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nº 11 abril 2018

Homenaje

Jaime Corral

Este número de la revista está dedicado a Jaime Corral, que fue un convecino sencillo, erudito, brillante, bueno, buen amigo, divertido y a un personaje literario que, sin pretenderlo, creó sobre él mismo en su libro "Vida y opiniones de un reumático" y que desde entonces lo vimos encarnado en su persona.

En primer lugar, mostramos lo que un amigo mutuo, Venancio Diaz Castán escribió: "In Memoriam" para un homenaje sencillo que sus amigos Los Inmortales (del desaparecido mercado Municipal de Galapagar) hicieron a Jaime, el 26 de abril de 2009 tras su pérdida. En él encontramos un retrato preciso de su personalidad.

Después mostramos fragmentos de su libro "Vida y opiniones de un reumático" y de una historia real escrita por Jaime "Las señoritas de la XII división", que fue publicada en Titanik (Biblioteca de autores de Galapagar), en septiembre de 1993. En ambos casos encontramos una prosa sencilla, que no simple, precisa, rigurosa y con un gran sentido del humor.

Finalmente, mostramos un poema escrito por otro amigo mutuo, Fernando Polanco (que también nos dejó) en homenaje a Jaime y que no ha sido publicado en ningún medio.

Me siento encantado de haber ayudado a recordar a tan ilustre vecino, a tan formidable persona, a tan sabio intelectual y a tan buen escritor. Sólo lamento no haber podido mostrar alguno de sus trabajos plásticos, pues como pintor era también formidable. No quiero que este valor que convivió entre nosotros no hace mucho, pase desapercibido entre las nuevas generaciones.

Qué lo disfrutéis. 

In memoriam

 Pasado cuatro meses persiste el vacío. Las calles de Galapagar están vacías de Jaime Corral, de sus más de cien kilos de tierna humanidad, de ingenua erudición. Hay en la población sombras de las de antes, que él había logrado conjurar. Su sola presencia hacía nuestro pueblo más digno, más equiparable al resto de los lugares europeos; sólo porque estaba aquí y nos enriquecía con su compañía haciéndonos ver lo digna y positiva que puede ser la vida cuando se acomete su curso con generoso desprendimiento. Él veía siempre el lado positivo de las cosas; "tengo un médico que no me cura, pero al menos me saca de paseo" - decía el muy canalla refiriéndose a mí. Y procuraba frivolizar cuanto supusiese de sufrimiento.

Con Jaime volvió a tener sentido el término BONDAD, caído ya en desuso por resonancia falsa y aromas a incienso. Si en otro lugar le adjetivé como bondad machadiana, era a esa actitud laica que propugna el bien de la sociedad, sin espera de otro premio que el de un mundo más habitable, a la que me refería, sin tener en cuenta que él, por otra parte, era así porque no podía ser de otro modo.

Se comenta la conveniencia de hacerle un homenaje y no escucho disidencias con respecto a este proyecto. Me parece muy bien. Es oportuno. Pero también me parece imprescindible hacer esta reflexión: ¿Por qué? No ha sido un político con responsabilidades; siendo un innegable maestro, no deja atrás mucha obra literaria, no ha sido un mecenas de esos que promueven fundaciones, ha pintado notables cuadros, pero esta condición artística la comparte con mucha gente que pasa inadvertida, etc. Entonces ¿qué es lo que mueve a muchos a un acto que perpetúe en cierto modo su memoria?... Ese es el aspecto diferencial: a Jaime se le ha admirado y respetado POR SU FORMA DE SER, sencillamente. Todo el que ha tratado con él ha quedado enriquecido de un modo u otro por su humanidad desbordante, ha tenido un modelo social a seguir, un ejemplo de ciudadanía.

En general, a todos nos resulta gratificante contar con la amistad y el trato de una persona que sabe mucho y es buena. A lo mejor nos cuesta entender lo que dice, pero ese saber es con certeza el buen camino y siempre se pega algo. Y aquí recupero también otro término que se usa poco: Jaime era un SABIO, entendiendo como tal un hombre con conocimientos poco comunes, tanto por la profundidad como por su variedad. Política, literatura española y extranjera, psicología, historia, divulgación científica, ensayo, filosofía, filología, arte, etc., eran campos bien fértiles de su acervo personal. Cuando le conocí era ya un experto en temas de historia hispano-árabe y publicaba extensos estudios en la desaparecida revista "Tigris". Con todo lo que antecede, cualquiera vería justificada una posición de cierta distancia al carecer de temas comunes de conversación con los demás; pero lejos de tal actitud, era precisamente con la gente sencilla con quién se encontraba mejor. Cuento por docenas las personas que acudían a él para recibir consejo y enseñanza, yo entre ellas; siempre tuvo paciencia para escuchar, para corregir artículos, para escribir una carta, una crítica, etc. Además - decía bromeando - : "aunque quiera no me puedo escapar".

Y esa vuelve a ser la explicación del deseado homenaje que se quiere hacer a un hombre: por CÓMO FUE.

