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Tú y tus Creencias


Julio 2017

Las creencias y valores son parte fundamental del desarrollo de toda persona. Por lo que tiene una estrecha relación, con la crianza, la familia, las costumbres y la cultura.

Por qué les digo esto, porque las creencias no son más que pensamientos inconscientes, que creemos reales. Y que tienen un gran poder sobre nuestra personalidad, actitud, acciones y sobre todo en nuestros resultados en cualquier ámbito.

¿De dónde vienen las creencias?

Adquirimos creencias desde las experiencias, en nuestra infancia principalmente, frases dichas por nuestros padres y familiares o de cualquier persona en nuestro entorno.

¿Por qué tienen tanto poder las creencias?

Existen diferentes tipos de creencias, y les había mencionado que tienen mucha relación con los resultados ante nuestras acciones.

Las creencias puedes ser LIMITANTES, aquellas que como su palabra lo dice nos frena a realizar acciones y por tanto a obtener resultados negativos en nuestra vida. Tenemos también otro grupo de creencias, POTENCIADORAS, son aquellas, que al creer en ella, nos ayudan a accionar y lograr cosas y resultados sumamente positivos para nuestra vida. 

De aquí la importancia en lo que creemos para poder desarrollar nuestra autoestima y sobre todo nuestras capacidades ante el mundo. Además de mejorar nuestra capacidad de relacionarnos con el entorno.

Ya que si pensamos y tenemos creencias sobre que las personas y el entorno no nos ayudan, la tendencia será a aislarnos, trabajar de manera individual, lo que no solo repercutirá en nuestro entorno social sino laboral, ya que muchas veces necesitamos trabajar en equipo.



Dime en qué Crees y te diré Quien Eres

Por Karla Urdaneta

Algunos ejemplos de Creencias Limitantes

  • No puedo hacerlo
  • Las cosas en la vida son cuestión de suerte
  • Unos nacen con estrellas y otros estrellados
  • No puedo ser exitoso, porque van a criticarme
  • La gente es muy egoísta

Algunas creencias potenciadoras

  • Yo puedo ser exitoso
  • Si me esfuerzo, puedo lograr lo que quiera
  • Al ser exitoso, la gente va a admirarme
  • Las personas pueden ser amables y colaboradoras
  • Si lo creo posible, lo lograré


¿Cuál es la buena noticia?

Las creencias pueden cambiarse!

Si, pueden cambiarse. Existen diversas técnicas para hacerlo. Muchas relacionadas con la PNL (Programación Neurolingüística).

Para poder cambiar una creencia, primero debemos conocerla, saber de dónde viene, como es y de qué manera nos puede limitar o potenciar y esto lo podemos medir pensando que podremos ganar o perder si accionamos de acuerdo a esa creencia. 

Para poder conocer una creencia, debemos tener una comunicación intrapersonal y conocernos a nosotros mismos, volver al pasado y saber de dónde vino.




¿Cómo modificar una creencia?

  1. Reconocer la creencia. Puedes hacer una lista.
  2. Reconocer que es solo eso, una creencia y no una realidad.
  3. Asocia la creencia limitante a algo negativo, incluso algo doloroso.
  4. Crea en base a esa creencia limitante, nuevas creencias potenciadoras.
  5. Asocia esa  nueva creencia potenciadora a algo positivo.
  6. ACTUA.

Las creencias muchas veces, sino todas provienen de sentimientos y a su vez provocan sentimientos.

Para finalizar quisiera realizar algunas recomendaciones a los padres y cuidadores de niños, ya que es en esta etapa donde  formamos la autoestima, los filtros mentales y las creencias.

  • Cuidar de qué manera quieres explicar a tu hijo cierta situación, piensa bien cómo quieres que la entienda.
  • Cuida las palabras que usas al hablar con el
  • Felicítalo por sus logros
  • No uses frases negativas al hablar con el
  • No le grites
  • Ponte a su nivel
  • Escucha completamente la idea que quiere transmitir
  • Acompáñalo y dale importancia a sus actividades
  • Dile cuán importante y valioso es como ser humano y persona.

