datos arqueológicos, lingüísticos, religiosos y las referencias históricas y etno-arqueológicas permiten reconstruir su sistema cultural y su etnogénesis. Su cultura material corresponde al Bronce Atlántico; los elementos lingüísticos y religiosos son indoeuropeos muy arcaicos, propios de la Edad del Bronce, en algún caso con paralelos en el mundo celta de la Edad del Hierro. La ausencia de movimientos humanos masivos y de cambios culturales notables a lo largo de la Edad del Bronce hasta la Romanización confirma una continuidad coherente con el carácter indoeuropeo arcaico, ‘protocéltico’, de su estructura social, su lengua y su religión. En consecuencia, los Lusitanos son un pueblo indoeuropeo cuyo origen debe ser anterior a la Edad del Bronce. El culto a las peñas, asociado al culto solar, se documenta desde el Campaniforme. También remontan al Campaniforme las ofrendas de armas en cuevas y peñas51, como confirman los depósitos con alabardas de tipo ‘Carrapatas’ y puñales y espadas cortas de lengüeta52. Igualmente, las más antiguas tumbas con ajuar ‘guerrero’ y las primeras estelas de guerrero son campaniformes, como Longroiva y Sangusín, aunque prosigan hasta la Edad del Hierro53. Los depósitos de armas y las saunas y peñas rituales coinciden con la dispersión del substrato lingüístico ‘Lusitano’ que conservaba la p– inicial, como ilustra la dispersión de la palabra páramo (fig. 7). Esta coincidencia evidencia que estos arcaicos elementos lingüísticos, sociales e ideológicos corresponden al mismo sistema cultural, cuyo origen se remonta al Campaniforme54. Este substrato cultural polimorfo se extiende por todo el cuadrante Noroeste de la Iberia silícea, desde el Atlántico hasta el Sistema Ibérico y hasta el Guadalquivir por el Suroeste. Sus características y continuidad permiten considerarlo ‘protocelta’, pues es el substrato de los pueblos celtas del Centro, Occidente y Norte de Hispania hasta el proceso de celtiberización a partir del siglo V a.C. al expandirse los Celtíberos, originarios de los Campos de Urnas55. Según esta hipótesis, los Lusitanos se remontan al Campaniforme, en el III milenio a.C., proceso que ayuda a comprender la etnogénesis de los Celtas de Europa Central y Occidental. En el Bronce Final, a partir del 1200 a.C., la Cultura de los Campos de Urnas (1400-800 a.C.) penetra por el Noreste de Iberia y, desde el Valle del Ebro, alcanzó la Celtiberia a fines del II milenio a.C., ya que la Cultura Celtibérica y su lengua proceden de estos elementos celtas de origen centroeuropeo56. A partir del 600 a.C. la expansión de los Celtíberos tendió a asimilar el anterior substrato “Lusitano” del Bronce Atlántico, proceso que explica las diferencias y afinidades entre Celtas y Lusitanos y la etnogénesis de los Celtas del Centro, Norte y Occidente de Iberia. También en Irlanda resulta evidente la continuidad de los Celtas desde la Edad del Bronce. El Celta Goidélico, documentado desde el siglo V de JC., conserva ciclos mitológicos que se remontan a la Edad del Bronce y yacimientos arqueológicos como 51 47 48 49 50 Para peñas tipo Ulaca, Almagro-Gorbea y Jiménez, 2000; Para las saunas, da Silva, 1986: 53s.; Almagro-Gorbea y Álvarez, 1993; Para las peñas augurales, Almagro-Gorbea, 2006. Encarnaçao, 1975; Olivares, 2002. de Hoz, 1986a: 48. Almagro-Gorbea, 1996b; Id., 2009. 52 53 54 55 56 Valera 2007: lám. 5,2-3; Almagro-Gorbea, 1996a; Vilaça, 2006a; de Blas, 2001: 117s. Harrison, 1974. Almagro, 1966: 108, lám. 30; Cardoso, 2007: 337; Celestino, 2001; Harrison, 2004; Días Guardamino, 2010. Gallay, 2001; Kruta, 2000: 123s.; Brun, 2006. Lorrio, 2005. Ruiz Zapatero y Lorrio, 1999.
192  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  la Antig  edad el paso al In   erno  Strab. III,3,5  Sil.It. 1,236  id. 16,4...
LOS LUSITANOS Figura 9. Dispersión de los teónimos lusitanos (según Vallares, 2013 y J. C. Olivares, 2002). Emain Macha, la corte del reino del Ulster, existían desde el Bronce Final57, por lo que dichos mitos y su cultura se remontan al Bronce Atlántico (2000700 a.C.). Igualmente, el ‘Lepóntico’ del Norte de Italia58 es una lengua celta que se remonta al Bronce Reciente, pues corresponde a la Cultura de Golaseca (900-450 a.C.), derivada de la Cultura de Canegrate (1400-1200 a.C.), grupo de Campos de Urnas originario de Europa Central59. Por ello eran celtas, como las culturas de Hallstatt (800-500 a.C.) y de La Tène (500-50 a.C.), cuyo carácter celta señalan Herodoto y los autores clásicos. Como los Campos de Urnas (1400-750 a.C.), proceden sin solución de continuidad de la Cultura de los Túmulos (2000-1400 a.C.), que también deben atribuirse a una fase ‘protocelta’. En consecuencia, todas las lenguas y gentes ‘protoceltas’ de Europa Occidental remontarían al Campani57 58 59 Raftery, 1994: 75; Waddel, 1995. Lejeune, 1971; Eska, 1998. De Marinis, 1988; Id., 1991. forme, del que procedería el substrato lingüístico y cultural común de los Celtas de la Edad del Hierro, lo que excluye de forma definitiva su identificación tradicional con las culturas de Hallstatt y La Tène. Este proceso de etnogénesis de los celtas desde el III milenio a.C., acorde con los datos arqueológicos y culturales, resulta paralelo al de otros pueblos indoeuropeos documentados desde el II milenio a.C., como griegos, itálicos o germanos. El final de los Lusitanos El final de los Lusitanos se conoce mejor. Topónimos en Seg– y en -briga, antropónimos celtas y genitivos gentilicios de plural documentan la expansión hacia Occidente de los Celtíberos, hasta que fue cortada bruscamente por Roma. A esta expansión se asociaba una nueva estructura gentilicia clientelar, frente a las estructuras sociales ancestrales conservadas desde la Edad del Bronce. Por ello, Estrabón (III,3,7) consideró a los Lusitanos los más primitivos de Iberia dado su ca- 193
LOS LUSITANOS  Figura 9. Dispersi  n de los te  nimos lusitanos  seg  n Vallares, 2013 y J. C. Olivares, 2002 .  Emain Mac...
194 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Figura 10. Sauna ritual de Briteiros, Portugal, con la pila para el baño a la izquierda y el laconicum al fondo. rácter arcaico, frente a los Celtíberos, que ya denomina togâtoi o civilizados (Str. III,2,15; 4,20). Las Guerras Lusitanas (155-139 a.C.) y de Sertorio (83-72 a.C.)60 marcan el final de los Lusitanos. A partir del II a.C. eran el pueblo más combativo de Iberia, tras haber alcanzado una organización casi estatal, con poblaciones cada vez más urbanas, al evolucionar su sociedad y su sistema de jefatura. Capaces de enfrentarse con eficacia a un ejército tan poderoso como el romano, presionaban hacia las ricas tierras meridionales de Turdetania y del valle del Guadalquivir, frente al avance de Sur a Norte de Roma en la conquista del Occidente de Iberia. Sus primitivas bandas de latrones propias de la Edad del Bronce (Strab. III,3,5-7; Diod. V,34,6) evolucionaron hacia confederaciones guerreras, con ejércitos organizados de hasta 25000 hombres, a los que se enfrentó Roma, pues se oponían a su política de conquista. Sus jefes eran caudillos electos, como Césaro, Púnico y Viriato, con gran experiencia táctica adquirida en la guerra con los romanos, aunque adap60 Almagro-Gorbea, ed., 2009: 224s. tada a su tradición de ‘guerra de guerrillas’. Viriato no era un ‘pastor-guerrero’ de la Edad del Bronce. Tenía capacidad de organizar y mandar un ejército de miles de hombres y su dominio sobre ciudades y amplios territorios supone que los Lusitanos ya habían alcanzado una estructura casi estatal, inspirada en la de Turdetanos, Celtíberos y Romanos, aunque en las áreas más septentrionales la Romanización apenas se deja sentir antes de fines del siglo I d.C. y muchos elementos han perdurado hasta nuestros días en el folclore. En conclusión, los Lusitanos, que formaban parte de la tradición del Bronce Atlántico, constituyen un pueblo de gran personalidad en la Prehistoria de Europa, ya que conservaron elementos culturales muy arcaicos en la “isla cultural” del finis terrae occidental. Su estudio interdisciplinar, que asocia Arqueología, Lingüística, Historia, Historia de las Religiones, Etnoarqueología y Paleogenética, contribuye a conocer la expansión indoeuropea por Europa Occidental, el origen de los Celtas y los complejos procesos de etnogénesis de la antigua Hispania, en la que representa uno de los pueblos de más personalidad.
194  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Figura 10. Sauna ritual de Briteiros, Portugal, con la pila para el ba  o a ...
Gonzalo Ruiz Zapatero* Los Campos de Urnas Desde finales del s. XIX y primeras décadas del XX los trabajos sobre los grupos del Bronce Final en Alemania crearon la noción de Urnenfelderkultur, los grupos incineradores con enterramiento de las cenizas dentro de urnas depositadas en campos de hoyos que se irán identificando por casi todas las tierras de Centroeuropa con expansiones en todas las direcciones. Es un concepto cronológico y cultural que ha tenido un enorme peso en la investigación arqueológica hasta la actualidad1. Además del ritual crematorio los Campos de Urnas se caracterizan por asentamientos abiertos al aire libre, depósitos de bronces con tipos continentales y las típicas cerámicas con decoración acanalada2. En la actualidad la extensión de la civilisation des Champs d’urnes, en la terminología francesa, es muy amplia, desde el Danubio Medio –donde surgen los primeros grupos incineradores sobre los s. XV/XIV a.C.– hasta el Noreste de la Península Ibérica y desde Bélgica y los Países Bajos al Norte de Italia. Un vasto complejo de multitud de grupos regionales, definido fundamentalmente por el ritual de la cremación, que difícilmente puede ser considerado prueba de unidad cultural y/o pertenencia a un “pueblo”. Las explicaciones de tan amplia distribución por Europa han sido tradicionalmente difusionistas con diversas variantes, oleadas de pueblos o desplazamientos continuos a cortas distancias de pequeños grupos; en otros casos se han querido ver contactos e intercambios entre grupos vecinos o incluso la expansión de un fenómeno religioso ligado al nuevo ritual incinerador. La expansión por el SO. de Europa, grupo Rin-SuizaFrancia Oriental (R.S.F.O.), llevo estos elementos a la Península Ibérica. Los primeros trabajos de Bosch Gimpera a comienzos del s. XX definieron los Campos de Urnas como el componente cultural básico del Bronce Final en el NE. peninsular, etapa con una periodización cada vez más detallada3. Su contenido cultural ha ido cambiando y de los viejos modelos migracionistas hemos pasado a considerar pequeños aportes de población que introdujeron el ritual de la incineración y los equipos cerámicos y metálicos de tradición continental asociados, * 1 2 3 Universidad Complutense de Madrid, gonzalor@ghis.ucm.es Sorensen y Rebay-Salisbury, 2008. Brun y Mordant, 1988. López Cachero y Pons, 2008. así como otras innovaciones culturales4. Los campos de Urnas de la Península Ibérica no constituyen una cultura o “civilización” homogénea extendida por el NE. sino más bien un mosaico de regiones con desarrollos locales y presencia desigual –según las áreas y los sustratos culturales regionales– del nuevo ritual y de los diferentes cambios económicos, sociales e ideológicos que provocaron en las tierras peninsulares. Los componentes foráneos impactaron sobre las poblaciones autóctonas de la Edad del Bronce que, aún adoptando y absorbiendo los estímulos europeos, fueron las protagonistas de los desarrollos históricos del Bronce Final y Primera Edad del Hierro. Las antiguas visiones de los Campos de Urnas expandiéndose por media Europa fueron totalmente exageradas. Pero las más recientes interpretaciones autoctonistas que cuestionan el protagonismo del fenómeno de Campos de Urnas y lo reducen al ritual y a los equipos materiales que lo acompañan, dejan sin explicación plausible el conjunto de cambios culturales que se sucedieron durante los últimos siglos del II milenio y los primeros del último milenio a. C.5. La cuestión clave, en definitiva, es por qué y cómo se extendió el ritual de la incineración y los equipos funerarios asociados6 y que transformaciones económicas, sociales y culturales produjeron en las comunidades del NE. de la Península Ibérica. El mosaico de grupos arqueológicos en el Bronce Medio (1500-1200 a.C.) del NE. peninsular no está completamente definido pero sí revela un modelo de poblamiento con aldeas dispersas, cabañas ligeras, silos-fosas para almacenaje y una metalurgia de bronce bien consolidada en algunas áreas. Pequeñas comunidades aldeanas integradas por unas pocas unidades familiares autárquicas y con escasas diferencias sociales, aunque en áreas como el Grupo Segre-Cinca se atisbe la emergencia de un incipiente poder individual. Entre esas comunidades del Bronce Medio se pueden identificar bien nuevos elementos culturales que tienen su origen al otro lado de los Pirineos: a) cerámicas con asas de apéndice de botón, b) vasos 4 5 6 Maya, 1998, Ruiz Zapatero, 1983-85, 2005 y 2009. Junyent, 2002: 28-32 y López Cachero, 2011. Pons, López Cachero y Mazière, 2012.
Gonzalo Ruiz Zapatero   Los Campos de Urnas  Desde    nales del s. XIX y primeras d  cadas del XX los trabajos sobre los g...