Fragmentos del libro Vida y opiniones de un reumático 


Y es que esta enfermedad, o lo que sea, impone su presencia de tal modo, que marca o conforma en un sentido absoluto la vida de su soporte. Desde luego, no era eso lo que tenía previsto en mis ensoñaciones infantiles, las cuales iban desde ""cura pequeño con esquilillas" (monaguillo) a genio de la pintura, pasando por "carterista" (hombre que porta una cartera), "guerrero del antifaz" o arquitecto. Pero ya que ninguna de aquellas ilusiones se hizo realidad - ni siquiera fui monaguillo -, asumo con total tranquilidad mi actual condición de reumático.

No es muy difícil, o mejor dicho, no tengo otro remedio. Vivo en un mundo hecho a la medida de otros seres - los llamados normales o sanos -, los cuales, en su histórica persecución de la comodidad, se han rodeado de una serie de artilugios y han desarrollado unas pautas de conducta que resultan francamente inadecuadas para el reumático; de modo que éste - es decir yo- continuamente percibe su condición de tal.

Así por ejemplo los normales, para descansar durante el día flexionan las rodillas y doblan las caderas hasta que sus posaderas quedan firmemente apoyadas sobre superficies horizontales a no muchos centímetros del suelo. La marcha la hacen exclusivamente con dos piernas, sobre las que se mantienen en perfecto equilibrio sin precisar de otros apoyos - por lo menos, la mayor parte de las veces - , y con las que, también sin ayuda, pueden avanzar y salvar distancias moviéndolas alternativamente. Este ingenioso sistema, completado con aquella facilidad para plegar estratégicas porciones de su cuerpo, les permite también superar pequeñas alturas; y por eso, por todas partes existen calculadas elevaciones de terreno, simples o encadenadas, que es preciso superar para transitar por las calles o acceder a determinados recintos.

Finalmente, después de un largo y no muy agradable proceso compuesto por preguntas, pinchazos, sobos, radiografías, etc., se produjo el parto del ansiado diagnóstico: "Artritis psoriásica."

Yo estaba encantado: no sólo me iban a curar la rodilla, sino que hasta harían desaparecer aquellas molestas plaquitas que en ocasiones me salían por las piernas y por el dorso de las manos, y que el dermatólogo a quien visité calificó sin mucha seguridad de "liquen". Así que a pesar de la compungida expresión con que mi primo me daba la noticia, lleno de ánimo, mantuve con él la siguiente conversación:

- Pues, hale, a curarme. ¿Cuándo estaré del todo bien?

- Bueno, pues... Como no lo hemos cogido demasiado tarde, tal vez podamos conseguir que no vaya a más.

- ¿Pero estás loco? Vamos, ni hablar. ¡Si ya sabes lo que tengo! Esta rodilla tiene que volver a ser lo que era. Sólo tienes que darme las pastillas adecuadas.

- Es que la enfermedad es un poco puñetera. Claro que a veces..., cogiéndola a tiempo...

- Claro, hombre. ¿Cómo voy a quedar yo así a mis años? A ver:¿qué hay que hacer?

Infiltraciones, sales de oro, antiinflamatorios, análisis, gimnasia... Visitaba más la Clínica de la Concepción que aquel bar cercano a casa que tenía tan buenas tapas, y experimentaba una dependencia con respecto a los médicos semejante a la del enamorado con la amada.

El primer bastón no lo recibí del todo mal; en realidad constituyó un alivio. Ya hacía tiempo que no me trasladaba de un lugar a otro si no era en coche, y los pocos metros en que andaba sobre mis pies me exigían un no despreciable esfuerzo que procuraba paliar situándome cerca de las paredes y barandillas donde apoyarme. Así que al contar con un apoyo portátil me supuso un claro beneficio, sin que ello me produjera una sensación de minusvalía o discriminación, como en un principio me temía, pues hubo quien me dijo - mujer, desde luego - que el bastón me hacía más interesante.

Con el segundo bastón las cosas rodaron desde le primer momento mucho peor. Recuerdo perfectamente aquella mañana en que decidí sacarlo del armario y colocarlo en el otro brazo. También esta vez una voz interior llevaba tiempo instándome a completar la ayuda sin que yo quisiera darme por enterado; pero el progreso de mi invalidez y el recuerdo de las ventajas que hallé en el inicio del bastoneo me animaron a hacerlo. Así que con la ortopedia completa, tomé el ascensor y me planté en el portal.

-¿Quiere que le ayude?

- No, muchas gracias, puedo yo solo.

Era el portero, que observaba con inquietud las vacilantes maniobras con que me preparaba a acometer el descenso de los cinco escalones que todavía me separaban de la calle. Y alguna razón tenía, porque lo inicié con tal torpeza que casi pierdo el equilibrio. El hombre, alarmado, se precipitó en dirección mía con los brazos extendidos, dispuesto a prestarme la ayuda que le había rechazado; pero yo, precisamente para evitarla, continué saltando desmarejadamente de escalón en escalón hasta llegar a la acera.

Huyendo de la compasiva solicitud del portero - que parecía haber quedado más agotado que yo- me alejé de la casa. Intentaba andar con naturalidad, pero me daba cuenta de que lo hacía con evidente falta de destreza. Eso me irritaba, sobre todo porque sabía que a mis espaldas se estaba haciendo una crítica evaluación de aquella torpe marcha.

