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Fronteras

de

Silencio

nº9, febrero 2018

poemas de JARomán

Este número de la revista está dedicado a un poemario de nuestro compañero JARomán. 

Este texto nació del anhelo del autor por una confluencia progresista tras los desgarros dejados por la mal llamada crisis económica. 

En sus versos hay un deseo de fraternidad, de no hacernos antagónicos cuando tan sólo seamos diferentes, de hablarnos, de necesitarnos, de esperarnos, de romper los silencios que nos hemos impuesto hasta amodazarnos.

¿Dónde y cómo estamos?

¿Estamos escondidos bajo la vida?
¿Estamos abrazados a la rutina como un náufrago al salvavidas?
¿Estamos hiriéndonos para que alguien siga el rastro de nuestro dolor?
¿Estamos acongojados por el acontecer esperando que alguien o algo irrumpa con fuerza?
¿Estamos callados a la espera que alguien rompa el silencio y nos implique?
¿Estamos encerrados en casa disfrutando de la posibilidad de que alguna palabra vuele hasta nuestros oídos?
¿Estamos mordiendo con rabia el tiempo que nos transcurre?
¿Estamos buscando desesperadamente en la calle nuestro propio rostro?
¿Estamos reculando por nuestro pasado con el temor a reencontrarnos?
¿Estamos lamiéndonos las heridas para recordar el sabor de lo humano?
¿Estamos mintiéndonos tanto que cuando digamos la verdad ni nosotros nos la creeremos?
¿Estamos huyendo con los ojos cerrados argumentando que la luz ya no existe?
¿Estamos contándonos nuestras propias vidas para poder reconocernos?

Hemos muerto tantas veces que ya deberíamos haber aprendido a resucitar.

El silencio no es inocente.

Convertidos en él nos lo arrojamos como un reproche.

En un soslayo cobarde nos miramos de reojo.

Colgamos las palabras del horizonte como sábanas,

             como banderas de aislamiento.

Escondiéndonos de nosotros esquina tras esquina

             podríamos acabar atacándonos por la espalda.

Esperando de brazos cruzados un abrazo

             podríamos encontrarnos con los brazos amputados.

Los ajustes de cuentas, aunque insonoros,

             acabarán por alcanzarnos. 

El mundo se derrumba y levantamos fronteras de silencio.

¿No creéis que una coral de voces suenan y

            sueñan mejor que un solo reproche?

Cuando una boca calla sabe a cenizas.

Cuando deja de besar se enfría.

No se puede ir por el mundo

como si ninguna batalla nos alcanzara.

Tras derribar todas las fronteras de la tristeza

ensuciémonos las manos en nuestras conciencias,

convirtámonos en una cuenta pendiente

y dejemos de salir a la calle escondidos tras la espalda.

Los recuerdos se desgastan y el mañana se disfraza de invierno.

El frío también se cura.

Necesitamos a otras manos que vuelvan tibias las nuestras.

No podemos dejar de esperarnos.

Conocernos es hacer un viaje que descubra 

la invisible línea que une nuestras heridas.

¿Hace falta alguna excusa para acercarnos?

El mundo se aburre y las palabras bostezan.

Esperamos el milagro de que salgan por la boca.

Fingimos no estar detrás de lo que decimos.

Las callamos más veces que las decimos.

Nos asusta decirlas con rabia porque dejan una cicatriz.


No podemos perder la batalla de las palabras.

Arranquémoslas de la boca

apretándolas fuertemente en los puños,

con las uñas recortadas entre los dientes,

rescatando, a mordiscos, su sentido.


Recuperar el habla

será rescatar la dignidad 

que mantuvimos amordazada

y atada a una silla frente al televisor.

Cumplir años debería significar cumplir sueños.

Robar un sueño es un delito sin castigo en el código penal.

Nos lo estamos robando a nosotros mismos.

No demos más traspiés fuera de los zapatos.

Necesitamos soñarnos y se nos echa el tiempo encima.

Aunque lo ignoremos nos pertenecemos.

No podemos permanecer inertes

escuchando el viento desolador de los que se alejan.

Si alguien se va los demás perdemos.

¡Qué no se nos caigan de la mano los días en que nos entendimos!

Silenciar el temblor de la boca con las manos hace mucho ruido.

Ignoramos qué hacer con ellas,

ni siquiera recoger el tiempo que se nos escapa de los relojes.

El reloj nos dice cuándo perdimos.

Si robáramos todos los relojes del mundo, quizás, el tiempo no se agotara.

Si los retrasáramos comprobaríamos el pasado.

Si los adelantáramos veríamos el futuro.

Hagamos planes juntos aunque torturemos el presente.

Saquemos minutos a las horas 

antes que éstas se nos escapen entre los dedos.

Hablar despacio no engaña al reloj.

Hagámoslo aunque aún no sepamos usar las palabras.

No hagamos del tiempo un simple cúmulo de planes.

De fracasos andamos sobrados.

Usemos palabras de ida y de vuelta,

quizás así volvamos a soñarnos.

No es bueno hacerse adicto al fracaso,

ni encontrar a todos, de espaldas,

mirando un muro desnudo.

Soñar con otro mundo arreglará el tiempo,

impedirá que el mañana se retrase hasta el ayer.

Se acabó dañarnos los ojos con miradas tristes.

Si, entre todos, lográramos tocar las nubes

recordaríamos el detalle de las caricias.

Un hombro amigo

nunca será el preludio de una tristeza,

su mirada curará las llagas de los ojos que tanto lloraron.

Ya no mojaríamos el mundo con nuestras lágrimas,

sólo con nuestros sueños de agua.

¿Cuánto duele una mano vacía?

¿Cuánto duele una mano que no puede tocar?

Démonos las manos,

dejemos de abrazar por costumbre,

hagámoslo por necesidad.

Así, el hueco que quede entre las nuestras,

entre nuestros cuerpos,

dejará de doler,

permitiendo el paso de nuestros sueños,

donde volaremos peligrosamente.

El frío dejará de tiritarnos,

pues ya creeríamos en la primavera.

¡Basta de bocas cerradas!.

Es duro vivir atrapado en las palabras

que no pueden ser dichas.

La tristeza puede arrancarte la boca si callas.

Llamémonos por nuestro nombre.

El silencio ya no tendría motivos para gritar.

Hablemos,

atraigamos a otros aunque sean diferentes,

escuchémosles,

el sonido se haría uno y diverso.

Nuestra voz no se propagaría por una calle 

que se volviera al pasado.

La nostalgia dejaría de tener motivos 

para explotarnos en las manos del presente.

A través de la voz llegaríamos directos a la poesía.

Sería nuestro particular agujero de gusano.

Escribamos versos sobre las palmas de las manos antes de estrecharlas

y dejemos que ellas se entiendan por nosotros.

texto e ilustraciones  de JARomán

voz de  Olga Peñacoba

música de Eve C. (cc,)

10 tounes pour rien



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