196 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Figura 1. Mapa del NE. de la Península Ibérica y los territorios con presencia de elementos de Campos de Urnas. polípodos, c) hachas de rebordes y d) ciertas dagas de hoja triangular con remaches. En varios sitios estas cerámicas y estos objetos metálicos se asocian y, en general, su distribución cubre dos grandes áreas: el Valle del Segre desde los Pirineos al Ebro y las tierras del Este de Cataluña con penetraciones hacia el interior. Los nuevos elementos materiales revelan claros paralelos con prototipos del arco noroccidental del Mediterráneo (Polada y Roine) y especialmente del SE. de Francia7. Todo ello demuestra que a finales del Bronce Medio había estrechas relaciones y movimientos frecuentes entre los dos lados del Pirineo que, a su vez, demuestran un buen conocimiento de las mejores rutas terrestres y los pasos de montaña más adecuados. La fluidez de movimientos de población del Bronce Medio ayuda a entender la llegada de los primeros elementos de Campos de urnas y por que seguirán más o menos las mismas vías de penetración. 7 Ruiz Zapatero, 1997. La ordenación de las fases o etapas del Bronce Final en el NE. ha seguido por un lado la periodización francesa, establecida por J. Guilaine (1972) posteriormente matizada, y por otro el esquema de Almagro-Gorbea (1977b) adoptando la terminología alemana sobre la evolución tipológica de las cerámicas acanaladas peninsulares. El problema principal sigue siendo que ambos intentos resultan un tanto complicados y, en cierto modo, artificiosos por varias causas. Primero, apenas contamos con buenas estratigrafías en asentamientos que permitan construir detalladas secuencias tipológicas. Segundo, las necrópolis tampoco han sido, generalmente, objeto de rigurosos estudios de seriación al no existir frecuentes superposiciones de tumbas y carecer de objetos claramente diagnósticos antes de la Primera Edad del Hierro. Tercero, la solución ideal una cronología radiocarbónica de valor independiente se ve lastrada porque el elenco de dataciones de C-14 sigue siendo reducido para establecer secuencias en todas las áreas. Y por último, hay que añadir que la calibración del radiocarbono ha elevado significativamente las fechas
196  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Figura 1. Mapa del NE. de la Pen  nsula Ib  rica y los territorios con prese...
LOS CAMPOS DE URNAS históricas convencionales, sin ninguna dificultad para las etapas iniciales pero supone un problema al elevar el final de la Edad del Bronce y producir un decalage con las dataciones históricas de las importaciones coloniales mediterráneas de la Edad del Hierro. La tradicional confianza en las importaciones ha hecho, en muchas ocasiones, prescindir del radiocarbono y, por otro lado, tampoco ayuda la famosa meseta de la calibración entre ca. 800 y 400 a.C. (Hallstatt plateau) que resta precisión temporal. Por todo ello y ante las limitaciones del registro arqueológico disponible en muchas de las áreas tratadas he optado por establecer grandes periodos que ofrezcan los desarrollos históricos en todas las áreas aún cuando ello suponga forzar algo los horizontes cronológicos. Situación que solo la ampliación del banco de fechas de C-14 podrá solucionar. Las dataciones sobre restos óseos cremados, realizando tests con muestras duplicadas (restos óseos-carbones de la misma tumba o dos deposiciones de restos óseos en la misma urna), como se ha hecho con éxito para los CU del O. de Bélgica8, constituyen, sin duda alguna, la vía de investigación futura. Así se podrá datar directamente los propios enterramientos y construir secuencias fiables que superen las imprecisiones de la tipocronología basada en cerámicas y/o objetos metálicos. Eso exigirá proyectos específicos multiescalares, a nivel de tumbas, cementerios y regiones enteras. Campos de Urnas Antiguos / Bronce Final II (13001100 cal. a.C. / 1100-900 a.C.) La visión desde el lado de los asentamientos puede ayudar a complementar la lectura del registro funerario. En líneas generales nos encontramos con una diversidad regional clara que diferencia las áreas costeras desde los pasos de los Pirineos Orientales hasta la desembocadura del Ebro de las tierras del interior del complejo fluvial Cinca-Segre. Por un lado, nos encontramos con pequeños poblados de cabañas en el Ampurdán y la Cataluña meridional, con precedentes en los substratos locales anteriores del Bronce. Por otro lado, las cabañas en fosa aisladas o formando pequeñas granjas y alquerías en el Vallés– Maresme con una larga historia que se remonta al Neolítico, y finalmente, los poblados de espacio central y arquitectura de piedra en el Segre-Cinca y el Bajo Aragón, un modelo protourbano cuyas raíces se encuentran en los horizontes autóctonos del Bronce Medio e incluso anteriores. En el Ampurdán, el poblado de La Fonollera fue en el Bronce Final (1100-900 a.C.) una agrupación de cabañas construidas con materiales ligeros y zócalos 8 Mulder de et al., 2007. de piedra. Las cabañas son de planta rectangular con los ángulos redondeados y pequeñas dimensiones, de 6-12 m2, disponían de hogares bien estructurados y revelan un uso diferenciado del espacio. Los equipos domésticos reflejan fuertes semejanzas entre las distintas unidades domésticas. Los hábitats del tipo La Fonollera constituyen las primeras aldeas permanentes en el extremo NE. de Cataluña. En el mediodía de Cataluña algunos hallazgos de superficie parecen documentar también la existencia de este tipo de pequeños poblados de cabañas, como es el caso de El Coll de les Forquetes de Prades o de Boella en Reus. En las planas costeras y los valles del Vallés-Maresme las pequeñas agrupaciones de cabañas excavadas en el suelo (“cabañas en fosa”) son el tipo de asentamiento exclusivo, siempre buscando los suelos más fértiles como los sitios de Can Cortés y Can Piteu-Can Roqueta. En este último sitio se trata de pequeñas estructuras con hogar, banquetas o zócalos, pozos de almacenaje y una cubierta a dos aguas con dos postes interiores. Los silos para el almacenaje de grano, abiertos en las proximidades de las cabañas, se han estudiado bien en cuanto a sus capacidades, y se reconocen dos tamaños: los pequeños o de tamaño familiar y los grandes que permitían almacenajes por encima del autoconsumo. Las similitudes de las cabañas parecen traducir pequeños grupos segmentarios dispersos por el paisaje, para los cuales la necrópolis actuaría como punto focal, representaría la visualización de la comunidad en el paisaje y la expresión material de la cohesión y la identidad del grupo. La existencia de silos grandes podría avalar el inicio de alguna diferenciación basada en la intensificación agrícola y en el control y gestión de excedentes pero, como apuntan los enterramientos, las diferencias no serían muy marcadas; por otro lado la organización de la producción agrícola y el funcionamientos de los silos vinculados a las cabañas familiares resultan insuficientemente conocidos. Los poblados con casas de piedra rectangulares y espacio central caracterizan a las terrazas y llanos del Bajo Segre-Cinca. Los emplazamientos típicos son en cumbre de colina, como Genó y en punta de promontorio como Carretelà. La información más completa e interesante viene del poblado de Genó (Aitona, Lérida)9 emplazado en un pequeña loma junto al río Segre y ocupado en el s. XI a.C. El asentamiento tiene forma de herradura con 18 casas adosadas unas a otras dejando un espacio central, probablemente de uso comunal para guardar ganado por las noches y otras actividades colectivas. Las casas son de planta rectangular y están construidas con muros de piedra trabadas con barro; postes de madera interiores de9 Maya et al. 1998. 197
LOS CAMPOS DE URNAS  hist  ricas convencionales, sin ninguna di   cultad para las etapas iniciales pero supone un problema...
198 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Figura 2. Poblado de Genó: A, planta con detalles del interior de las casas y B, intento de reconstrucción mirando al interior. (A según Maya y Cuesta 1989 y B según Bosch y Santacana 2009). bieron ayudar a sostener la techumbre, que sería a un agua. La superficie útil fue de unos 35-40 m2. Las dimensiones semejantes de todas las viviendas y la similitud de los ajuares domésticos sugieren una comunidad más bien igualitaria. Sólo la casa 2 resulta excepcional: es más grande, tenía un hogar de grandes lajas clavadas -exclusivo en el poblado– y fue un taller metalúrgico como revelan diversos restos de actividades de fundición. Además el equipo cerámico era el más variado y numeroso de todas las viviendas. Por todo ello la casa 2 bien pudo ser la casa del fundidor y cabeza de familia más importante de la comunidad y tal vez revela así el comienzo de un incipiente grado de diferenciación social. La compleja organización de estos poblados se advierte incluso en la existencia de cisternas como la de Regal de Pídola. Estas primeras comunidades del Bronce Final fueron pequeñas en términos demográficos, probablemente entre 40 y 100 habitantes, para los poblados del Segre-Cinca, como Genó, Carretelà y Montefiu que cuentan con 20-25 casas. Figuras parecidas habría que imaginar para las aldeas del Ampurdán y el mediodía de Cataluña y posiblemente menores –pequeñas agrupaciones de unas pocas familias– serían los grupos de las cabañas del Vallés. Con todo, parece que regiones como el Bajo Segre o el Vallés tuvieron una relativa alta densidad de población, en el primer caso con poblados que controlaron los buenos suelos agrícolas del fondo de valle y en el segundo mediante un modelo de poblamiento muy disperso de granjas y alquerías como demuestra el caso de Can Roqueta. Los primeros asentamientos del Bronce Final tuvieron, en algunos casos, vidas tan cortas que no permitieron generar necrópolis de cierta entidad –como se ha sugerido para Genó– y en otros, los cementerios establecidos fueron tan pequeños que son difícilmen- te detectables arqueológicamente. Este hecho podría ayudar a entender por qué no hay grandes necrópolis en la fase más antigua del Bronce Final. Además este periodo de cambio y transformaciones a finales del II milenio a. C. originó enterramientos con una diversidad de rituales mixtos previos a la generalización de las necrópolis de incineración por todo el NE. peninsular. Diversidad que también existe en el Sur de Francia10. En resumen, las pequeñas comunidades de comienzos del Bronce Final construyeron en sus asentamientos, viviendas muy parecidas estructuralmente y con una misma organización del espacio doméstico. El control y acceso desigual a los fabricados metálicos no es muy acusado entre las distintas unidades domésticas aunque encuentra su correlato en algunas tumbas que se destacan por las pequeñas cantidades de bronce amortizado. La emergencia de algunos individuos que adquieren mayor estatus y poder podría ser el fenómeno social más relevante del momento. Las armas y los equipos de guerrero citados más arriba y los depósitos de bronce de finales de esta etapa serían la expresión más inequívoca del proceso, que en cualquier caso sólo debió afectar a algunas áreas11. Si consideramos, para empezar, el propio ritual funerario el cuadro que nos ofrece la etapa de Campos de Urnas Antiguos (1100-900 a.C./1300-1100 cal. a.C.) es cuando menos complejo12. Por un lado, encontramos la pervivencia de las diversas manifestaciones del ritual inhumador colectivo, en cuevas o en los últimos megalitos, los “viejos rituales”, sobre 10 11 12 Dedet, 2004. Ruiz Zapatero y Rovira, 1994-96. Ruiz Zapatero, 2001: 261ss..
198  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Figura 2. Poblado de Gen    A, planta con detalles del interior de las casas...
LOS CAMPOS DE URNAS Figura 3. Ajuares de la necrópolis de Can Missert (Tarrasa, Barcelona) de la fase de Campos de Urnas Antiguos. todo en las áreas de montaña y más marginales; por otro lado, la tímida implantación de la incineración en urna formando necrópolis –el nuevo ritual– en las áreas “abiertas” del Segriá y el Vallés, y por último, un conjunto de tradiciones funerarias que mistifican los viejos rituales y el nuevo y configuran unos “rituales mixtos”, como la incineración en cueva o la inhumación tumular colectiva e individual, que deben representar casos de enterramientos minoritarios, un tanto excepcionales pero comprensibles en unos momentos de crisis y cambios culturales. La distribución geográfica de los patrones funerarios revela que las nuevas costrumbres mortuorias tuvieron una adopción limitada. Debieron ser muchos y variados los factores que intervinieron en la difusión de las nuevas ideas funerarias, pero sin duda el diferente peso de los sustratos culturales y la mayor o menor entidad de los grupos incineradores tuvieron mucho que ver con la diversidad del registro funerario de este momento. Conocemos pocos enterramientos de la fase más antigua de Campos de Urnas, fundamentalmente en el centro de la depresión costera catalana y en el Bajo Cinca-Segre. El análisis de los ajuares funerarios revela dos características básicas: 1) la homogeneidad y sencillez de los equipos funerarios, ya que la norma es la sola urna cineraria, en muchas ocasiones con tapadera cerámica o losetas y no parece que existiera una producción cerámica normalizada para el ritual funerario, y 2) la reducida amortización de metal como ajuar. Son muy pocas la tumbas que incluyen algún objeto de bronce. Así en la fase más antigua del cementerio de Can Missert de Terrassa lo común es la urna funeraria por todo ajuar y sólo contadísimas tumbas añaden cierta riqueza. Así la tumba 18 tenía un ajuar especial: una aguja con cabeza de aro de bronce, dos vasitos globulares y un cuenco troncocónico. Por otro lado, resulta ciertamente difícil determinar en que medida esta tumba perteneció a un individuo diferenciado por su mayor estatus. En la necrópolis de Can Piteu-Can Ro- 199
LOS CAMPOS DE URNAS  Figura 3. Ajuares de la necr  polis de Can Missert  Tarrasa, Barcelona  de la fase de Campos de Urnas...