-Dando un paseo, ¿eh? hace bien. Hay que aprovechar este sol tan agradable que tenemos. Bueno, bueno...¿Y qué tal estamos?

- Pues ya ve: que me he decidido a dar el salto de la rana a dos manos y no me sale con mucha perfección.

Fragmentos de Las señoritas de la XII división


Pero era precisamente la inacción, los largos meses pasados en las trincheras en aquel frente estabilizado (algunos llevaban más de siete meses sin abandonarlas) lo que hacía que cada día se produjeran cuatro o cinco deserciones; y no sabía el mayor cómo atajar esa sangría ni cómo tratar a los que volvían, que eran prácticamente todos.

Porque resultaba que esos hombres no desertaban por miedo, ni por la tensión de la espera, ni por la angustia del combate, ni por convicciones políticas o religiosas... Sencillamente, iban en busca de una mujer (o de una cabra, que también había casos en que la hembra objeto de las atenciones amorosas no pertenecía a la especie humana) y, una vez satisfechas sus necesidades sexuales, regresaban a su puesto en el frente. El delito era objetivamente gravísimo, y con el código de justicia militar en la mano se les podía hacer cualquier cosa a aquellos incontinentes. Pero nunca se tomaban medidas drásticas: se les ponía un castigo más simbólico que real (una imaginaria, por ejemplo), y ya estaban apostados con su fusil en la trinchera como si nada hubiese pasado.

Cuando las obras del palacio estuvieron lo suficientemente avanzadas, nuestro experto capitán se puso en movimiento. Despreciando las plazas de Guadalajara y Alcalá de Henares, más cercanas pero menos interesantes para lo que se pretendía, se dirigió a Madrid y en una tarde-noche recorrió los tres más importantes bares de alterne existentes por aquel entonces: Pidoux, El Abra y Chicote.

Los resultados fueron sumamente satisfactorios, pues en aquellos difíciles tiempo no estaba la noche madrileña como para que las bellas- y nuestro hombre sólo se acercaba a las que lo eran de verdad - se permitieran el lujo de rechazar casi ninguna proposición. Contactó primero con una tal Maruja, a la que conocía por razón de su trabajo -de ella-, y con su ayuda se logró convencer a una quincena de aquellas noctámbulas trabajadoras para que trasladasen su industria a las proximidades del frente. Así se constituyó la primera cuadrilla de prostitutas al servicio del ejército de la República.

El farmacéutico casi se cae de espaldas cuando recibió el pedido: ¡veinte mil preservativos! Carlos tuvo que explicar que no era ningún fanfarrón y reconoció que a pesar de su juventud y fortaleza difícilmente podría gastarlos él solo. Por fin todo quedó aclarado, pero el farmacéutico se declaró incapaz de cumplimentar un pedido de tal magnitud y le remitió a la Dirección General de Sanidad, que en aquella época estaba en la calle de Velázquez esquina a Diego de León. Allí, ante el regocijo de Carlos, que ya se esperaba la reacción , volvieron a repetirse las escenas de asombro e incredulidad:

- Pero, bueno, vamos a ver: ¿no le parecen a usted demasiados condones?

- Pues eso es sólo para empezar: dentro de unos meses necesitaré otros tantos.

Esta vez, sin embargo, justificada la cuantía del pedido, el resultado acabó siendo positivo y el suministro de preservativos para la XII División quedó asegurado.

II

Y después no hay nada ya

sino una pesadilla con su premio

y castigo, la alborada,

la pereza y el sueño, los apremios

de otra nueva jornada

y el ya no estar en nada: sin ingenio,

sin gremios y sin veladas

los mejores de la mejor añada

han muerto ya tocados por el genio.

 

EN MEMORIA DE JAIME CORRAL

"El alto", 2008. Divagación, Elegía y Anacreóntica

I

¿Quién no rondaba "el viso" de joven?

Las tres de la mañana y enero,

la luna creciente y el hielo.

Entre sus piernas olía el celo

de 20 años de lujo, y tan rubios,

el sol y las piscinas azul cielo.

Los años han pasado, de puntillas,

y el viento y las heladas de enero

la excusan no salir de casa.

III

Ha muerto ya con quien hablabas,

y sólo queda su mirada

de reproche si a las seis

de la mañana te aprietas 

el primer trago y te largas

ya, solo y con los pies ligeros.

Tu civilización ya ha muerto,

y su charla y su aliento.


"Todo se vuelve repugnante si

somos "falsos con nosotros mismos".

"El alivio del deseo que me ha

acarreado la vejez ha sido como la 

liberación de un amo loco y cruel"

Sófocles: Filoctetes

textos:

introducción           JARomán

in memoriam          Venancio Diaz Castán

fragmentos             Jaime Corral

versos                    Fernando Polanco

ilustraciones           Venancio Diaz Castán

                             Elena Corral

                             JARomán

voz                        Narciso Peña

música                   Kosta T (relax violin) (CC)

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