Un niño con buena autoestima, será un adulto exitoso en todos los aspectos de su vida.

Recordemos esta frase “Dime en que crees y te diré Quién Eres”.

Comunicación auténtica, respetuosa y eficaz.

Por Mariano Durlach

Muchas veces ante un hecho que nos afecta o una opinión o comentario que nos hacen, reaccionamos con “nuestra verdad”. Esta “verdad” en el fondo busca un objetivo o tiene un propósito que es hacerle saber a la otra persona que no estamos de acuerdo con lo que dice porque eso no contribuye al propósito motivo de nuestra charla o atenta contra nuestros valores o pone en peligro nuestros intereses. Nuestra opinión o punto de vista lo podemos expresar desde cualquiera de los cuatro niveles de verdad. Voy a tratar de hacerles un resumen de cada uno de ellos con algunos ejemplos para descubrir cuál es el punto central y  cuál es el objetivo o lo que se busca.

En los dos primeros niveles encontramos a la verdad como centro y el objetivo es tener razón. La diferencia entre el primero y el segundo nivel es desde que punto expreso la opinión.

Primer nivel:

En este nivel expresamos la opinión como una verdad universal. Ante el hecho que nos afecta, emitimos un juicio de valor que -si bien puede ser auténtico- probablemente no sea efectivo a los fines de lo que queremos resolver y además -casi con seguridad- tampoco sea respetuoso. Con estas aseveraciones lo único que logramos es poner a nuestro interlocutor en contra de nosotros. Es una verdad reactiva.

Ejemplos de frases expresadas en el primer nivel de verdad pueden ser: “estás equivocado”; “eso no es correcto”; “sos un irresponsable”; “¡qué lindo!” o “¡qué feo!”;  etc.

Segundo nivel:

Ahora la verdad la vamos a expresar desde nosotros mismos, no como una verdad universal sino personal. Expresiones como:

“a mi me parece que estás equivocado”; “yo no creo que eso sea así”; “me parece una irresponsabilidad eso que hiciste”; “a mi me gusta” o “no me gusta”; etc., lo que hacen es disfrazar o esconder los juicios de valor y convertir la verdad reactiva en una verdad cosmética, que si bien ganó en  respeto, respecto de la del nivel anterior, perdió autenticidad y sigue sin ser efectiva.

En los dos niveles siguientes tenemos a la efectividad o propósito como centro y el objetivo va a ser lograr resultados, autenticidad, colaboración y respeto.


Tercer nivel:

Este también es un nivel de verdad personal pero se diferencia del anterior en que expresamos lo que sentimos. En lugar de decirle a quien creemos que está equivocado, que nos parece que lo está, le hacemos saber que hay algo de lo que nos dice que no nos cierra o no terminamos de entender. O bien que ese cuadro tan lindo (verdad de primer nivel), que me gustó (segundo nivel) en realidad me pareció fascinante. El juicio de valor está expresado desde el impacto que nos produce y es auténtico y respetuoso. Pero todavía le falta algo…

Cuarto nivel:

Al nivel anterior lo único que le falta es expresar cómo los hechos afectan los valores en juego o lo que realmente nos importa.

Por eso decimos que la verdad emitida desde este nivel es auténtica, es respetuosa y además es efectiva.

Puedo decirle a mi hijo adolescente: “sos un reo” o pedirle que se peine y ponga una camisa limpia porque a la tarde van a venir visitas y quiero sentirme orgulloso de él. Sacando de lado cuestiones de ego y de proyección de nuestras propias creencias en nuestros hijos; sólo estoy poniendo un ejemplo de comunicación, no de educación.