200 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA queta13 –la mayor conocida hasta ahora en todo el NE. peninsular con 1058 tumbas– la mayoría de las tumbas del Bronce Final (1000-750 AC) no tienen otros elementos de ajuar que la urna cineraria. Sólo unos pocos enterramientos, un 7% del total, incluyen objetos metálicos y suelen ser apenas uno o dos bronces, relacionados con la higiene y aseo personal –navajas de afeitar y pinzas– y con el adorno y vestuario: anillos, brazaletes, botones y alguna otra pieza. Alrededor de una veintena de tumbas contienen ofrendas animales. Parece que los grupos familiares son autárquicos y las asimetrías en los ajuares funerarios no son grandes sugiriendo algunas diferencias de estatus aunque resulta muy difícil definir la esfera personal de los individuos. En fin, como sucede también en el Languedoc parece que en Can Piteu-Can Roqueta prevalece una organización de tipo comunitario en la que unas familias tienen mayor influencia y estatus pero dentro del límite estricto de la comunidad. Y aún así la distancia social se vislumbra de forma imprecisa. En el Bajo-Segre Cinca las tumbas de los cementerios más antiguos del Bronce Final siguen la misma tónica en cuanto a la escasa disimetría de los ajuares funerarios. En general las escasas sepulturas conocidas de los Campos de Urnas Antiguos apuntan a una sociedad bastante igualitaria y con pocos medios materiales para marcar posibles diferencias de estatus. Por otra parte, se ha destacado que la rareza de armas en depósitos y tumbas –las pocas conocidas son piezas antiguas rotas, de procedencia foránea y fuera de contexto– expresa la reducida conflictividad de la época. No obstante, habría que recordar que las espadas largas como las de La Llacuna, la de Zaragoza de tipo Hemigkofen –un molde para fundir estoques de este tipo se halló junto a otros moldes en el poblado de El Regal de Pídola–, el cuchillo de tipo Dasice de Tarragona, algunas puntas de lanza (Can Sadurní y Can Xamanet, Barcelona) y, ya en la transición a la etapa siguiente, la cnémide del depósito de Llavorsí y una hoja de espada de lengua de carpa no dejan de asociarse a elites con equipos de combate eficaces que, sin duda, fueron, al mismo tiempo elementos de exhibición de poder. Estos equipos de guerrero, como en otros ámbitos del Bronce Final europeo sólo debieron llegar a un número muy limitado de individuos dentro de cada comunidad e incluso, tal vez, eso no ocurrió en todas las comunidades de la época. Pero sí parece fuera de toda duda que el bronce fue un elemento de estatus y distinción social. Las comunidades de los primeros momentos del Bronce Final fueron agricultoras de cereal y ganade13 Carlús y Lara, 2004, Carlús et al., 2007, López Cachero, 2006. ras de ovicaprinos, bovinos y suidos, aunque contamos con pocos datos que encima faltan en algunas áreas. Con todo, parece evidente la continuidad en la agricultura cerealista respecto al Bronce pleno ya que la cebada vestida (Hordeum vulgare) y el trigo desnudo (Triticum aestivum /durum) siguen siendo las especies mayoritarias, especialmente en las tierras llanas del Cinca-Segre14. Son plantas que se complementan bien y reflejan un modelo ampliamente establecido en todo el arco del NO. mediterráneo. Además hay mijos (Panicum miliaceum L.) que podrían haber introducidos desde el SE. de Francia. Es posible que se emplearan arados sencillos sugieriéndose su introducción anterior con influencias poladienses. Las leguminosas debieron ser un cultivo secundario con, al menos, lentejas (lens culinaris), guisantes (pisum sativum) y almortas (Lathycus sp.). Desconocemos si se practico algún sistema de rotación de cultivos. Además se recolectaron bellotas, ricas en proteínas y harinosas que pudieron ser un buen sustituto de cereales en años de malas cosechas y también en algunos sitios se aprovecharon uvas silvestres. La vida agraria giraba en torno a las tierras del cereal de secano inmediatas a los poblados y aldeas y quizás algunas huertas en las proximidades de los ríos. Las cabañas ganaderas más importantes fueron ovicaprinos y bovinos, según áreas y algo de cerdo. El grano de cereal se guardaba en grandes recipientes dentro de las casas en las planas occidentales y en silos en las áreas prelitorales y costeras. Sobre la alimentación contamos con información relativamente completa del poblado de Genó; los análisis de residuos de contenidos en algunos recipientes cerámicos dan una idea de toda una serie de productos preparados, almacenados o consumidos en ellos15. Algunos revelaron restos de cerveza mientras que otros recipientes contuvieron productos lácteos, grasas de origen animal (caldos o carne en adobo), sangre, bellotas, harina de cereales y miel de abeja, en un caso empleada en una especie de mermelada o dulce de frutas de mora. Lo que junto a los cereales consumidos en forma de tortas o gachas nos ofrece un cuadro de la dieta alimenticia más variado de lo tradicionalmente imaginado. En Genó se ha conservado algún horno panificador y cada casa contaba con varios molinos de vaivén para preparar la harina. El hallazgo de grandes recipientes junto a las fachadas de las casas revela el sistema de aprovechamiento de agua de lluvia para disponer de reservas. En el futuro los estudios de formas de dieta alimenticia a través de isótopos y las posibles diferencias intragrupo –reconocibles en un desigual acceso a una alimentación rica y regular– serán claves para 14 15 Alonso, 2000. Juan-Tresseras, 1998.
200  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  queta13    la mayor conocida hasta ahora en todo el NE. peninsular con 1058 ...
LOS CAMPOS DE URNAS Figura 4. Tipos de viviendas en las distintas regiones del NE. peninsular: ca. 1100-700 a.C. (según Ruiz Zapatero 2005). realizar lecturas sociales. La caracterización social de las comunidades se descubre mejor, como en otras regiones europeas de Campos de Urnas, en las prácticas funerarias que revelan una transformación ideológica16. Los primeros cementerios de incineración 16 Fokkens, 1997. representan una clara ruptura con los viejos rituales inhumadores del Bronce Pleno de comunidades autónomas basadas en el parentesco. En las necrópolis del Bronce Final a cada individuo –aunque nos queden dudas sobre si se enterraba toda la población– se le permite ser visible como un antepasado, incluidos los niños, a pesar de que exista una diversidad de 201
LOS CAMPOS DE URNAS  Figura 4. Tipos de viviendas en las distintas regiones del NE. peninsular  ca. 1100-700 a.C.  seg  n ...
202 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Figura 5. Cronología radiocarbónica de sitios del Bronce Medio y Bronce Final con las fechas más antiguas para los primeros enterramientos de incineración. (según López Cachero 2011 con añadidos). tumbas. Las tumbas de incineración claramente separadas entre sí expresan, de alguna forma, la emergencia de la individualidad, aunque no se olvide lo colectivo, ya que los cementerios simbolizan, a través de su uso continuado, la solidaridad del grupo y su permanencia en el territorio. Y de hecho las necrópolis enfatizan las comunidades locales como unidades sociales importantes pero la autoridad de los grupos parentales ha dejado paso a la autoridad ganada por los individuos en el seno de familias nucleares autónomas. No podemos desgraciadamente explorar los criterios básicos de diferenciación en el ritual funerario: la edad y el sexo –ante la dificultad de reconocerlos en los restos cremados– y sólo podemos aproximarnos al estatus a través de los ajuares funerarios. Las asimetrías en los ajuares son muy tenues pero ciertamente la tumba 18 de Can Missert, como la casa del fundidor de Genó, parece representar el inicio de una tímida diferenciación social dentro de comunidades bastante igualitarias ya que no existen ajuares “ricos”. Algo parecido expresaran los pocos objetos broncíneos que empiezan al final del período a ser amortizados en depósitos, práctica que se incrementara en la fase siguiente. Lo verdaderamente relevante es la nueva ideología que convierte en antepasado a cada individuo enterrado en tumbas planas o tumulares. El establecimiento de genealogías en los cementerios y la capacidad de ganar poder y estatus según las habilidades personales apuntan a la aparición de un sistema gentilicio. Sistema que tiene su correlato en los asentamientos con unidades domésticas de familia nuclear. La “revolución ideológica” gentilicia se convierte así en la clave de la expansión futura del ritual funerario y ese ritual viene del otro lado de los Pirineos. En otras palabras, el ritual de los Campos de urnas es la expresión ideológica de las nuevas sociedades gentilicias, por más que demográficamente sean de escasa entidad, muy posiblemente en el rango de unas pocas decenas hasta algo más de un centenar de efectivos. El impacto de los Campos de Urnas no resulta fácil de evaluar. Pero hay una serie de cuestiones que sí
202  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Figura 5. Cronolog  a radiocarb  nica de sitios del Bronce Medio y Bronce Fi...
LOS CAMPOS DE URNAS ayudan a esbozar el escenario más plausible. Es cierto que las primeras cerámicas acanaladas preceden, por lo que sabemos hasta ahora, a las necrópolis de incineración (ver Figura 5) pero no es menos cierto que estamos hablando de unas pocas generaciones, quizás 4 ó 6, en ese desfase. Y eso puede explicarse, en parte, por el tiempo necesario para formar grandes cementerios y ayuda a comprender los casos de rituales mixtos que hemos visto en un periodo de transición. Es muy probable que los primeros grupos que se filtran por los pasos pirenáicos del Alto Segre o de la banda costera oriental, en sus primeros movimientos de entrada en los nuevos territorios no generasen áreas cementeriales de entidad, solo con el tiempo en el transcurso de unas pocas generaciones el nuevo ritual se irá imponiendo17. Las pocas fechas de C-14 disponibles para los primeros enterramientos de incineración no marcan un punto fijo en el tiempo en el que se introduce la cremación, y sí una transición –mejor transiciones según las áreas con diferentes variaciones– más o menos larga/s. Se ha sugerido, por datos de algunos cementerios centroeuropeos, que usualmente se tardaría al menos dos generaciones para la adopción plena del nuevo ritual y además eso no sería simultáneo a nivel regional18. Y las cerámicas acanaladas de los Campos de Urnas son difícilmente disociables del ritual incinerador al que acompañarán siempre. Por otro lado la fuerza y capacidad expansiva del nuevo ritual es ideológica, la aparición de una nueva organización social gentilicia que se irá imponiendo sobre los sustratos autóctonos de las viejas poblaciones del Bronce. Eso encaja bien con la continuidad en las formas de subsistencia o la diversidad del poblamiento con fuertes raíces locales según las áreas pero también con la introducción de nuevos tipos metálicos y cerámicos. Todo ello implico la llegada de grupos pequeños, reducidos pero que podrían dejar huellas sin constituir el grueso de la población. Los nuevos estudios paleogenéticos pueden arrojar algo de luz en este sentido. La distribución europea del haplogrupo (ADN-Y) R1b-U152 se ha comparado con la del complejo de Campos de urnas aunque también pueda recoger las migraciones posteriores celtas19. La densidad del R1b-U152 tiene su mayor densidad en el N. de Italia e irradia desde allí. La mutación se extiende gradualmente como ondas al arrojar una piedra en una superficie de agua y se ajusta bien a la idea de individuos moviéndose sobre cortas distancias en un tiempo más o menos largo. Así ese patrón de mutación no será dominante en ningún sitio, aunque los 17 18 19 Ruiz Zapatero, 2001: 264-66. Rabay-Salisbury, 2012: 21. Manco, 2013: 180s. desplazamientos de población de la Segunda Edad del Hierro hayan contribuido a su distribución actual como claramente revela su presencia en el centro de Anatolia (Gálatas). Es cierto que en el caso de la Península Ibérica R1b-U152 está más extendido por el territorio que la máxima expansión de Campos de Urnas pero bien podría explicarse por los movimientos posteriores de grupos célticos hacia el O. y SO. peninsular. Esa capacidad expansiva es relevante también para explorar la dimensión lingüística. No conocemos la/s lengua/s que hablaron las gentes de Campos de Urnas en la Península Ibérica20 pero por su distribución geográfica y el panorama lingüistico europeo posterior es muy posible que fuera/n de la familia indoeuropea (IE). Valdría la pena recordar que el único caso de relación muy plausible entre un grupo de Campos de Urnas –Canegrate, N. de Italia, o mejor su evolución directa el grupo de Golasecca– con una lengua es el lepóntico, la más antigua lengua celta conocida. Campos de Urnas Recientes / Bronce Final III (1100900 cal. a.C. / 900-700 a.C.) En la segunda fase (Campos de Urnas Recientes o Bronce Final III) se producen una serie de cambios que desarrollan algunas de las tendencias observadas en el comienzo del Bronce Final. El poblamiento de esta etapa continúa los modelos anteriores y, sobre todo, afianza la estabilidad de los asentamientos que muestran –en muchas ocasiones– largas ocupaciones con potentes estratigrafías. En el Ampurdán y comarcas limítrofes perduran las aldeas de cabañas –aunque contamos con pocas excavaciones– y no parece existir jerarquía alguna en el patrón de poblamiento. En el Vallés se prolonga la tradición de alquerías y pequeñas aldeas de cabañas excavadas en el suelo con un modelo de poblamiento disperso, mientras que en las tierras del mediodía de Cataluña los primeros poblados estables con arquitectura de piedra, del tipo Molá y La Mussara sustituyen a las agrupaciones de cabañas de la etapa anterior. En las planas occidentales del Cinca-Segre los poblados de espacio central con casas de piedra constituyen la norma general. Este modelo de poblado se extenderá al Bajo Aragón, donde el mejor ejemplo lo encontramos en el Cabezo de Monleón. En todo el NE. de la Península Ibérica, lamentablemente los datos sobre los equipamientos domésticos de cada unidad habitacional son muy escasos y los asentamientos con varias viviendas bien documentadas todavía lo son más. El poblado del Cabezo 20 Villar y Prósper, 2005, de Hoz, 2009. 203
LOS CAMPOS DE URNAS  ayudan a esbozar el escenario m  s plausible. Es cierto que las primeras cer  micas acanaladas preced...
204 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Figura 7. Urna con decoración de estilo mailhaciense del cementerio de Agullana (Gerona). Figura 6. Ajuares masculino (tumba 170) y femenino (tumba 207) del cementerio de Agullana (Gerona). de Monleón permite reconstruir un poblado en un altozano amesetado, con 58 casas formando dos hileras que dejan un espacio central que en uno de los extremos tenía una balsa para la recogida de agua. La población pudo ser de unos 250-300 habitantes y las plantas y organización interna de las casas revelan una gran homogeneidad. Las viviendas eran de planta rectangular, con superficies de entre 25 y 40 m2 y estaban organizadas en tres ámbitos: vestíbulo, estancia principal con el hogar y despensa o almacén el fondo. La relativa uniformidad en la disposición de hogares, hornos, bancos y alcenas o depósitos en alguna esquina de los vestíbulos indica, como se ha señalado también en las viviendas de piedra del Segre-Cinca, la autonomía de la domus y el peso de la familia nuclear como institución básica. No se aprecian diferencias notables entre los equipamientos de las casas, aunque es posible que dos de ellas albergaran un pequeño taller textil y un taller harinero y otras dos podrían haber funcionado como pequeños talleres metalúrgicos por la presencia de hornos de fundición y restos de moldes. Parece que en todos los casos estas actividades artesanales se desarrollaron dentro del ámbito familiar. El poblado tarraconense del Barranc de Gàfols21 ofrece un panorama similar con un excelente registro arqueológico. Parece que en esta etapa tanto las cabañas del Ampurdán y el Vallés-Maresme como las casas de piedra y adobe del Segre y el Bajo Aragón mantienen simetrías en los equipos domésticos. Lo que necesariamente no significa que fueran comunidades igualitarias ya que las distancias sociales podrían venir 21 Sanmartí et al. 2000. marcadas en otros aspectos de la vida cotidiana, p.e. la capacidad de almacenaje de grano y otros recursos alimenticios. Por otra parte, disponemos de pocos poblados o aldeas excavados en extensión como para poder realizar lecturas sociales comparando unidades domésticas. En cuanto a las tradiciones funerarias en esta fase se extiende y generaliza la incineración aunque existan tradiciones regionales diferenciadas Los cementerios de esta etapa ofrecen una serie rasgos rituales compartidos y otros específicos de cada uno de ellos, como se ha señalado para el grupo del Cinca-Segre. Estas diferencias parecen indicar que la comunidad de cada asentamiento reivindica de esta manera unos rasgos culturales propios, lo que modifica la imagen uniforme del periodo anterior y plantea que la dependencia social para la reproducción del sistema está perdiendo o ha perdido ya el carácter estructural de los Campos de Urnas Antiguos. Esa fractura social afecta también a la composición de cada comunidad en la medida que el estudio de necrópolis bien conocidas –Els Castellets de Mequinenza o Roques de Sant Formatge– demuestra que han estado funcionando simultáneamente distintos sectores funerarios separados entre sí. Ese hecho sugiere que dentro de cada poblado habría grupos familiares que expresan así los vínculos que los unen, independientemente de que se traduzcan o no en un mayor o menor grado de autonomía económica colectiva. Los primeros cementerios de cremación suponen un cambio importante por varias razones22. Primera, porque supone un tratamiento individualizado y normalizado para, al menos, la mayoría de la población. Segunda, porque el hecho de la cremación distancia a los vivos de los muertos de una manera distinta a los 22 Rebay-Salisbury 2010.
204  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Figura 7. Urna con decoraci  n de estilo mailhaciense del cementerio de Agul...
LOS CAMPOS DE URNAS rituales de inhumación: con los rituales de cremación no importa tanto la presencia física de los antepasados en el territorio sino la pertenencia a la comunidad y de ahí derivan derechos, privilegios y estatus. Tercera, porque supone “sacar” a los muertos del asentamiento y crear un espacio discreto para ellos, visible desde el propio asentamiento y susceptible de ser visitado por los miembros de la comunidad; de alguna forma la disposición de los cementerios es otro elemento de construcción social del paisaje. Por último, la cremación es innovadora porque se puede sugerir que los ritos de cremación y postcremación funcionaron como tecnologías de rememoración ya que la cremación favorece formas distintivas de compromiso con la materialidad de los muertos. La pauta general que encontramos en los cementerios de este periodo es que desde un comienzo con tumbas sencillas y ajuares estandarizados (urna cineraria, más un vaso y/o algún objeto de bronce en las más “ricas”) se va produciendo un fenómeno de mayor complejidad social con estructuras funerarias con más inversión de trabajo y una progresiva diferenciación de los ajuares y las ofrendas que anuncia los cambios de la Primera Edad del Hierro. En el Ampurdán la necrópolis de Agullana23 refleja bien este proceso. Se propone que en la fase Agullana I (900-800 a.C.) pocas tumbas tienen metal y éste parece distribuirse más o menos por igual en sepulturas masculinas y femeninas mientras que en la fase II (800-700 a.C.) se incrementan las tumbas con objetos broncíneos y aparecen los primeros objetos de hierro, especialmente los cuchillos de hierro muy estrechamente asociados a las navajas de afeitar. El aumento y la diversificación de los objetos metálicos demuestra el acceso más fácil a las redes de distribución, el aumento del poder adquisitivo y la creciente voluntad de algunos individuos de distinguirse con la adquisición de bienes de prestigio. Incluso para el individuo de la T-397, con cuchillo de hierro, punta de lanza, navaja, broche de cinturón y fíbula de pivotes, se reclama la condición de “jerarca”. Y, sin duda, está simbolizando el proceso de diferenciación social interno de la comunidad de Agullana previo a la intensificación de los intercambios con los agentes coloniales mediterráneos. En el Vallés el cementerio de Can Roqueta-Can Piteu representa el mismo fenómeno. Tras la fase I (ca. 1000-750 a.C.), con una estructura social parece bastante igualitaria, las pequeñas asimetrías quizás simplemente expresen diferencias de estatus o rol dentro de la misma unidad familiar, en Can Piteu II (750-700 a.C.) hacen su aparición nuevas cerámicas 23 Toledo y Palol, 2006. Figura 8. La incineración: A, cadáver colocado sobre pira de madera, B, cuerpo en ustrinum cubierto con madera y C, recreación de la disposición del muerto en el ustrinum del cementerio de Pí de la Lliura antes de ser recubierto con leña (según Pons y Solés 2008). y algunas fíbulas de pivotes y vasos de acompañamiento y hacía el final de la fase comparecen en las tumbas los primeros cuchillos de hierro y las fíbulas de doble resorte que anuncian los nuevos tiempos ligados al comercio colonial mediterráneo. La diferenciación entre los grupos parentales se va incrementando. En el mediodía de Cataluña y el Bajo Aragón algunos cementerios proporcionan lecturas sociales muy parecidas. En Molá24 parece reconocerse una gran base social con tumbas sin metal y sin estructura funeraria. Por encima un pequeño segmento fue enterrado en el centro de la necrópolis en tumbas con estructuras complejas y por último un grupo algo más numeroso cuenta con ajuares metálicos variados incluyendo cuchillos de hierro y representa a los individuos con mayor estatus social. En la necrópolis del Coll del Moro de Gandesa la fase más antigua 24 Castro 1994. 205
LOS CAMPOS DE URNAS  rituales de inhumaci  n  con los rituales de cremaci  n no importa tanto la presencia f  sica de los ...
206 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Figura 9. Enterramientos de incineración del Bronce Final: A, tumba doble de Pí de la Lliura (E85a-E85b), B, estructura tumular con cista central,anillo perimetral y estela, C, túmulo con cista excéntrica, alzado elevado y cipo. (A, según Pons y Solés 2008,B y C según Santacana 2005). Ia (800-725 a.C.) las diversas estructuras tumulares sólo incluyen ajuares sencillos con urna cineraria más unos pocos casos que añaden brazaletes de bronce. Pero en la fase siguiente Ib (725-650 a.C.) se incrementan los ajuares funerarios con brazaletes y hacia la mitad del periodo empiezan a encontrarse vasitos de ofrenda acompañando a las urnas. Una tímida diferenciación indígena que precede a los profundos cambios de la fase siguiente que introduce el comercio fenicio desde las zonas costeras. Figura 10. Tipos de tumbas de incineración de la necrópolis de Can Roqueta – Can Piteu (según López Cachero et al. 2006). Por último, en las tierras del interior, las planas de los cursos bajos del Cinca-Segre25, la evolución de los cementerios ofrece pautas semejantes con la salvedad de que su alejamiento de los influjos coloniales de la costa mediterránea produce transformaciones menos drásticas en los equipos funerarios. En Roques de San Formatge, Bajo Segre, se identificaron más de 300 estructuras tumulares aunque sólo contamos con aproximadamente un centenar de ajuares publicados. La fase I (900-800 a.C.) no entregó ajuar 25 Vázquez 2000.
206  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Figura 9. Enterramientos de incineraci  n del Bronce Final  A, tumba doble d...
LOS CAMPOS DE URNAS Figura 11. Distribución de las principales especies animales según sus ratios de reproducción y mobilidad. La tendencia principal de consumo de carne está marcada por el área en rojo. Los valores proporcionales de bóvidos, ovejas, cabras y cerdos orientativos de la fases iniciales del Bronce Final en la Cataluña Oriental. metálico en ninguna tumba, lo que enlaza bien con la tendencia a la rareza de bronces amortizados en enterramientos del BF II y en la fase II (800-750 a.C.) apenas unas pocas tumbas contienen algunos brazaletes y/o anillos. La pobreza del bronce amortizado ayuda a entender la deposición de industria lítica y hasta de algunas hachas de piedra pulimentada en ciertas tumbas. Desde la línea del Ebro algunas tumbas y pequeños cementerios de incineración y las típicas cerámicas acanaladas demuestran penetraciones de pequeños grupos o la circulación de elementos culturales de los CU del NE hacia el Sur, afectando a tierras del Levan- te y llegando hasta el SE26. Son claramente elementos minoritarios intrusivos en el horizonte de las etapas finales del Bronce Valenciano. Por un lado se trata de cerámicas acanaladas encontradas en asentamientos del Bronce local como Castellet de Borriol, Tabaià y la Mola d’Agres (Alicante) que se pueden fechar alrededor del 1000 a.C. Quizás denoten intercambios o prácticas exogámicas. Y por otro lado, encontramos agrupaciones pequeñas de enterramientos tumulares y mayoritariamente planos de incineración, como Sal26 Lorrio, 2009-10, Rafel et al., 2008: 258-62. 207
LOS CAMPOS DE URNAS  Figura 11. Distribuci  n de las principales especies animales seg  n sus ratios de reproducci  n y mo...
208 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Figura 12. Los objetos broncíneos; A, mapa de distribución de armas y depósitos de bronce (Bronce Final); B, depósito de Sant Martí d’Empúries y C, depósito de Ripoll (A, según Rafel et al. 2008, B y C, según Bosch y Santacana 2009). zadella y El Boverot y unas pocas necrópolis de mayor entidad como Peña Negra-Les Moreres (Alicante), cuya fase I del Bronce Final cuenta con poco más de 30 tumbas, y La Loma del Boniche ya del Hierro I. Al Sur del Vinalopo ya no hay necrópolis pero si tumbas más o menos aisladas. El grupo de incineraciones del Bronce Final del SE (Qurénima) recientemente reestudiado27 revela incineraciones aisladas con cerámicas de tradición de CU junto a brazaletes decorados, torques y ciertos tipos de cuentas que apuntan en la misma dirección. La llegada de pequeños grupos de gentes incineradoras, a partir de 900/850 a.C., parece la explicación más convincente. La agricultura siguió siendo cerealista, con mucha cebada, diversos tipos de trigo y mijos, más secundariamente están las leguminosas mientras que el lino fue probablemente cultivado con fines artesanales (textil)28. El cereal supuso, con diferencia, el cultivo más importante y tiene una alta ubicuidad en los asentamientos (80%-90%). En las tierras bajas 27 28 Lorrio, 2008. Alonso, 2000, Albizuri et al., 2011. del Segre-Cinca la densidad de población creo una red de poblados separados por cortas distancias (5-6 km) que expresa el valor de la agricultura cerealista de secano. No conocemos instrumentos agrícolas metálicos –salvo un fragmento de hoz con enmangue de botón del depósito de Sant Martí d’Empuries– y los “dientes de hoz” de sílex suplieron al metal. El arado es muy posible que se utilizara desde mediados del II milenio a.C. y una iconografía de posible actividad de roturación en una cerámica de Camp Redón (Mailhac I) apoya su empleo en este período. El almacenaje de grano se realizo en silos excavados en subsuelo en las áreas orientales y del interior de Cataluña mientras que grandes recipientes cerámicos en las despensas de las casas fueron el sistema generalizado en las tierras occidentales. La capacidad de almacenamiento de los silos del Bronce Final (900-2800 l.) supone un crecimiento significativo respecto a etapas anteriores y bastantes silos rebasan el consumo medio de unidad familiar estimado en unos 1000-1500 litros anuales. Se generan así excedentes para posibles intercambios. La ganadería continúa teniendo el predominio de bóvidos en las áreas litorales y prelitorales y de
208  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Figura 12. Los objetos bronc  neos  A, mapa de distribuci  n de armas y dep ...
LOS CAMPOS DE URNAS Figura 13. Depósito de Llavorsí y gráfico de su composición tipológica. (según Gallart 1991 modificado). ovejas y cabras en el interior y planas occidentales del NE29. El peso teórico de aportación cárnica sobre NRD de la triada ganadera básica enfatiza el valor de bóvidos, casi el doble de ovicaprinos, y la poca importancia del cerdo. Los patrones de sacrificio, con elevación de la edad de muerte de bóvidos y cerdos, muestran una especialización ganadera y probablemente un incremento del aprovechamiento de productos secundarios. El caballo, con muy escasa presencia, pudo jugar sin embargo un papel relativamente importante como animal de monta y tiro. Algunos contextos revelan además implicaciones simbólicas de restos de équidos. La aparición del carro no esta arqueológicamente atestiguada pero resulta muy probable. La producción de objetos broncíneos se incrementa a juzgar por el aumento del número de moldes en asentamientos del Segre-Cinca y Bajo Aragón, la aparición de depósitos de bronces y el crecimiento de la cantidad de objetos metálicos en los ajuares de las tumbas. Resulta difícil caracterizar la tecnología metalúrgica pero se ha sugerido que pudo ser introducido el horno de cubeta y la técnica de fundición a la cera perdida. Los análisis muestran aleaciones binarias de cobre con altos contenidos de estaño, muy parecidas a las del Sureste francés, y los moldes de pìedra son más sofisticados, muchos bivalvos presentan ahora las dos matrices labradas. Aunque también haríamos bien en ir más allá de la tecnología y considerar a los broncistas y su trabajo dentro de unas condiciones un tanto mágicas como invitan a considerar muchos casos etnográficos e históricos. Las ocultaciones de bronces no son muy abundantes pero, al menos, 8 depósitos y algunos más perdidos, testimonian la tendencia a acumular piezas de metal con distintas finalidades, aunque ninguno parece tener significado votivo o ritual. Todos ellos son ocultaciones en tierra seca o roca, se fechan entre ca. 1100 y 800 a.C. y su distribución marca una gran ruta a lo largo del río Segre y sus afluentes y otras dos menores: el Ter y la llanura costera catalana30. Los depósitos son de varios tipos: a) “personales”, con piezas completas nuevas o casi sin uso como el de Sant Aleix con 17 brazaletes; b) de “mercader” o buhonero para reciclar metal, con piezas inservibles, como los de Ripoll y Font Major o el de Llavorsí, el más grande con 148 piezas y 7,38 kg de bronce que reunía piezas rotas y/o fuera de uso: 67 brazaletes, 52 botones, 9 hachas, 4 placas de cinturón, 2 piezas de arreo de caballo, una hoja de espada y una cnémide31; y por último, c) depósitos específicamente de “fundidor”, caso de Serra del Monderes compuesto íntegramente por tortas plano-convexas. No obstante se sugiere recientemente que muchos depósitos responden a una fragmentación de piezas estructurada y por tanto lejos de la idea tradicional de depósitos de chatarra para reciclar. Un idea para explorar en las tierras del NE. de Iberia. El hallazgo más reciente de Sant Martí d’Empúries –un lote de 8 herramientas con hachas, un cincel y un fragmento de hoz de botón, algunas enteras y otras rotas–, tiene el interés de provenir de un contexto de habitación, aunque ocultado en una oquedad de la roca. En general, la mayoría de 30 29 Albizuri et al., 2011: 22-25. 31 Ruiz Zapatero y Rovira, 1994-95, Rafel et al., 2008: 248s. Gallart, 1991. 209
LOS CAMPOS DE URNAS  Figura 13. Dep  sito de Llavors   y gr     co de su composici  n tipol  gica.  seg  n Gallart 1991 mo...