La cuestión es expresar cómo me siento ante lo que ocurre y de que manera eso me afecta o afecta a mis valores o intereses; o por qué creo que eso no contribuye al objetivo o propósito que tenemos en común. Lo importante es hablar desde uno mismo y teniendo en claro que lo que se busca es la “verdad común” a ambas partes y no ganar o defender una posición ni demostrar que tengo razón.

La comunicación como apoyo de los valores humanos

© Jaime Domenech (JD) para Podio Beta

Para servir, debemos añadir algo que no es cuantificable en dinero, por ejemplo: la integridad y la sinceridad”  frase encontrada en la web atribuida a Douglas Adams.

Que yo recuerde, cuando era un niño muy pequeño, no recibí clases para aprender a hablar mi lengua materna. Haciendo memoria, las imágenes más lejanas que conservo versan sobre la satisfacción de las múltiples necesidades que tenía en aquellos ayeres. Por ejemplo, no podía servirme agua yo solo; ocupaba el auxilio de algún otro habitante de la casa. Ni se diga cuando tenía una dolencia. Como la percepción extrasensorial  ni la telepatía eran de mi dominio, entendía de manera instintiva que la boca se utilizaba para funciones distintas a la de comer golosinas. Tengo años preguntándome por qué hemos olvidado los principios elementales de la comunicación, tales como hablar para ser escuchado, así como estar atento cuando me dirigen la palabra y también el lugar que ocupa el silencio en la vida, y el acto de comunicar con gestos y posturas corporales. Comunicamos todo el tiempo sin requerir articular una sola sílaba.

Si entendemos que la información fluye sin interrupciones, debemos en consecuencia aceptar que estamos irremediablemente inmersos en un proceso de transmisión-recepción de mensajes que, impulsados por la tecnología, adquiere ante nuestros ojos dimensiones colosales. Tengo la impresión de que la red de redes demuestra lo mucho que no sabemos ni entendemos. Todas las lenguas humanas cultas se encuentran presentes en la corriente de datos que se generan las veinticuatro horas del día. Tan altas son las cumbres, las montañas de signos que ahora es lugar común utilizar la palabra nube, para referir  la accesibilidad de almacenamiento. Para un humilde servidor, internet es todo y nada al mismo tiempo. Ojalá nunca deje de apreciarlo como una útil herramienta. Aquí llegamos al meollo del asunto del presente artículo: los marcos de referencia, el ángulo del cual vemos un fenómeno y los puntos de apoyo que nos sostienen. No estamos todos en la misma posición, ni nos mantenemos fijos de manera estacionaria ad infinitum. El proceso de la comunicación parte de la premisa de que las partes interactuamos dentro de un gran órgano vivo, donde todos nos movemos constantemente.

La mente humana madura con el paso del tiempo. Quizá algunos son más precoces que otros, pero ninguno queda igual a la larga. Las narrativas de la voz interior (hablo por la mía) demuestran una sutil transformación a medida que la experiencia la enriquece, eso sin mencionar la maleabilidad de la misma por razones de contexto.

En esta era de sobre saturación en prácticamente todo, especialmente de problemas, los seres humanos de las crecientes zonas urbanas nos sentimos abatidos en ocasiones. El conocido acelerado ritmo de vida cotidiano hace que no sea tan asequible el poder otorgar tiempo para la superación personal, en la forma de cursos de formación profesional y de otra índole, dígase cultural, espiritual, deportiva, etc. Por ello, notamos que las capacitaciones de personal y del staff ejecutivo de una empresa tienden en mayor grado a llevarse a cabo dentro de las mismas instalaciones y oficinas. Si cada uno de los miembros se viera obligado a asistir a un punto específico, fuera de la empresa, a tomar tal o cual curso, se presentarían ausentismos. Y no es que sea una falta de interés per se o un desapego en términos de lealtad hacia la compañía o solidaridad para con los demás elementos. Las razones se revelan más como un problema de movilidad, que a unos impacta más que a otros. En la ciudad donde vivo, la norma es llegar tarde a cualquier tipo de compromiso laboral o social. En parte viene de una herencia cultural mexicana, pero no puedo negar que a gente muy seria y puntual, el denso tráfico y una infraestructura vial obsoleta, complican la existencia al grado de la frustración.