210 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Figura 14. Esquematización idealizada de la comunidad de la necrópolis de Molá (Tarragona). Individuos sin ajuares metálicos (blanco), individuos en estructuras funerarias complejas con posiciones de privilegio (rayado) e individuos de mayor estatus con equipos metálicos más ricos (negro) (según Ruiz Zapatero 2001). las piezas foráneas provienen de talleres del centroeste de Francia que a través del Ródano y el Languedoc siguiendo circuitos bien establecidos alcanzaban, en manos de metalurgos ambulantes, los pasos del Alto Segre y los Pirineos orientales. El conjunto de moldes de Cantaperdius, en la ruta del Segre, incluía, entre otros, moldes para navajas, espadas y agujas de tipos ampliamente extendidos por diversas regiones de Centroeuropa32. Y sugiere que algunos broncistas, quizás especializados en piezas de prestigio, conocían bien o trajeron consigo moldes con matrices de tipos centroeuropeos, que contrastan con decenas de moldes “simples” (hachas, varillas, puntas de flecha, escoplos…) dispersos por muchos poblados del Segre, Medio Ebro y Bajo Aragón. Existía, pues, una amplia conectividad y productos y materias se movían y circulaban, incluso a grandes distancias, aunque desconozcamos los mecanismos concretos que lo hacían posible. Parece claro, a juzgar por la escasa amortización global de bronce en las tumbas y su rara presencia en 32 Rovira, 2004. los contextos domésticos, que el metal fue una forma de acumular “riqueza” y armas y adornos elementos de prestigio, marcadores de estatus social. Las herramientas, los adornos personales y algunas armas presentes en los depósitos evidencian el valor del bronce, su “atesoramiento” y aprovechamiento mediante un continuo reciclaje y chatarreo de piezas obsoletas o inutilizadas, quizás con metalurgos especializados como sugiere el taller de una de las casas de La Colomina en el Valle del Segre o la concentración de moldes en algunos poblados como El Roquizal del Rullo (Bajo Aragón). Sólo una reflexión final, recordar que no conocemos exactamente las razones de los ocultamientos broncíneos y que incluso sus contenidos no tienen porque reflejar una muestra representativa de los tipos metálicos en circulación. Como ha sugerido Bradley33 una posible exploración más profunda de esta cuestión sería un estudio contextualizado de correlación entre los tipos hallados en los depósitos y los fabricados en los moldes de fundición. Los depósitos deberíamos considerarlos una parte de una 33 Bradley 2013: 129.
210  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Figura 14. Esquematizaci  n idealizada de la comunidad de la necr  polis de ...
LOS CAMPOS DE URNAS Figura 15. Centro de Aldovesta (Tarragona): A, Planimetría con los diversos espacios funcionales y el almacén “fortificado”; B, situación geográfica, C, recipientes anfóricos, D, intento de reconstrucción del centro y E, funcionamiento del sitio como port-of-trade acaparando las importaciones mediterráneas y redistribuyéndolas hacía los poblados del interior. (A y C según Mascort et al. 1991,B y E autor y D, según Bosch y Santacana 2009). indagación más amplía sobre la deposición de metal y no disociarlos del descubierto en hallazgos aislados y del amortizado en las tumbas. En este periodo se advierten dos tendencias generales, por un lado un crecimiento demográfico sostenido reconocible en el aumento del número de asentamientos y del número total de tumbas, la intensificación agrícola y ganadera proporcionando la capacidad para ocupar nuevas áreas (Valle Medio del Ebro e incursiones en Levante); y por otro, una mayor sedentarización, fijación a la tierra de los grupos humanos, que tiene su traducción en el aumento de estructuras de almacenaje de grano y de molinos y continuidades en ocupaciones de asentamientos y utilización de cementerios. Algunas comunidades alcanzaron los 200300 habitantes, contando el número de viviendas de los poblados más grandes, aunque las estimaciones a partir de necrópolis demuestran que pequeños grupos aldeanos y familiares dispersos en alquerías siguieron constituyendo la mayoría de la población. Como indican los 82 enterramientos de Pí de la Lliura34 acumulados en alrededor de 200 años o poco más. La caracterización de la estructura demográfica de estas pequeñas comunidades es difícil porque los restos 34 Pons et al. 2008. cremados no permiten buenos análisis antropológicos. Pero de trabajos recientes como el de Pí de la Lliura emerge una visión un tanto peculiar. En la muestra de individuos identificables hay una fuerte presencia de niños (37%) y de jóvenes entre 7-12 años (4%) mientras que los subadultos (20%) y adultos sin precisión (+ 20%) no parecen bien representados. La alta mortalidad infantil, con valores de más del 50%, fue una constante y si atendemos a valores de otros grupos europeos coetáneos, donde la esperanza de vida al nacer era terriblemente baja (17-20 años), tendremos una idea aproximada de la corta vida de estas poblaciones. Sobre la organización social el limitado acceso de individuos a ajuares más “ricos”, demuestra grupos con escasa distancia social aunque, una vez más, hay que recordar que estamos lejos de comprender realmente el valor de los equipos funerarios. Lo cierto es que dentro de las pocas asimetrías en las tumbas ya sobresalen algunas tumbas con objetos de bronce y otras sin ajuar, incluso sin urna cineraria. Grupos del Hierro I de tradición de Campos de Urnas (ca. 750/700-500 a.C.) A partir de finales del s. VIII a.C. los grupos regionales de Campos de Urnas del NE. peninsular expe- 211
LOS CAMPOS DE URNAS  Figura 15. Centro de Aldovesta  Tarragona   A, Planimetr  a con los diversos espacios funcionales y e...
212 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Figura 16. Planta de la fortaleza de Els Vilars (Arbeca, Lérida). rimentan evoluciones propias con una marcada diferencia entre los grupos de las áreas costeras (Ampurdán, depresión prelitoral catalana, Bajo Ebro y Bajo Aragón) y los del interior (Cinca-Segre y Medio/Alto Ebro). Los influjos coloniales mediterráneos, primero fenicios (s. VII a.C.) y después griegos, fundamentalmente desde el foco de Ampurias, transformaron profundamente los sustratos del Bronce Final y condujeron a lo largo del s. VI a.C. a un proceso de aculturación que cristalizó en la formación del Ibérico Antiguo. En el Ampurdán la ocupación de cuevas se fue abandonando y se multiplicaron los poblados con cabañas de la tradición del BF buscando emplazamientos seguros. Las estratigrafías de asentamientos como Sant Martí d’Empuries y la Illa d’en Reixac atestiguan las primeras importaciones fenicias y en menor medida etruscas y griegas antes de la fundación de Ampurias. Desde 580 a.C. tras el ocaso de los agentes fenicios se incrementan los productos griegos, aparece las primeras cerámicas ibéricas y disminuyen las producciones a torno. En la costa central catalana y las tierras de la depresión prelitoral –especialmente el Vallés– creció el número de asentamientos de forma espectacular. Los poblados de cabañas con silos asociados siguen la tradición local y sólo la aparición de importaciones mediterráneas indica la llegada de nuevos tiempos. En el Penedés las agrupaciones de cabañas son la norma y al final surgen nuevos poblados, como Olérdola, en posiciones protegidas y con murallas. Al final del período los asentamientos de cabañas entran en declive y empiezan a crecer los poblados defendidos y con arquitectura doméstica en piedra. Una red importante de poblados se desarrolló en las tierras del mediodía de Cataluña y especialmente la comarca del Bajo Ebro en torno al factor colonial fenicio muy activo en su línea de costa. Algunas comunidades intentaron rentabilizar en su favor el comercio fenicio aprovechando su posición estratégica entre el litoral y las regiones más al interior. El mejor ejemplo es el de Aldovesta35, en el que un pequeño grupo actuó como una gateway community, acaparando productos coloniales para redistribuirlos hacía el interior. St. Jaume (Mas d’en Serra) fue otro centro de poder local que controlaba los intercambios colo35 Mascort et al. 1991.
212  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Figura 16. Planta de la fortaleza de Els Vilars  Arbeca, L  rida .  rimentan...
LOS CAMPOS DE URNAS niales fenicios. Los contactos con los fenicios fueron intensos como revela el caso del edificio cultual de Turó del Calvari (625-575 a.C.). Es una estructura singular de planta rectangular con doble ábside, con un sólido zócalo de piedra y alzado de adobe dividido en dos espacios que debió contar con un piso superior. En su interior se hallaron restos de “altares portátiles”, quemadores de perfumes y un amplio elenco de cerámicas de lujo incluyendo importaciones e imitaciones fenicias. El singular edificio expresa la fuerte influencia oriental sobre el sustrato de tradición de Campos de Urnas en una materialidad que aúna religión, ideología y poder. Una generación después muchos poblados se abandonan o destruyen coincidiendo con la interrupción del comercio fenicio. El Bajo Aragón prolonga la tradición de poblados estables con espacio central o “caserío agrupado” del Bronce Final en asentamientos, concentrados a lo largo de los pequeños valles de los afluentes del Ebro, como La Loma de los Brunos y Azaila. Las casas rectangulares con plantas tripartitas constituyen la norma. Las poblaciones estimadas oscilan entre los 60 y 300 habitantes. La región es una encrucijada de caminos que recibe influencias de la costa mediterránea –ánforas fenicias, cerámica de barniz rojo y tipos metálicos muy característicos como las fíbulas de doble resorte y los cuchillos de hierro– y del Cinca-Segre; a su vez difundirá elementos hacía el reborde oriental de la Meseta y el Valle Medio del Ebro. En el s. VI llegaron producciones griegas de figuras negras y rojas, otras cerámicas de barniz negro y kylikes etruscos. En todas las áreas costeras las transformaciones del impacto colonial mediterráneo se advierten con más claridad en los enterramientos. Las necrópolis de incineración constituyen la norma y, en general, aumenta el tamaño y la diversidad de tumbas y la cantidad de elementos de ajuar amortizados en las mismas. Los vasos cerámicos fenicios, como la forma Cruz del Negro y otros tipos, entran en los ajuares de las tumbas más ricas junto a un amplio conjunto de elementos metálicos nuevos, muy abundantes ahora en la mayoría de las tumbas como bien demuestra la fase final de Can Piteu-Can Roqueta. Así se depositan cuchillos de hierro, piezas de vestimenta y adorno como fíbulas serpentiformes, broches de cinturón y agujas, y otras relacionadas con el banquete –asadores y simpula– y como indicador inequívoco de estatus bocados de caballo. Significativamente no hay armas. En el s. VI a.C. encontramos el “horizonte de tumbas de guerrero” que también existe en el SE. de Francia. Suelen ser tumbas en pequeñas agrupaciones pero con ajuares que ya incluyen armas ofensivas y defensivas, adornos, escarabeos y vajilla metálica. Llinars del Vallés, Granja Soley y Can Canyis son algunas estas tumbas de “aristócratas guerreros” que en sus panoplias exhiben espadas, lanzas con sus regatones, cascos y grebas, así como elementos típicos del simposio mediterráneo –asadores y vajilla metálica– además de adornos personales, como fíbulas y broches de cinturón, que realzaban la “belleza del guerrero”. En las décadas centrales de esta centuria se empiezan a generalizar las producciones cerámicas a torno hasta la aparición de las cerámicas paleoibéricas y la configuración del Horizonte Ibérico Antiguo como revela la necrópolis de Mas de Mussols en la zona del Bajo Ebro. En las áreas del interior el panorama es más diverso. En la Cataluña interior, especialmente el Solsonés, el grupo de Marlés de fuerte raigambre autóctona recibe algunas importaciones, ánforas fenicias, cerámica de barniz rojo, fibulas de doble resorte y algunas producciones griegas, que se fechan a finales del s. VII y el s. VI a.C. En los territorios del Pre-pirineo algunas necrópolis de transición entre los s. VIII-VII a.C. muestran fuertes contactos con grupos del Alto Garona al otro lado de la cordillera y se mueven en un mundo más cerrado y ajeno a los estímulos mediterráneos. En las tierras llanas del Segre-Cinca la evolución de los grupos del B.F. desemboca en la emergencia de algunos centros territoriales de poder bien fortificados como Els Vilars36, una impresionante fortaleza que empieza a levantarse en el s. VIII a.C. y ofrece en su larga ocupación de unos cuatro centurias la transformación de los grupos finales de Campos de Urnas en los Ilergetes de época ibérica. Una sólida muralla con torreones cuadrangulares reforzada con foso y “chevaux-defrise” protege un apretado caserío de casas adosadas con distribución radial, en torno a un espacio central presidido por una gran cisterna, que conoce varias fases constructivas. Una numerosa comunidad con algún poder central en manos de un grupo local exploto un amplio territorio circundante con una activa vida económica en la que la cría de caballos parece que jugo un papel especial. A finales del s. VII e inicios del VI a.C. llegaron unas pocas importaciones coloniales a poblados y cementerios de la región que preludian el Horizonte Ibérico Antiguo. Aguas arriba del Ebro, al Oeste de la Sierra de Alcubierre en la margen izquierda y el río Aguas Vivas en la derecha, las tierras del centro de la cubeta del Ebro se configuran con una personalidad propia, influenciada por los grupos de Campos de Urnas del Segre-Cinca y del Bajo Aragón. Es el grupo de la Primera Edad del Hierro del Ebro Medio de tradición de Campos de Urnas37. Los primeros asentamientos con elementos de Campos de Urnas 36 37 Alonso et al. 2005. Royo, 1990, 2000. 213
LOS CAMPOS DE URNAS  niales fenicios. Los contactos con los fenicios fueron intensos como revela el caso del edi   cio cul...
214 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Figura 17. El horizonte de “tumbas de guerrero” del s. VI a. C. con las panoplias y equipo acompañante de Granja Soley y Can Canyis, comparadas con la francesa de Corno Lauzo. los encontramos en el poblado mejor conocido, el Alto de la Cruz de Cortes de Navarra38. Tras unas fases iniciales de pleno B.F. con casas redondas a comienzos del s. IX a.C. se levantan poblados con casas rectangulares y la típica división tripartita y cerámicas que incluyen las típicas especies acanaladas. Se trata de un poblado que debió albergar a unos 300/350 habitantes repartidos en barrios con manzanas de casas adosadas. El Cabezo de la Cruz (Zaragoza)39 ofrece también una superposición de asentamientos que arrancan del s. IX a. C. y abarcan toda la Primera Edad del Hierro hasta su iberización. No conocemos necrópolis antiguas en la región pero 38 39 Maluquer et al. 1990. Picazo y Rodanés 2009. es muy probable que se deba más a un vacío de investigación que a su ausencia real, pues los elementos antiguos de Cortes de Navarra inducen a pensar que el ritual incinerador de tumbas planas en hoyo o en estructuras tumulares debió acompañar a los demás elementos de Campos de Urnas. De hecho los cementerios conocidos son tardíos, no parece que anteriores a los s. VIII-VII a.C., como La Atalaya asociado a las fases finales de Cortes de Navarra, La Torraza y el Castillo de Castejón40. La economía de los grupos de la Primera Edad del Hierro consolida estrategias anteriores e incorpora algunas novedades importantes conectadas con el fenómeno colonial mediterráneo como la introducción de 40 Ruiz Zapatero, 2007.
214  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Figura 17. El horizonte de    tumbas de guerrero    del s. VI a. C. con las ...
LOS CAMPOS DE URNAS la metalurgia de hierro, el torno de alfarero y el vino. La introducción del hierro parece que se debió, fundamentalmente, a la acción de los agentes fenicios41. En áreas como el Bajo Ebro los primeros fabricados de hierro y las importaciones fenicias aparecen simultáneamente y probablemente sucedió lo mismo en el resto de regiones. Aunque es posible que en el Ampurdán el primer hierro, como los cuchillos de Agullana (ca. 750-700 a.C.), se deba a su transmisión desde el SE. de Francia donde aparece ya a fines del s. VIII a.C. en contextos precoloniales. Las dos vías pudieron actuar y poco más se puede decir con seguridad. La primera producción local de hierro es algo más tardía, a lo largo del s. VI a.C. La generalización del instrumental de hierro y sobre todo su empleo habitual en el utillaje agrícola es ya un fenómeno de época ibérica. La agricultura consolidó el sistema cerealista excedentario, bien visible en la capacidad de los silos de las comarcas del NE. de Cataluña donde los valores oscilan entre 1400 y 3300 l. lo que representa un incremento apreciable frente a la situación del BF. La introducción de la vid apunta a un origen meridional a juzgar por las ánforas fenicio-occidentales predominantes en los asentamientos catalanes42. Algunas ánforas de boca plana también guardaron cerveza. Las tierras más duras y pobres tuvieron un predominio de las cabañas de ovejas y cabras y el cerdo tendió a incrementar su presencia. La emergencia de elites con panoplias completas se acompaña de los elementos asociados al simposio mediterráneo como asadores, vajilla metálica y simpula. Las comunidades de la Primera Edad del Hierro muestran asimetrías claras en los equipos funerarios que evidencian sistemas de organización social gentilicios cada vez más jerarquizados. Desde el frente de la margen derecha del Medio Ebro se produjeron penetraciones de pequeños grupos hacia el reborde oriental de la Meseta desde fechas relativamente antiguas como prueban pequeños asentamientos del tipo de Fuente Estaca (s. VIII a.C.)43 o cementerios como Herrería44 para el que se reclama una datación mucho más antigua que desgraciadamente no se asocia a material arqueológico diagnóstico. Las influencias del Ebro Medio, en última instancia recogiendo la tradición de los grupos del Segre y el Bajo Aragón, se rastrean en la fase inicial de las necrópolis celtibéricas sobre finales del s. VII y comienzos del s. VI a.C. En relación con ese fenómeno es muy sugestivo plantear el origen de la lengua celtibérica45. Pues si algún grupo de Campos de Urnas de la Cataluña occidental y del Ebro Medio habló un dialecto indoeuropeo céltico, digamos que a finales del s. IX y s. VIII a.C.,y la influencia de este grupo intervino de forma decisiva en la emergencia del horizonte Céltibérico Antiguo en la Meseta Oriental, entonces habría sido posible que esa lengua indoeuropea céltica fuera el sustrato del que nació lo que llegaría a ser la lengua celtibérica46. Se ha señalado47 que en la margen derecha del Ebro Medio hay claramente dos sustratos lingüísticos: uno “indoeuropeo meridional” y otro celtibérico. Es muy tentador relacionar el primero con la llegada de los elementos de Campos de Urnas al centro de la cuenca del Ebro sobre el s. VIII a.C., sino algo antes, y el segundo con la expansión celtibérica desde el reborde del Sistema Ibérico hacia el fondo del centro del valle en el s. IV a.C., lo que deja varios siglos entre uno y otro sustrato como se sugiere desde la paleolingüística. 43 44 45 41 42 Ruiz Zapatero et al., 2012. Buxó et al., 2010. 46 47 Martínez Sastre 1992. Cerdeño et al. 2002. de Hoz 1992. Ruiz Zapatero y Lorrio, 1999: 34. Villar, 2000: 433. 215
LOS CAMPOS DE URNAS  la metalurgia de hierro, el torno de alfarero y el vino. La introducci  n del hierro parece que se de...
Alberto J. Lorrio* Los pueblos celtas Iberia es uno de los territorios célticos por excelencia. Así lo confirma la información proporcionada por las fuentes clásicas, que de forma explícita señalan la presencia de pueblos de raigambre celta en las regiones interiores de Hispania, como los Celtíberos y los Berones, y en las tierras del occidente de la Península Ibérica, como los Célticos en el Suroeste, por un lado, y diversos pueblos de filiación céltica en el Noroeste, por otro. Algunos, como los Celtíberos o los Célticos, presentan nombres que no dejan lugar a dudas respecto a tal filiación, otros probablemente también serían celtas, aunque los escritores grecolatinos no llegaran explicitarlo, como sería el caso de Olcades, Carpetanos, Vettones, Vacceos, Astures, Cántabros, Turmogos, Autrigones, Caristios, Várdulos y, quizás también, Lusitanos. La mayor parte de estos pueblos ocuparían el centro, occidente y norte de España, mientras que Lusitanos y Célticos se extenderían preferentemente por las tierras del actual Portugal (Fig. 1,A). Los abundantes documentos epigráficos ponen de manifiesto la existencia de, al menos, una lengua céltica en el territorio peninsular, el celtibérico, cuyos testimonios se concentran hacia la Meseta Oriental y el Valle Alto y Medio del Ebro, esto es, la Celtiberia y los territorios adyacentes, mientras que el lusitano, una lengua de tipo indoeuropeo arcaico que se hablaría en el occidente peninsular, tiene algunos elementos comunes con la subfamilia celta. El estudio de la onomástica permite delimitar igualmente una Hispania céltica por el centro y el occidente, cuyo territorio se define por una antroponimia característica de tipo indoeuropeo que permite diferenciar ciertas agrupaciones regionales y por la presencia de los topónimos en –briga, el elemento toponímico más difundido de la lingüística céltica (Fig. 1,B). Por su parte, la documentación arqueológica constituye un elemento esencial para analizar la formación del mundo celta de Iberia, determinar los procesos culturales que llevaron a su gestación y ulterior expansión y caracterizar los diferentes grupos celto-hispanos. El aumento en las últimas décadas del conocimiento del Bronce Final y de la Edad del Hierro de Iberia ha permitido avanzar en la interpretación de la cultura material de los Celtas * Universidad de Alicante, alberto.lorrio@ua.es y en su relación con otros campos conexos, como la Lingüística o la Religión, lo que permite superar el marco cronológico que tradicionalmente limitaba el estudio arqueológico de los pueblos hispano-celtas a lo que podríamos denominar etapa histórica, esto es desde finales del siglo III al I a.C. Historia de la investigación y origen de los celtas hispanos Los primeros estudios sobre los Celtas de Iberia se remontan a la tradición erudita de los siglos XV a XVIII, que empieza a interesarse por las antigüedades grecorromanas, primero, y por los monumentos prehistóricos, después, al tiempo que estudia y colecciona las reliquias del pasado. A partir del siglo XIX la investigación se centró en las fuentes literarias y en los estudios lingüísticos. Destacan los trabajos de H. d’Arbois de Jubainville (1893 y 1894), quien plantea la tesis ligur según la cual este pueblo indoeuropeo habría colonizado el Occidente antes de los Celtas, a la vez que valora los elementos célticos de Hispania a partir de las fuentes literarias clásicas y la onomástica. Desde 1850 se empieza a tener noticias de la cultura material que debió acompañar a los pueblos prerromanos citados por las fuentes literarias, se excavan las primeras necrópolis de la Edad del Hierro de la Meseta y comienzan las investigaciones de campo en importantes ciudades y castros de la Hispania céltica1. Una nueva etapa, hasta los años 40 del siglo XX, supuso el incremento notable de las excavaciones arqueológicas, entre las que destacan los cementerios y poblados celtibéricos y vettones de la Meseta Oriental y Occidental, mientras que en Extremadura, Galicia o Asturias crece el interés por la excavación de los poblados prerromanos. También contamos con los primeros intentos de explicar la presencia de Celtas de Iberia que integran los datos lingüísticos con la documentación arqueológica, con figuras como A. Schulten, P. Bosch Gimpera o M. Almagro Basch, 1 Sobre la historiografía de los Celtíberos y los Celtas hispanos, vid. Lorrio, 2005: 15-31. Una síntesis general, en Almagro-Gorbea, 1991; Almagro-Gorbea et al., eds., 2001; y Lorrio y Ruiz Zapatero, 2005.
Alberto J. Lorrio   Los pueblos celtas  Iberia es uno de los territorios c  lticos por excelencia. As   lo con   rma la in...
218 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA que abordaron en sucesivas publicaciones el estudio de los Celtas en la Península Ibérica. Schulten en su obra sobre Numancia (1914) ofrece, a partir de las fuentes literarias, su personal reconstrucción del proceso de etnogénesis de los Celtíberos, que sirvió de base de los posteriores estudios de Bosch Gimpera, que planteó la existencia de varias invasiones, o de Almagro, con una única invasión, lenta y gradual, enmarcada en el contexto general de la cultura de los Campos de Urnas. Una tercera etapa abarca hasta los años 70, caracterizada por el avance de los estudios lingüísticos, con figuras como A. Tovar, que en 1946 describió algunos rasgos fundamentales de la lengua de los Celtíberos que permitían su inclusión entre las lenguas célticas, M. Lejeune, U. Schmoll y J. Untermann, cuya obra más emblemática son los Monumenta Linguarum Hispanicarum, cuyo volumen IV dedica a las inscripciones celtibéricas y lusitanas (1997). Esta renovación no se trasladó a la investigación arqueológica del mundo celta ante la dificultad de relacionar los materiales hispanos con los del otro lado de los Pirineos, por lo que a partir de 1940 se renunció a intentar nuevas síntesis e interpretaciones, repitiéndose los viejos esquemas de Bosch y Almagro, orientación que cambió desde los años 60 por la labor de arqueólogos alemanes como E. Sangmeister, K. Raddatz o V. Pingel, quienes abordaron el tema céltico de forma puntual. En esta etapa destaca la obra de W. Schüle, Die Meseta Kulturen der Iberischen Halbinsel, publicada en 1969, cuyo influjo en los estudios celtibéricos ha sido determinante en los años 70 y 80. Desde los años 80 se han incrementado las excavaciones de necrópolis, asentamientos y, en menor medida, santuarios, al tiempo que se han reorientado los estudios sobre los Celtas de Hispania al identificar las secuencias regionales que explican los procesos de su formación y sus características y diferencias respecto al resto de la Europa Céltica, estudios que han integrado los datos arqueológicos con los lingüísticos y las fuentes clásicas, a pesar de la dificultad de comprensión por parte de la historiografía de la Europa Céltica, anclada en una falsa perspectiva incapaz de valorar la personalidad de los celtas de Hispania y de otras áreas periféricas. Un tema de renovada actualidad es la explicación del origen de los Celtíberos y de los restantes pueblos celtas hispanos, tema enmarcado en el de la celtización de la Península Ibérica. A excepción de los encomiables intentos de Sangmeister y Schüle, este tema no se había revisado desde Bosch y Almagro, tras cuyas grandes síntesis se estancaron estas investigaciones, lo que ha llevado a posturas extremas como algunos investigadores que han vinculado hasta fechas recientes la celtización a la “latenización” de la Península Ibérica, al vincular la llegada de los celtas con los elementos hispanos de la cultura de La Tène2, lo que llevó incluso a rechazar la presencia de celtas en Hispania al considerar insuficientes tales aportes. M. Almagro-Gorbea, a mediados del decenio de 1980, planteó una visión interdisciplinar para analizar los celtas de Hispania, que volvía a integrar estos datos arqueológicos con las fuentes literarias, las evidencias lingüísticas e, incluso, con tradiciones etno-antropológicas3. Tras criticar los modelos invasionistas tradicionales, propuso procesos de etnogénesis regionales, pues señaló la dificultad de que los Celtas de Hispania procedieran todos de la Cultura de los Campos de Urnas, por lo que buscó su origen en un substrato cultural ‘proto-céltico’ extendido desde la Edad del Bronce hasta inicios del I milenio por el occidente y el norte de la Península Ibérica, lo que plantea retrotraer el origen de los Celtas hasta el III milenio a.C. y ver en el Vaso Campaniforme y en el Bronce Atlántico las raíces del proceso formativo que acabó dando lugar a los pueblos celtas4. Este origen explica su amplia dispersión por Europa Occidental y su variabilidad interna, debido a tradiciones ancestrales. Los Celtas conocidos por las fuentes clásicas y por sus restos arqueológicos serían el resultado de un largo proceso de celtización progresiva o “acumulativa”, que explica su variedad cultural, aunque posiblemente todos hablaran lenguas afines y mantendrían ideas similares sobre la vida y sus valores, que los diferencia de otros pueblos de la Antigüedad. Tales planteamientos han contribuido a reconocer explícitamente la personalidad de la Península Ibérica en el mundo céltico, al tiempo que a admitir la existencia en la Península Ibérica de unos celtas con identidad propia antes de los movimientos latenienses. Los Celtas hispanos presentan una cultura material perfectamente diferenciada de la de los Celtas centroeuropeos de Hallstatt y La Tène, lo que explica su dificultad de comprensión desde planteamientos tradicionales. Al menos una parte de estos Celtas peninsulares asimilaron a lo largo del I milenio a.C., a través de su contacto con Tartesios e Iberos principalmente, elementos de procedencia mediterránea tales como el armamento, el torno de alfarero, el urbanismo o la escritura, aunque la existencia de estímulos nordpirenaicos esté bien documentada, dada la presencia de influjos de los grupos de Campos de Urnas en la zona, todo lo cual justificaría el carácter mixto –celta e ibero– aludido por los autores clásicos respecto de los Celtíberos5. Estas evidencias arqueológicas permiten analizar la etnogénesis de los Celtíberos, a pesar de las dificultades que conlleva el uso de ese término antes del 2 3 4 5 Principalmente, Lenerz-de Wilde, 1991. Almagro-Gorbea, 1992; 1993; 2001: 99ss. Vid. igualmente, Koch, 2013. Ruiz Zapatero y Lorrio, 2007.