Cuando era estudiante universitario, en el conocido campus local, recuerdo con admiración dos casos de compañeros que se trasladaban a diario desde sus comunidades en transporte público.  Si en mi caso, que tenía que tomar un bus en el centro de la ciudad y debía despertar a las cinco y media de la mañana, los ejemplos que les menciono, implicaban que ellos se despertaran dos horas antes que yo. También, al término del turno, recuerdo que podía llegar a casa sin problema alrededor de la una de la tarde, mientras que ellos dos demoraban un par de horas adicionales cuando menos para estar de vuelta en sus hogares. Durante cuatro años y medio vi en estas personas el valor de la perseverancia y la tenacidad. Una venía del oriente y otro llegaba a la ciudad desde el sur. En esos años no existían las autopistas de ahora, que disminuyeron el tiempo del trayecto significativamente.


No hace mucho, en un curso de oratoria nocturno, conocí a un joven resuelto que vive en la periferia de la zona metropolitana. Era para él un esfuerzo sobre humano poder llegar a la clase que iniciaba a las siete de la noche y se prolongaba hasta las nueve. Hacía dos horas para llegar a su casa, alrededor de las once de la noche. Y él debía despertar a las cuatro de la mañana para alistarse a trabajar. La sencillez de la decisión y la voluntad para la mejora iban de la mano. No me lo platicaron, yo lo veía y debo confesar que algunas noches me compadecía del chico, pero se supo ganar mi respeto. Además, nos dejó claro por qué lo hacía: obedecía el dictado de una conciencia íntegra y sincera. El muchacho no iba a encontrar la quietud interior si flaqueaba en el intento de convertirse en un comunicador eficiente. No era ambición, nadie le solicitaba hacerlo, mucho menos tenía una exigencia laboral, no. Tan solo se trataba de una vieja cuenta personal, de cuando era estudiante en la típica condición nerviosa al momento de plantarse frente a su grupo de compañeros. Eso, por un lado, ya que por la otra mano, este hombre joven tiene un hijo pequeño y está decidido a enseñar a su hijo las técnicas para hablar en público eventualmente. Uno de los rasgos indiscutibles que poseen los héroes de carne y hueso es la sinceridad de ellos para con ellos y de ellos hacia el mundo.

El contacto con estos seres excepcionales me ha alegrado los días, renuevan mis esperanzas de que tal camino es  correcto, me refiero al valor de la integridad moral como núcleo y motor del pensamiento, así como también descubrir la sinceridad en el decir y el proceder cuando se sabe se tiene la voluntad de demostrarse a sí mismos que la peor lucha es aquella que no se lleva a cabo.

Es inútil preguntar: ¿por qué ellos pueden hacer lo que yo no? Es como angustiarse por la existencia de individuos altos, medianos, bajos, delgados o gruesos, etc. Si externamente somos distintos, ¿qué nos hace pensar que por dentro somos todos exactamente iguales? La diferencia es cuestión de asignar valor a lo intangible e invisible. El mundo sería distinto si todos los seres humanos aceptáramos que la honestidad es una virtud y la mentira deleznable.

Pero lo que sí está al alcance de todos es ser sinceros. Este rasgo personal, al igual que las mentiras,  requiere de la habilidad para comunicar para ser apreciado o aceptado. Existimos dentro de una dualidad, convivimos con la luz y la oscuridad. Sin embargo, la comunicación necesita matices. ¿Cuál de los dos polos te hace sentir más a gusto?

No tengo duda de que nuestro mundo exige más luz, pero la decisión final es sólo tuya.

No olvides que tus palabras y acciones impactan. Ejerce con sabiduría la facultad que tienes para elegir.