218  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  que abordaron en sucesivas publicaciones el estudio de los Celtas en la Pen ...
LOS PUEBLOS CELTAS Figura 1. A, Mapa de las etnias hispano-celtas. B, División entre las áreas lingüísticas indoeuropea e ibérica en la Península Ibérica, con las evidencias epigráficas prerromanas y romanas de las diferentes lenguas indígenas. C, Procesos de configuración étnica, cultural y lingüística de los celtíberos. D, La evolución de la Cultura Celtibérica (B, según Almagro-Gorbea et al. 2001, C, según Lorrio y Ruiz Zapatero, 2007; D, según Lorrio, 2005). momento de su creación por parte de los autores grecolatinos. Su interés es evidente, pues se trata de uno de los pocos casos en los que todas las fuentes analizadas coinciden en señalar su carácter céltico, al menos en los momentos de las Guerras con Roma. Así, la aparición de ciertos elementos de cultura material, poblamiento, ritual funerario, ideología, estructura socioeconómica, etc., característicos del mundo celtibérico a lo largo de todo su proceso evolutivo, permiten individualizar el momento inicial del mismo, 219
LOS PUEBLOS CELTAS  Figura 1. A, Mapa de las etnias hispano-celtas. B, Divisi  n entre las   reas ling    sticas indoeurop...
220 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA que habría que situar en las tierras altas de la Meseta Oriental hacia los siglos VII-VI a.C. o incluso antes. En este sentido, como veremos más adelante, sería adecuada la utilización del término “celtibérico” para referirse a las culturas arqueológicas localizadas en las tierras del Alto Tajo-Alto Jalón y Alto Duero, en la Meseta Oriental y el Sistema Ibérico, ya desde sus fases formativas, que cabe situar en las fechas citadas (Fig. 1,D). La continuidad que se advierte a través de la secuencia cultural en este sector de la Meseta permite correlacionar las evidencias de tipo arqueológico con las históricas o étnicas (Fig. 1,C), dada su individualización en un territorio que coincide casi por completo con el que los autores clásicos atribuían a los Celtíberos, pueblo que, como se ha señalado, era considerado como celta. En ese territorio, al menos en época histórica, se hablaría una lengua celta, el Celtibérico, la única que sin ningún género de dudas ha sido identificada como tal en la Península Ibérica (Fig. 1,B). Por otra parte, el hallazgo de elementos que pueden ser considerados como celtibéricos en áreas no estrictamente celtibéricas puede verse como un indicio de celtiberización y, por tanto, celtización de estos territorios. Esto, más que ponerlo en relación con importantes movimientos étnicos, debe verse como un fenómeno intermitente de efecto acumulativo que cabe vincular con la imposición de grupos dominantes, seguramente en número reducido, migraciones locales o incluso la aculturación del substrato. De acuerdo con ello, podría interpretarse la dispersión geográfica de algunos elementos como las fíbulas de caballito o ciertas armas típicamente celtibéricas, v. gr. los puñales biglobulares, como indicios de esta expansión, y por consiguiente del proceso de celtización, también documentado por la distribución de los antropónimos étnicos Celtius y Celtiber y sus variantes, o de algunos topónimos característicos. Desde el punto de vista lingüístico, se manifiesta por la aparición de textos en lengua celtibérica fuera del teórico territorio celtibérico, en su mayoría localizados en la Meseta, pero también en zonas más alejadas, como Extremadura. Ello no excluye, obviamente, que hubiera otros hispano-celtas diferentes de los Celtíberos, según parecen confirmar las fuentes literarias con respecto a los Berones o los Célticos, de origen celtibérico según Plinio (III,13-14), o que dicho proceso de celtiberización se realizara en áreas donde existiera previamente un componente celta, por otra parte difícil de determinar. El panorama resulta especialmente complejo en relación a aquellos grupos étnicos cuyo proceso formativo es conocido a través de la Arqueología, pero a los que los autores clásicos en ningún caso consideran expresamente como Celtas y de los que se desconoce la lengua que hablaban o, como ocurre con el lusitano, su carácter céltico esté lejos de ser admitido unánimemente. Dentro del mundo céltico así entendido, hay variabilidad en el tiempo y en el espacio y, por tanto, no se puede ver como algo uniforme y “simple”, una realidad cuyos recientes conocimientos evidencian una importante complejidad. Los Celtíberos Los Celtíberos son uno de los pueblos celtas mejor conocidos de toda Iberia6. La primera referencia a la Celtiberia se sitúa en el contexto de la II Guerra Púnica al narrar Polibio los prolegómenos del asedio de Sagunto, en la primavera del 219 a.C. Desde ese momento, las menciones a la Celtiberia y los Celtíberos son abundantes por ser éstos uno de los principales protagonistas de los acontecimientos bélicos del siglo II a.C., principalmente las llamadas Guerras Celtibéricas, que culminarían en el 133 a.C. con la destrucción de Numancia y su sumisión a Roma. Jugarían, igualmente, un papel destacado en otros episodios militares del siglo I a.C., como las Guerras Sertorianas. Las fuentes literarias presentan a los Celtiberi como una población mixta, celtas mezclados con iberos según Posidonio, Diodoro, Apiano o Marcial, aunque según Estrabón prevalecería el primero de estos componentes, lo que coincide con las evidencias lingüísticas, onomásticas y arqueológicas conservadas. El término habría sido creado por los escritores clásicos para dar nombre a un conjunto de pueblos hostiles hacia Roma, que bien pudiera estar referido a los Celtas de Iberia, a pesar de no ser los Celtíberos, como es sabido, los únicos celtas de la Península. Los Celtíberos eran gentes de lengua y cultura celta de características culturales bastante homogéneas, como demuestran su arte, organización social y creencias religiosas. En su etapa final desarrollaron una importante cultura urbana, al tiempo que destaca su epigrafía estatal en escritura indígena y latina, sus numerosas téseras de hospitalidad y su alto número de cecas que acuñaron en bronce y plata. Los Celtíberos serían un grupo étnico, al igual que los Galos o los Iberos, pues incorporan entidades de menor categoría, como los Arévacos, Belos, Titos, Lusones y Pelendones. El análisis de tales etnias, y su delimitación mediante la localización de sus ciudades, permite determinar unos límites para la Celtiberia que en modo alguno hay que considerar inmutables, extendiéndose por las altas tierras de la Meseta Oriental y la margen derecha del Valle Medio del Ebro. 6 Una visión de síntesis sobre los Celtíberos puede verse en los trabajos de Lorrio, 2005 y 2008; Jimeno, ed., 2005; y Burillo, 2007, trabajos que recogen la bibliografía previa.
220  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  que habr  a que situar en las tierras altas de la Meseta Oriental hacia los ...
LOS PUEBLOS CELTAS Las posturas invasionistas, que relacionan la formación del grupo celtibérico con la llegada de sucesivas oleadas de Celtas venidos de Europa Central, está hoy totalmente desechada al no encontrar el necesario refrendo en los datos arqueológicos. Posturas más recientes, como la defendida por M. AlmagroGorbea, A. Lorrio y G. Ruiz Zapatero, proponen buscar su origen en el substrato cultural indoeuropeo, extendido en el Bronce Final, a inicios del I milenio, por el occidente y el norte de la Península Ibérica, aunque tamizado por la llegada al Sistema Ibérico, la futura Celtiberia, de gentes procedentes de los Campos de Urnas del Valle del Ebro, fenómeno que cabe situar hacia el siglo IX o VIII a.C., en lo que se conoce como etapa Protoceltibérica. Los datos de algunas necrópolis como las fases I y II de Herrería (Guadalajara), o la de San Pedro, en Oncala (Soria)7 resultan de gran interés, al proponer fechas muy tempranas, anteriores al inicio de la Edad del Hierro, para la llegada de estas influencias. Durante el Celtibérico Antiguo (ca. 650/600-450 a.C.) se registran en las altas tierras de la Meseta Oriental y el Sistema Ibérico importantes novedades, algunas de las cuales van a caracterizar la Cultura Celtibérica hasta sus fases más avanzadas. Surgen ahora los primeros asentamientos estables en este territorio, generalmente del tipo conocido como “castro”, localizados en cerros de fácil defensa, a veces protegidos por murallas (Fig. 2,1)8. Las casas, de zócalo de piedra y alzado de adobes, eran de planta rectangular, con muros medianiles comunes, cuyas traseras se cierran hacia el exterior, a modo de muralla, o se adosan a ésta, y puertas abiertas al interior del castro, donde se documenta un espacio central, que cabe interpretar como calle o plaza, urbanismo originario de los Campos de Urnas del NE. Este modelo será el tipo de vivienda celtibérica hasta época tardía (Fig. 2,2). Los poblados más grandes apenas tendrían unos pocos centenares de habitantes, no se observa jerarquización del territorio y las comunidades debieron ser pequeñas, bastante homogéneas y autosuficientes. Su base económica sería preferentemente agropecuaria, pues si los diversos tipos de evidencias manejadas coinciden en mostrar el carácter eminentemente pastoril de la economía celtibérica, también se practicó una agricultura de subsistencia, que permitiría la sedentarización de la población y el que únicamente algunos de sus miembros se desplazarían en ciertos períodos del año con el ganado. La generalización del castro trasluce una inestabilidad creciente, consecuencia del 7 8 Sobre las fases antiguas de la necrópolis de Herrería (I-II), vid. Cerdeño y Sagardoy, 2002: 31s. Sobre la necrópolis de San Pedro, vid. Tabernero et al., 2010. Cerdeño y Juez, 2002; Álvarez-Sanchís, Jimeno y Ruiz Zapatero, eds., 2011. aumento demográfico y de la necesidad de defender su pagus, generalmente un valle o pequeño territorio, como consecuencia del predominio de la ganadería, en parte trashumante para evitar la aridez estival de las llanuras meseteñas y la dureza invernal de las sierras, con las consiguientes tensiones por el control de los pastos. Este proceso favorecería una organización social cada vez más jerarquizada que daría lugar a elites de guerreros que evolucionaron hacia clanes gentilicios hereditarios, en un proceso paralelo a las elites de la Edad del Hierro del Noreste. Corresponden también a este momento la generalización de los cementerios de incineración, cuyos primeros ejemplos son algo anteriores como demuestra los casos ya citados de Herrería y San Pedro. Conocemos, aunque de excavaciones antiguas, la organización interna de algunos cementerios, con las tumbas alineadas en calles, aunque los recientes trabajos en la necrópolis de Inchidero (Aguilar de Montuenga, Soria)9 sugieren una mayor complejidad al observarse alineaciones de tumbas en su etapa inicial, fechada entre finales del siglo VII/inicios del VI y mediados del V a.C., y una reorganización a partir de ese momento con calles de estelas, que perduraría en la zona celtibérica hasta sus fases más avanzadas (Fig. 2,12). En otros casos, como en las necrópolis de Molina de Aragón y Sigüenza (Guadalajara), las sepulturas aparecían cubiertas con encachados tumulares. Algunos de estos cementerios, como el de Carratiermes (Soria), llegaron a estar en uso desde el siglo VI hasta el I a.C. o incluso después; las tumbas aparecieron distribuidas en dos sectores de enterramiento, separados entre sí unos 200 m, con las tumbas más antiguas en el área central de la zona de la que proceden la mayoría de los conjuntos excavados10. Los ajuares funerarios revelan grupos con una incipiente diferenciación social y un componente ‘guerrero’ indicado por algunas tumbas con armas, que incluyen largas puntas de lanza, aunque hallazgos recientes permiten plantear el uso excepcional de la espada durante esta etapa. Encontramos durante el Celtibérico Antiguo todo un conjunto de cerámicas y objetos metálicos nuevos –bastantes realizados ya en hierro–, sin antecedentes en las tradiciones alfareras y metalúrgicas locales. Destaca la importante actividad de los broncistas, con un buen número de variados objetos relacionados con la vestimenta y el adorno personal, algunos fabricados en talleres de ámbito local o regional, como ciertos modelos de fíbulas (las decoradas mediante adornos espiraliformes y las fíbulas-placa), algunos modelos de broches de cinturón o distintos tipos de pectorales (de espirales 9 10 Arlegui, 2012. Argente et al., 2000. 221
LOS PUEBLOS CELTAS  Las posturas invasionistas, que relacionan la formaci  n del grupo celtib  rico con la llegada de suce...
222 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA Figura 2. Celtíberos. 1, Vista del poblado de El Ceremeño durante el Celtibérico Pleno; 2, casa celtibérica con división tripartita; 3, Reconstrucción ideal del oppidum de Numancia; 4, fíbula argéntea de Driebes; 5, tésera de hospitalidad de Contrebia Belaisca; 6, denario de Sekobirikes;7-8, cerámicas de Numancia con decoración simbólica; 9-11, necrópolis de Carratiermes: pectorales y equipo militar; 12, calles de estelas de la necrópolis de Luzaga; 13-14, necrópolis de Numancia: fíbula de caballito y signa equitum; 15, cerámica de Numancia con escena de exposición de cadáveres; 16, casco de Muriel de la Fuente; 17, santuario de Termes (1, según Cerdeño y Juez, 2002; 2, según Ruiz Zapatero; 3, según Jimeno; 4, según Raddatz, 1969; 5, según Almagro-Gorbea, 1991; 6, foto Real Academia de la Historia; 7-11 y 13-16, foto A. Plaza, Museo Numantino;12, foto Museo Cerralbo;17, foto A.J. Lorrio).
222  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  Figura 2. Celt  beros. 1, Vista del poblado de El Cereme  o durante el Celti...
LOS PUEBLOS CELTAS o de placa) (Fig. 2,9-10), dada su aparición de forma exclusiva en los territorios orientales de la Meseta. El análisis de la cultura material de las necrópolis y poblados de esta fase temprana de la Cultura Celtibérica pone de manifiesto, igualmente, la existencia de aportaciones de diversa procedencia y tradiciones culturales variadas: el Mediodía peninsular, la zona del Levante y el Sureste o el Valle del Ebro, zona ésta que cabe considerar esencial para comprender la llegada del ritual funerario de la incineración, junto a las urnas que formarían parte de él, o del poblado de calle central, característicos de los Campos de Urnas del Noreste. En este sentido conviene traer a colación las inhumaciones infantiles en el interior de los poblados, ritual característico de los grupos de Campos de Urnas del Noreste, que se atestigua en el centro de la cuenca del Duero en la cultura del Soto y luego será habitual en el mundo ibérico. Un nuevo período se desarrolla a partir del siglo V a.C., el conocido como Celtibérico Pleno (450225/200 a.C.), en el que se observa la consolidación del poblamiento en las áreas de la fase previa y la incorporación de nuevos territorios como la margen derecha del Valle Medio del Ebro. Los poblados aumentan de tamaño, y se mantiene el asentamiento de tipo castreño. Se generaliza el esquema urbanístico ya conocido de calle o de plaza central. Se adoptan nuevos elementos defensivos, como murallas dobles y torres rectangulares, mientras que los fosos son de mayor entidad que en la fase precedente, con algunos ejemplos de los característicos campos de piedras hincadas, ya conocidos desde el Primer Hierro en los castros de la Serranía de Soria. Además, el número de asentamientos crece, como también lo hacen los cementerios conocidos, algunos de los cuales presentarían las características calles de estelas. El número de tumbas de algunas necrópolis da una idea de ello, aunque en muchos casos, dada la larga secuencia de uso de estos cementerios, tales cifras engloben también las sepulturas pertenecientes a la fase anterior o posterior, lo que al tratarse de excavaciones antiguas no siempre es posible de determinar. El número de enterramientos varía notablemente de unos cementerios a otros, pues en Aguilar de Anguita se excavaron unas 5.000 tumbas, en Luzaga se acercaban a 2.000, Gormaz ofreció unos 1.200 enterramientos, Osma y Quintanas de Gormaz superaron los 800, en Almaluez se documentaron 322 tumbas, mientras Alpanseque y Arcóbriga proporcionaron en torno a los 300 conjuntos y La Mercadera sólo unos 100, lo que puede darnos información relativa al tamaño de las comunidades con las que cabe relacionar estos lugares. En esta fase, la creciente diferenciación social se manifiesta en las necrópolis, con la aparición de tumbas aristocráticas cuyos ajuares están integrados por un buen número de objetos, algunos de los cuales pueden ser considerados excepcionales, como es el caso de las armas broncíneas (cascos, pectorales y umbos de escudo) o las cerámicas a torno. Este importante desarrollo aparece inicialmente circunscrito al Alto Henares-Alto Tajuña, afluentes del Tajo, así como a las tierras meridionales de la provincia de Soria correspondientes al Alto Duero y al Alto Jalón, como resultado de la riqueza ganadera de la zona, el control de las salinas, todavía en uso hasta hace unos pocos años, la producción de hierro, o su privilegiada situación geográfica, al tratarse del paso natural entre el Valle de Ebro y la Meseta. Las tumbas de mayor riqueza tienen espada, pertenecientes a los modelos de antenas (Fig. 2,11) o de frontón, puntas de lanza, escudo, discos-coraza e, incluso, casco. Estos objetos muestran una sociedad fuertemente jerarquizada, en las que las tumbas de mayor riqueza se vincularían con grupos aristocráticos. Es frecuente encontrar, junto a ellos, arreos de caballo, un signo más de la categoría del personaje al que acompañan. En el nivel más alto, hay que situar enterramientos con numerosas armas, entre las que se incluyen cascos, escudos y pectorales de bronce, verdaderas piezas ‘de parada’, y arreos de caballo; serían los guerreros a caballo o equites, que formaban la elite de la comunidad. Por debajo estarían las sepulturas de guerreros con rico armamento integrado por espadas, cuchillos, lanzas y escudos. Un tercer rango de tumbas con armas incluye ajuares más pobres con sólo lanzas y escudos y alguna espada ocasionalmente. La gran mayoría de los enterramientos corresponden a la masa de población campesina, sin armas, y con diversos grados de ‘riqueza’. El análisis del armamento y del resto de los objetos metálicos (fíbulas, broches de cinturón, etc.), en muchos casos recuperados en las sepulturas, pone de manifiesto las diversas influencias de la Cultura Celtibérica durante su fase plena: norpirenaicas, llegadas a través del Valle del Ebro, meseteñas, en concreto con las tierras del Duero Medio y, posiblemente, con la zona abulense, y de inspiración mediterránea, seguramente desde el Mediodía y el Levante peninsulares. No obstante, una parte destacada de estos objetos, dada su tipología característica, fueran producidos con seguridad en centros metalúrgicos localizados en la Meseta Oriental, aunque es escasa la información que poseemos al respecto. Efectivamente, durante los siglos V-IV y, en menor medida, el III a.C., se va a asistir a un gran desarrollo de la metalistería celtibérica. Prueba de ello es la aparición en los ajuares funerarios del oriente de la Meseta de nuevos tipos de armas, en muchos casos modelos de fabricación local, y las ricas decoraciones damasquinadas que con frecuencia ofrecen éstas. Un hallazgo de excepcional interés es el conjunto de cascos hispano-calcídicos aparecidos en Aranda 223
LOS PUEBLOS CELTAS  o de placa   Fig. 2,9-10 , dada su aparici  n de forma exclusiva en los territorios orientales de la M...
224 PROTOHISTORIA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA del Moncayo (Zaragoza), posiblemente una creación genuinamente hispana, quizás celtibérica, que refleja la intensa y activa participación mercenaria en el Sur de Italia11. El elevado número de cascos, difícil de determinar, aunque se situaría entre 10 y 20 ejemplares, unido a las noticias sobre el lugar y disposición de los hallazgos y la presencia de otros objetos singulares, como pectorales que formaban parte del mismo depósito, sugiere una interpretación singular para el conjunto, con hallazgos de otros cascos del mismo tipo en necrópolis y depósitos votivos o religiosos, como el de Muriel de la Fuente (Soria) (Fig. 2,16), recuperado en un contexto fluvial singular12, o el conjunto de Aranda de Moncayo, quizás procedente de un posible santuario en el interior de un destacado núcleo de población, lo que pone de manifiesto su fuerte significado simbólico. El Celtibérico Tardío (finales del III-siglo I a.C.) se configura como un periodo de profundo cambio, en el que destaca la tendencia hacia formas de vida cada vez más urbanas. En relación con este proceso de urbanización estaría la probable aparición de la escritura, que se documenta ya mediado el siglo II a.C. en las acuñaciones numismáticas (Fig. 2,6), pero la diversidad de alfabetos y su rápida generalización permiten suponer una introducción anterior desde las áreas ibéricas meridionales y orientales. Este proceso contribuyó, igualmente, de forma decisiva, al desarrollo de las manifestaciones artísticas celtibéricas, como la orfebrería (Fig. 2,4)13, el trabajo del bronce (Fig. 2,13-14), las representaciones monetales (Fig. 2,6) y la producción cerámica, sobre todo las cerámicas monocromas y polícromas de Numancia (Fig. 2,7-8 y 15). A la vez se desarrollará un proceso de ordenación jerárquica del territorio, en el que el carácter urbano de los oppida se define por su significado funcional más que por el arquitectónico, aunque se sepa de la existencia de edificios públicos. La aplicación de modelos urbanísticos ortogonales tiene su reflejo en Numancia (Fig. 2,3). Un caso singular es el de La Caridad de Caminreal (Teruel), en el valle del Jiloca, ciudad construida por iniciativa romana a finales del siglo II a.C. y destruida en el curso de las Guerras Sertorianas, que presenta un urbanismo reticular, con calles perpendiculares entre sí carentes de enlosado aunque provistas de aceras y canales de captación y evacuación de aguas, con insulae rectangulares, como la llamada Casa de Likine, una mansión helenístico-romana de dimensiones notables. Son centros que acuñan moneda con su nombre, de plata en los más importantes, y son la expresión de una organización social más compleja, con senado, magis11 12 13 Graells, Lorrio y Quesada, 2014. Graells y Lorrio, 2013. Raddatz, 1969. trados y normas que regulan el derecho público. Los oppida como Numancia o Termes podrían tener unas pocos miles de habitantes –en torno a 1.500-2.000 se ha calculado para la ciudad de Numancia–, en algunos casos, como ocurre en Uxama, con más de un núcleo de enterramiento para la población. Las excavaciones en la necrópolis de Numancia14 han proporcionado 155 tumbas organizadas en zonas, con espacios intermedios con menor densidad o incluso ausencia de sepulturas. Las más antiguas, fechadas a finales del siglo III o inicios del II a.C., ocupan la zona central, mientras que otros dos grupos más modernos, anteriores en cualquier caso al 133 a.C., se disponen en torno al primero, con cambios significativos en las características de los ajuares. Las tumbas de rango más elevado presentan elementos característicos, como armas y, sobre todo, fíbulas de jinete (Fig. 2,13) y signa equitum (Fig. 2,14). Otras necrópolis, también vinculadas a oppida, serían las de Uxama, Termes o Arcobriga15. En otros cementerios desaparecen las armas, lo que parece estar restringido a ciertas áreas de la Celtiberia, y pudiera traducir probablemente cambios en la ideología funeraria y en las maneras de significación del estatus social. La joyería, acumulada en tesorillos familiares o depósitos comunitarios y no en los enterramientos, sustituye al armamento como elemento de estatus (Fig. 2,4). Además, según las fuentes literarias y las cerámicas de la ciudad de Numancia, los Celtíberos practicaron un ritual funerario destinado sólo a los guerreros caídos en combate: el rito de exposición de cadáveres para ser devorados por los buitres, aves consideradas sagradas (Fig. 2,15). Una aportación relevante relativa a los santuarios celtibéricos proviene de la identificación, en la cumbre de la acrópolis del oppidum celtibérico de Termes (Soria), de un templum del siglo II a.C., y bajo él, de una cabaña cuyo origen se remonta a las fases iniciales de la Cultura Celtibérica, situado todo ello al lado de una Peña Onfálica con bothros. Este complejo sacro en el arx de la antigua Termes (Fig. 2,17) constituye el heroon del fundador de la población, de la que sería el Héroe epónimo16. Este culto poliádico es claramente anterior a la dominación romana, por lo que documenta el origen y desarrollo ideológico “urbano” de los oppida celtibéricos, en el que se identifican tradiciones celtas junto a una evidente aculturación helenístico-romana en las formas de culto. Las noticias proporcionadas por los autores grecolatinos y las evidencias epigráficas van a permitir en esta fase final profundizar en la estructura so14 15 16 Jimeno et al., 2004. Lorrio y Sánchez de Prado, 2009. Almagro-Gorbea y Lorrio, 2011.
224  PROTOHISTORIA DE LA PEN  NSULA IB  RICA  del Moncayo  Zaragoza , posiblemente una creaci  n genuinamente hispana, qui...
LOS PUEBLOS CELTAS ciopolítica de los Celtíberos, con organizaciones de tipo suprafamiliar, instituciones sociopolíticas, como senados o asambleas, o de tipo no parental, como el hospitium o la clientela, así como entidades étnicas y territoriales que son conocidas por primera vez. También ofrecen importante información sobre la riqueza ganadera de los Celtíberos, pues con frecuencia se les exigía el pago de tributos mediante la entrega de sagos o mantos de lana y de caballos o incluso de pieles de bueyes. Los diversos análisis paleontológicos que existen para el territorio celtibérico atestiguan que existía una cabaña variada ya desde los estadios iniciales de la Cultura Celtibérica, en la que destacan los ovicápridosy en proporciones inferiores los bóvidos, los suidos y los équidos. Los análisis de los oligoelementos contenidos en los restos humanos hallados en la necrópolis de Numancia han proporcionado una interesante información sobre la dieta alimenticia de los numantinos: rica en componentes vegetales, con un papel destacado de los frutos secos (bellotas), y pobre en proteína animal. La importancia de la actividad agrícola debió variar bastante de unas regiones a otras de la Celtiberia, produciéndose una intensificación a partir de la fase más avanzada de la Cultura Celtibérica. El cultivo de cereales jugó un papel determinante, según confirman los diversos tipos de análisis y las noticias dejadas por los escritores grecolatinos. El hallazgo de restos de leguminosas, sugiere rotación de cultivos y quizás el cultivo de plantas forrajeras para el ganado. La práctica del regadío es conocida a través de un documento excepcional como es el bronce latino de Contrebia, fechado en el 87 a.C. Este documento hace referencia a una canalización artificial de agua a través de un terreno adquirido a otra comunidad, lo que lleva a pensar en la práctica de una agricultura intensiva ya desde inicios del siglo I a.C. Los hallazgos de diversos tipos de útiles agrícolas como rejas de arado, hoces, azadas, azadillas, podaderas, horcas, etc., documentan las distintas labores del trabajo agrícola: preparación, siembra, recolección, acarreo y mantenimiento. A lo largo del siglo II a.C. los Celtíberos protagonizaron uno de los principales episodios de choque, destrucción y absorción del mundo celta por Roma, las llamadas Guerras Celtibéricas17, de gran impacto en la sociedad romana, al causar durante buena parte del siglo II a.C. continuas derrotas ante un enemigo teóricamente inferior. El episodio final recibe el nombre de Guerra de Numancia y duró más de 20 años. La larga duración del conflicto y su dureza se ha explicado por diversos factores. Por un lado, la guerra era para los Celtíberos un fenómeno de gran relevancia social, que afectaría y condicionaba todo el siste17 Lorrio, 2009. ma cultural, y sería un medio de conseguir prestigio y riqueza, lo que explica las frecuentes razzias contra los territorios vecinos y la presencia como mercenarios al servicio, entre otros, de cartagineses y romanos, lo que les permitió familiarizarse con las tácticas militares propias de estos pueblos. Por otro, durante los primeros años del conflicto los romanos parecen no estar interesados especialmente en la conquista de la Celtiberia, pues gran parte de los enfrentamientos se desarrollan en la periferia de su territorio y, en muchos casos, los generales se movían más para obtener un botín cuantioso y su enriquecimiento personal que por razones estratégicas, lo que explica la dificultad de consolidar una frontera estable, que durante mucho tiempo fue la franja celtibérica del valle medio del Ebro, sin olvidar la bisoñez de sus tropas, a menudo desmoralizas por las continuas derrotas, hasta el punto de que únicamente el genio militar de Escipión Emiliano, el vencedor de Cartago en la Tercera Guerra Púnica, tras disciplinar al ejército y con un desproporcionado despliegue hizo posible la conquista de la Celtiberia, con la destrucción de Numancia en el verano del 133 a.C., lo que no evitó que aún a inicios del siglo I a.C. todavía se produjeran importantes revueltas en territorio celtibérico. Los Celtíberos y la Celtiberia todavía jugaron un relevante papel en acontecimientos posteriores como las Guerras Sertorianas, dentro ya de las luchas civiles de la tarda República Romana, pero el dominio de R